17 de Septiembre

San Roberto Belarmino

Ignacio Iparaguirre
Mercabá, 17 septiembre 2021

           Nació en 1542 en Montepulciano (Siena), en el seno de una familia cuyo tío era el papa Marcelo II, cuya madre (Cintia Cervini) le inculcó los peligros de las cortes humanas (tanto mundanas como pontificias), y cuyo padre (Vincenzo Bellarmino) le inculcó desde pequeño el amor por la literatura, la música y arte del mundo clásico.

           Dotado de talento y fresca inteligencia, e imbuido de Virgilio desde los primeros años, parecía el joven Belarmino destinado al fausto y brillo del Renacimiento italiano. Como él mismo escribirá más tarde:

"Estando durante mucho tiempo pensando en la dignidad a que podía aspirar, me sobrevino de modo insistente el pensamiento de la brevedad de las cosas temporales. Pero impresionado con estos sentimientos, llegué a concebir horror de tal vida y determiné buscar una religión en que no hubiera peligro de tales dignidades".

           Efectivamente, ante el momento decisivo de si imbuirse o no en el escalafón del mundo, decidió Berlarmino no hacer caso a sus sentimientos sino a su madre, apartándose de los honores del mundo e ingresando en una orden religiosa que no contase con cargos en la jerarquía eclesiástica: la Compañía de Jesús.

           En la Universidad de Lovaina, como estudiante y luego como profesor de matemáticas y astronomía, se reveló el joven Berlarmino como un orador excepcional, y desde el 1569 se convierte en el predicador oficial de los universitarios. Los profesores y estudiantes se apretujan en torno al púlpito de Belarmino, para escuchar sus lecciones sobre filosofía, teología e incluso filología hebrea.

           Pero su predicación retórica, y recargada de metáforas al principio (conforme al gusto de la época), se va transformando, gracias a un incidente fortuito (el de un sermón improvisado por fuerza), en sencilla y eminentemente evangélica. Y hasta de naciones vecinas, e incluso de Inglaterra, e incluso herejes, empezaron a venir a escucharle. Cada vez conseguía un fruto mayor, en conversiones y jóvenes que se retiraban a ejercicios o decidían abrazar la vida de perfección. Las universidades principales de Europa, incluyendo la Universidad Sorbona de París, disputaban por contarle entre sus profesores.

           Pero sus superiores jesuitas juzgaron, sabiamente, que irradiase su saber en el corazón de la cristiandad. Y a Roma le enviaron, a las universidades allí presentes. En ellas fundó Belarmino la cátedra de controversias, para pulsar el momento teológico y dar la verdadera doctrina sobre los errores que pululaban entonces por los centro universitarios.

           El éxito provino principalmente del método que adoptó. Pasaba revista a los errores de los contemporáneos Pero no se limitaba a refutarlos. Los herejes quedaban más bien, como en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, de marco de encuadre, servían únicamente para delimitar el planteamiento vital del problema. El iba derecho a la doctrina verdadera, exponía orgánicamente (siguiendo la estela del Concilio de Trento) la verdad positiva, íntegra, total.

           Belarmino no tenía carácter de polemista. Alma sencilla, casi ingenua, carácter compasivo, estaba hecho la comprensión. El amor íntimo y apasionado a la Iglesia (supremo ideal de su vida) fue el gran motivo que le llevó a estudiar los errores de los heresiarcas.

           Sus alumnos de Roma, como los de antes en Lovaina, afluían a miles a sus conferencias, pidiéndole insistentemente que diese a la imprenta su exposición. Llegó a editar hasta 20 veces, en 30 años, su libro Controversias. Penetró en todas las universidades europeas y llegó a los más apartados centros de enseñanza. San Francisco de Sales, en su gran campaña contra los calvinistas, subía al púlpito armado de la Biblia y del Belarmino (como se llamaban entonces las Controversias de Berlarmino). Se dice que uno de los corifeos luteranos exclamó: "Este libro nos ha perdido".

           Pero no se limitó Belarmino con instruir a los doctos, sino que su amor a la Iglesia le llevó a atender también al pueblo sencillo, tan ignorante en el campo religioso. Para ellos compuso la Breve Doctrina Cristiana, dirigida directamente a los niños, acompañada de una Declaración más Copiosa para los maestros.

           Ese pequeño libro alcanzó uno de los éxitos más sorprendentes, comparable al que han alcanzado los libros más leídos de la humanidad. Hasta casi nuestros días se ha ido editando sin cesar. Baste decir que se ha traducido a más de 50 lenguas y que las ediciones llegan a lo largo de 4 siglos a edición por año.

           Las facetas de orador, profesor y escritor no agotaron la actividad de Belarmino. El general de la Compañía de Jesús (el p. Aquaviva), quiso que los jóvenes jesuitas se beneficiaran de su consejo e influjo. Le designó para la dirección espiritual de los que estudiaban en el Colegio Romano y después para rector del mismo centro. Tuvo Belarmino la dicha de contar entre sus hijos espirituales a San Luis Gonzaga.

           Iba creciendo de tal modo la estima del papa para con el docto y santo jesuita, que el padre general comenzó a temer que le nombrase cardenal. Para conjurar este peligro decidió sacarle de Roma y designarle provincial de Nápoles. No le valieron al padre Aquaviva estas medidas. Clemente VIII le creó cardenal porque "no hay en la Iglesia de Dios otro que se le equipare en ciencia y sabiduría".

           Belarmino se negó a aceptar la alta dignidad, y alegó la incompatibilidad de su voto. El papa lo anuló con su suprema autoridad, y le mandó aceptar el cardenalato "en virtud de santa obediencia, y bajo pena de pecado mortal". Por obediencia cambió su hábito, pero no el tenor de su vida.

           Con el mismo desinterés y abnegación de antes se dedicó al trabajo de las comisiones cardenalicias. Intervino en las cuestiones más espinosas, como las de Galileo y la reforma del calendario. Trabajó febrilmente en la edición definitiva de la Vulgata. Asesoró al papa en toda clase de negocios con plena franqueza.

           Llevado de su alma sencilla y recta, que no entendía de astucias diplomáticas y dilaciones, expuso algunos pareceres con demasiada sinceridad. Y esto parece que le hizo caer en desgracia del papa, quien decidió alejarle de Roma y nombrarle arzobispo de Capua.

           El nuevo pastor se dio a sus diocesanos con celo sin igual. Allá pudo simultáneamente predicar, enseñar, escribir, organizar, explicar la doctrina cristiana. Abrazó toda clase de actividades y realizó una reforma comparable a la de San Carlos Borromeo.

           Entró en 3 cónclaves, y llegó a tener en uno hasta 14 votos para papa. Tal vez le hubieran elegido si no hubiera sido jesuita. No obstante, su oración en aquellos momentos no era sino: "Señor, elige al más apto, y líbrame del papado".

           Dios no le había hecho para el pontificado, pues tenía que realizar Belarmino su última misión: dar al mundo entero ejemplo de humildad y pobreza. Al recién elegido Gregorio XV le pidió la gracia de poderse retirar al noviciado de los jesuitas. Tenía ya 68 años, y allá empezó a simultanear las actividades de cardenal con la vida de novicio.

           Desgastado en su lucha por la defensa de la Iglesia, sus fuerzas iban fallando. Con todo le quedó todavía un arma: la pluma. La piedad que rebosaba de su alma fue impregnando sus últimos opúsculos espirituales, llenos de suave unción.

           Así se consumó la vida de este gran héroe. Había amado a la Iglesia con amor de enamorado. Dios le llamó a sí el 17 septiembre 1621, mientras permanecía en Roma. Y el sacro Colegio Cardenalicio quiso dejar constancia de los méritos del difunto cardenal, escribiendo en sus Actas, entre otros elogios, que fue "varón esclarecido, teólogo eminentísimo, defensor acérrimo de la fe católica, martillo de los herejes, religioso piadoso, discreto y humilde, y extraordinariamente limosnero".

           Pío XI le beatificó el 13 mayo 1923, le canonizó el 29 junio 1930 y le declaró doctor de la Iglesia el 17 septiembre 1931.