12 de Julio

San Juan Gualberto

García Colombás
Mercabá, 12 julio 2024

         Nació el 985 en el Castillo de Val di Pesa (Florencia), en el seno de una familia poderosa (los Visdomini, de la nobleza florentina) cuyo padre (Giovanni Gualberto) era el señor de la comarca (las colinas del Chianti).

         Juan creció y se hizo un apuesto joven, y el porvenir se le presentaba lleno de las más halagadoras promesas. Pero un acontecimiento inesperado vino a torcer el rumbo del joven florentino, pues un buen día iba cabalgando con varios escuderos cuando, en una revuelta del camino, se presenta ante sus ojos un hombre: el asesino de uno de sus hermanos.

         El desgraciado reconoce también al caballero que viene a su encuentro, y es inútil intentar la fuga ante aquella pequeña y aguerrida tropa. Por su parte, a Juan no le queda más remedio que someterse al destino y a la inexorable ley de la venganza, que exige su sangre.

         Todo ocurre en un momento, pues en un súbito arranque, se abalanza Juan de su caballo al criminal, con los brazos en cruz para asestar el golpe mortal. No obstante, el golpe mortal no llega a descargarse, pues el espíritu de Juan evoca la imagen de Cristo crucificado. Y ante la sed de venganza y la conciencia de su deber cristiano, en este breve instante salió victoriosa el alma del joven caballero.

         Venció la gracia divina, y Juan perdonó heroicamente a su enemigo, que yacía tumbado a sus pies. Poco después, agotado y con el alma vibrante de emoción, penetraba Juan en una iglesia, caía de hinojos ante el altar, y sus ojos admirados veían que el crucifijo se animaba y Cristo le hacía una inclinación de cabeza, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por su amor. Desde aquel día Juan no fue el mismo de antes, y sus pensamientos empezaron a seguir otros derroteros. Sus ilusiones y aspiraciones mundanas se fueron amortiguando. 

         La iglesia en la que entró Juan tras la escena que acabamos de narrar era la Abadía de San Miniato. Pues bien, no pasó mucho tiempo antes que Juan llamara a la puerta de dicho monasterio, pidiendo al abad el hábito benedictino. El abad no rechazó al postulante, pero sí le sometió a la prueba de la autenticidad de su vocación. Nada arredra al animoso joven, pero su ausencia es notada en el castillo, y el noble señor Gualberto sale en busca de su hijo.

         No tarda en presentarse Gualberto a la puerta de San Miniato, en busca de su hijo. El abad se queda perplejo, y no se atreve a resistir al noble castellano. Juan se niega a salir, temeroso de que su padre le arrastre de nuevo al torbellino de la vida mundana. Pero Gualberto amenaza a los monjes con toda suerte de males si no le devuelven a su hijo.

         El abad no sabe cómo salir del atolladero, y al final la solución la halla Juan: "puesto que el padre abad no se atreve a darme el hábito benedictino, me lo pongo yo mismo". Y así, mientras discuten en la puerta el padre y el abad, el joven Juan se rapa el pelo a cero, coge un libro en su mano y se sienta en el coro monacal.

         Entre tanto, el abad le dice a Gualberto que su hijo no va a salir al locutorio, pero que si él mismo quiere, puede pasar dentro y a hablarle en el interior. Al hallarse dentro Gualberto con su hijo vestido de monje, el noble señor lloró, se quejó amargamente de su ingratitud y acabó por bendecir a su hijo, dejándole que siguiera en paz su vocación.

         Bueno y edificante era el hermano Juan, y su vida transcurría pacífica y dichosa en San Miniato. Pero un día murió el abad, y uno de los monjes compró la dignidad vacante al obispo de Florencia. Nos hallamos en la época, por supuesto, de la simonía, y los cargos eclesiásticos se vendían al mejor postor, viéndose invadido el redil de Jesucristo por los falsos pastores.

         Juan no se resigna a tener un abad simoníaco, y con otro religioso abandona San Miniato y su ciudad natal, no sin antes proclamar en la plaza pública de Florencia que Huberto (abad de San Miniato) y Hatto (obispo de la diócesis) eran herejes simoníacos.

         Juan y su compañero iban en busca de otro cenobio donde proseguir tranquilamente su vida monástica, en paz y oración. Recorren varias abadías, pero ninguna observancia llena sus aspiraciones. Sediento de perfección, Juan se dirige a Camaldoli (entonces en la cumbre de su prestigio), y allí es probado en toda paciencia. Pero cuando el prior se dispone a admitirle definitivamente, nuestro monje no se decide a abrazar la vida eremítica camaldulenses, pues sigue añorando la Regla de San Benito que había profesado en San Miniato.

         Finalmente, Juan se decide por la vida cenobita, y por ese camino le va a ir conduciendo Dios en adelante, haciéndole fundar un nuevo cenobio y una nueva congregación monástica bajo la Regla benedictina.

         Valumbrosa, en los Apeninos toscanos, era en aquel entonces un paraje solitario y cubierto de espesos bosques. Y 2 religiosos llevaban allí una vida anacorética, en connivencia con las monjas de Sant Ellero (dueñas del terreno). A Juan Gualberto le gustó la paz profunda que reinaba en Valumbrosa, y resolvió quedarse allí. Los 2 solitarios le recibieron con los brazos abiertos, y pronto nuevos reclutas de la milicia de Cristo se juntaron al pequeño grupo, pues la fama de santidad de Juan Gualberto empezaba ya a crecer.

         Así empezó, humildemente y como suelen hacerlo las obras de Dios, un movimiento espiritual que debía adquirir grandes proporciones: los Valumbrosanos. Durante mucho tiempo los monjes hubieron de contentarse con un oratorio de madera. Sus alimentos eran escasos, y día hubo en que faltaron totalmente. Sus hábitos no podían ser más pobres, pero los monjes estaban contentos, pues en la escasez y en la tribulación se sentían verdaderos seguidores de Cristo. Y la obra prosperó.

         El número de religiosos iba creciendo. En 1036 la abadesa de Sant Ellero, que desde el principio había ayudado a los monjes con libros y vituallas, les hizo donación del terreno, y Juan Gualberto fue nombrado 1º abad de Valumbrosa, sin que le valiera la tenaz resistencia que opuso.

         La aspiración suprema del nuevo abad era que en su monasterio se observara perfectamente la Regla de San Benito. Sin embargo, su culto al código benedictino no rebasaba los límites de la discreción, y cuando faltaban alimentos no vacilaba en dar carne a sus religiosos. Insistió particularmente en la clausura monástica, y nunca quiso aceptar para sus hijos espirituales ministerio alguno fuera del cenobio (pues sabía bien que, bajo excusa de la cura de almas, muchos monjes habrían tal vez perdido la suya propia).

         Otro punto capital de la observancia valumbrosana era el espíritu de pobreza, tan olvidado en aquellos tiempos: en el hábito, en la mesa, en los edificios... todo debía ser simple, modesto, sobrio y pobre, pues los monjes han renunciado, individual y colectivamente, a toda superfluidad y boato.

         A fin de salvaguardar la clausura, y evitar a sus monjes cualquier contacto con el mundo, aceptó el abad Gualberto la institución de los hermanos conversos, recientemente implantada entre los camaldulenses. Y gracias a sus cuidados, la vida monástica floreció esplendorosa en Valumbrosa.

         Y no sólo en Valumbrosa, pues pronto llovieron de todas partes ofertas de fundaciones y restauraciones de monasterios antiguos, que desde Valumbrosa, y como savia nueva, empezó a fluir.

         Fue la época de las correrías monásticas de Gualberto, en que no se limitó a mandar monjes a los lugares requeridos, sino que retenía bajo su régimen todos los monasterios fundados o reformados por los valumbrosanos. Era él quien imponía los superiores, quien visitaba las casas, quien corregía y ordenaba todo. El fundador, además, sabía elegir certeramente los lugares desde donde podría ejercer seguro influjo.

         Así, el Monasterio de San Salvi (en Florencia), el Monasterio de San Miguel (en Passignano), y el Monasterio de San Salvador (en Fucecchio), formaban una red que tenían que atravesar casi todos los viandantes que de los países transalpinos se dirigían a Roma, o de Roma se encaminaban a los países transalpinos. Estas abadías rivalizaban en importancia con la Abadía de Valumbrosa, pues Gualberto tuvo el acierto de mandar a ellas a sus discípulos más aventajados.

         La Iglesia atravesaba tiempos difíciles. Su libertad se veía amenazada, coartada en todas partes; su pureza sufría rudos asaltos. La simonía y el nicolaísmo hacían estragos por doquier. La lucha estaba en el punto crítico. Sobre el trono del Imperio se sentaba Enrique IV de Alemania, y sobre la cátedra de Pedro lo hacía Gregorio VII. ¿Cómo dejaría de acudir el alma ardiente del abad de Valumbrosa en auxilio de la Iglesia?

         Su celo devorador perseguía, más allá de las fronteras monásticas, 2 objetivos principales: restaurar la santidad de la vida cristiana, particularmente entre los eclesiásticos, y restablecer la pureza de la fe. ¿No era ésta la esencia del ideal gregoriano?

         La Toscana (su patria) y las regiones colindantes se beneficiaron preferentemente de sus esfuerzos titánicos, de sus carismas de taumaturgo; el clero, sumido en gran parte en el fango del concubinato, experimentó una renovación profunda, hasta el punto de que muchos eclesiásticos empezaron a vivir en comunidad, realizando el ideal que venía predicándose desde los tiempos de los Santos Padres: los fieles abrazaban una vida cristiana más pura y más ferviente.

         El influjo del abad de Valumbrosa llegó a obtener que en la comarca se restaurara la celebración de la vigilia pascual a su tiempo debido, es decir, durante la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.

         Pero la gran lucha de Gualberto se desarrolló contra la simonía, que Juan consideraba como la "primera y la peor de todas las herejías". Según él, debía tratársela con el mismo inflexible rigor que San Pedro usó con Simón Mago. Sus monjes serían huestes aguerridas contra los simoníacos. A los tales, por elevado que fuera el cargo que inicuamente ocuparan, tenían que desenmascararles en público, hacer lo posible para que fueran depuestos cual falsos pastores. La empresa estaba llena de las más espantables dificultades.

         La fuerza de los obispos simoníacos, respaldados por poderosos amigos y cómplices, era verdaderamente enorme, y muchas veces hacerles frente equivalía a poner en peligro la propia vida. Hubo casos sangrientos, como el ocurrido en el Monasterio de San Salvi, cuando Gualberto y sus hijos empezaron a proclamar que Pedro Mediabarba (obispo de Florencia) había comprado su sede.

         Las cosas llegaron a tal punto que una noche el obispo mandó a unos sicarios que maltrataron e hirieron a los religiosos, destrozaron los altares y prendieron fuego al monasterio. Mas tanto Gualberto como sus monjes no cejaron hasta ver depuesto al usurpador.

         El abad de Valumbrosa era un santo, y de ahí la eficacia de su acción. Pero era un santo recio, severo y batallador. Poseía el genio que convenía para la obra que Dios le encomendara. Sus biógrafos nos hablan de sus increíbles ayunos, de la extraordinaria pobreza de sus hábitos, de su espíritu de mortificación, y también de su genio extremadamente irascible: "Su austeridad era tanta, y tanta la vehemencia de sus increpaciones, que aquel contra quien se enfadaba experimentaba la sensación de tener contra sí el cielo, la tierra y hasta al mismo Dios".

         En cierta ocasión montó en cólera porque en uno de sus monasterios habían aceptado los bienes de un novicio, y el monasterio ardió. Otra vez, visitando el Cenobio de San Pedro (en Moscheto), vio que habían construido un edificio mayor y más hermoso de lo que hubiera deseado. E hizo llamar al abad y le preguntó: "¿Eres tú quien se ha edificado esos palacios?". Y sin guardar respuesta, mandó a un riachuelo que por allí pasaba que destruyera aquel edificio (lo que, en efecto, y casi inmediatamente, sucedió).

         Tal se nos presenta el anverso del carácter de Gualberto. Pues su reverso es mucho más simpático. Si se enfadaba tan espantosamente contra los que faltaban en algo, luego, después de la reprimenda, les consolaba con entrañas maternales. Su amor a los pobres llegaba hasta el extremo de entregarles, en tiempos de hambre, el pan de sus monjes, y, cuando no tenía con qué socorrerles, vendía los ornamentos sagrados.

         El abad Gualberto, era, además, tan humilde y tal era la reverencia que tenía a todos los grados de la jerarquía eclesiástica, que, aun siendo abad y superior de una congregación monástica, jamás pudieron obligarle a que se dejara ordenar, ni siquiera de órdenes menores.

         El abad Gualberto murió el 12 julio 1073 en la Abadía de Passignano. Pocos días antes hizo escribir para todos sus numerosos hijos espirituales una carta en que les exhortaba a la caridad fraterna. También mandó que escribieran en un trozo de pergamino estas palabras: "Yo, Juan, creo y confieso la fe que los santos apóstoles predicaron y los Santos Padres, en los 4 concilios ecuménicos que confirmaron".

         Con este pergamino en la mano murió, y fue sepultado conforme a su voluntad. Fue canonizado por Inocencio III en 1193, como modelo católico que "supo combatir el buen combate de la fe".

 Act: 12/07/24     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A