15 de Mayo

San Isidro de Madrid

Salvador Baltar
Mercabá, 15 mayo 2022

Nació en 1081 en Madrid, cuando ocupaba el trono de España Alfonso VI de Castilla. Fue bautizado en la Parroquia San Andrés de Madrid, y recibió de sus padres (pobres en bienes, pero ricos en virtud) el santo temor de Dios y la práctica de las virtudes cristianas.

La precaria situación económica en que los padres de Isidro se encontraban, obligó a Isidro a dedicarse desde muy joven a las rudas faenas del campo, sin olvidar por ello su religión. Como decía al respecto Gregorio XV: "Nunca salió Isidro para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la Santa Misa, y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima". Asegura además dicho papa que, a pesar de su labor fatigosa, jamás dejó Isidro de cumplir con los ayunos y vigilias de la Iglesia.

Huérfano y solo en el mundo, el joven Isidro se puso a trabajar como bracero para el señor Vera. Su fidelidad y nada vulgar espíritu de trabajo le mereció muy pronto la preferencia y simpatía de su amo. Pero envidiosos sus compañeros por la estima en que su señor le tenía, acudieron a la censura y a la intriga, acusándole de que, "en vez de trabajar, se dedica a la oración". Con elegancia cristiana perdonó el huérfano Isidro a sus acusadores, y con ello cumplió ante su señor.

Cuando el moro Alí ben Yusuf (rey de Marruecos) penetró con su ejército almorávide en España y venció a Alfonso VI de Castilla en la Batalla de Uclés (ca. 1108), toda Madrid empezó a ponerse a refugio, sobre todo los pacíficos y laboriosos campesinos. Isidro corrió entonces la suerte de los emigrados, y hubo de refugiarse en Torrelaguna, donde tenía algunos lejanos parientes. Allí se puso al servicio de uno de los grandes terratenientes de la localidad.

No tardaron sus compañeros de labor en volver a hacerle blanco de injustas acusaciones, hasta el extremo que su amo, fácil a la intriga e ignorante de la virtud de su nuevo criado, hubo de someterle a la humillación de la prueba y a exigir de él más rendimiento que de los otros. Isidro soportó paciente y con humildad la vileza de las acusaciones y la injusticia de la prueba; pero defendió su honradez con entereza y dignidad.

Era costumbre en Castilla que el señor entregase, en concepto de salario, a sus criados una porción de tierra, que se decía pegujal, a fin de que con sus frutos pudiesen decorosamente vestirse. Isidro trabajó su pegujal con tan buena fortuna, que obtuvo de su campo cuantioso grano. Esta circunstancia agravó la ya mala disposición de su patrono, trabajada por la maldad de los envidiosos.

Advirtiólo Isidro, y sin animosidad pero con noble gesto, calmó sus iras al decirle: "Tomad, señor, todo el grano. Yo me quedaré con la paja". Dios se encargó de confundir la envidia de los unos y la codicia del otro, multiplicando milagrosamente el poco trigo que entre la paja había quedado.

Estando en Torrelaguna, Isidro contrajo matrimonio con una joven de Uceda llamada María, a la postre Santa María de la Cabeza (cuya cabeza fue trasladada a la Ermita Nuestra Señora de Torrelaguna, a su muerte).

Cuando pasó el peligro moro, Isidro volvió con su joven esposa a Madrid, y se puso a trabajar en las tierras que Juan de Vargas tenía en una localidad vecina (donde nació el 1º y único de sus hijos). Satisfecho Vargas de la laboriosidad y honradez de Isidro, le puso muy pronto al frente de toda su hacienda, en su mayor parte encuadrada en el término de la villa madrileña. E Isidro no volvió a abandonar su tierra hasta que murió en 1171, a la edad avanzada de 90 años.

En esta época es cuando sus biógrafos colocan el tan conocido milagro de los ángeles. Sus émulos no cejaban en la persecución, y Vargas hubo de cerciorarse de la inocencia y santidad de su mayoral, viendo con sus propios ojos que, mientras Isidro oraba, dos ángeles vestidos de blanco conducían la yunta con que él araba.

Pero Isidro fue, sobre todo, la personificación de las virtudes populares. Su vida sencilla y metódica bien podría escribirse en muy pocas líneas, de no ser tantos los milagros que se le atribuyen. Con todo, a la luz de la bula de su canonización pueden fijarse como características y virtudes culminantes de Isidro:

"La fidelidad a sus amos, el espíritu de trabajo armonizado con una intensa vida de oración, la humildad y la fortaleza en sufrir las injustas acusaciones y defender su honradez, y su gran caridad para con los pobres necesitados, a quienes diariamente hacía partícipes de su sencilla y frugal mesa".

Todo ello habla muy alto de la nobleza de su alma y de la reciedumbre de su espíritu castellano y profundamente evangélico.

Próximo a expirar, Isidro "hizo humildísima confesión de sus faltas, recibió el viático y exhortó a los suyos al amor de Dios y del prójimo". Su cuerpo fue sepultado en el Cementerio San Andrés de Madrid. Y a pesar de permanecer allí expuesto a las inclemencias del tiempo durante 40 años, se conservó incorrupto y "no cesó de exhalar un suavísimo olor", dice el documento pontificio. Un amigo suyo lo trasladó, a expensas propias, del cementerio común a la iglesia (donde se dice fuera bautizado).

Hacia 1563 fue abierto y examinado su sepulcro por los delegados de la Sede Apostólica, que dieron fe de su incorrupción. A instancias de Felipe III de España (cuya milagrosa curación la atribuía a San Isidro), fue beatificado Isidro por Pablo V, y 3 años después (12 marzo 1662) canonizado por Gregorio XV.

Goya dejó a la posteridad un hermoso Cuadro de San Isidro, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. El gremio de plateros de Madrid costeó la rica urna de plata que guarda sus preciosos restos, expuesta hoy a la veneración del público en la Catedral de Madrid.

El culto de los santos tiene en la Iglesia católica una función específica de ejemplaridad, pues la perfección obliga a todos y cada uno según su estado y condición. San Isidro Labrador correspondió heroica y generosamente a este llamamiento divino.