18 de Junio

San Gregorio Barbarigo

Consuelo Lozano
Mercabá, 18 junio 2024

         Nació en 1625 en Venecia, de una madre (rica e influyente) que falleció de peste de tifo cuando el niño tenía 2 años, y de un padre (excelente católico) que propuso dar al niño la mejor formación posible.

         En efecto, fue instruido Gregorio en el arte de la guerra y de las ciencias, y recibió un curso de diplomacia. Pero todo bajo relación directa con Dios. Estudiando astronomía admiraba cada día más el gran poder de Dios, y eso le animó a hacerse monje contemplativo. Pero su director espiritual le aconsejó más bien seguir el camino diocesano sacerdotal, dadas sus especiales cualidades para párroco. Y a los 30 años fue ordenado sacerdote (ca. 1655).

         Un amigo de la familia, el cardenal Chigi, había sido elegido papa con el nombre de Alejandro VII, y nada más salir papa mandó llamar a Gregorio al Palacio Pontificio de Roma, para confiarle varios cargos de especial responsabilidad.

         En ese tiempo llegó a Roma la terrible peste de tifo negro, y Alejandro VII, que conocía la sensibilidad de Gregorio al respecto (pues su madre había fallecido por esa causa), decide encargarle la atención pontificia a esos enfermos de tifo. Desde ese momento, Gregorio se dedica diariamente a visitar enfermos (más de 13.000, según las crónicas), enterrar muertos, ayudar a viudas y huérfanos y consolar hogares que habían quedado en la orfandad.

         Acabada la peste, el papa le encarga la diócesis de Bérgamo, y Gregorio le contesta que consultará su decisión a Dios en la siguiente misa que celebre. Tras la cual, acepta el nombramiento y se encamina hacia Bérgamo.

         A Bérgamo llega Gregorio como un sencillo caminante, y a los que preparaban una fiesta de recibimiento les convence para que lo que iban a gastar en la fiesta lo empleen en ayudar a los pobres. Tras lo cual, él mismo vende todos sus bienes y los reparte entre los necesitados, y se propone imitar en todo al gran arzobispo San Carlos Borromeo, que vivía en la cercana Milán dedicado a las almas y a las gentes más abandonadas. En Bérgamo jamás deja de ayudar a quien le pide, y los pobres saben que su generosidad es inmensa.

         Propaga Gregorio libros religiosos entre el pueblo, y recomienda mucho los escritos de San Francisco de Sales. En sus visitas pastorales se hospeda en casas de gente pobre y come con ellos, sin despreciar a nadie. Y tras pasar el día enseñando catecismo y atendiendo a las gentes, pasa largas horas de la noche en oración.

         El portero del palacio tiene orden de llamarlo a cualquier hora de la noche, si algún enfermo lo necesita. Y aun entre lluvias y lodazales, o a altas horas de la noche, sale a atender a los moribundos que lo mandan llamar. El médico le aconseja que no se desgaste tanto visitando enfermos, pero él le responde: "Ese es mi deber, y no puedo obrar de otra manera".

         Pocos años después, Alejandro VII lo nombra obispo de Padua, y los feligreses de Bérgamo replican al papa: "Los de Milán tienen un santo obispo, pero nosotros tenemos un obispo muy santo. Que lástima que se lo lleven de aquí".

         En Padua se encuentra Gregorio con que los muchachos no saben el catecismo, y los mayores no van a misa los domingos. Y se decide a organizar él, personalmente, las clases de catecismo, invitando a todos a la Santa Misa. Recorrió personalmente las 320 parroquias de la diócesis, organizó a los párrocos y formó gran número de catequistas. Visitó las regiones más difíciles de llegar (con grandes sacrificios y peligros), y en pocos años la diócesis de Padua se convirtió en otra cosa totalmente distinta. La había transformado su santo obispo.

         El sucesor de Alejandro VII (Inocencio XI) nombró a Gregorio cardenal (ca. 1660) como premio a sus incansables labores de apostolado. Pero él siguió trabajando como si fuera un sencillo sacerdote. Como cardenal, fundó Gregorio imprentas para propagar los libros religiosos, y se esmeró con todas sus fuerzas por formar lo mejor posible a los seminaristas para que llegaran a ser excelentes sacerdotes. Así como potenció la educación familiar, a la que dedicó anualmente sus Cartas a las Familias, de 1688 hasta su muerte.

         Todos estaban de acuerdo en que la conducta del card. Barbarigo era ejemplar, y en que su generosidad con los pobres era no sólo generosa sino exagerada. La gente decía por las calles: "Monseñor es misericordioso con todos, y con el único con el cual es severo es consigo mismo". Su seminario llegó a tener fama de ser uno de los mejores de Europa, y su imprenta divulgó por todas partes las publicaciones religiosas. Pues como él no paraba de repetir: "Para el cuerpo basta poco alimento ordinario, pero para el alma son necesarias muchas lecturas y que sean muy espirituales".

         Participó como cardenal en los cónclaves romanos de 1667, 1676, 1689 y 1691, como supervisor en todos ellos de la enseñanza de la religión católica. Aplicó en todas partes las líneas directrices del Concilio de Trento, aconsejó siempre las reglas dejadas por San Carlos Borromeo, potenció el estudio de las lenguas orientales en los seminarios italianos (en su afán de acercarse a la Iglesia griega) y favoreció el movimiento de profesores por toda Europa (bajo las indicaciones dejadas por San Francisco de Sales).

         Gregorio murió en Padua el 18 junio 1697, siendo beatificado por Clemente XIV el 6 junio 1771, y canonizado por Juan XXIII el 26 mayo 1960.

 Act: 18/06/24     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A