14 de Mayo

San Matías Apóstol

Carlos Staehlin
Mercabá, 14 mayo 2022

           Si el evangelio no es una biografía de Jesús, tampoco los Hechos de los Apóstoles son una colección de biografías de los primeros cristianos de la Iglesia naciente. De hecho, de algunos apóstoles apenas sabemos más que el nombre, como es el caso de Matías (del que apenas sabemos su nombre y elección), sucesor de Judas y apóstol póstumo de Jesús, incorporado al colegio apostólico cuando Jesús estaba ya en el cielo.

           Efectivamente, Matías es un apóstol al que se cita siempre en 2º lugar, hasta en el canon romano de la Misa (en el que se cita uno por uno a los apóstoles menos a él, en que se nombra a otros 12 santos primitivos pero tampoco se le cita a él, y en que se cita también al póstumo Pablo pero no a él). Si queremos hallar una mención de Matías en el canon, tenemos que buscarlo después de Juan Bautista y Esteban Protomártir, entre una lista de santos y santas. Un episodio más para que nos acordemos que este trabajador evangélico cumplió su misión en el más estricto silencio.

           Cuando se intenta trazar la semblanza histórica de este apóstol singular, hay que limitarse a lo poco que de él nos dicen los Hechos de los Apóstoles. Y lo poco que nos dicen es contarnos su elección. Ni siquiera lo vuelven a nombrar más. Pues lo que de él dicen otros escritos posteriores (incluso de autores calificados) no ofrece garantías de historicidad. Y las biografías apócrifas se han encargado de rellenar con aventuras de viajes y de milagros ese silencio apostólico de Matías.

           Contentémonos, pues, con abrir por su 1ª página ese libro de los Hechos. Los discípulos de Jesús, inmediatamente después de la Ascensión, regresaron del Monte de los Olivos al Cenáculo de Jerusalén. Jesús se había despedido de ellos, y ellos creían que lo había hecho hasta pronto, con una cercana vuelta que instauraría el reino de Israel. De hecho, en su Ascensión 2 mensajeros celestiales les habían asegurado que, "así como lo habían visto subir al cielo, así lo verían bajar otra vez".

           Con esta mentalidad, encendida de esperanza, regresaron los discípulos a su pisito de Jerusalén. Pronto llegaron, pues el monte de los Olivos no está lejos. Y cuando entraron en la casa, subieron al piso de arriba. Jesús les había dicho que no se alejasen de Jerusalén, luego ellos pensaban que sería allí mismo (en Jerusalén) donde sucedería su prodigiosa vuelta del cielo (su "vuelta a verlo, un poco después de dejar de verlo").

           Y allí quedaron todos ellos, esperando en viva tensión el acontecimiento de su vuelta, y con las ventanas cerradas por si acaso. En 1º lugar los 11 apóstoles, a veces 10 ante las ausencias de Tomás. En 2º lugar unas 5-6 mujeres galileas, que heroicamente habían seguido a Jesús en sus correrías evangélicas. En 3º lugar unos 2-3 parientes de Jesús, que por fin habían creído ya en él (incluida su misma madre, la santísima Virgen María). Y en 4º lugar otros 100 discípulos que iban y venían al pisito, "hasta completar el número de 120" (el nº que se exigía a una comunidad judía, para que pudiese tener entidad y sinagoga propia).

           Sobre lo que se hacía en aquella concentración (de 120, en un pisito junto a la Puerta de Sión) de primeros cristianos, nos lo dice claramente el texto sagrado: orar, pues "todos perseveraban unánimes en la oración", conscientes de que iban a ser los protagonistas de un episodio decisivo para Israel: la vuelta del Hijo del Hombre, y la instauración de su Reino (lo tantas veces anunciado por los profetas). Pero entonces surgió una dificultad en el mismo seno del colegio apostólico, y a la mente de todos vino un nombre: Judas Iscariote.

           Porque Jesús había escogido 12 hombres para que fuesen sus enviados especiales por las aldeas galileas, y ahora no eran 12 sino 11, y los apóstoles tenían que ser 12 cuando volviese Jesús (pues los doce "se sentarían sobre 12 tronos, para regir las 12 tribus de Israel"), y ahora faltaba algún apóstol más, para que un trono no quedase vacío.

           Efectivamente, el 1º problema con que se enfrentó la Iglesia, apenas desaparecido Jesús, fue buscar un sustituto del apóstata. Es verdad que dentro de unos cuantos años (cuando muera Santiago el Menor) no se planteará este problema. Pero antes de Pentecostés sí se planteó, posiblemente por su equivocada concepción de las cosas (como acabo de explicar, de forma coloquial).

           En 1º lugar, la elección de Matías es ofrecida por Hechos de los Apóstoles tras la 1º alocución pontificia del primer papa de la historia. Efectivamente, Pedro se levantó y, en medio de la comunidad, dijo:

—Hermanos, era necesario se cumpliese la Escritura, y lo que el Espíritu Santo había predicho de Judas, que habiéndose contado entre nosotros y habiendo tenido parte en nuestra misión, se hizo guía de los que prendieron a Jesús.

           Pedro, al hablar de Judas con tanta delicadeza, parece tener presente la advertencia de Jesús: "No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados". Pedro no llama a Judas ladrón ni traidor, no lo llama deicida ni suicida, no dice que Satanás se había apoderado de él. Y, sin embargo, Judas era el hombre a quien Pedro podía odiar más, y Pedro era impetuoso como pocos.

           Pero Jesús había enseñado la caridad fraterna que se extiende a todos, como la misericordia divina, lo mismo a los amigos que a los enemigos, y Pedro, viviendo esa doctrina del evangelio, dijo solamente que "Judas se hizo guía de los que prendieron a Jesús". Pero no necesitaba contar a su auditorio el desgraciado final de Judas y se abstuvo de hacer el menor comentario, ni a título de ejemplaridad y escarmiento.

           El autor de esta página de los Hechos, que escribe años después para quienes quizá no recuerden lo que sucedió, añade, como intercalando un paréntesis en las palabras de Pedro, que Judas había adquirido un campo con el precio de su crimen, y, habiendo caído de cabeza, reventó por medio y todas sus entrañas se esparcieron. Y añade el escritor que el hecho fue conocido de todos los habitantes de Jerusalén, de manera que el campo se llamó Jakal Dema (lit. Campo de Sangre).

           Tras lo cual, continuó Pedro:

—En el libro de los Salmos está escrito: "Que su campamento quede desierto y no haya nadie que lo habite". Y también: "Que otro ocupe su cargo".

           Estas palabras de Pedro, citando el Salterio, son versículos de 2 salmos (el 69 y el 109, según la numeración hebrea). Y aunque Pedro debió hablar entonces en arameo, el escritor no pone estas palabras en labios de Pedro según el texto hebreo, sino según la versión griega, y con ligeras modificaciones para acomodarlas mejor al episodio (según la costumbre que había entonces de citar la Biblia).

           Los 2 salmos pertenecen a la serie de los Imprecatorios, o maldiciones dirigidas contra los enemigos del rey David. Interpretando esos versículos como profecías, la 1ª se ha cumplido ya con la muerte de Judas, y es necesario que la 2ª se cumpla también,. Para ello, hay que proceder al nombramiento del que le haya de sustituir en el colegio apostólico. Y Pedro enuncia las condiciones previas para poder aspirar a ese cargo de apóstol de Jesús. El discurso prosigue así:

—Es menester que de todos estos hombres que se han asociado a nosotros durante todo el tiempo que con nosotros vivió el Señor Jesús (a partir del bautismo por Juan hasta el día en que fue separado de nosotros), haya uno que llegue a ser, juntamente con nosotros, testigo de su resurrección.

           Para ser apóstol, dice Pedro, hace falta haber acompañado a Jesús durante toda su vida pública, desde el bautismo hasta la ascensión. No basta haberlo seguido en una larga serie de jornadas evangélicas, ni haber vivido algún tiempo en intimidad con él, ni haber sido enviado por él a predicar, ni siquiera haberlo visto resucitado. Un apóstol es un testigo de Jesús, y hace falta haberle acompañado durante toda su predicación para poder atestiguar sobre toda su doctrina, como hace falta haberlo visto resucitado después de la crucifixión para poder ser testigo de la legación divina de Jesús.

           Puestas las condiciones, en aquellas 120 personas se encontraban 2 hombres que parecían con iguales méritos para aspirar al apostolado. Uno era José bar Schabba (llamado el Justo) y el otro era Matatías (abrev. Matías). Y como el llamamiento al apostolado "no es cosa de hombres, sino de Dios", Dios tendría que elegir entre aquellos 2 discípulos que parecían iguales en méritos.

           Aquella incipiente comunidad (de 120 cristianos) oró confiadamente: "Tú, Señor, que conoces el corazón de todos los hombres, muéstranos a cuál de estos 2 has elegido para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto que ha dejado Judas al ir a su lagar". En esta 1ª súplica de la Iglesia hay una nueva muestra de la delicadeza y caridad que hemos visto ya en Pedro. La expresión "ir a su lugar" no significa la condenación del criminal: es una expresión acostumbrada, eufemismo arameo, para decir simplemente que un hombre murió.

           Para conocer la voluntad divina, sin exigir de Dios una aparición ni una revelación (aun tratándose de algo tan importante para toda la naciente Iglesia de Jesús) decidieron echar suertes. Es algo que hoy nos puede extrañar, pero que entonces se acostumbraba. Se apelaba a las suertes para decidirse entre dos soluciones aparentemente equivalentes, y en la providencia ordinaria de Dios, que decidía la suerte, se veía la voluntad de Dios.

           Aquello no era fiarse de una casualidad física, sino confiarse a la causalidad divina. Cada semana, en el templo de Jerusalén, los sacerdotes echaban suertes para repartirse los oficios. Y el último caso que registra la Biblia de una elección religiosa señalada por la suerte, es esta designación de Matías como apóstol de Jesús, con idéntica categoría que los otros 11. "Y la suerte señaló a Matías, y fue uno de los 12 apóstoles".

           Así termina, en el libro de los Hechos, la historia de Matías. Nada más se vuelve a saber de él en particular. Con esta sencillez aparece y desaparece en la documentación histórica este apóstol póstumo, puesto siempre en 2º lugar, que ni el canon cita entre los apóstoles ni tiene en el martirologio un día fijo para su fiesta.

           De la literatura apócrifa que pretende narrarnos su vida, citemos solamente una frase, puesta en sus labios, que merece salvarse por su positivo sabor evangélico. Dice así: "Si peca el vecino de un elegido, pecó también el elegido, porque si éste se hubiera portado según aconseja el Verbo, el vecino se hubiera avergonzado también de su propia vida, y así no hubiera pecado".