16 de Mayo
Santa Margarita de Cortona
María
Alcántara
Mercabá, 16 mayo 2026
Semblanza
Inocencio IV empuñaba enérgico el timón de la barca de Pedro, resistiendo firme los embates de un emperador (Federico II de Alemania) que había tratado de imponer su supremacía sobre el difunto Inocencio III. Por otro lado, el pie descalzo de San Francisco de Asís había dejado una huella perenne de su paso (ca. 1221) por las plazas de la indómita república de Cortona, en una siembra del ideal evangélico que germinará, ubérrima, medio siglo después.
En ese contexto nació Margarita en 1247 en Laviano (Umbría), en pleno valle del Chiana y cerca del lago Trasimeno, como 1ª hija de un matrimonio campesino y piadoso.
La 1ª infancia de Margarita es clara y risueña, y en ella madre acierta a inyectarle una sencilla y sólida devoción: "Señor Jesús, te ruego por la salvación de todos aquellos por quienes quieres que se ruegue".
Pero prematuramente se quiebra este discurrir sereno y luminoso, y antes de cumplir los 7 años, Margarita contempla con ojos atemorizados el ataúd de su madre. En adelante, tendrá que vivir de las reservas depositadas por aquella mujer inolvidable. Y aunque durante cierto tiempo aquel tesoro parezca enterrado ya para siempre, el recuerdo de los ejemplos maternos no dejará sosegar a Margarita su espíritu, siendo con el tiempo el germen de una resurrección a la gracia.
Dos años más tarde, una 2ª mujer gobierna despóticamente el débil temperamento del padre (Tancredo), y la madrastra, envidiosa, se complace en postergar a la niña. Margarita crece triste y desconfiada, buscando fuera del hogar la felicidad que éste le negaba. A los 15 años causa impresión en quienes la contemplan, pues parece una princesa... elegante, grácil y flexible, y con suaves y soñadoras facciones. Le es precisa, más que nunca, la sombra tutelar materna, pero ella está sola y deseando sacudir el pesado yugo doméstico.
Un día, cumplidos ya los 17 años, se le acerca un caballero de Montepulciano (Guillermo de Pécora, marqués del Monte, con señorío sobre Valiano y Palazzi), y Margarita escucha su invitación a vivir con él en sus castillos. Una débil resistencia es vencida con espléndidos regalos, hasta que llega el momento de la pasión y de quedar embarazada.
El marqués dispone todo para que la huida permanezca secreta, y en el sigilo nocturno rema ansiosamente para, juntos, atravesar el ensanchado cauce del Chiana. Pero se produce un choque y la barca vuelca. Guillermo consigue salvar a nado a Margarita, que aterida y empapada piensa si este accidente no será un aviso de lo alto. Pero seguirá esquivando, obstinadamente, la luz durante 8 años más.
En su Castillo de Montepulciano la rodea el lujo, los halagos de una servidumbre obsequiosa y las lisonjas a sus oídos. Sin embargo, ella no es feliz y añora el hogar paterno, en el cual no tenía ventura pero sí honor. Fluctúa entre la veleidad de romper con el pecado y la debilidad de su pasión, pero nada logra aquietar esta inquietud, ni la mirada inocente de aquel hijo que había sido fruto de aquella unión ilegítima. Como dirá más tarde, "en Montepulciano perdí la honra, la dignidad y la paz. Todo menos la fe".
Para acallar los gritos de la conciencia, Margarita reparte limosnas a manos llenas. Y cuando los pobres quieren expresarle su agradecimiento, ella les contesta: "No digáis eso, que una pecadora como yo no merece esas señales de respeto".
Es su temperamento rectilíneo, que lejos de alardear su caída la deplora como cobardía. Por eso muchas veces huye a la soledad para llorar: "¡Qué bien se puede orar aquí! ¡Qué bien se pueden cantar las alabanzas del Creador! ¡Qué bien se puede hacer penitencia!". Y frente a las amigas que envidiaban su elegancia, Margarita no dudaba en sentenciar: "No hagáis caso de estas cosas, que día vendrá en que estarán en un sepulcro".
La conversión de Margarita llegó inesperadamente. Residía temporalmente con su marido en Palazzi, cuando una mañana el marqués va a visitar las posesiones, acompañado de su inseparable lebrel. En el bosque de Petrignano unos hombres armados le cosen a puñaladas y esconden su cuerpo ensangrentado bajo unas ramas. Al 2º día, Margarita advierte la vuelta del perro, que no salta regocijado (como otras veces) sino que emite aullidos lastimeros y tira insistente de la falda de su ama, como diciendo: "Sígueme".
Ella le sigue, apretando el corazón con dolorosos presentimientos. Y en el bosque, bajo un roble frente al cual se detiene el can, descubre amañado un montón de ramas. Margarita las separa y, en estado de putrefacción, reconoce el cadáver de su marido. Como relámpago, siente la sacudida de la gracia. Siente dolor y remordimiento, y enseguida resuelve virar su vida. Nunca es tarde.
El cambio ha de ser tan radical que decide despojarse de todo. Por un momento sube a Montepulciano, cede a los padres de Guillermo todas sus alhajas y tesoros y, cogiendo de la mano a su hijo de 7 años, se encamina a Laviano, pobre como había salido y con la desventura del pecado.
Pero el hogar paterno no se abre. Una vez más, Tancredo es el débil que cede. Aquella mala madrastra es implacable ante el arrepentimiento de la "hija del escáncialo", como la llamaba. Desorientada y llena de angustia, Margarita se sienta bajo la higuera que hay en el huerto familiar, y se pone a pensar qué hacer. El momento es estratégico, y el tentador activa su batería de ataque: "Eres hermosa, tienes 25 años y la riqueza no te faltará con quien te ame".
El combate es violento, pero la gracia sobreabunda y el recuerdo de su madre es pila de energía y decisión: "Tu padre terreno te ha abandonado, tu Padre celestial te recibirá. Ve a Cortona y ponte bajo la dirección de los frailes menores".
Sobre la falda del monte San Gil, cresta del Apenino toscano, Cortona luce orgullosa su autonomía. Dos damas nobles, la condesa Moscari y su nuera, advierten que junto a la puerta de la ciudad se detiene indecisa una forastera triste, acompañada de un niño de corta edad. Con palabras de sincera caridad se ofrecen para ayudarla; la convertida muestra su corazón dolorido a estos otros tan acogedores. Está decidido: ellas la protegerán, se encargarán de la educación del pequeño (luego franciscano), y, ahora, la encaminan al padre Bevegnati, admirado por su virtud y prudencia.
Este padre será el 1º biógrafo de Margarita, a cuya descripción precisarán ir a documentase todos los posteriores. Pero más que su biógrafo, será el director experimentado que sabrá guiar su espíritu ardoroso, por la penitencia reparadora y la confianza, hasta el ápice de la unión consumada.
Desde junio de 1276 pertenece Margarita a la Tercera Orden Seráfica. Al principio los frailes menores diferían el atender sus peticiones de ingreso, como exigiéndole pruebas durables de su conversión. Un día pone Margarita tal acento en su súplica, que los religiosos no demoran más el entregarle las insignias terciarias: túnica gris, cordón y velo.
Si la vida que lleva resulta admirable por su austeridad y penitencia, resplandece con mayor lustre aún por el ejercicio de la caridad, por la serenidad de su espíritu y por la radiante confianza en el perdón divino. Gusta acercarse a los pobres y cuidar a los enfermos. Pero con quien más derrocha sus tesoros afectivos es con las mujeres que se hallan en el trance sublime de ser madres; Margarita las asiste y las vela, aceptando gustosa ser su madrina en el bautismo. Así se lo requerían todas las familias cortonenses.
Asombra la rehabilitación de la gracia en esta pecadora, pues de aquella mujer degradada había surgido un ser angélico que empieza a tener una estrecha relación con Dios y los pecadores. El mismo Jesús le dio la clave de este misterio:
"He dispuesto que seas como una red para los pecadores. Quiero que el ejemplo de tu conversión predique la esperanza a los pecadores desesperados. Quiero que se convenzan los siglos venideros de que siempre estoy dispuesto a abrir los brazos de mi misericordia al hijo pródigo que sincero, se vuelve a mí. Ama y respeta a todas las criaturas y no desprecies a ninguna".
Un día, en la célebre Iglesia San Francisco de Cortona, tan frecuentada por ella, ve cómo se abren los labios del Crucificado para preguntarle: "¿Qué quieres, pobre pecadora mía?". La respuesta es inmediata: "Yo no quiero ni busco sino a ti".
Durante varios días resuena en sus oídos, con cierto dejo de temor, el "pobre pecadora mía, ¿me habrá perdonado Dios todos mis pecados?". Y la nueva Magdalena rompe el alabastro de su cuerpo en perfume de reparación, asegurando que "amo a Dios porque fue grande su misericordia en perdonarme, y ya nada me separará jamás de él". La calma habitual vuelve a renacer, y nunca más fallará su humilde seguridad en el perdón.
Escucha también Margarita sus primeras locuciones sustanciales: "¡Oh bondad infinita de mi Dios! ¡Oh día prometido por Cristo y esperado con impaciencia! ¡Jesús me ha llamado hija suya!". Era el 27 diciembre 1276. Pocos días después otra locución consuma el matrimonio espiritual.
Como consecuencia, se establece una íntima y sabrosa comunicación de bienes entre Margarita y Jesús (como de esposo a esposa), y su alma goza un sentimiento sobrenatural y permanente de la presencia experimental de Dios y de su unión con él: "Glorifícame y yo te glorificaré, ámame y yo te amaré, interésate por mis cosas y yo me interesaré por las tuyas". Una mañana, después de comulgar, la gracia la impulsa a un acto de fe espontáneo y profundo, inspirado en el de Simón Pedro: "Tú eres, oh Cristo, el Hijo de Dios vivo".
Margarita de Cortona es una de las precursoras de la devoción al Sagrado Corazón. En la oración le fue descubierta la llaga abierta del costado, refulgente de luz. La contemplativa fija en ella su ansiosa mirada y descubre al corazón, fuente inagotable de vida. Sus grandes amores son la eucaristía, la cruz y María Santísima.
Las gracias místicas alientan su actividad, al par que la constituyen contemplativa. En 1286 funda un hospital y decide quienes han de asistirlo: unas nuevas terciarias (las "hermanas pobrecitas"), aprobadas por el obispo de Arezzo y que "tenían por regla la Tercera Orden, el velo por reja y el hospital por claustro". Es la 1ª institución social de este género que nos presenta la Edad Media.
Pocos años después su espíritu vibra por los intereses de la cristiandad. El momento es grave, los musulmanes atenazan a los pueblos cristianos (mutuamente divididos) y despliegan una amplia Media Luna que se extiende desde Argel hasta Constantinopla, incluyendo el corazón de los Santos Lugares (cuya liberación es preocupación constante de los papas). Por entonces se quiere organizar una II Cruzada, y la humilde penitente aporta a esta gran causa su oración y su limitada influencia, exhortando a los de Cortona a adherirse a esta empresa que aún tardará en ser realidad.
A finales de 1296 cae gravemente enferma del reuma, y el 3 enero 1297 empieza a presentir su próxima partida: "Enjuga tus lágrimas, Margarita, que volarás a las mansiones de los escogidos, donde la divina misericordia te reserva un puesto de honor". La alegría invade su alma, y toda Cortona acude para recoger su testamento. Éste es claro y optimista, como eco de su confianza en el amor: "El camino de la salvación es fácil: basta amar".
Se vuelve al padre Giunta y le reclama con voz apagada: "Padre, mostradme los tesoros de las páginas sagradas, habladme de Dios, habladme de Jesús. La Sagrada Escritura es luz para mi espíritu, fuerza para mi voluntad, licor embriagador para mi alma que olvida entonces los sufrimientos de este pobre cuerpo".
El 22 febrero 1297 se desmorona el cuerpo de Margarita, y su alma vuela libre a las bodas eternas tras haber lanzado su postrer suspiro: "Dios mío, te amo". Tenía 50 años.
Junto a su tumba se multiplican los milagros, y en su honor se levanta una basílica, exhortando los obispos vecinos a peregrinar a ella. En 1515, León X se postra ante su sepulcro y permite la celebración de su fiesta en determinadas diócesis. Urbano VIII extiende este privilegio a toda la Orden franciscana, y Clemente IX inscribe el nombre de la bienaventurada en el Martirologio.
Finalmente, Benedicto XIII promulga, el 16 mayo 1728, el decreto de su canonización. Y en el momento de emitir su juicio traza un paralelo entre la penitente de Magdala y la de Cortona: "Ambas escucharon idénticas palabras de perdón, porque habían derramado las mismas lágrimas de amor".
Act:
16/05/26
@santoral
mercabá
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()