14 de Abril
San Telmo de Frómista
Santiago
Fernández
Mercabá, 14 abril 2026
Semblanza
Nació en 1185 en Frómista (Palencia), en pleno camino francés que desde Roncesvalles se dirigía a Compostela, y bajo reinado de Fernando II de León y Alfonso VIII de Castilla (el héroe de las Navas de Tolosa). Fue bautizado con el nombre de Pedro González Telmo en la parroquia románica de Frómista, y poco más es lo que sabemos con certeza de sus primeros años.
Parece ser que su familia era noble y cristiana, y acaso perteneciente al rango de los infanzones (o ricos-homes) de la comarca. De ahí que pronto proporcionara al pequeño Pedro una esmerada y cumplida educación, que desde muy pronto encomendó a un pariente cercano que era canónigo en la Catedral de Palencia (y más tarde obispo de Palencia). Don Telmo (tío de Pedro) se llevó a Pedro a vivir a su casa, y al ver las buenas disposiciones y natural desparpajo del niño, le fue proporcionando los mejores maestros que tuvo a mano, y lo puso a estudiar.
Con
los canónigos de Palencia, por tanto, fue el pequeño Pedro haciendo sus
primeros progresos
en las letras, e imponiendo su dominio en las
artes liberales y el latín. Hasta que de allí pasó, cuando apenas pubescía,
a las aulas universitarias de Palencia (cuya universidad, o Estudios
Generales y Universales, que acababa de establecer Alfonso VIII de
Castilla, era la 1ª de España).
La ciudad del Pisuerga
era en aquel entonces un auténtico hervidero donde atronaban, en sus encachadas plazas
y ahilados soportales, las triscas,
zarabandas y disputas estudiantiles. Pero todo ello al unísono y sin jergas extrañas,
pues en Castilla (y España entera) se vivía en constante clima de cruzada, y en tal
coyuntura no se llevaban mal los teólogos y los caballeros.
Volviendo al caso, todos los biógrafos coinciden en que el joven Telmo (aquel Pedrito de antaño) fue un estudiante lúcido e ingenioso. De fácil y segura memoria, era además sutil y agudo en las controversias, hábil y suelto de palabra, de carácter sociable, simpático y atrayente, de bellas facciones y esbelta apostura, aficionado a los libros (aun cuando no se quebrase demasiado los ojos por ellos) y, en una palabra, un escolar avispado, que rara vez aparece por una universidad.
Con todo eso, hay un punto oscuro en esta parte de su historia, y es el que se refiere a su talante espiritual y moral. Pues según algunos autores, Telmo "arrastraba bayonetas en Palencia", que según la jerga de la época quería decir que era amigo de chanzas y torneos, y dado a la juglaresca. No olvidemos que por allí discurría el asendereado Camino de Santiago, bullicioso en romances y salpicado de trovadores y cantares de gesta. Y que eso venía como anillo al dedo a aquella inquieta estudiantina, cuya juventud universitaria era dada a las juergas, y a dejarse impresionar.
No obstante, siempre presentó Telmo una brillante hoja de estudios, y su prestigio en la universidad, así como su ingenio licurgo y vivaz, no sufrió menoscabo con sus juergas estudiantiles, y siempre fue sobresaliente. De ahí que, a poco que fue madurando y entrando en razón, su espíritu se fue volviendo más sosegado y contemplativo.
Cuando
acabó la carrera universitaria, fue animado por su tío (obispo de
Palencia) a ocupar su canonjía catedralicia, que él dejaba libre tras su
elección episcopal. Y pocos años después resultó ser elegido por sus
colegas como dean de la catedral.
De
suyo se sigue que de todo lo dicho sólo podría salir un clérigo a
medias. Pues a Telmo le faltaba todavía asiento y gravedad, y
posiblemente hasta la gracia de
estado. Sí que es verdad que siempre gozó de un carácter íntegro (con personalidad
acusada y robusta), pero hay que añadir que siempre propenso a las reacciones súbitas y
soberbias.
El día de su exaltación al deanato, por ejemplo, le había hecho perder la cabeza. Pues su toma de posesión no fue una más, sino totalmente emperifollada, tanto en vestes como en arreos prelaticios, en toda la cascabelada. A la cabeza iba el arrogante prebendado (Telmo), montando su bello alazán y llamando la atención por su gallardía, pompa y caballerosidad, al propio tiempo que recibía los plácemes, ovaciones y ditirambos de la enloquecida multitud.
Lo cual terminó por hacer perder su
aplomo al apuesto mancebo (Telmo), pues para
demostrar su destreza de caballista, empezó a hacer más piruetas y
caracoles de los normales con el caballo, yendo a tirar de al fogoso animal,
perdiendo él mismo el equilibrio, y yendo a parar ambos de bruces (Telmo
y su caballo) a un barrizal, en medio de la zumba y chacota de todo el pueblo.
¿Cómo encajó al malparado deán su fracaso, y la estentórea rechifla de la chusma? Según los cronistas, su reacción estuvo a tono con su majeza y arrogancia, y parece ser que (en público) se lo tomó con el temple heroico y buenhumorado.
Pero lo cierto es que (por dentro) a Telmo se le cayó la cara de vergüenza,
pues ese día se metió en su casa y ya no volvió a salir más a la calle. Como San
Pablo en el camino de Damasco, Telmo comenzó a entrever a Dios aquel
mismo día, en su mayor frenesí y paroxismo. Y en aquel retiro de su casa
comenzó a experimentar, a toda prisa (como él siempre había vivido), una auténtica y fulminante metanoia.
En
1º lugar, Telmo estaba sumido en una auténtica compunción, deshecho
en amargura por su vanidad pasada, y pidiendo a Dios que le inspirase el mejor
medio
de escapar del mundo. Deseaba sinceramente servir al Señor, y buscaba el
camino de hacerlo en desagravio de sus anteriores yerros.
En 2º lugar, Telmo empezó a querer dejarse guiar por el buen espíritu,
renunciando solemnemente a su deanato y canonjía, entregando todo su
dinero a los pobres y empezando a sopesar la vía contemplativa, a través
del Convento Santo Domingo de
Palencia.
No nos coge de nuevo esta elección. La Orden dominicana estaba de moda, ya en su cuna y por el ruido de los éxitos de su fundador contra los albigenses del sur de Francia. Había sido creada unos años antes por Santo Domingo de Guzmán, natural de Soria pero muy conocido en Palencia (donde había estudiado en su universidad), que en esos momentos se estaba ganando el patrocinio de Inocencio III (para reponerse del fracaso cisterciense, en su lucha contra los herejes).
Por otra parte, la naciente Orden
dominicana prescindía por completo del trabajo
manual y se consagraba de lleno al estudio, como condición indispensable
para una fructífera y sólida predicación, y era apreciada por su
regular observancia y disciplina. A sus claustros se acoge
Telmo, universitario de los pies a la cabeza, cuyo sacerdocio ha de
conservar siempre ese matiz intelectual, docente y kerigmático,
y entra como novicio en el convento dominicano de Palencia, que estaba
levantándose a la sazón.
El
mejor elogio que cabe hacer de él como religioso es que el clérigo
rumboso y sibarita y el hombre de mundo quedaron pronto eclipsados por la
práctica, ardimiento y tenacidad de sus virtudes monacales. Está visto
que el Señor le había enriquecido con excelsas dotes naturales y forjado
sabiamente su metamorfosis espiritual porque deseaba servirse de él para
grandes empresas. Digámoslo lisa y llanamente, porque la vida de Telmo, injustamente preterida en España
hasta el presente, comienza a ser conocida por los estudiosos y su fuste y
colosal prestancia se agigantan de día en día.
Este cimero y provecto novicio fue ya desde el 1º momento pasmo de santidad. Su piedad asidua y profunda, su ardiente caridad, su mortificación callada, porfiada y estoica, su varonil desasimiento, eran la admiración de sus compañeros y superiores jerárquicos. Para la profesión preparóse, como no podía ser menos, con largos y rigurosos ayunos y penitencias.
Aquel día ofrecióse a Dios por entero ante el altar e hizo la oblación y total renuncia de sí mismo. En lo sucesivo sobresalió hasta tal punto en la observancia de los votos, que todos se hacían cruces de su angelical pureza, de su acatamiento y pobreza, llevada hasta los mayores extremos, amén de una mansa humildad y abatimiento voluntario, como que, en alivio y obsequio de sus hermanos, siempre estaba presto a desempeñar los más bajos oficios de la comunidad.
Así crecía esta hermosa flor de
los claustros y se denunciaba por su fragante aroma, que trascendió en
seguida a Palencia y a innumerables pueblos castellanos.
Con todo, la dulce placidez casera de una vida contemplativa no se daba las manos con fray Telmo, cuya vocación, por descontado, no era de las de cepos quedos. Y así fue que secundando el espíritu de la Orden y teniendo en cuenta sus sobresalientes cualidades, el prior resolvió dedicarle a la predicación, instándole antes a imponerse en el estudio de la teología.
Noches enteras pasaba
Telmo quemándose las cejas sobre la
ciencia sagrada, así como sobre los libros santos, en cuya interpretación
rayó a gran altura, al paso que esmerábase en copiar y emular las
virtudes de su eximio fundador y seguir sus huellas, a quien había
adoptado por modelo.
Encentrado su apostolado y sus misiones, muchos fueron los pueblos y ciudades que se rindieron a sus arrebatados sermones, saborearon sus sabios consejos y viéronse envueltos y arrastrados en el halo inefable del rigor anacorético de sus austeridades. Pasaba por ser un fraile docto y prudente, celoso por los enfermos y pecadores, y tenía la santa costumbre de exhortar a sus huéspedes, obteniendo por este medio clamorosas conversiones.
Pero, ¿qué era esto
para un corazón como el suyo que no le cabía en el pecho? Castilla, por
ende, comenzó a hacérsele pequeña y su mirada de lince, así como su
vehemencia, se fijaron en Andalucía.
Corría por entonces el 1º tercio del s. XIII, en plena reconquista del solar hispano contra el poder del Islam. Todos los españoles tenían puestos sus ojos en la homérica cruzada. Alfonso VIII de Castilla había rebasado la divisoria de Sierra Morena, con lo que quedaba abierto el camino para las grandes conquistas del valle del Guadalquivir.
Con la llegada de Fernando
III de
Castilla (capitán invicto de los cristianos), la epopeya va a ser
sobrehumana, pasando toda España al poder cristiano, salvo el reducto de
Granada (cárcel de moros, de los que quedaban sueltos). Y en
esta atmósfera de guerras y reconquistas por todas partes, el fraile Telmo, ardiendo en celo religioso, se
propone atender a la regeneración
espiritual de los soldados.
Los frutos de esta trabajosa e ingrata sementera del gran dominico Telmo no se hicieron esperar. Cuándo enseñaba la doctrina cristiana en el campamento militar, cuándo fustigaba duramente el desenfreno de los libertinos; ahora oía pacientemente confesiones, ahora predicaba y arengaba a las tropas; un día procuraba templar la rudeza y salvajismo de les combatientes, otro día, con hábiles toques y admoniciones, prevenía e intimaba a cuantos acercábanse a él para pedírselos.
El fervoroso rey
Fernando III,
cuya alma era tan de Dios y veía con agrado la ingente cosecha espiritual
llevada a cabo en sus ejércitos, tanto con los caballeros como con las
mesnadas, pronto cayó en la cuenta de que fray Telmo era su mejor capitán,
porque de la virtud al honor y de los dos al heroísmo no hay más que un
paso.
Un
suceso estúpidamente lamentable y apestoso vino en aquel entonces a
turbar esta ubérrima labor y no sólo estuvo a punto de dar al traste con
el optimismo, fortaleza y buen nombre del misionero, sino que, en
realidad, sirvió para dar el espaldarazo a su santidad y fue el primer
eslabón de la cadena de oro de su exuberante taumaturgia.
No sabemos a punto fijo ni la fecha exacta ni la localidad donde ocurrió, mas hace al caso que unos cuantos descontentos, de los conspicuos de la milicia, cuya lubricidad y escándalo habían sido flagelados con valentía y puestos al descubierto por el indomable religioso, no toleraban su presencia ante ellos y dieron en la flor de zaherir, badajear y hacer ascos de él. Su humildad, murmuraban, era torpe máscara; su fervor, hipocresía; su candor, pura ficción so capa de salaz lascivia.
No faltaron, gracias a Dios, quienes salieran por su inocencia, pero con este motivo se armó tal polémica y zipizape que una mujer, cortesana de oficio, quiso sacar partido del embrollo, ofreciéndose a sus cómplices por dinero para tentar y hacer sucumbir a aquel "santo de papel". No monta una paja escenificar el episodio. La ariscada y diabólica damisela tuvo la avilantez de tentarle.
Era buena moza y lo hizo sacando a
relucir melindres y lágrimas, de un modo apasionado, hechicero, febril,
pero él fue dueño de sí mismo y el cielo le inspiró encender una gran
fogata y se arrojó en las llamas. La pecadora quedó petrificada, como si
la atravesara un rayo del cielo; el religioso, incólume y radiante de
fulgor sobrenatural; los maquinadores, que estaban al acecho,
estupefactos. Todos confesaron su crimen, arrepentidos, y la virtud de
fray Telmo de esta hecha va a parecerse más al oro purificado en el
crisol.
Tras este triste episodio abandona Telmo Andalucía, y de allí se traslada a Galicia. ¿Desazonado y molesto quizá? ¿Acaso por la atracción que desde niño ejercía sobre él el camino francés? ¿O en virtud de un plan preconcebido de sus superiores? Bien pudiera ser que por las tres razones.
Los dominicos no tenían en Galicia más conventos que
el de Santiago, centro de irradiación admirable, así en el orden
religioso como en el civil, mayormente desde los tiempos de Gelmírez,
para un apostolado brillante y de altura y propagativo. A él es destinado
fray Telmo, llevando consigo a fray Pedro de las Mariñas (de Betanzos),
que en el camino se deja ver y misiona por donde pasa.
Sin embargo, su centro evangelizador en esta época no parece haber sido Santiago, sino Lugo, cultivando extensa zona, muy populosa, hasta Puente Sampayo. Primeramente constituyóse en maestro de sacerdotes y luego se prodigó con toda la grey. Es una táctica muy española, dígalo el Maestro Avila, de apóstol a lo grande. Si no tenemos luz en el candelero ni hay sal, ¿cómo no va a ser insípido el mundo y cómo evitaremos andar a oscuras y a repelones?
La honda transformación operada en toda
aquella comarca, la difusión del rezo del rosario, los primeros contactos
con pescadores y marineros, un clima blando y tibio de beneficencia y
amparo al desvalido, hasta multiplicársele milagrosamente las viandas que
podía proporcionarse, nuevos triunfos de su castidad, renovándose el
milagro del fuego, datan de esta primera etapa. En Portugal, en el
convento de Amarante, residió dos años como maestro de novicios, y de
esa escuela salió un santo: Gonzalo de Amarante.
De nuevo, sin que sea posible precisar la fecha, fray Telmo se halla presente en Andalucía y toma parte en la marcha sobre Córdoba, que fue ganada en 1236. En tal coyuntura figura como director espiritual del ejército y confesor del rey. Una tabla magnífica que se conserva en la catedral de Tuy representa la tienda de campaña de Fernando III de Castilla. Dentro y de rodillas está el monarca, y sentado está Telmo. ¿Pero por qué no prolongó su función de capellán castrense, y sí rehusó acompañar al rey en la corte, como confesor y consejero, mientras preparaba el Asalto a Sevilla?
Es cierto que Telmo era noble de alcurnia, y tenía gran influencia en las clases rectoras de Castilla, de finas maneras y
placentera presencia. Pero Telmo prefería la sólida religión, no
era para nada palaciego, y su alma de apóstol estaba enamorada del pueblo sencillo,
imbele y abandonado. Por eso, el rey le hace volver a Galicia, de donde ya no volverá a
salir más.
En
esta 2ª fase de su estancia en Galicia, que apenas duró 4 años, Tuy es su
Cafarnaum. Se aloja donde puede, renovando la táctica
antigua, que tan buenos resultados le diera, y perfecciona y completa
personales experiencias. Causa asombro su prodigiosa actividad en tan
corto período de tiempo: docencia y cura de almas, y, en particular,
padre, maestro y juez de conciencia; acción sobre las personas y sobre
las organizaciones y fuerzas sociales; precursor de los gremios y cofradías
de mareantes.
El s. XIII en que estamos significa en la historia universal más de lo que algunos creen. Tiene un ideal armonioso, a despecho de su pedantería y barbarie, y cuenta los santos a montones, algunos de ellos de ejemplares méritos.
La predicación hácese independiente de la patrística, más popular, nerviosa y práctica; auméntanse las riquezas y se desarrolla el comercio; despiértase el espíritu asociativo, incluso para construir puentes y caminos; abunda lo bueno y edificante, como que, sin bordar de realce, ningún otro siglo ha hecho tanto por los pobres como él, así en la beneficencia pública como en la privada.
No obstante, la avaricia y la
miseria andan a toca ropa, y, sin haberse despeñado todavía en el
escepticismo, al lado de la virtud verbenea la inmoralidad. Conviene
paremos mientes en que, si bien es cierto que quedaban pocos siervos de la
gleba, pululan los collazos, behetrías, iuniores de heredad y los
villanos o pecheros. La vida de todos éstos era difícil. Y Telmo no
fue anacrónico ni retrógrado, sino coetáneo de su tiempo, anduvo al
paso de su época y sólo se propuso salvar a los hombres de su generación.
Como
orador, hubo de predicar con frecuencia al aire libre, porque las iglesias
eran harto mezquinas para contener a las muchedumbres. Como obras sociales
suyas, cuéntanse el Puente de Castrelos (de Ribadavia) y el Puente de Ramallosa
(en el valle Miñor, de las cercanías de Vigo). Como sacerdote, era el
padre de los pobres, el amigo, fiscal y consejero de los grandes, y espejo
impoluto de edificación en todas partes, estampa viva de férvida oración,
de espíritu de sacrificio, de inflamado celo.
Con todo eso, un problema acuciante, grave y pavoroso, que era a la vez industrial, comercial y sociológico, sobre ser moral, había planteado en este rincón del noroeste gallego: el marinero. Tanto la pesca como el transporte marítimo ocupaban a una numerosa población y estaban reclamando a voces al osado y vidente que los encauzara, a fin de hacer más llevadera la vida en la costa atlántica.
Y Telmo, sin que fuese obstáculo
para ello el haber venido al mundo en tierras de pan llevar, se dio cuenta
de la tragedia, puso mano en la obra de la formación individual del
marinero y hasta ensayó la teoría e institución de los gremios, los
cuales habían de encarnar y crecer como la espuma después de su muerte.
Ante todo y sobre todo pues, fue el apóstol y paladín de los hombres de
mar, así como, reconocidos, fueron también éstos quienes más de corazón
se dieron a él y luego hicieron de cantores y panegíristas suyos.
Por supuesto, en una obra de este temple no podían faltar los milagros. Dios los prodiga a veces a granel para poner de manifiesto su presencia en el mundo y para que los santos los puedan exhibir como credenciales de su mandato. Se pierde la cuenta de los que esmaltan la vida de fray Telmo. Es de advertir que en la Catedral de Tuy se conserva el original del proceso de su beatificación, a tenor del cual la mayor parte de ellos son rigurosamente teológicos. Mostró su poder sobre los elementos de la naturaleza y más de una vez se le vio atravesar el Miño a pie.
Penetraba Telmo en los corazones, y los pescadores le interpelaban en medio de las borrascas, braveza y galernas de las procelosas aguas. Un día, dirigiéndose a Bayona, tuvo la revelación de la muerte de un sacerdote, amigo suyo a quien iba a visitar, en el camino, y, como sus compañeros de viaje desfallecieran de hambre, al remover una piedra que él les señaló descubrieron dos panes de nítida blancura.
Otra vez, en la Ramallosa,
como quiera que estaba edificándose la fábrica del puente, del que más
arriba hemos hecho mención, el inmenso gentío que le rodeaba, embobado
por sus sermones, comenzó a huir despavorido ante la horrísona tempestad
que habíase desatado y él, alzando sus manos hacía las nubes, las
dividió en 2 partes, y, a pesar de caer un verdadero diluvio sobre la
tierra, sus oyentes no se mojaron poco ni mucho.
Finalmente,
a continuación de esta obra sorprendente y ciclópea, que legaba a sus
queridos hijos de aquella comarca y en especial a los marineros, pero que
para él no valía gran cosa, porque siempre es un grano de anís lo que
hacemos por la gloria de Dios y la salvación de las almas, el Domingo de
Ramos de 1240, en el curso de unas lecciones que había iniciado la semana
anterior, San Telmo se despidió de la ciudad de Túy, tras revelar la
hora de su muerte, dejando consternado al auditorio, y se dispuso a
ingresar en el convento de Santiago, donde deseaba acabar sus días.
Ya la fiebre minaba y atenazaba su débil y macilento cuerpo, gastado por la ascesis de tantos años. Y al llegar a la aldea de Ribadelouro (a 6 km de Tuy, a la par del Puente de Febres), el Señor le da a entender que regrese a la ciudad, para morir cabalmente en ella. Allí durmióse entre los hombres, el 14 abril 1240.
Sus honras fúnebres estuvieron concurridísimas, y en ellas ofició el obispo Lucas de Tuy, el cual mandó levantar en la misma catedral un mausoleo, convertido muy pronto en centro de atracción por los portentos que allí se multiplicaban a diario. A 208 ascienden los comprendidos en una información judicial mandada abrir por aquel prelado. Por ejemplo, vióse manar muchas veces un aceite milagroso de suave fragancia, talismán contra diversas enfermedades.
De la Catedral de Tuy, donde aún se conserva y venera el cráneo, los restos mortales fueron trasladados al oratorio de los obispos y, en 1579, a la suntuosa capilla que se les dedicó en la iglesia de las franciscanas. Más tarde, en 1741, Benedicto XIV, comprobada su santidad y abundancia de milagros, instituyó su fiesta, que se extendió a Palencia y Tuy en un principio y después a toda España.
Act:
14/04/26
@santoral
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E D I T O R I
A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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