14 de Enero

San Félix de Nola

José Víez
Mercabá, 14 enero 2021

           En la más vasta y fértil llanura de la Campania occidental, y no lejos de la populosa Nápoles y señorial Caserta, se levanta la antiquísima y pequeña ciudad de Nola, patria de San Félix.

           Su padre Hermias (militar retirado) se había establecido en ella en la 1ª mitad del s. III, procedente de Siria, y había allí tenido a su 1º hijo, del mismo nombre y con su misma vocación por las armas. Félix, nacido poco después, también decidió desde niño ser soldado, pero del reino de Cristo antes que del Imperio Romano. Y pronto empezó su carrera eclesiástica, pasando por por los diversos grados de las distintas órdenes, desde lector hasta presbítero.

           Como presbítero, fue Nola el brazo derecho de su obispo Máximo (al parecer ya anciano y demasiado débil para actuar con eficacia, en aquellos tiempos que requerían el temple de héroes), y a ello se entregó en cuerpo y alma, cultivando la viña del Señor sin apego a la riqueza (y eso que por familia poseía un amplio patrimonio, que le podía exonerar del cuidado de las cosas terrenas) y dedicando todo lo que tenía a las necesidades de la comunidad cristiana. Por su celo apostólico, muy pronto se ganó Nola la simpatía y devoción del pueblo cristiano, que lo siguió y respetó como a un padre.

           El temple de Félix se manifestó, especialmente, en los terribles años de las persecuciones desencadenadas por Decio (ca. 245) y Valeriano (ca. 256). Félix no llegó a sufrir la pena capital ni ningún otro proceso judicial reglamentario (que nos hubiera podido proporcionar más noticias acerca de él, como las que circulaban en aquellos momentos acerca de San Cipriano, el santo obispo de Cartago).

           Tenemos noticias acerca de él por lo que de él escribió el poeta Paulino (ca. 394-410), patricio y senador aquitano que, bajo influjo (desconocido) de Nola, había dejado las vanidades humanas y decidido ordenarse presbítero, en Barcelona. Un erudito escritor, e inspirado poeta, que se creyó obligado a dedicar, cada año, un poema panegírico en verso a su mentor y protector celestial. Como habían pasado 150 años desde la muerte del santo nolano, Paulino indagaró todos los datos históricos conservados por la tradición, pero no pudo señalar con precisión los años en que actuó Félix, aunque sí todos sus quehaceres durante las persecuciones de Decio y Valeriano.

           En efecto, tras unos años de relativa paz religiosa en el Imperio Romano, su emperador Decio (inteligente y sagaz político) desencadenó una de las persecuciones más aciagas para la Iglesia. Y para destruirla, creyó que lo mejor era desorganizar sus resortes de mando, arrestando, deslegitimando y procesando a los jefes de las comunidades, tanto obispos como presbíteros y diáconos.

           No pocos obispos huyeron de los centros urbanos (los más peligrosos), buscando asilo en lugares solitarios aunque sin perder el contacto y la dirección de su grey, como San Cipriano en Cartago. En Nola, su obispo Máximo también se vio en peligro, dirigiéndose al monte y escondiéndose en las anfractuosidades de los Apeninos (quizás en las laderas del Montevergine), a 1.500 m. altura y a pocas leguas de la ciudad nolana.

           El gobierno de la comunidad cristiana confió entonces la diócesis de Nola al intrépido Félix, que no quiso salir de la urbe con el objetivo de proteger mejor la perseverancia en la fe de sus encomendados. El astuto perseguidor Decio había ordenado, en efecto, que todos los ciudadanos sospechosos de cristianismo debían hacer acto de sacrificio (a los dioses del Imperio Romano), ante un magistrado civil que, tras ello, les libraría un certificado de libertad (o libelo imperial, como se le llamó después).

           En una ciudad tan pequeña como Nola no podía durar mucho tiempo la seguridad personal de Félix, que no temía actuar como fuera para cumplir su difícil misión pastoral. Con el alma en lo alto, según cuenta Paulino, atento a Cristo y no al mundo, llevando a Dios en su corazón y llenos sus pechos de Cristo, no disimula que es presbítero y jefe de la comunidad y por esto es arrestado.

           Félix se entrega contento en manos de los crueles esbirros. Es llevado a la cárcel, en donde es atado con cadenas de pies y manos y sin que pueda descansar su cuerpo por tener por lecho un montón de tiestos triturados, pero descansa su ánimo en Cristo, que le da fuerza y le multiplica en las penas las palmas del triunfo. Decio procuraba hacer apóstatas, no mártires, y por esto se prodigaban los tormentos agotadores hasta el desfallecimiento de la voluntad. De ahí que Félix debió pasar largas horas, días y meses en prisión.

           Entre tanto el obispo Máximo, solo en el monte, no padece menor martirio por el frío y el hambre, por la tristeza y el dolor. Lo sabe Félix y arde en deseos de ir a socorrerle. Como a Pedro, un ángel se le presenta una noche, se deshacen las cadenas y puede salir acompañado del mensajero celestial pasando entre los guardias dormidos. Ya en pleno campo, se dirige veloz al bosque en busca de su viejo venerable obispo, al que encuentra casi exánime y ya sin conocimiento.

           Nada tiene él con qué reanimarle cuando ve entre el espeso matorral un grueso racimo de uvas enviado del cielo. Con el reconfortante jugo del sabroso fruto vuelve a la vida el desvalido anciano, quien, al recobrar el sentido, abrazando a Félix, se le queja de la tardanza en ir a socorrerlo y le pide no le abandone más si no quiere que muera. Se lo promete el fiel presbítero y, cargándoselo en hombros, bajan al valle en busca de un refugio. Lo encuentran en casa de una anciana, a la puerta de cuya casa llaman a hora bien intempestiva. "Recibe (le dice Félix) este sagrado depósito que te entregan mis manos, testigos sólo las estrellas." Y ella lo acepta gozosa.

           Máximo bendice conmovido a Félix, que se va a la ciudad para consolar a sus cristianos de Nola. Allí, viendo que siguen amenazadoras las circunstancias, se convence de la necesidad de refugiarse también en casa de la piadosa anciana. Lo hace por algún tiempo, hasta que se amengua la virulencia de la persecución y puede volver a tomar la cura pastoral de la comunidad, que lo recibe como un confesor de la fe digno ya de una veneración que continuará por los siglos de los siglos durante su vida y después de muerto.

           Con el advenimiento de Valeriano (ca. 253) cesa del todo la persecución. Pero duró pocos años la benevolencia del emperador hacia la Iglesia, pues el 256 publica un edicto contra ella, que emulaba el del impío Decio. Causa motriz principal del cambio fue la codicia. Quiso apoderarse de las riquezas de la Iglesia que sus consejeros exageraron intencionadamente. A Félix le fue confiscado todo su patrimonio al mismo tiempo que se le buscaba para procesarle.

           Los esbirros enviados de fuera para capturarle, como no lo conocían y no lo encontraron en su casa, toparon con él y le preguntaron por Félix, el jefe de la comunidad cristiana. Disimulando no saber de qué se trataba, lo dejan en paz. Pero pronto alguien les dio tales señas del verdadero Félix, que se dieron cuenta de que era el que poco antes había sido interrogado. Vuélvense furiosos a la ciudad exultando por la que ya creían segura presa, no sin que Félix lo advirtiera cuando ya estaban muy cerca, pudiéndose meter por la ancha grieta del paredón de un derruido edificio, grieta que por milagro instantáneamente quedó tapada por un tupido velo de telarañas, lo que despistó a los perseguidores.

           Pasado el peligro, se alejó Félix de la ciudad y huyó a otra región. Asilo seguro le ofreció una cisterna seca. Una anciana que vivía por allí cerca inconscientemente le procuraba la comida. La Providencia velaba por el siervo fiel. Así pasó escondido algunos meses hasta que, desaparecido Valeriano, y bajo el emperador Galieno, se abrió un largo período de paz para la Iglesia. Y Félix puede volver a su ciudad, que lo recibe con inmenso júbilo.

           Había muerto, entre tanto, el obispo Máximo, y la comunidad cristiana quería forzar a Félix a ocupar la sede episcopal. La rehúsa él decididamente alegando que este honor ha de concederse a otro presbítero (Quinto), que había sido promovido antes que él al presbiterado.

           Pero es inútil toda insistencia. Quinto regirá como obispo la grey, pero Félix será su voz aleccionadora ante los fieles, y su predicador con la palabra y el ejemplo. Sobre todo con el ejemplo de desprecio de las riquezas y vanidades del mundo. Le habían sido confiscados todos sus bienes durante la persecución y podía reivindicarlos como hicieron otros. No todas las cosas lícitas son provechosas, observa su biógrafo. Félix prefiere lo útil a lo lícito y a los que le importunan para que reclame sus bienes, replica: "Dios no quiera que haya de volver a tener unos bienes que perdí por amor a Jesucristo".

           Como presbítero, pues, y pobre, pudo Félix continuar su misión evangelizadora entre la veneración cada día más profunda de los fieles de Nola, veneración que se convirtió en ferviente devoción a su memoria, a su sepulcro, cuando Dios le llamó al cielo. Y esta devoción, con las manifestaciones del culto, traspasó bien pronto los límites de la ciudad y de la región, y con la paz constantiniana los límites de Italia, llegando a ser el Santuario de Nola a fines del s. IV uno de los más celebrados de todo el Occidente. En la misma Roma le fue consagrada una basílica, y el papa Dámaso I le dedicó un epigrama para implorar su protección en momentos de graves apuros.

           San Paulino, el cantor de las glorías de Félix, hizo construir, contigua al humilde santuario que protegía el sepulcro, una espléndida basílica decorada con bellísimos mosaicos, y aun otras 3 rodearon pronto el primitivo santuario, visible desde todas ellas, de tal manera que vino a convertirse en un templete circundado de un bosque de columnas.

           Millares de peregrinos acudían a Nola cada año por la festividad de San Félix, el 15 de enero, a pesar del tiempo poco propicio para viajar, y principalmente desde Roma. Los campesinos invocaban al santo presbítero como especial protector de sus ganados. Los sospechosos de falsos testimonios eran llevados, aun desde lejanos países, ante el sepulcro, en donde se manifestaba su inocencia o su perjurio. San Agustín quiso remitir a Nola a un acusador de graves crímenes contra uno de sus clérigos. Y San Gregorio de Tours explica otras maravillas obradas junto a la tumba venerada.