13 de Septiembre

San Juan Crisóstomo

Aniceto Castro
Mercabá, 13 septiembre 2021

           Fue biografiado al poco de su muerte (ca. 407) por el historiador Palladius, en su célebre Dialogus de vita Chrysostomi. Una crónica que se sumó al Panegírico bizantino que, sobre la misma época, había mostrado sus escritos de forma imparcial y objetiva. Historiadores del s. V, como Sócrates y Sozomeno, también vinieron a aportar noticias testimoniales acerca de él, eliminando todo vestigio de la aureola absurda o leyenda negra imperial que vendría en el s. VII.

           Nació el 344 en Antioquía, hijo de un padre guerrero (Secundus, magister del ejército romano oriental) que debió transmitirle aquel bélico ardor de las batallas imperiales. Y de una madre asceta (Antusa, viuda a los 20 años) que amorosamente supo comunicar a su único hijo los más ricos tesoros de la fe cristiana.

           Impuso Antusa a su pequeño Juan las enseñanzas de un maestro de filosofía (Andragacio) y otro de retórica (Libanio), ambos de lo mejorcito de Antioquía. El 2º de ellos, Libanio, educó a su pupilo en todo tipo de recursos (el tropo, el hipérbaton...), con la idea de nombrarlo sucesor de su Escuela de Antioquía. Hasta que el joven Juan deja de lado aquellos cofres pulidos y aromados del paganismo, y empieza a filosofar sobre lo divino.

           El año 369, y con 22 años, decide recibir el bautizo de manos de Melecio de Antioquía, posiblemente por influjo de su madre. A lo que Libanio, al enterarse, pensó que los cristianos se lo habían robado, llegando a clamar: "Dioses de la Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos".

           El bautismo fue, en el espíritu de Juan, una inundación de cristianismo pleno y evangelio puro. Y un tirón hacia el recio ascetismo, que el neófito Juan decidió desarrollar en el desierto. Juan quiere vivir en toda su autenticidad su fe, y no duda en comenzar un estilo de vida de mortificación.

           Estamos en el s. IV oriental, donde el ambiente de Antioquía (al igual que el egipcio, capadocio, palestino...) arde en fiebre de desierto. Juan se hace penitente y solitario, Hasta que su madre tiene noticia de ello, logra dar con él y lo coge de la mano para devolverlo al lecho en que le dio a luz. Temblorosa, Antusa le pide a su hijo que no le haga pasar por una 2ª viudez, y el decidido Juan abandona sus planes ante las lágrimas de su madre.

           No obstante, Juan sigue llevando en casa una vida de soledad y oración con Dios, y la boca que dentro de poco habría de ser un torrente y cascada de palabras, ahora está llena de inefables silencios. El futuro reformador y moralista debía empezar por flagelar su cuerpo y crucificarse a sí mismo, y así lo hizo. La comunidad de Antioquía empieza a tener noticia de ello, y se siente orgullosa de su neófito Juan.

           Un día, se acerca a su casa su gran amigo Basilio y le comunica que, tanto a él como a Juan, han entrado a ser candidatos al episcopado de Antioquía. En el s. IV era habitual la intervención del pueblo en la designación de sus pastores, y Juan se estremeció. Y mientras lograba de su amigo aceptase ese cargo, él huyó a su amada soledad. Como más tarde explicó en su De Sacerdotio, "me retiré a la lobreguez de una cueva, como negativa a aceptar el episcopado y porque era más conveniente que mi amigo lo fuera".

           De nuevo está Juan, pues, en su soledad, en un apartado monte no muy lejano de Antioquía. Y allí pasó 6 solitarios años, 4 en una ermita y bajo la espiritual dirección de un viejo monje, y otros 2 en una cueva de penitencias extraordinarias, a base de ayunos y púas cilicios ensangrentada Las penitencias calcinan su cuerpo, y su rostro se vuelve ccrucificado.

           Hasta que Dios vio que aquel hombre estaba ya apto para las altas empresas que le aguardaban, y envióle una enfermedad que amenazó con acabar en aquella cueva. Sin tener otro remedio ni salida, Juan vuelve de nuevo a la ciudad.

           El 381 es ordenado diácono por el obispo Melecio, y empieza a surgir el Crisóstomo escritor. Durante 5 años empieza a mover la pluma en defensa de la Iglesia, del monacato, de la virginidad. Escritos bellísimos a nivel literatio, y páginas rezumantes de sabrosa y cordial espiritualidad.

           El 386 es ordenado sacerdote por Flaviano (sucesor de Melecio), y recibe la encomienda de la predicación en la ciudad. De repente, el Crisóstomo escritor pasa a convertirse en Cristóstomo predicador, convirtiendo su pluma de oro en pico de oro.

           Es entonces Antioquía una gran ciudad, bella y rica, a la que el historiador Amiano Marcelino llamaba odentis apex pulcher. Religiosamente, es un conglomerado de cristianos (paganos y judíos), y a nivel moral es un nido de desaforada corrupción. En este ambiente, y por 12 años, desbórdase de la boca de Juan un impetuoso torrente, a través de sus homilías.

           En concreto, de las homilías exegéticas, tanto del AT (con 66 homilías sobre el Génesis, y otras tantas sobre los salmos, el libro de Job, Proverbios y los profetas) como del NT (90 sobre Mateo, 7 sobre Lucas, 88 sobre Juan y 55 sobre Hechos de los Apóstoles). Por no hablar de sus más de 100 homilías directas sobre las cartas de Pablo, y otras tantas donde San Pablo pasa a ser su auténtico maestro y guía.

           Pero esa magnitud no era lo más importante la magnitud, sino su cualidad, que le valió para ser considerado el nuevo Demóstenes (para los griegos) y el nuevo Cicerón (para los romanos), quizás por su fastuosa elocuencia (en el 1º caso) o por su rotunda grandilocuencia (en el 2º caso).

           Pero Crisóstomo tiene su propio estilo, con una palabra fácil y movida, que brota de su boca rápida y alada, en admirables improvisaciones. Coloréala una pasión cordial, que, al mismo tiempo, la inflama. Su lengua no vibra, sino que arde y hace arder. En voz alta habla él solo, pero por dentro están sus oyentes, en un diálogo no menos elocuente que su propia voz. Su oratoria no fue intelectualista ni erudita, sino apegada a la realidad y conduciendo las almas de forma misionera, en su intento por cambiar las costumbres desde la interpretación bíblica. Como un águila, Crisóstomo subía a las alturas bíblicas, y rápidamente descendía, como un águila, a las realidades de la vida.

           Enfréntase, enardecido, con el vicio, con el abuso, y lo fustiga, implacable. Truena, terrible. O se exalta ante la virtud. Pero siempre cae caliente y ungido sobre el auditorio, como la llama de una gran lámpara del techo. Realmente, como predicador del pueblo cristiano fue Juan Crisóstomo iúnico, y sólo comparable a San Agustín.

           En los comienzos del 387, el emperador Teodosio impuso a Antioquía un tributo, que al pueblo pareció injusto. El populacho, desenfrenado, derribó las estatuas del emperador, de su padre, de sus hijos y de su difunta esposa Flacila. Y se preparó para lo que se le venía encima, pues el castigo se presumía terrible. Llegaron, en efecto, los delegados del emperador, y comenzó la venganza. El viejo obispo Flaviano partió para Constantinopla, y Crisóstomo se quedó solo en la ciudad, con aquellas turbas alocadas, rebeliones y desafueros, miedos y terrores, y estrépito de juicios por todas partes.

           En esos momentos, la voz del Crisóstomo sobre la ciudad antioquena fue la voz de un poderoso predicador. Una voz que increpa, que amenaza, que anima, que consuela, que sobrenaturaliza. Y una voz, que ella sola, y solo ella, domina las olas y los huracanes. Sus 21 homilías De Signes, pronunciadas durante aquella tempestad imperial sobre Antioquía, fueron un milagro de la elocuencia.

           Tras aquel episodio, la voz del Crisóstomo empezó a resonar por todo el mundo oriental. Y no es extraño que, al morir el patriarca de Constantinopla (Nectario), por voluntad del emperador y del pueblo fuese Juan de Antioquía (nuestro Crisóstomo) el propuesto para nuevo patriarca de Constantinopla (ca. 387). El año 389 fue consagrado Juan patriarca de Constantinopla, por Teófilo de Alejandría.

           El nuevo arzobispo emprendió en seguida la reforma de las costumbres del clero, de los monjes, de la nobleza, de todo el pueblo. Y fue el apóstol de la caridad. En sus homilías, y como ya lo había hecho en las de Antioquía, traza cuadros desgarradores de los pobres, que él mismo ha visto, extenuados de hambre; sobre la yacija de sus harapos.

           No son pocos los ricos que se conmueven, y el arzobispo logra socorrer, permanentemente, en la ciudad, a cinco mil necesitados. Y la Constantinopla del Crisóstomo es, en la antigüedad, modelo de ciudades limosneras, que incluso se adelanta siglos en la organización de la caridad.

           Pero el hombre que, principalmente, había de revelarse en Constantinopla era el defensor de la Iglesia frente a los poderes temporales. La ocasión había de ser, simplemente, la vindicación del derecho de asilo de las iglesias. Primero, el eunuco del emperador, Eutropio, dueño de la voluntad de Arcadio, pretende inmolar a una viuda. Refúgiase ella en la iglesia. Eutropio exige su entrega.

           El patriarca se yergue, frente al tirano, en defensa de la mujer y en defensa de los fueros del lugar sagrado. Eutropio logra que se declare abolido el derecho de asilo, pero el arzobispo lo mantiene en vigor. ¿Para qué, ya, si la viuda se ha salvado? ¿Y para qué? Eutropio (misterios de Dios) lo va a ver en seguida.

           En efecto, las cosas cambian de repente. La emperatriz logra hacer caer en desgracia, ante el emperador, al valido. El emperador ruge contra él, y el pueblo pide, a gritos, su cabeza. Eutropio se acoge a la Iglesia, y se ampara en el derecho de asilo.

           Pero el patriarca de Constantinopla no entiende sino de caridad y de derechos de la Iglesia. Y, también ahora, frente a las exigencias del colérico emperador, al cual secunda el pueblo, amotinado, protege al caído y mantiene la sagrada prerrogativa. Y con tal energía se opone a las reclamaciones imperiales, en defensa del derecho de la Iglesia (que en Occidente todavía no existía, hasta el s. XI de Gregorio VII).

           Juan Crisóstomo triunfó. Pero su triunfo, en lo humano, iba a ser efímero. Pues su figura empezó a mostrar una nueva fisonomía: la del perseguido. Ya en el pasado había logrado Crisóstomo, con sus invectivas contra la corrupción de la corte en Antioquía, despertar los odios políticos contra él. Incluso la emperatriz, que se había creído aludida en algún sermón del patriarca, profesábale un femenino rencor. Pero la actitud de ahora de Juan, en Constantinopla, con su vindicación de las prerrogativas de la Iglesia, acabó de inflamar la hoguera.

           De todo ello supo, taimadamente, aprovecharse nada menos que un obispo, ambicioso y vengativo, el cual veía en el arzobispo de Constantinopla un rival suyo: aquel Teófilo de Alejandría que le había consagrado obispo. Teófilo logró reunir un concilio, que condenó a Juan como reo de lesa majestad y le depuso. El emperador lo desterró. Juan recibió, impávido, la sentencia. De noche, apoderáronse de él los esbirros del emperador y lo echaron en un navío.

           Mas la ciudad entera se fue hasta el Bósforo a despedirlo. Las lágrimas de la muchedumbre fueron el consuelo del desterrado y la condenación de los perseguidores.

           Al día siguiente, algo misterioso ocurrió en el palacio imperial. El caso es que la misma emperatriz púsose de rodillas ante Arcadio y le suplicó el perdón para el desterrado. Juan volvió a su amada ciudad, Y su vuelta fue la de un triunfador. La multitud le aclamaba, le vitoreaba. Juan subió a su cátedra y pronunció su homilía: "Bendito sea el Señor...". ¡Qué bella, qué sublime homilía!

           Pero los luchadores de Dios no estaban hechos para estos laureles. Y un nuevo resentimiento de la emperatriz Eudoxia desató, de nuevo, la guerra contra el patriarca. El emperador volvió a desterrarlo, y el lugar que se le señaló fue la lejana localidad de Cucusa (Armenia), el rincón más desierto de toda la tierra. Allí llegó el arzobispo, después de un interminable y penosísimo viaje, medio muerto y con 60 años.

           En su destierro, la pena y la enfermedad le consumen, pero sirvió para mostrar 2 cosas más de Juan: el Crisóstomo misionero y el Crisóstomo amigo. Su espíritu tiene aún energías para cuidar de la conversión de los godos, y para ayudar a las misiones de Fenicia. Y las tiene su corazón para amar, más que nunca.

           Como ya no puede predicar, Crisóstomo emplea su destierro para escribir. Escribe cartas a los que quiere y le quieren. Estas cartas son su corazón que se abre y se derrama como un caliente estío que se expandiera en invierno. Y él mismo, en su soledad, es todo corazón, que se abre en abrazos para los que, desde Antioquía, desde Constantinopla, desde Egipto y desde todas partes del Asia Menor, empiezan a ir a visitarle. ¡Cuántos son! ¡Qué alegría para el pastor! ¡Qué torrente de cariño, el de sus feligreses y amigos! Son, sin duda, los momentos más felices del viejo Crisóstomo.

           Por su parte, la corte de Constantinopla todavía se acordaba de él, y sigue recelando de la novedosa popularidad del desterrado en Armenia. Y sin obedecer ya más que a cuestiones de celos absurdos, resuelve trasladarle a otro lugar más inaccesible, al Pitionte (en lo más perdido del Caucaso) y custodiado por 2 soldados.

           Juan emprende el camino hacia su nuevo y definitivo destierro, él solo y a través de las cumbres nevadas. Hasta que una noche no puede caminar ya más, y decide refugiarse en una ermita solitaria, echándose sobre el congelado suelo. "Gloria a Dios en todas las cosas", clamó. Y su boca se cerró para siempre. Era el 14 septiembre 407, y moría en Comana Pontica (Armenia) el celeste siervo de Dios, y pico de oro en la tierra.