16 de Septiembre

San Cipriano de Cartago

Cipriano Calderón
Mercabá, 16 septiembre 2021

"Cipriano, nacido en Africa, enseñó la retórica con gran gloria, se hizo cristiano por consejo del presbítero Cecilio y empleó todos sus bienes en socorrer a los pobres. Poco tiempo después recibió la ordenación presbiteral y fue constituido obispo de Cartago. Padeció martirio bajo los emperadores Valeriano y Galieno, durante la VIII persecución, el mismo día, que no el mismo año, que Cornelio en Roma".

           Esta es la estupenda fotografía que nos ha dejado de Cipriano el maestro San Jerónimo, en su Catálogo de Varones Ilustres. En efecto, el filósofo pagano Tascio pasó a llamarse Cipriano Cecilio, como nombres cristianos que fue adquiriendo en su bautismo y ordenación sacerdotal. 

           Nació el 198 en Cartago, en el seno de una familia pagana y adinerada que le procuró de pequeño una buena formación literaria. En su juventud, y poco después cuando enseñaba Retórica, los vicios del paganismo ensuciaron su vida. Hasta que un día entró la luz de la fe y de la gracia en su vida, y desde entonces transformó completamente el rumbo de su existencia.

           Convertido ya al cristianismo, empezó Cipriano a llevar una nueva vida, comenzando por la practica de la austeridad y la caridad, ya en su catecúmeno. Poco después del bautismo entró en las filas del clero, entregando a la Iglesia todo su patrimonio.

           Su elección episcopal a la distinguida y natal sede de Cartago hay que ponerla en el año 248, y tuvo lugar a través de la aclamación popular, según la costumbre de entonces. Y como en todo buen acto democrático, también en éste hubo su oposición organizada.

           A la elección episcopal de Cipriano se oponía el partido lapsista del clero, encabezado por el sacerdote Novato y por un seglar rico cuyo nombre era Felicísimo. Poco después, y durante el ejercicio de su episcopado, el pastor cartaginés tuvo que seguir enfrentándose fuertemente contra ese partido, en la cuestión de los lapsi y libeláticos.

           Se llamaba libeláticos a los cristianos que, para librarse de la persecución imperial, se procuraban un libellus de apostasía (certificado de haber sacrificado a los dioses, sin haberlo hecho en realidad), y que tras la persecución pidieron se admitidos de nuevo en la Iglesia (lo mismo que los apóstatas). Para ello, se procuraban también de los confesores que habían padecido cárceles y sufrimientos por la fe (libelli pacis, lit. billetes de paz), y pretendían ser dispensados de la penitencia pública.

           Esto representaba un verdadero abuso, fomentado por Novato y Felicísimo. Y Cipriano se mantuvo firme ante esa práctica, manteniendo su autoridad episcopal frente a los libeláticos y confesores que opinaban de esa manera. Para ello reunió el sínodo en Cartago (ca. 252) y tomó en él medidas rigurosas, distinguiendo entre los que habían sacrificado a los ídolos (a los que se impuso penitencia perpetua, admitiéndoles a la reconciliación sólo a la hora de la muerte) y los libeláticos (a los cuales podía admitirse a la comunión, después de un período de prueba).

           Novato y Felicísimo se declararon en rebeldía frente a estas decisiones, iniciando un cisma local y encontrando apoyo en la fracción contraria: los rigoristas del clero romano, partido encabezado por Novaciano (el cual defendía que en ningún caso había que perdonar a los lapsos). Novaciano logró en Roma hacerse elegir antipapa contra Cornelio I, produciendo un cisma que tuvo cierta difusión y duración. En Africa, el obispo Cipriano combatió enérgicamente este movimiento, sosteniendo la elección de Cornelio I.

           Cipriano rigió la Iglesia de Cartago hasta el año 257. Su período pastoral se vio agitado por las persecuciones contra los cristianos, que tuvieron lugar en aquella mitad del siglo. Así, desde el año 250 hasta la primavera del 251 (con motivo de la persecución de Decio), el intrépido obispo tuvo que estar escondido para no privar a su grey de un guía, por entonces más necesario que nunca.

           De esa manera, desde su oculto retiro, no lejano de su sede, gobernó Cipriano a sus fieles por medio de una intensa actividad epistolar. Pasado el huracán, regresó a su ciudad, y allí derrochó su vitalidad y sus energías apostólicas hasta, que vino otra nueva persecución: la de Valeriano.

           El 30 agosto 257 el obispo cartaginés fue llevado al pretorio de Cartago, ante el procónsul Aspasio Paterno. Éste le hizo la pregunta de ritual:

—Los sacratísimos emperadores se han servido escribirme con orden de que a quienes no profesan la religión de los romanos se les obligue a guardar sus ceremonias. Quiero saber si eres de ese número. ¿Qué me respondes?

           Cipriano confesó abiertamente:

—Soy cristiano y obispo, y no conozco más dioses que uno solo: el verdadero Dios, que creó los cielos, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay. A este Dios adoramos los cristianos, y noche y día rogamos por nosotros mismos, por todos los hombres y hasta por la salud de los emperadores.

           A este valiente testimonio respondió el procónsul con la orden de destierro, y Cipriano se vio obligado a salir para Curubi.

           En Curubi permaneció Cipriano una temporada, hasta que un nuevo procónsul sucede a Paterno. Es Galerio Máximo, que ordena a Cipriano que se presente en Utica, residencia del magistrado romano. No obstante, el obispo se negó a ello, al preferir morir en medio de su pueblo que ausentarse de él. Regresa a Cartago, y el procónsul, el 13 septiembre 258, le condena a muerte.

           A la sentencia proconsular, Cipriano respondió con un cordialísimo Deo gratias. Y poco después, antes de su ejecución, dio muestras de la generosidad que tanto le había distinguido en vida, ordenando que se diesen 25 monedas de oro a su verdugo (en señal de romanidad, y respeto a la autoridad).

           El 14 de septiembre Cipriano fue decapitado delante de una inmensa multitud de fieles, que pudieron admirar el ejemplo de su obispo mártir, y luego llorar su muerte y esclarecer su memoria. Fue Cipriano, según afirma Poncio, "el primer obispo que, después de los apóstoles, tiñó el Africa con su sangre".

           Bellamente anota San Jerónimo que Cipriano fue martirizado "el mismo día, aunque no el mismo año, que el papa Cornelio I". Efectivamente, Cornelio murió el 14 septiembre 252, después de haber sido desterrado a Centocelle (donde precisamente recibió de Cipriano cartas de consolación). Buena compañía para el obispo Cipriano la de este papa Cornelio I, a quien él personalmente conoció.

           Fue un gran maestro el obispo Cipriano, un padre de la Iglesia que excedió los límites de su diócesis de Cartago, y que llevó sus ideas hasta la misma Roma, alentando a una verdadera comunión y no a cualquier tipo de comunión entre cristianos, defendiendo el Primado de Roma y no sólo cualquier tipo de Iglesia Romana.

           Manejó la pluma con la destreza periodística de un San Pablo, y mandó escritos (cartas y tratados) a todas las iglesias del Africa consular, en su incansable preocupación por una sana acción unitaria eclesial. Contentémonos con reproducir, para terminar, algunas ideas del más hermoso de los opúsculos escritos por San Cipriano, el De Catholicae Ecclesiae unitate:

"No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre. Hemos de temer más las insidias contra la unidad de la Iglesia que la misma persecución. La Iglesia permaneciendo unida se extiende hasta abrazar la multitud de los hombres, como una única luz de muchos rayos, un único árbol de innumerables ramas, una única fuente con multitud de chorros. Atenta contra la unidad quien no guarda la concordia. La Iglesia está constituida sobre los obispos puestos por Dios para gobernarla. El episcopado tiene el centro de su unión en la cátedra de Pedro y de sus sucesores. Roma es la Iglesia príncipe, donde está la fuente de la unidad sacerdotal".