14 de Julio

San Camilo de Lelis

Lamberto Echeverría
Mercabá, 14 julio 2024

         Nació en 1550 en Chieti (Abruzzos), en el seno de una familia militar en que su padre (Juan de Lelis) había recorrido media Europa al servicio de la Corona de España, en las guerras contra Francia, defensa de Nápoles, asedio de Florencia, batallas de Lombardía y del Piamonte y defensa de la costa adriática ante los turcos. No es de extrañar, por tanto, que su futura vida esté marcada por un carácter impetuoso y tenaz, manteniendo firme sus propias ideas frente a todo y frente a todos.

         Pasó su infancia Camilo entre la sangre batalladora de su padre, enrolándose a los 17 años en el ejército de Venecia y apuntándose para la cruzada que Pío V convocó contra los turcos. Hasta que una alta fiebre le obliga a retirarse cuando se encuentra en Ancona, y poco después muere su padre en Saint Elpidio, entre los brazos de su hijo.

         Así vino a quedar Camilo enteramente solo sobre la tierra. Solo y enfermo, porque a sus fiebres añadió el dolor de una llaga que ya no le dejará nunca a lo largo de la vida, y que será para él fuente de dolorosísimos sufrimientos. Llaga misteriosa, cuya naturaleza exacta no llegaban a diagnosticar los médicos, y que influirá de manera decisiva en su vida.

         Alguien sugiere al joven Lelis que podría curarse en Roma (en el Hospital de Santiago), y allí acude sin pensar que el contacto con ese hospital va a tener una influencia decisiva en su vida. El 1 marzo 1571 entra en la ciudad, y el día 7 ingresa en el hospital, dejando en su guardarropa un capa de viejo paño negro, como señal de la nobleza que un día fue y que ahora se ha quedado oscurecida.

         Cuando sale curado del hospital, y durante 4 años, Camilo vuelve al ejército y pasa a ser el típico soldado del s. XVI, "grande, membrudo y violento, que se juega la vida para después jugarse el sueldo en las tabernas", según nos dicen sus biógrafos. Efectivamente, aparece en él un terrible vicio que habría de costarle muchos disgustos: el juego.

         Nos consta que un día se jugó Camilo hasta la misma camisa, cerca de la Iglesia Montserrat de Roma y en una calleja frecuentada por soldadesca y mujeres de mala fama (anécdota que sus devotos futuros quisieron conservar, esculpiendo allí una hornacina con la escena del juego y la imagen de Camilo, y 2 versos alrededor que recuerdan: Qui die' Camillo sua camicia al gioco. Ed or si adora nel medesipo loco; lit. "aquí dio Camilo su camisa al juego, y aquí ahora se le adora").

         Tras la Campaña de Túnez (ca. 1574) desembarcaba Camilo en Palermo, y allí vuelve a jugarse de nuevo todo lo que tenía, quedándose en la más absoluta mendicidad y teniendo que empezar a pedir limosna. Un día que estaba pidiendo en la Iglesia de Manfredonia, el párroco se interesó por él y le acompañó al convento de los capuchinos, donde se estaban haciendo unas obras. Allí empleó aquel párroco a Camilo, como peón de la construcción. Y poco a poco fue rehaciendo su vida, entre el cariño que le dispensaron sus frailes.

         Cumplidos los 25 años, y de forma inesperada, el 2 febrero 1575 una luz celestial llegó a su alma. Pues mientras caminaba junto al borriquillo que llevaba las provisiones del convento, sintió una llamada de Dios, y cayó llorando al suelo.

         Al llegar al convento pidió el hábito, y tras muchas y complicadas vacilaciones le permitieron entrar en el noviciado. Pero el roce del hábito con la pierna volvió a abrir su antigua llaga, y hubo de suspender el noviciado y volver al Hospital de Santiago, esta vez para dar mejor ejemplo que el que había dado en su 1º ingreso hospitalario. Una vez curado, no volvió al ejército ni al juego, sino al noviciado de los capuchinos.

         Y de nuevo la llaga le obliga a dejar el noviciado, para volver al Hospital de Santiago, por 3ª vez en su vida. La 1ª vez había ido como un soldado aficionado al juego, la 2ª como un novicio capuchino apartado del mundo, y esta 3ª vez iba a salir de allí como un auténtico apóstol de los enfermos. Su vocación quedó forjada allí.

         Desde ese mes de octubre de 1579 (en que salió por 3ª vez del hospital), y hasta su muerte, toda la existencia de Lelis va a transcurrir en los hospitales, sin otro afán y otro deseo que ejercitar la caridad con los pobres enfermos.

         Su entrega constante a los enfermos hizo que fuese nombrado por los capuchinos como "maestro de la casa" (mayordomo del convento), y empezó a concebir la idea de formar una especie de cofradía masculina, que sirviera a los enfermos por amor de Dios.

         Se conservan aún los estatutos que había diseñado Camilo para el efecto, intentando reclutar de entre el personal del Hospital de Santiago a cuantos quisieran secundar esta cofradía. Pero su intento chocó fuertemente, y empezaron a circular las habladurías, reprensiones y disgustos, hasta que al final se le prohibió volver a visitar el hospital. Es más, San Felipe Neri miró con hostilidad el proyecto. Y Camilo de Lelis, que siempre amó a San Felipe Neri, no tuvo el consuelo de que éste apoyara nunca sus proyectos.

         Antes de salir del Hospital de Santiago, decidió Camilo hacerse sacerdote. Y tras estudiar en el Colegio Romano de Roma (a decir verdad, de forma bastante superficial), recibió la ordenación y celebró su 1ª misa el 10 junio 1584. El 1 septiembre 1584 dejaba el oficio de mayordomo capuchino, y se reunía poco después con un pequeño grupo de compañeros en la Iglesia de los Milagros de Roma, bajo la hermosa imagen de un crucifijo personal (que un día, cuando más angustiado estaba por la incertidumbre de su porvenir, le había dicho rotundamente: "Esto es obra mía").

         La pequeña comunidad de Lelis vivía un género de vida realmente insostenible. Y pronto enfermaron casi todos sus integrantes, pues el sitio de Roma donde vivían era insalubre a más no poder. Hubo que trasladarse a la calle Botteghe Oscure y después a una pequeña casa, junto a la Iglesia de la Magdalena. Aquí es donde se inicia ya la vida de la comunidad hospitalaria, propiamente dicha.

         En medio de una pobreza impresionante, Lelis y sus compañeros se dedican a atender a los enfermos, y el 18 marzo 1586 consiguen la aprobación de Sixto V en su Ex Omnibus, obligando a un género de vida común pero sin la obligación de los votos religiosos. Se trataría, por consiguiente, de una sociedad o instituto seglar (que pronto empezó a ser conocida como los Camilos). Camilo fue elegido superior general, y obtuvo poco después para él y sus compañeros el poder llevar sobre el manteo una cruz roja.

         Desde la casita de la Magdalena, los "ministros de los enfermos" iniciaron sus actividades al servicio de los enfermos. En 1º lugar, y ante todo, en los hospitales. Todos los días salían de casa en dirección al inmenso Hospital del Espíritu Santo (próximo al Vaticano), donde con celo y caridad inextinguible atendían en todo a los enfermos. Hoy el hospital es para nosotros un lugar muy cuidado, donde la higiene se extrema, y donde, aun existiendo deficiencias, hay siempre un cierto cuidado en la limpieza.

         Pero aquellos eran otros tiempos. Puestos en manos de criados, las más de las veces mal pagados, con un desconocimiento casi absoluto de las leyes de la higiene, y bajo el influjo de falsas ideas que impedían una ventilación racional, los hospitales ofrecían por lo común un espectáculo bastante repugnante.

         Los biógrafos de Camilo recogen datos macabros del abandono en que se encontraban los enfermos, de la tristísima situación en que se hallaban los que ya habían sido desahuciados, de los malos tratos que recibían todos por parte de los criados. La empresa era, por consiguiente, verdaderamente heroica. Personas llenas de la mejor intención no podían resistir un rato el ambiente del hospital en el que Camilo y sus religiosos pasaban, sin embargo, el día entero.

         A este ministerio fundamental de los hospitales añadieron Lelis y sus hijos otros 2 ministerios: el de los encarcelados y el de los moribundos.

         Esta era su vida ordinaria. Con su fundador a la cabeza, que a nadie cedía en entusiasmo y en entrega, que se reservaba para sí, como favor especialísimo, los cuidados más bajos y las tareas más penosas, aquel grupo de sacerdotes y hermanos legos dio en Roma maravillosos ejemplos de caridad y entrega a los pobres.

         Pero no olvidemos que estamos en el s. XVI. Todavía la medicina no había conseguido triunfar sobre las epidemias. De vez en cuando un terrible azote, la peste, se hacía presente en las ciudades empavorecidas al ver aparecer aquel espectro. Llenas de terror las muchedumbres, procedían de manera desatentada, con las bárbaras maneras inmortalizadas por Manzoni en Los Novios.

         Puede decirse que todos, autoridades, nobles y pueblo, perdían la cabeza ante el desastre. A Camilo y a sus hijos les tocó hacer frente muchas veces a la peste y las epidemias. Y lo hicieron con heroísmo verdadero. Sin vacilar un momento, viendo que la muerte diezmaba sus filas, se dedicaba en jornadas agotadoras a cuidar a los apestados. Las muchas dificultades y oposiciones que encontró la obra fueron vencidas precisamente por el impresionante heroísmo que los nuevos religiosos supieron emplear al servicio de los apestados.

         Ni es esto solo. Cuando en 1596 marcha un ejército a combatir en los campos de Hungría, Camilo recibe del papa el encargo de organizar la asistencia sanitaria. Y allí van, con los soldados, los ministros de los enfermos llevando su cruz roja, como anticipo de la que siglos después habría de ondear en los campos de batalla. También allí los camilos hicieron prodigios de heroísmo y de caridad.

         Este era el panorama de la Orden naciente. Poco a poco había ido arraigándose y extendiéndose a Nápoles, Milán, Génova, toda la península italiana y las islas. Fracasó, en cambio, su intento de salir hacia Francia y España.

         Pero el crecimiento trajo también sus dificultades. Uno de los episodios más dolorosos de toda la vida del fundador. Camilo, que amaba a los hospitales, que desde el 1º momento había mantenido que allí estaba la auténtica casa religiosa de sus hijos, llegó a aceptar en alguna ocasión hacerse cargo por completo de todo el régimen de los mismos.

         Ya no se trataba de la asistencia espiritual a los enfermos, ni siquiera de salir de la propia casa para ir a atender con los cuidados materiales a los mismos. Se trataba de instalarse en los hospitales y vivir única y exclusivamente para ellos, de tal manera que todo, desde la administración hasta el cuidado espiritual, desde las tareas más bajas hasta las más delicadas, estuvieran en manos de los que por eso se llamaban "ministros de los enfermos".

         Y estalló el conflicto. No podemos contarlo aquí con detalle. Tuvo enfrente Camilo no sólo a gentes de fuera, prelados incluso, sino también a religiosos que con él habían convivido desde los primeros tiempos y que venían gozando de toda su confianza.

         Camilo, que había recibido una instrucción muy elemental, y que no era hombre de ideas abstractas y grandes conceptos, tenía sin embargo unas cuantas ideas evangélicas firmes y claras, y las defendió con todas sus fuerzas. Sin una vacilación, contra todo y contra todos, con una resolución y firmeza absolutas, mantuvo sus ideas y consiguió sacarlas a flote. No podía transigir con algo que había sido el ideal de toda su vida.

         Durante la lucha dejó Lelis el generalato. Pero de ninguna manera renunció a su cualidad de fundador. Él había tenido la inspiración de Dios, y él habría de cuidar, mientras viviera, de que esa inspiración se realizase. Y así lo hizo. Con toda humildad, pero con firmeza, consiguió que las cosas se arreglaran, y que la primitiva idea se reafirmase y llegara a consolidarse. Después, pudo ya morir contento.

         Nada más sencillo y al mismo tiempo más encantador que la ascética camiliana. Ninguna complicación. Se establece un principio: en el evangelio el Señor nos muestra al prójimo como imagen suya, y anuncia que en el juicio final premiará como hecho a él mismo lo que se haya hecho a los pobres. En consecuencia, hay que servir a los pobres sin poner límite alguno. El mismo sacerdocio no ha de ser obstáculo para que quien lo ha recibido cure las llagas, lave los pies, haga los servicios más humildes a quien se encuentra enfermo.

         A esto se añade otro principio también elemental, pero riquísimo en consecuencias: la suerte eterna del hombre se decide en la hora de su muerte. Por consiguiente, cuanto se haga por acompañarle y atenderle espiritualmente en esa hora decisiva será poco. Otros ministerios podrán exceder a éste en determinados aspectos. Pero siempre el cuidado de los moribundos, de los agonizantes, tendrá esta característica de ser decisivo. Porque, como dice el viejo aforismo, tantas veces repetido por los Santos Padres, "del lado que caiga el árbol, de aquél quedará para siempre".

         Apoyándose en estos dos principios tan sencillos, la vida de Lelis fue una entrega absoluta, sin límite, heroica, a los enfermos. Pero no terminaríamos nunca si quisiéramos recoger las anécdotas maravillosas que de él nos conservaron los procesos de canonización.

         Baste decir que durante toda su vida sirvió de admiración a cuantos estuvieron en contacto con él. Enfermo, con la úlcera de la pierna siempre abierta, con una hernia, con 2 furúnculos, que le causaban un verdadero suplicio (con un estómago debilísimo), Camilo pasaba largas horas en el hospital cuidando a los enfermos, sin dormir apenas, con un régimen alimenticio que apenas bastaría para no morirse literalmente de hambre.

         Había llegado la hora de volar al cielo, "su patria" (como le gustaba llamar). Después de recorrer las diversas casas del instituto regresó a Roma, a su queridísima casita de la Magdalena. Allí hubo de quedar en cama, con una nostalgia constante e intensísima de su querido Hospital del Espíritu Santo. Cuando el tiempo mejoró y el médico le permitió salir un poco, para tomar el aire y el sol, se dio la paradoja de que el enfermo se dirigiera precisamente al hospital, para respirar aquel aire viciado.

         Los religiosos que le acompañaban nos cuentan cómo se transformó su rostro cuando al pasar el puente sobre el Tíber divisó el hospital. Y el emocionante plebiscito de cariño y entusiasmo que suscitó entre los enfermos su presencia. Lloraban todos viéndole pasar entre las camas despidiéndose de aquellos enfermos a los que tanto había querido.

         Lejos de sus queridos enfermos, pero en medio de ellos constantemente en espíritu, pasó los últimos días de su existencia. La noche del 13 al 14 julio 1614 fue una vigilia preagónica, lenta, dolorosa. Por fin, a las 21.30 h. de aquel lunes 16 de julio, y en el momento en que el sacerdote recitaba la hermosa invocación Mitis, atque festivus, Christi Iesu tibi aspectus Appareat (lit. "el humilde y alegre rostro de Jesucristo te aparezca"), Camilo sonrió suavemente y exhaló su último suspiro. Contaba 64 años.

         Inmediatamente corrió por Roma la noticia de su fallecimiento. La multitud acudió presurosa, hasta el punto de hacer necesaria la intervención de la fuerza pública para organizar el desfile. Algún malintencionado dio una torcida versión de todo esto al cardenal vicario de Roma, y éste ordenó sepultar su cuerpo "de noche, sin lápida ni inscripción".

         Así lo hicieron, y por el momento pareció que su figura iba a pasar al olvido. Pero no ocurrió eso, sino que el pueblo continuó encomendándose a él. Y su fama de santidad fue extendiéndose cada vez más. Ante la insistencia de los fieles, Pablo V accedió a que se le enterrase con toda normalidad, y no se impidiera a los fieles que se encomendaran a él.

         El 13 abril 1617 el general de la Orden Camila abrió el examen de los testigos sobre su fama de santidad. Fue beatificado el 2 febrero 1742 por Benedicto XIV, y canonizado por el mismo papa el 29 junio 1746. Un decreto de la Congregación de Ritos del 15 diciembre 1762 ofreció a la Iglesia universal su oficio con misa propia. León XIII le declaró en 1886 patrono (juntamente con San Juan de Dios) de los enfermos y de los hospitales. Y en 1930 Pío XI le proclamó patrono del personal de los hospitales (juntamente también con San Juan de Dios).

         La Orden de Ministros de Enfermos (los Camilos), fundada por San Camilo de Lelis, llegó a ser suprimida en 1810. Pero resurgió con nueva fuerza y hoy cuenta con 1.300 miembros extendidos por todo el mundo.

 Act: 14/07/24     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A