17 de Enero

San Antonio Abad

Pedro Alcántara
Mercabá, 17 enero 2021

           El lector habrá de hacer un esfuerzo y trasladarse con nosotros muy lejos, en el tiempo y en el espacio. Debemos situarnos en el bajo Egipto, cerca del gran Delta del Nilo, al Sur de Menfis, en un pequeño poblado (Queman) que hoy se identifica con Quaeman el Arous, allá por la 2ª mitad del s. III.

           En aquellos tiempos, Egipto era un foco de correcta ortodoxia y cuna de varones ilustres, que luchaban contra el hereje Arrio y sus secuaces. Y la Iglesia egipcia florecía en todos los sentidos, a pesar de las persecuciones imperiales llegadas desde Roma. Es entonces cuando comienza a notarse el fenómeno de algunos cristianos que, ansiosos de llevar una vida más perfecta (y acercarse más a Dios, sin los estorbos mundanos), abandonaban la vida de familia, se van a vivir a pequeñas casas abandonadas de los despoblados y allí, en la soledad del desierto, se dedican a una vida de austeridad y contemplación.

           Entre los ascetas que rodeaban la villa de Queman comenzó a verse, hacia el 269, un joven de 18 años llamado Antonio. Era, ciertamente, un joven singular. Sus padres acababan de morir, tras dejarle una copiosa herencia y la tutela de una hermanita menor. Un buen día Antonio entra en una iglesia, y escucha al sacerdote decir: "Vende lo que tienes, y dalo a los pobres". Esto sucedió a los 6 meses de quedar huérfano, y es el momento en que Antonio decide dejar sus tierras y posesiones (a sus convecinos) y vender todos sus muebles (reservando sólo lo necesario para sostener a su hermana).

           Pero otra vez escucha en la iglesia la voz del evangelio, que le amonesta a no atesorar para el día de mañana, dejando a Dios todo cuidado. En consecuencia, se despoja definitivamente de todo, confía su hermana a un grupo de vírgenes (que observaban los consejos evangélicos viviendo en común) e, imitando a un asceta que vivía a las afueras del pueblo, comienza a llevar una vida ermita, retirada y ascética.

           Pasaban los años, y luchaba Antonio con todas sus fuerzas por adelantar en el camino emprendido. Frecuentaba el trato de los ascetas vecinos, codicioso de aprender de ellos los secretos del reino de Dios, e imitar sus virtudes. Y comenzó a extenderse su fama.

           Sí es cierto que todos los santos brillan con fulgor espiritual propio, parece que a Antonio quiso elegirle Dios para enseñarnos a los demás hombres a luchar contra el demonio. Efectivamente, ya en este primer retiro el enemigo le asalta constante y visiblemente con tentaciones, de impureza sobre todo. Antonio lucha virilmente. Siguiendo el consejo evangélico se da a la oración y al ayuno. Come una vez al día solamente. Pasa las noches en vigilia. Dentro de semejantes luchas y trabajos, Antonio siente en el alma una potente voz interior: la llamada de la soledad absoluta. Había aprendido cuanto los demás podían enseñarle; era capaz ya, sin temeridad alguna, de verse a solas con Dios. Huye hacia los montes líbicos. Encuentra una tumba vacía. Un amigo se presta a llevarle de cuando en cuando el alimento imprescindible.

           Y el demonio redobla sus ataques, causando a veces ruidos tan fuertes que daban espanto. Se le aparece bajo la forma de terribles fieras que le originan sufrimientos indecibles, o con el aspecto de hermosas mujeres que le invitan a la fornicación. Tan duras son las batallas que ha de sostener, que, en una ocasión. el amigo que le llevaba de comer le encuentra a la entrada de la choza completamente exánime. Creyéndole muerto, se lo lleva a la población vecina y cuando está disponiéndole los funerales, Antonio se recobra y vuelve a su refugio, a la lucha incesante, en medio de la cual a veces viene el Señor a reforzarle en apariciones consolatorias.

           Su fama le ha venido siguiendo y los hombres tornan a molestar su quietud. Otra vez vuelve a sentir la apremiante llamada de la soledad. Pasa a la orilla derecha del Nilo. En Pispir (cerca de Der el Meimun), en un repliegue de los montes arábigos, encuentra una vieja fortaleza abandonada en medio de un espantoso desierto, sí bien provista de abundante agua. El edificio estaba infectado de serpientes, que huyen a su sola presencia.

           Convino Antonio con un amigo que le trajese pan 2 veces al año (pues en Tebas duraba el pan incorrupto hasta un año, y era costumbre tebana guardarlo para 6 meses). Inmediatamente procedió a defender su soledad levantando un muro que le aislase por completo de la vista y trabo de los hombres, de tal forma que ni aun hablaba con su amigo, quien le arrojaba el pan por encima del muro y de igual forma recogía las espuertas que hacía Antonio para huir de la ociosidad con el trabajo de sus manos. Tenía nuestro asceta 35 años y corría el año 285.

           Aquí pasó 20 años sin interrupción. Sus familiares iban muchas veces a verle para hablar con él, y las gentes venían a pedirle consuelos, consejos, milagros. Juntamente con esto sentía redoblarse los ataques del diablo. Los ecos de sus luchas eran tan fuertes y ruidosos, que llenaban de pavor a los viandantes que pasaban cerca del lugar. No obstante hallarse encerrado, debían sus palabras poseer tal fuerza de persuasión que, poco a poco, fueron acudiendo las gentes y acampando de manera estable junto a la fortaleza, a fin de beneficiarse continuamente de sus ejemplos y consejos.

           Un día no pudo contenerse ya la impaciencia de sus admiradores, que uniéndose a una, derribaron el muro construido por Antonio. Habían pasado 20 años, y no se notaban en su rostro ni en su aspecto huellas de la extrema dureza de su ascesis. Todo él respiraba serenidad e íntima pureza. Pronto se llenó la montaña de hombres que iban a pedirle alientos y fuerzas para llevar una vida semejante a la suya. La montaña se llenó de ermitaños. Constantemente resonaban en ella las divinas alabanzas. Se practicaba una pobreza heroica, una caridad perfecta. Los eremitas vivían solos, o en pequeños grupos.

           Antonio nunca fue, propiamente, su superior; era, simplemente, una norma de vida, un ejemplo a imitar. Curaba enfermos, expulsaba demonios, enseñaba a amar al prójimo con perfección y amaestraba en la lucha contra el diablo (cuyos ardides, y la forma de protegerse de ellos, conocía perfectamente). San Atanasio, que fue su discípulo, nos ha recogido su doctrina en forma de un largo discurso:

"Antonio enseñaba que la meditación de los novísimos fortalece al alma contra las pasiones y el demonio, contra la impureza. Si viviésemos, decía, como si hubiésemos de morir cada día, no pecaríamos jamás. Para luchar contra el demonio son infalibles la fe, la oración, el ayuno y la señal de la cruz. El demonio teme, enseñaba, los ayunos de los ascetas, sus vigilias y oraciones, la mansedumbre, la paz interior, el desprecio de las riquezas y de las glorias vanas del mundo, la humildad, el amor a los pobres, las limosnas, la suavidad de costumbres y, sobre todo, el ardiente amor a Cristo".

           Era el 305, y acababa de nacer, aun sin propósito premeditado de Antonio, el monacato oriental. Y aunque hubo quienes expresaron sus temores acerca de una posible infiltración de espíritu de independencia y separación de la Iglesia, la probada ortodoxia y prudencia de Antonio lograron que tal género de vida se impusiese poco a poco, y terminara constituyendo un inapreciable sostén para la Iglesia de la época.

           La soledad de Antonio no era infecunda, e invitaba a preferir sobre todas las cosas la caridad. Así, cuando en el 311 estalló la persecución de Maximino, Antonio voló a Alejandría con algunos de sus monjes para fortalecer a los perseguidos por la fe y compartir con ellos el martirio. Nadie, sin embargo, se opuso a su propósito ni les infirió daño alguno, de forma que, terminada la persecución, volvieron a Pispir.

           Antonio volvió cambiado, pues había comprendido (viendo sufrir a los mártires) que el signo de su vivir era la cruz perfecta. Redobló su ascetismo, multiplicó los ayunos, durmió en la tierra desnuda o en tablas. Nunca se lavó, cambió de ropa, ni usó aceites o perfumes (se piense lo tremenda que es tal mortificación en el Egipto, donde el baño constituye una auténtica necesidad corporal). Y otra vez la llamada del espíritu resonó, fuerte, muy fuerte, en su corazón.

           Su viaje a Alejandría, y su vida entera, le habían hecho más y más famoso entre las gentes, que afluían a él sin cesar. Y Antonio sintió peligrar su humildad y su silencio. Pero Dios le inspiró de nuevo. Un buen día una caravana de beduinos que iba a internarse en el desierto contempló a un hombre extraño que les pedía unirse a ellos durante el viaje. Vestía túnica de pelos de camello, sujeta por cinturón de cuero; un manto de piel de carnero, con capucha caída por la espalda. Parecía totalmente endiosado.

           Fue una larga y dura caminata. Los camellos de los beduinos se internaban por un desierto sin límites, sólo alterado por las dunas; bañado por las noches de un inusitado fulgor de estrellas; abrasado durante el día por el ardiente sol. Tres días con sus noches. A medida que el paso de los camellos iba alejándole de Pispir con sus monjes (contemplativos) y multitudes (ansiosas de curaciones y milagros), Antonio se sentía caminar derecho a la consumación de su vocación. Sabía que Dios le aguardaba en el desierto, lejos, muy lejos de todo.

           Llegaron por fin. Habían caminado hacia Oriente, hacia el mar Rojo. Muy cerca ya de éste, en el monte Qolzoum, encontraron un pequeño oasis lleno de palmeras y alguna tierra laborable. Allí quedó Antonio. Era el año 312, y acababa de fundar lo que había de llamarse Monasterio de Deir el Arab.

           Los beduinos le proporcionaron una azada y algunas semillas. Algunos discípulos, que no tardaron en visitarle a pesar de los horrores del desierto, le llevaron trigo. Antonio se preocupó de sembrar un trozo de tierra, a fin de poder ayudar a los peregrinos y visitantes. Allí permaneció absolutamente solitario durante 18 años (hasta 15 antes de su muerte), admitiendo tan sólo la presencia estable de sus discípulos Amathas y Macario.

           La vida del eremita Antonio, en los años siguientes, se revela extraordinaria. Regularmente visitaba el Monasterio de Pispir, donde le aguardaban sus discípulos y las turbas venían a pedirle milagros. Solamente algunos, los más valientes, se atrevían a visitarle en Deir el Arab. Uno de éstos fue San Atanasio, el campeón de la ortodoxia oriental contra los arrianos, quien más tarde escribió su vida, contribuyendo con ello a esparcir por el mundo los ideales de nuestro asceta.

           Allí en Deir el Arab recibió Antonio una carta del emperador Constantino, pidiéndole oraciones. Allí refutó Antonio a filósofos griegos y herejes arrianos, quienes atraídos por su fama (y por la circunstancia de que Antonio era analfabeto), fueron a probar su sabiduría. Desde allí combatió el cisma de Melecio de Nicópolis, allí escribió duramente al obispo Gregorio (suplantador fraudulento de San Atanasio) y a Balacio (que había desencadenado una violenta persecución contra los ascetas ortodoxos).

           El año 340 fue a visitar a San Pablo de Tebaida (1º ermitaño de Occidente), a través de 3 jornadas de día y noche a través del desierto. A su llegada, el cuervo que todos los días llevaba a San Pablo medio pan como alimento, trajo un pan entero para los dos solitarios.

           Antonio se había convertido casi en personaje de leyenda. La fama de sus milagros, de sus doctrinas y austeridades, así como la noticia de su extremada soledad, habían llegado al mundo oriental. Y así pasó los años el eremita Antonio, sumido en la contemplación de las noches del desierto, que tan extraño poder tienen para llevar las almas a Dios, y excitar el deseo de los bienes eternos.

           El año 355 (otros señalan el 338), fue a visitar a San Atanasio a Alejandría, para animarle en su lucha contra los arrianos y melecianos. Es indescriptible la impresión que su presencia y sus milagros causaron en la ciudad, donde convirtió muchos herejes e infieles.

           Finalmente, el 17 enero 356, y tras haber anunciado su muerte, y hacer prometer a sus 2 discípulos que a nadie revelarían el secreto de su tumba (a fin de evitar honores póstumos), entregó Antonio su alma a Dios. Antes quiso legar a San Atanasio su túnica de piel de carnero, y el antiguo manto que el mismo San Atanasio le había regalado (y que durante muchos años le había servido de lecho y abrigo). Otro manto dejó a Serapión (obispo de Thmuis), simbolizando con ello su unión con la jerarquía y la ortodoxia.

           A pesar de la dureza de la vida de San Antonio Abad, podemos apreciar en ella contrastes que nos enseñan cómo algunas veces la santidad suple muchos valores humanos, y cómo en otras no solamente no los suprime, sino que los supone y realza.

           Cuenta San Atanasio de Alejandría cómo San Antonio, a pesar de sus ayunos y austeridad, jamás exageró. Y que siempre supo guardar la justa medida, prohibiendo las demasías en la mortificación entre sus discípulos, enseñando a valorar sobre las cosas exteriores la pureza de corazón y la confianza en Dios. De ordinario, mostraba una faz resplandeciente de alegría, que le hacían conocido a quienes nunca antes le habían visto.

           A pesar de haberse criado y haber envejecido en el desierto, nada se observaba en San Antonio Abad de agreste, sino que todo él respiraba una exquisita educación. Sorprende, así mismo, su intrépido espíritu apostólico y la integridad de su fe, que le constituyeron en uno de los paladines de la ortodoxia de su tiempo.

           No prescribió San Antonio Abad ninguna regla, ni hábitos especiales a sus discípulos (las reglas que circulan bajo su nombre son apócrifas), pero su influjo personal fue tan hondo que pronto se pobló Egipto, en sus lugares más desérticos y apartados (Celdia, Escita, Nitria), la Siria y el Asia Menor, de monjes que de una forma u otra copiaron su género de vida, que aún perdura en cierto modo entre los monjes del monte Athos, los cartujos y los camaldulenses.

           Sin embargo, la vida de San Antonio Abad encierra una ejemplaridad superior, y es todo un símbolo. Nos dice que los peores enemigos del hombre no son los externos. En la soledad más estricta el hombre lleva consigo su naturaleza caída, propensa al orgullo, a la soberbia interior, a la lujuria, a la que es preciso vigilar y mortificar constantemente si el alma quiere verse libre de sus flaquezas y encontrar a Dios en la paz.

           Por otro lado, el demonio se encarga de afligir con sus tentaciones (presunción, soberbia, desánimo, falta de fe y confianza) al más retirado de los ermitaños. Es decir, que la vida cristiana es, esencialmente, lucha. Podremos huir del mundo; no podemos despojarnos de nosotros mismos, no podemos evitar los asaltos del demonio, que da vueltas en torno a nosotros buscando a quien devorar, como nos enseña San Pedro. Por eso el desierto se ha convertido en símbolo de lugar de tentaciones y los antiguos lo identificaron muchas veces cual morada de espíritus malignos.

           Otra lección de San Antonio Abad es el inestimable precio de la soledad interior para quien de veras desea darse del todo a Dios. Es menester que ninguna criatura ocupe indebidamente nuestro corazón, que sepamos tenerlo desprendido de todas, de forma que ninguna nos pueda ser impedimento a nuestra carrera hacia la unión con Dios.

           Espíritu de soledad que, como vemos en nuestro santo, no es sino una forma superior de caridad, porque solamente el hombre que se ha purificado en soledad, en mortificación, en oración, es capaz de sentir fielmente la caridad y de ejercitarla exponiendo su vida. El solitario, de ninguna manera si es auténticamente discípulo de Cristo se desentiende de los demás. Como puede, desde su soledad, lucha por sostener en la fe, se inmola por su salvación, socorre las almas y los cuerpos.

           El solitario no ha de dudar en abandonar su refugio cuando lo piden así las necesidades de la Iglesia y de las almas. Soledad y Caridad fueron las 2 inmortales lecciones de San Antonio Abad (o lo que es lo mismo, acción y contemplación, oración y apostolado). Todos necesitamos ser un poco eremitas si es que, en definitiva, queremos triunfar de los asaltos del demonio, y aprender el sublime arte de amar, por Cristo, a nuestros hermanos.