17 de Octubre

San Ignacio de Antioquía

César Vaca
Mercabá, 17 octubre 2020

            Si pudiera hablarse de un prototipo martirial, o hubiera que elegir un modelo del testimonio máximo del cristianismo, habría que proponer para ocuparlo a San Ignacio de Antioquía. Su amable figura, amasijo de dulzura, mística y valentía, que desconoce tanto el miedo como el dolor, resplandece desde los tiempos apostólicos, como un faro y una invitación a cuantos tienen que sufrir por ser fieles a Jesucristo. Se trata de una estampa envuelta en la luz martirial, pero no por lo extraordinario de sus prodigios o preponderancias, sino por la sobrenaturalidad de su sencillez, la incontrastabilidad de su lógica y la coherencia natural de su conducta, bajo la aterradora perspectiva del dolor.

            Además de esto, San Ignacio representa el caso único, sin él pretenderlo, de convertirse el relatado en el propio relator de su relato martirial. Sus apasionadas cartas de estilo único, que hoy día siguen haciendo estremecer al lector, rezuman todavía aquel rugido de las fieras, aquellos zarpazos de la sangre, aquel crujir de los huesos y la trituración de la carne, bajo el horror del circo romano y mundo romano circundante, convertido ahora en simiente de sangre y cosecha de cristianos.

            Nada sabemos con certeza de los primeros años de Ignacio. La leyenda, sin embargo, vio en él aquel niño que Mateo relata que Jesús puso en medio de los discípulos (Mt, 18, 1-6), en un afán por aureolar su figura. San Juan Crisóstomo afirmó que Ignacio convivió con los apóstoles, aunque tampoco esto parece cierto. No obstante, sí que es verdad que su fe sencilla y vigorosa era como la fe de aquel niño del evangelio, y el alma de Ignacio era tan apostólica como la de los mismos apóstoles del Señor. Así como el amor eucarístico de Juan inspiró su holocausto, como hostia viva ofrecida.

            Cristo y la Iglesia constituyeron los auténticos leit motivs de Ignacio, como se ve en una de las exhortaciones que dirigió por carta a los tralianos, y que apuntaba ya a una 1ª formulación del Credo, mucho antes que la tenida lugar en el concilio de Nicea:

"Así, pues, cerrad vuestros oídos cuando se os hable fuera de Jesucristo, que es del linaje de David e hijo de María, que nació verdaderamente, así como comió y bebió; que fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato, y que verdaderamente fue crucificado y muerto, a la vista de los moradores del cielo y de la tierra y del infierno. El cual verdaderamente también resucitó de entre los muertos por virtud de su Padre, quien resucitará a semejanza suya a todos los que crean en él" (Tralianos, IX).

            Sus cartas, pues, pueden considerarse como la 2ª formulación doctrinal cristiana. Pues en ellas se refleja lo que pensaban los cristianos de esa 2ª generación, la inmediatamente posterior a los apóstoles. Y porque en ellas está también presente toda la doctrina evangélica y paulina, elaborada y profundamente compartida, aceptada y matizada ante los ataques de las desviaciones heréticas. Una semejanza con la doctrina apostólica que no lo fue tanto a nivel de repetición de textos, cuanto a un espíritu idéntico, del cual brotaban fórmulas sin citas, y coincidencias exactas de quien vivía en el alma aquella misma fe y aquellas mismas verdades, todas emanadas de la misma fuente que era Jesucristo. Por eso, el pensamiento de San Ignacio está centrado en la unión con Cristo, dentro de la Iglesia:

"Como el amor no me consiente callar acerca de vosotros, de ahí que he determinado exhortaros a que corráis a una hacia el pensamiento de Dios. Y, en efecto, al modo de Jesucristo, vida nuestra inseparable, es el pensamiento del Padre, así los obispos, establecidos por los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo" (Efesios, III, 3).

            Así mismo, San Ignacio de Antioquía fue también el inventor de la palabra católica, aplicada por 1ª vez hacia la realidad de la Iglesia:

"Donde apareciere el obispo, allí está también la muchedumbre, al modo que, donde estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia Católica" (Esmirniotas, VIII, 2).

            De esta manera, el obispo Ignacio encarna su iglesia particular, dentro de la gran Iglesia que es la encarnación continuada del Hijo de Dios.

            Nos demuestra así San Ignacio que en su tiempo, de finales del s. I, la estructura y el pensamiento sobre la Iglesia está ya completo y maduro. Obispos, presbíteros y diáconos constituyen la jerarquía tripartita, sobre la cual se apoya toda la realidad del cristianismo. Y es preciso permanecer unidos a esta jerarquía, para vivir dentro del espíritu de Cristo:

"Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, así vosotros tampoco hagáis nada sin contar con vuestro obispo; ni tratéis de colorear como laudable nada que hagáis a vuestras solas, sino reunidos en común; haya una oración, una sola esperanza en la caridad, en la alegría sin tacha, que es Jesucristo, mejor que el cual nada existe" (Magnesios VII, 1).

            Pues, sin esta jerarquía, no existe la Iglesia:

"Por vuestra parte, todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo. Lo mismo digo del obispo, que es figura del Padre, y de los ancianos (presbíteros), que representan el senado de Dios y la alianza o colegio de los apóstoles. Quitados éstos, no hay nombre de Iglesia" (Tralianos, III, 1).

            Ignorarnos los años en que Ignacio rigió la iglesia de Antioquía, como 2º sucesor de San Pedro. Lo mismo que los motivos concretos que provocaron su detención y condena a la pena capital. Lo que sí sabemos es que Nerón había puesto a los cristianos fuera de la ley, y cualquier delación o capricho del gobernarnante bastaba para hacerles sufrir el rigor de la persecución; la acusación de ser cristiano era suficiente para ello. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia por aquellos años, escribía a su amo Trajano: "A los que fueron delatados les interrogué si eran cristianos; si confesaban que sí, los sometía a nuevo interrogatorio, con amenaza de suplicio. A los que aun así perseveraban los mandé ejecutar".

            El obispo de Antioquía Ignacio fue detenido por ello, y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Oída la sentencia, el santo contesta: "Te doy gracias, Señor, porque te dignaste honrarme con perfecta caridad para contigo, atándome, como a tu apóstol Pablo, con cadenas de hierro" (Filadelfios, II, 8). No hay en esta actitud nada parecido al orgullo del revolucionario o al tesón del rebelde. No existe la menor partícula de protesta contra los poderes temporales, ni siquiera contra las leyes. La disposición del mártir cristiano es algo inédito y único en la historia. Es la serenidad y el valor mantenidos por una visión sobrenatural interna, en la conciencia de cumplir una misión: la de ser testigos de Jesucristo, haciéndose semejantes a él en su sacrificio. Así lo afirma nuestro obispo escribiendo a los fieles de Efeso:

"Apenas os enterasteis de que venía yo, desde la Siria, cargado de cadenas, por el nombre común y nuestra común esperanza. confiando que, por vuestras oraciones, lograré luchar en Roma contra las fieras para poder de ese modo ser discípulo, os apresurasteis a salirme a ver" (Efesios, I, 1).

            Desde el momento de su detención, podemos seguir los pasos del obispo de Antioquía, gracias a la preciosa colección de las 7 cartas que escribió durante su peregrinación encadenada. Con Zósimo y Rufo, otros 2 cristianos condenados como él, y custodiados por un pelotón de soldados, embarcan en Seleucia, puerto de Antioquía, para arribar a las costas de Cilicia o Panfilia, siguiendo desde allí el viaje por tierra. Estos ásperos caminos del Asia Menor, pocos años antes recorridos por San Pablo, haciendo sementera de cristiandades, serían para San Ignacio nuevas pruebas de su ansiada semejanza con el gran Apóstol. Las fervorosas comunidades de aquellas tierras convierten el viaje en ronda triunfal de admiración y de caridad.

            Al llegar a Esmirna, toda la comunidad cristiana, presidida por su obispo San Policarpo, discípulo personal de San Juan Evangelista, sale a recibirle y le rinde homenaje como si fuera el mismo Jesucristo. Por este recibimiento les escribirá más tarde:

"Yo glorifico a Jesucristo, que es quien os ha hecho sabios. Pues muy bien me di cuenta de cuán apercibidos estáis de fe inconmovible, bien así como si estuvierais clavados, en carne y en espíritu, sobre la cruz de Jesucristo, y qué afianzados en la caridad por la sangre del mismo Cristo. Y es que os vi llenos de certidumbre en lo tocante a nuestro Señor" (Esmirniotas, I).

            Otras comunidades vienen a saludarle y ayudarle con máxima caridad. Algunas de ellas quedan enriquecidas con sus cartas: Efeso, Trales, Magnesia. Desde el mismo Esmirna las escribe, junto con la enviada a los fieles de Roma. Esta carta, documento único e impresionante de la literatura universal, merece mención aparte.

            Partiendo de Esmirna, atraca la embarcación de Ignacio en Alejandría de Troas, desde donde el santo escribe a los filadelfios, a los esmirniotas y a Policarpo, su obispo. Sigue su viaje la embarcación y hace parada en Filipos. Atraviesa Macedonia, vuelve a embarcar en Dirraquio, rodea el sur de Italia y desembarca en el puerto de Ostia, a escasos 30 km de Roma.

            Tuvo Ignacio conocimiento de que los romanos trataban de interponer toda su influencia para salvarle la vida y se alarma profundamente, porque esa caridad es apartarle de su martirio, de su anhelada nieta. Para conjurar esta posibilidad escribe la famosa carta, que el mismo Renán se vio obligado a reescribir:

"La más viva fe, la sed ardiente de la muerte, no han inspirado jamás acentos tan apasionados. El entusiasmo de los mártires, que fue, por espacio de 200 años, el espíritu dominante del cristianismo, ha recibido del autor de esta pieza extraordinaria su expresión más exaltada".

            Después de saludar a la Iglesia de Roma, saludándola como la que "preside en la capital del territorio de los romanos, y está puesta a la cabeza de la caridad" (títulos preciosos que probaban su primacía sobre la cristiandad), añade Ignacio a los romanos que:

"Desde Siria a Roma vengo luchando con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a 10 leopardos. Es decir, a un pelotón de soldados que, hasta con los beneficios que se les hacen, se vuelven peores. Ahora que, en sus malos tratos, aprendo yo a ser mejor discípulo del Señor, aunque no por esto me tengo por justificado".

"¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mi destinadas y que hago votos por que se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamente, y no como algunos, a quienes, amedrentadas, no osaron tocar. Y si ellas no quisieren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré. Perdonadme, yo sé lo que me Conviene, Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo".

"Por lo que a mí toca, escribo a todas las iglesias, y a todas las encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Yo os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo, con lo que, después de mi muerte, no seré molesto a nadie. Cuando el mundo no vea ya ni mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo".

            ¿Qué se puede añadir a estas expresiones sublimes? Cualquier glosa las empobrecería, y sólo queda guardar silencio y meditar, con sobrecogida consideración, el amor sobrenatural llevado a las cumbres de la mística.

            En Roma tocaban a su fin unas fiestas imperiales, que conmemoraban el triunfo del emperador Trajano sobre los dacios del año 106. Para que nos hagamos una idea, dichas fiestas duraron 123 días y en ellas murieron 10.000 gladiadores y 12.000 fieras. El 18 diciembre del 107 fueron arrojados a las fieras Zósimo y Rufo, los 2 compañeros de San Ignacio, y el 20 de diciembre fue el turno del santo obispo de Antioquía.

            Sus pocas reliquias corporales fueron enviadas a Antioquía. Pero sus verdaderas reliquias inmortales nos las legó San Ignacio mediante sus cartas, de las cuales escribe Huby:

"Ignacio, entregado a las fieras bajo Trajano, es el tipo del pontífice entusiasta y el modelo del mártir; es la realización viva de las palabras paulinas No soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Ignacio deseaba desaparecer de este mundo y acceder a Cristo. Sus acentos conmovieron a la Iglesia, y en sus frases se fue concentrando todo el espíritu martirial de la Iglesia".