18 de Septiembre

San José de Cupertino

José María Feraud
Mercabá, 18 septiembre 2021

           Nació en 1603 en Cupertino (Puglia), en un establo de una humilde familia en que su padre (Félix Desa) no podía pagar a sus acreedores, y en que su madre (Francisca Panara) hubo de refugiarse en aquel escondrijo para huir de los ejecutores de la sentencia de embargo.

           Un hogar que contrastaba con aquellas convulsiones nacientes de la Edad Moderna, con el Imperio Otomano perdiendo su hegemonía en el Mediterráneo, Rusia rigiéndose por zares sedientos de grandezas, Alemania desangrándose en guerras intestinas, Inglaterra levantando una flota pirática que trataba de robar a España sus posesiones de ultramar, y Francia tratando de hacer deslumbrar a su rey Sol en sus fastuosidades de Versalles.

           En efecto, siendo papa Clemente VIII y reinando en el reino de Nápoles Felipe III de España, plugo a Dios que viniera al mundo este niño perdido (José Desa), para confundir con su ignorancia a los petulantes de aquel siglo. Ni por razón de la patria, ni del hogar, puede decirse que resplandeciera, ni fuera a resplandecer, aquel recién nacido en una cueva de animales.

           La familia Desa Panara era una familia honrada, a pesar de que los escasos ingresos de un pobre carpintero de aldea no permitían vivir con desahogo económico. Y la aldea de Cupertino era ruda y de fuerte carácter, que no consentía la menor travesura de cualquiera de sus niños, hasta el extremo de dejar a José alguna noche fuera de casa, teniendo que refugiarse, para dormir, en el atrio de la iglesia parroquial, según cuentan algunos autores.

           Era José de muy cortos alcances intelectuales, por lo que no pudo lograr casi ningún adelanto en la escuela rural, donde le matricularon sus padres. Y en vista de que el estudiar era para él tiempo perdido, le sacaron de la escuela sin saber leer, para que ayudase a aliviar las angustias domésticas y aprendiese el oficio de la zapatería en la tienda de un amigo. No era muy complicado este oficio de artesanía, mas la ineptitud de José para este aprendizaje le hizo experimentar, en más de una ocasión, las caricias del tirapié, para que se espabilase.

           Desechado como inútil por el maestro zapatero, hubo de quedarse en su propia casa, cuyos problemas agrandó más, en vez de ayudar a resolverlos, con una larga y penosa enfermedad. Su cuerpo se le cubrió de postemas repugnantes y dolorosas, que le ocasionaban muchos sufrimientos, aunque supo soportarlos con ejemplar paciencia, hasta que un buen día la Santísima Virgen le devolvió la salud.

           Una vez repuesto corporalmente, como para nada servía, se dedicó a una vida de oración y caridad, prestando a todos, con mejor gana que acierto, sus pobres servicios. Por lo que parece, para lo único que tenía gran habilidad era para orar y mortificarse. Se pasaba largas horas de hinojos en la iglesia, y ni se preocupaba de comer, siendo frugalísimo su alimento, cuando le obligaban a tomarlo.

           Así fueron pasando los días de su adolescencia, hasta que al frisar los 17 años, sintióse llamado a la vida religiosa en la Orden Franciscana Conventual.

           Para solicitar el ingreso en ella, acudió a un convento que le era conocido, por tener allí 2 tíos suyos frailes. Gracias a la eficaz recomendación de éstos, fue admitido como lego, ya que, por su ineptitud para las letras, no podía aspirar al sacerdocio.

           Viéndose en la casa de Dios, se acrecentaron sus fervores, de tal modo que sólo se preocupaba de orar y hacer penitencia, pero descuidando y realizando mal los encargos que se le hacían. Todos reconocieron que era muy santo, pero inútil para la vida de comunidad, pues no servía ni para pelar patatas o fregar platos. Y por ello lo despidieron del convento, con gran pena de todos.

           Fracasado este 1º intento, pensó entonces José en pedir el hábito en otra Orden más austera, llamando en 1620 a las puertas del Convento Capuchino de Martina. El ambiente de pobreza y recogimiento de aquella casa encantó a José. Los religiosos también quedaron gratamente impresionados al ver su profunda humildad y oírle hablar de las cosas divinas con tanto fervor. Por lo que, ad experimentum, le recibieron entre los hermanos legos.

           Pronto llegaron hasta allí los rumores de que se trataba de un haragán histérico, inservible para todo. Y las sencillas pruebas a que le sometieron confirmaron esa apreciación: aquel postulante no parecía muy sólido, pues lo que le sobraba de oración, le faltaba de obediencia, y cuando no olvidaba los encargos, los hacía al revés. A su capacidad deficiente en lo intelectual, se le añadieron raras enfermedades en los ojos y las rodillas, por lo que hubieron de despedirle con pena por inservible.

           Fracasado este 2º intento, retornó José a su hogar, y allí no sólo descubrió que su padre había muerto, sino que sus acreedores quisieron poner a su hijo en la cárcel, hasta que saldara las cuentas familiares. Pero ¿de dónde sacaría José dinero, si no servía para nada?

           Como José supo que uno de sus tíos franciscanos estaba predicando en Vetrara, decidió encaminarse allá, para impetrar orientación y auxilio. El buen franciscano, compadecido del doble fracaso de su sobrino, le redactó cartas de recomendación para sus hermanos de la pequeña Residencia Santa María de Grotella, donde fue contratado en 1621 para trabajar en los servicios más ínfimos.

           Aquellos padres conventuales, religiosos de mucho espíritu, supieron apreciar la humildad de José entre tanta deficiencia personal, y en 1625 deciden admitirlo como novicio, ciñéndole el glorioso cordón franciscano. ¡Todo se lo debía a su madre del cielo!

           El humilde fray José, al verse tonsurado y recibido entre los aspirantes, henchióse de santo júbilo. Pero eso le obligaba a dedicar largas horas al estudio, y sus cortas facultades mentales no daban para tanto. Las letras no entraban en su cabeza, y a duras penas logró aprender a traducir el sencillo lenguaje evangélico. Cada examen era para él un martirio y un fracaso.

           Mas sus progresos en la virtud eran extraordinarios y compensaban este retardo mental. En vista de ello, sus superiores decidieron en 1626 concederle la profesión, al terminar su noviciado, y hasta le dispensaron de los exámenes, para que el obispo de Nardó (mons. Franchis) le concediera las órdenes menores y el subdiaconado, que recibió el 30 de enero y el 27 de febrero, respectivamente.

           Al aspirar al diaconado, quiso el señor obispo examinarle personalmente, lo que puso a fray José en un trance peligroso. Temblando fue hacia la sede episcopal, después de haberse encomendado con todo fervor a su querida Virgen de la Grotella.

           Como de costumbre, presentó el prelado al ordenando los evangelios, para que picase, leyera e hiciese la exégesis del que le correspondiese. Abrió el libro al azar, y salió el texto mariano Beatus venter, qui te Portavit. Al punto lo tradujo con tal maestría, y lo explanó con tan devota elocuencia, que a todos dejó prendados de su saber, por lo que pudo recibir el diaconado el 30 marzo 1626.

           Salvado así este difícil trance, prosiguió fray José sus estudios con igual tesón e idéntico resultado fatal en el aprovechamiento, hasta que, para aspirar al presbiterado, hubo de presentarse ante el tribunal que presidía el obispo de Castro (mons. Detti).

           Presentóse con otros compañeros de claustro que tenían grandes dotes de talento, por lo que el contraste habría de resultarle muy bochornoso. Pero la Virgen se valió de esto mismo para sacar con bien a su devoto, y los primeros examinandos probaron su competencia con tal brillantez, que aquel prelado, creyendo que todos los condiscípulos estarían a la misma altura, suspendió la sesión, cuando le iba a tocar a fray José, y dio por aprobados a los restantes. Por tan extraordinario favor pudo recibir, el 18 marzo 1628, los poderes sacerdotales.

           Como reconocía que su ordenación era un singular favor de la Santísima Virgen de la Grotella, en este reducido santuario quiso celebrar su primera misa, para dedicar las primicias del sacerdocio a su celestial madre.

           Desde entonces se repitieron los éxtasis, y comenzó a prodigar favores milagrosos a cuantos necesitados de auxilio recurrían al convento. Una vida tan extraordinaria y tales hechos taumatúrgicos originaron envidias, habladurías y rumores calumniosos, que llegaron hasta las oficinas curiales, por lo que cierto vicario se creyó obligado a delatar el caso de fray José al Tribunal de la Inquisición, que funcionaba en Nápoles.

           Tremenda y afrentosa era esta prueba, ya que este tribunal se cuidaba de extirpar la plaga de herejes y hechiceros. Los inquisidores tomaron cartas en asunto de tanta resonancia en la provincia de Bari, y citaron a juicio al acusado.

           Harto prolijo y a fondo debió ser el examen, ya que duró 2 semanas y le dedicaron 3 largas sesiones, indagando su género de vida y arguyéndole sobre las cuestiones teológicas más debatidas entonces, a todo lo cual respondió con una seguridad y acierto asombrosos.

           Más aún, pues allí mismo verificó un milagro, ya que le mandaron leer en un breviario las lecciones históricas de Santa Catalina de Siena, que contenían un error histórico y, no viendo lo que tenía ante sus ojos, hizo por tres veces una lectura correcta y exacta. Nada encontraron aquellos doctos y ecuánimes jueces que fuera censurable o erróneo en fray José, por lo que proclamaron su inocencia y sabiduría, pues era evidente que tenía ciencia infusa.

           Esta gracia gratis data se comprueba mejor en los atestados hechos para el proceso de su canonización. Pero aún hay otro testimonio de más valía, dado por la boca de un pequeñuelo que apenas sabía hablar. Cuando se le presentó su madre a José, acaricióle éste, rogándole que repitiera: "Fray José es un pecador, que merece el infierno". Pero con voz clara, el chiquitín dijo: "Fray José es un gran santo, que merece el cielo".

           Como la fama de tales portentos se dilataba cada vez más, de todas partes acudían al convento donde residía el frailecito de Cupertino, por lo que el padre ministro general de los conventuales, el padre. Berardiceldo, decidió llamarle a su residencia de Roma. Recibióle con cautela y dio órdenes para que se le aposentara en la más apartada celda de aquel convento.

           Todo fue en vano. Los éxtasis y los milagros se multiplicaron, y las más altas dignidades eclesiásticas se preocupaban de ver al taumaturgo. Hasta el mismo Papa manifestó deseos de conocerle y, conducido por el padre ministro general, fue recibido en audiencia particular por Urbano VIII. Pero hete aquí que, nada más ver al Vicario de Cristo, se quedó extático fray José y, en suave levitación, permaneció suspenso en el aire por largo rato, hasta que su superior le mandó que descendiera. Al terminar la audiencia, el papa dijo al general: "Si este fraile muriese durante nuestro pontificado, Nos mismo daríamos testimonio de lo sucedido hoy".

           Tan extraordinario fenómeno místico llegó a ser cosa corriente en la vida de fray José. Parecía como que su mortificada carne estaba ya exenta de las leyes ordinarias de la gravitación y, en cuanto una idea u objeto le recordaba algo divino, sus sentidos se enajenaban, y el cuerpo ascendía por los aires, a veces hasta unirse con la imagen, que le atraía como suave imán, pasando por encima de las velas encendidas, sin que sus llamas quemaran el pobre sayal.

           En 1639 fue destinado al observante convento de Asís, donde le sobrevinieron graves crisis de aridez espiritual y lúbricas tentaciones, a lo que se juntaron otras penosas enfermedades y humillaciones. Pero cuando su general le volvió a trasladar a Roma en 1644, se le acabaron todas estas pruebas y comenzó otra serie de compensaciones gloriosas, que continuaron después, al retornar a vivir junto al sepulcro de su padre.

           Allí prodigó los milagros, compuso discordias, purificó las costumbres y evitó una sangrienta revuelta, por todo lo cual llegó a merecer que las autoridades y el pueblo le proclamasen hijo adoptivo de aquella histórica ciudad, perla de Umbría. Unos éxitos ruidosos que despertaron otra de nuevas contradicciones y hasta de diabólicas venganzas.

           En cierta ocasión, caminando a caballo de uno a otro convento, al pasar por un estrecho puente, la furia infernal espantó a la noble bestia y el jinete cayó al río; pero lo maravilloso fue que fray José salió del agua tranquilamente con el hábito seco.

           Contaba él después este lance con su ordinaria sencillez, diciendo que fue el diablo quien le dio un empujón, exclamando: "¡Muere aquí, fraile hipócrita, abandonado de Dios!". A lo que él le habría respondido: "En todo momento quiero esperar en el Señor, que siempre me ayuda, y no habrá quien me haga desconfiar de él".

           También debió ser otra diabólica trama la nueva persecución, suscitada en Roma contra José de Cupertino. Cuando subió al solio pontificio Inocencio X, decidió acabar de una vez con todas las disputas que había en torno a los hechos portentosos de fray José y, para esclarecer la verdad y evitar posibles amaños, mandó que se le recluyera en el escondido Convento Capuchino de Petra Rubra, para librar así a los conventuales de calumniosas maledicencias.

           Todo fue en vano; pues el ambiente aislador se trocó en nueva exaltación, y aquella recóndita casa convirtióse en centro de peregrinación y manantial de prodigios, creciendo más el frenesí de los fieles. Esto motivó un nuevo traslado a Fesonbrone, pero continuaron allí los éxitos del taumaturgo igual que antes.

           Con el cambio de pontífice, pudieron lograr los conventuales que se permitiera al discutido fraile retornar a vivir entre sus hermanos de la primitiva Orden, y sus superiores le señalaron como residencia claustral a Osimo, en la región de las Marcas.

           Desde que llegó a la que iba a ser su última morada, hasta que enfermó en ella el 10 agosto 1663, puede decirse que pasó el ocaso de su vida en un continuado y dulcísimo rapto. Hubieron de separarle de la comunidad y señalarle un oratorio interior, para que celebrase con sus extraordinarios fervores el santo sacrificio, que solía durar casi una hora.

           El don de profecía, que había mostrado antes en favor de otros, sirvióle también entonces para conocer la proximidad de su muerte. Y preparóse para el trance final con singular fervor, y pidió él mismo que le administrasen los últimos sacramentos.

           Aunque yacía consumido por la fiebre en su pobrísimo lecho, al sentir el toque de la campanilla que anunciaba la proximidad del viático, como impulsado por el resorte de su amor, dio su postrer vuelo para salir, de hinojos sobre el aire, al encuentro de Jesús, exclamando: "¡Oh, vése libre cuanto antes mi alma de la prisión de este cuerpo, para unirse contigo!".

           Después entró en suave agonía, fijos los ojos siempre en lo alto y, repitiendo el Cupio Dissolvi, entregó su espíritu. Sólo sabemos que sus últimas palabras fueron "muéstranos a tu madre".

           Así entregó su espíritu a Dios este fino amante de María, el 18 septiembre 1663. Y aquel perfume milagroso y celestial, que tantas veces había descubierto su presencia en los recovecos de los conventos, se difundió por todas partes, y duró en su celda más de 13 años.