16 de Enero

San Marcelo I papa

Marcelo González
Mercabá, 16 enero 2021

           En la serie de los romanos pontífices, Marcelo I hace el nº 30, en un pontificado de muy escasa duración (un año) que transcurre del 308 al 309. Todavía no era la suya una época muy apta para largos pontificado (aun cuando la salud se lo hubiese permitido), pues si cualquier cristiano corría continuos peligros de perder la vida, mucho más los jefes de esa perseguida comunidad.

           La Iglesia era ya una verdadera potencia en este tiempo, y la fuerza avasalladora de su espíritu había ido superando todas las dificultades que, a lo largo del s. II, se habían levantado contra ella. Las persecuciones de Decio y Valeriano la habían robustecido, y cuando éste último murió (prisionero de los persas), su hijo y sucesor Galieno optó por abrir una via de tolerancia, convencido de que era imposible destruir aquella religión que tan firmes raíces había logrado echar en el Imperio Romano.

           Del 284 al 305 tuvo lugar el reinado de Diocleciano, el cual sólo al final violentó la tranquilidad precedente, y optó por desatar una implacable persecución (la última, y posiblemente la más generalizada y violenta). En efecto, del 303 al 305, y ante las instigaciones de su colega Valerio, firmó Diocleciano sucesivos edictos persecutorios, y en todas las regiones del Imperio Romano (excepto en las Galias y Gran Bretaña) ejecutó innumerables mártires, que tuvieron que sellar con su vida la fe que profesaban. El papa Marcelino I fue una de sus víctimas, el año 304.

           Sucedió a Marcelino I el presbítero romano Marcelo, que había sido en la persecución de Diocleciano uno de aquellos héroes tan frecuentes en Roma, y firme puntal de la comunidad combativa a la que, superando dificultades sin cuento, había tratado de sostener con su intrépida caridad, y arrojado celo. De él la historia nos dice poco, y la leyenda no mucho.

           Su elección al papado no pudo hacerse hasta mayo del 308 (según el Catálogo Liberiano) o del 307 (según otras fuentes), lo cual significó un paréntesis de 3 ó 4 años (desde la muerte de Marcelino I) en que la Iglesia estuvo privada de un jefe visible. Al dolor de la sangre, derramada por tantos hijos suyos, se unió también el de orfandad y el desamparo.

           La explicación a esta anomalía posiblemente estuviera en la turbulenta situación político-religiosa de esos años, que hacía imposible (mientras duraba la tempestad) que se pudieran reunir los obispos electores, para elegir al nuevo pontífice. Es cierto que Diocleciano abdicó el 305, y la persecución cesó en Occidente. Pero en el Oriente no paraban de aparecer intermitentes brotes de la misma, sobre todo desde que Majencio quedase como único dueño de esta parte imperial.

           Elegido papa por fin, Marcelo I tuvo como 1ª tarea la restauración de la disciplina eclesiástica (quebrantada por la situación) y la reorganización de la jerarquía (en sus diversos grados, entonces existentes). Se trató de un papa de carácter enérgico, enemigo de estridencias, tenaz en sus propósitos y valeroso en el mantenimiento de las resoluciones adoptadas. Los que le eligieron conocían sus dotes, y sabían muy bien que era el hombre que las circunstancias reclamaban.

           La persecución, sabiamente dirigida mientras duró, había atacado ante todo la organización misma de la vida de la Iglesia. Sus principales objetivos habían sido arrasar los templos y lugares de reunión, quemar los libros sagrados y documentos de los archivos, y llevar a la apostasía o a la muerte a los sacerdotes, así como a los fieles más comprometidos.

           Marcelo I se dedicó ardorosamente a habilitar nuevas iglesias, restableció y elevó a 25 los títulos presbiterales de la ciudad de Roma (equivalentes a otras tantas parroquias), consagró nuevos obispos y sacerdotes, estableció un nuevo cementerio en la Vía Salaria y abrió las puertas de la reconciliación (tras dura penitencia) a quienes, más débiles que apóstatas, se habían separado de la Iglesia en los días amargos, y buscaban ahora el abrazo del perdón (los famosos lapsi, que no habían dudado en renegar de Cristo y la Iglesia, en la hora de la persecución).

           Con tal motivo (la restitución de los lapsi, a través de la penitencia), la situación se tensó entre los partidarios de admitirlos y de no admitirlos, y llegaron a producirse disturbios y revueltas callejeras en Roma, incluso con derramamiento de sangre. Tachaban a Marcelo I de demasiado riguroso, siendo así que él no hacía otra cosa más que mantener la necesaria disciplina penitencial. Pero el peligro de cisma romano estaba ahí, y ya se tenía experiencia de lo que había ocurrido en Egipto (con Melecio) y Africa (con los donatistas).

           El emperador Majencio hizo responsable de las revueltas cristianas de Roma a Marcelo I, y condenó al papa al destierro, brutal atropello que suponía un acto de auténtica persecución. No sólo se trataba de la usurpación de funciones en materia religiosa (que en, modo alguno le correspondía), sino de odio manifiesto a la firme actitud que el pontífice mantenía en defensa de la pureza de la fe y la moral cristiana, y como restaurador de la jerarquía y sus derechos. Poco tiempo después (en enero del 309) moría el santo pontífice en su destierro, consumido de dolor y privaciones.

           A estos datos, de los que claramente se hace eco el papa Dámaso I en el epitafio que medio siglo después redactó para honrar la memoria de Marcelo, se añaden algunos otros que sólo se encuentran en actas compuestas varios siglos más tarde, en las cuales resulta difícil distinguir lo verdaderamente histórico de lo que la piadosa leyenda pudo haber añadido. Se nos dice que fue condenado a cuidar, como mozo de establo, las bestias de las caballerizas públicas de Roma, hasta que una piadosa matrona cristiana (Lucila) le brindó refugio oculto en su propia mansión.

           Transformada ésta más tarde en iglesia, a ella acudían los cristianos y desde allí seguía ejerciendo su acción pastoral el perseguido pontífice Marcelo I. Incluso se habla de unas cartas que escribió a los obispos de Antioquía, recomendándoles encarecidamente la unión con la sede de Roma. Hasta que por fin, de nuevo descubierto, el perseguidor llevó su ensañamiento al extremo de trasladar los animales a la casa de Lucila (que de iglesia se transformó en un inmundo establo), en el cual se extinguió el valeroso Mercelo I en un silencioso y lento martirio, nunca rendido su espíritu indomable. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Priscila de Roma.