18 de Octubre

San Lucas Evangelista

Félix Asensio
Mercabá, 18 octubre 2020

            Con impresionante sencillez da entrada el evangelio de Lucas a una escena poco común, respecto al resto de relatos evangélicos. Era el día de la resurrección de Cristo, y 2 discípulos de Cristo se dirigen a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén 160 estadios (Lc 24,23). Uno de ellos es Cleofás, pero Lucas guarda un silencio intencionado respecto al nombre del otro discípulo, mientras insiste en que eran "dos discípulos de Jesús". Según algunos exegetas, ese 2º discípulo de Emaus podría tratarse del mismo Lucas, por ser el que escribió el relato. Así lo creyó San Gregorio Magno y el mismo San Epifanio, que añadió que si el compañero de Cleofás fuese el autor del 3º evangelio, habría que pensar que Lucas no era de origen gentil, sino judío y discípulo en vida del Señor (MG XLI, 280.908).

            Pero se trata de testimonios que quedan en la más absoluta soledad, frente a la contundencia del origen griego del nombre Lukas, Lukanos o Lukios, y frente a las explícitas afirmaciones de los célebres Prólogos de Ireneo, del Fragmento Muratoriano, de Eusebio, de Jerónimo... Discípulo de Cristo sí, pero no de aquellos "que desde el principio fueron testigos oculares" (Lc 1,2), sino a través de Pablo.

            Al cristianismo llega Lucas, pues, hacia el año 40, y sin haber tenido contacto directo con Cristo. Hecho que tiene lugar en su natal Antioquía, ciudad en la que ejerce de médico y en la que conoce a Pablo, desde entonces su incansable maestro, y sembrador del mensaje de Cristo entre los gentiles.

            Con Pablo vemos partir a Lucas a Asia Menor, Grecia, Jerusalén y Roma (Hch 16, 20-21.27-28). Fiel a su maestro de Tarso, Lucas no abandonará ya nunca al apóstol Pablo, ni siquiera en las amargas horas de su cautividad judía y romana: "Conmigo está Lucas, mi querido médico" (Col 4,14; Fil 2,4), "sólo Lucas se ha quedado conmigo" (2Tim 4,11). Como escribe San Juan Crisóstomo, "Lucas no acertaba a separarse de Pablo, incansable en el trabajo, sufrido y ansioso de saber" (MG LXII, 656). Sólo la muerte le podrá separar de su maestro, tras haber misionado a su lado las regiones de Acaya, Bitinia, Dalmacia, Macedonia, Hispania, Italia... hasta morir en Beocia, mártir como el maestro, y reposar definitivamente en Constantinopla.

            Año tras año, y desde la intimidad con San Pablo, Lucas iba asimilando la doctrina cristiana. Como decía Tertuliano, "Pablo fue el iluminador de Lucas" (ML II, 365). Pero también iba aprovechando sus viajes (sobre todo en Israel) para conocer de 1ª mano a los "testigos oculares" de la vida de Cristo, y para que éstos les diesen su versión de los hechos, y "poder así contrastarlos". Fue el momento en que el Lucas misionero fue dejando paso al Lucas historiador, sobre todo en los 2 años de prisión paulina en Cesarea, y desde su vocación natural por "investigarlo todo escrupulosamente". Fue la manera en que salió a la luz, de forma definitiva y armónica, su evangelio de Jesucristo.

            Aunque Lucas dedique su evangelio a Teófilo (no mero nombre simbólico, sino real), Lucas apunta con su evangelio a un objetivo mucho más amplio que la simple formación cristiana. Mira al universalismo, habla al mundo gentil, y blanquea el movimiento pagano masivo al cristianismo, con todos sus elementos culturales greco-romanos, y para nada judíos. Pablo, una vez más, está detrás de todo eso, y Lucas no hace sino hacerse eco del maestro, así como poner por escrito su palabra, y conservar siempre su herencia. Como observa Orígenes, "Lucas hace gracia de su evangelio a los gentiles" (MG XX, 5ts1). 

            Lucas introduce a sus hermanos del paganismo en la nueva fe cristiana, y como a hermanos les trata. Conoce sus errores y busca instruirles en cuanto a la religión judía esencial, pero sin las exigencias inútiles de lo transitorio. Ha vivido su ambiente y señala con acierto sus vacíos y plagas morales, pero ladeando con delicadeza todo aquello que pudiera herirles, o recalcando lo que les halagaba. Así, el evangelio de Lucas guarda silencio sobre el desprecio de Cristo ante la mujer cananea, sobre las befas de los soldados romanos junto a la cruz, sobre el mandato con que Cristo restringe provisionalmente la predicación del evangelio a los gentiles... así como hace apología del bondadoso samaritano, de la fe del centurión romanno, del agradecido leproso de Samaria, de la buena acogida del Bautista a los soldados extranjeros. Y todo ello junto a la insistente presentación de las mujeres como actrices activas del evangelio.

            Y es que Lucas había aprendido bien de Pablo aquel lema de "hacerse todo a todos, para ganarlos a todos", y el Lucas evangelista no es distinto de aquel Lucas misionero. Su evangelio se abre en un ambiente de suavidad y dulzura, que parece como despliegue de aquellas profundas y sentidas afirmaciones de Pablo sobre la liturgia navideña: "Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios para todos los hombres... pues quiere que todos se salven... por la aparición de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús" (1Tim 2,4; 2Tim 1,10; Tit 2,11-13). Lucas, el evangelista de la encarnación y de la infancia de Cristo, saluda el alborear de esa gracia que, desde lo alto, baja a iluminar a los habitantes de las tinieblas y sombras de muerte. Saluda a aquel Niño de Belén que, Hijo de María, no distingue entre israelitas y gentiles, a la hora de traer paz a la tierra, y a los hombres de buena voluntad (Lc 1,78-79; 2,14).

            Lucas señala la trayectoria universalista de la cuna de Belén, de los brazos de Simeón en el templo (que siente llegada la hora de la luz de las naciones, profetizada de antiguo), y del anuncio del Bautista: "Toda carne verá la salvación de Dios". Así mismo, encuadra Lucas de forma especial la 1ª predicación pública de Cristo, enviado del Padre para evangelizar a los pobres, para liberar a los cautivos y para anunciar la gracia del Señor (Lc 2,32; 4,18-19). Como Pablo, siente Lucas que la ceguera cierra masivamente a los judíos la puerta del evangelio. Y, al igual que Pablo, no puede disimular su alegría ante la torrencial llegada de otros pueblos a las puertas del reino: "Y vendrán del oriente y del occidente, del norte y del mediodía, y serán admitidos al banquete en el reino de Dios" (Lc 13,29). Sabe Lucas que ésa es palabra de Cristo, y con ella cierra su relato evangélico: "Así estaba escrito, que había de predicarse su nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén" (Lc 24,46-47).

            Así, el antiguo Lucas médico (de los cuerpos) va dando paso el nuevo Lucas médico (de las almas). Su psicología profesional, de atención misericordiosa ante el enfermo y desgraciado, pasa a ser ahora medicina que robustece y espiritualiza el alma. Se trata de un paso lógico, y que explica que haya sido Lucas el que mejor haya transmitido la tarea sanadora de Jesucristo, verdadero médico divino de las almas, y su atención misericordiosa hacia las miserias del alma humana. De hecho, para San Pablo Lucas era su "médico carísimo", y para Lucas Jesucristo pasó "por todas partes haciendo el bien, y sanando a todos los tiranizados" por el diablo (Hch 10,38), a través de un perdón sin condiciones de la mujer pecadora (Lc 7,36-50), su llamada tajante de Zaqueo (Lc 19,1,10) y la triple respuesta al ataque farisaico a "ése que acoge a los pecadores y come con ellos", con las 3 parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada, la de la dracma perdida y la del hijo pródigo. Lucas es el cantor de la misericordia de Cristo, y del gozo en el cielo ante un pecador que se convierte y cura (Lc 15).

            Se trata de una misericordia sin límites, que abre paso a una salvación universal. De hecho, es Lucas quien presenta la última promesa de Jesucristo, tenida lugar al pie de la cruz hacia el ladrón arrepentido: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,34-43). Es la herencia de misericordia que Cristo deja a los suyos, antes de separarse definitivamente de ellos (Lc 24,47).

            En el libro de los Hechos de los Apóstoles, incontestablemente suyo según el testimonio de las diversas iglesias primitivas, sigue acentuando esta línea confirmada por la propia experiencia y el contacto directo con apóstoles y discípulos. Escrito seguramente en Roma antes del año 70, y dedicado también a Teófilo, mira en último término al mundo cristiano de la gentilidad, y en torno a él gira todo el libro, desde el principio. De hecho, ya en su 1ª página se repite el último mandato de Cristo, el día de la Ascensión: "Sed mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta el último confín de la tierra" (Hch 1,8).

            En la 2ª página de los Hechos, pone Lucas el acontecimiento de Pentecostés, en que el Espíritu Santo es derramado sobre judíos y prosélitos, tanto del mundo oriental (Ponto, Mesopotamia, Elam...) como occidental (Frigia, Panfilia, Cirene, Creta...), en concordancia con la profecía de Joel: "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará" (Hch 2). Lucas derrumba así el antiguo muro de separación entre Israel y el resto de naciones, haciendo suyas las palabras del propio Pedro: "En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra" (Hch 3,25). Tras lo cual, Lucas destaca la evangelización entre los samaritanos y el pasaje de Felipe, que abrió paso a la evangelización del eunuco de Etiopía, y de todas las ciudades costeras a lo largo del país filisteo y la llanura del Sharón (Hch 8).

            Es el momento escogido por Lucas para volcarse como historiador del universalismo cristiano. Un universalismo que es encarnado en la persona de Pablo, desde el momento de su conversión del judaísmo al cristianismo, para llevar a todas las naciones el nombre de Dios (Hch 9,15) como heraldo de luz y libertad (Hch 26,17-18), como testigo de lo que ha visto y oído (Hch 22,25). Su libro Hechos de los Apóstoles ofrece algunas de estas andanzas con el apóstol (Hch 16,20-21.27-28), con el que comparte el hambre y la sed, desnudeces y persecuciones, fríos y tempestades...

            Gracias a Lucas, y su libro de Hechos, conocemos mucho de la historia de la Iglesia primitiva, en sus esfuerzos y expansión por Oriente y Occidente. Y todo ello desde la posición oficial que fue ofreciendo el príncipe de los apóstoles, del que él era bien conocedor:

"A la verdad, entiendo ahora que no es Dios aceptador de personas, sino que en toda nación le es acepto el que le teme y obra justicia. En marcha incontenible la evangelización del mundo gentil, los apóstoles y fieles israelitas glorificaron a Dios, porque también a los gentiles había concedido la penitencia para alcanzar la vida" (Hch 11).

            Sin excluir a los fieles de Israel, muestra sus preferencias Lucas, pues, por los pueblos gentiles, a los que exige una conversión.

            Finalmente, a Lucas se le atribuyen algunas imágenes de María, conservadas principalmente en Bolonia y Roma. Ciertamente, ofrece Lucas en su evangelio una galería de imágenes maestras de la Virgen: la anunciación y visitación de María, el nacimiento y circuncisión de Jesús en los brazos maternos, la purificación de la Madre y presentación de su Hijo en el templo, el pasaje de Jesús entre los doctores y en diálogo con María... Un espíritu mariano que Lucas vuelca por última vez en aquella pincelada final del día de la Ascensión: "Los apóstoles perseveraron unánimemente en la oración, junto con María, la Madre de Jesús" (Hch 1,19). Junto a la imagen de Jesús, el Médico compasivo, presenta Lucas la imagen de María, la Madre reconciliadora.