19 de Noviembre

Santa Matilde de Helfta

Manuel Garrido
Mercabá, 19 noviembre 2020

           Nació el año 1241 en el castillo de la noble familia de Hackeborn, su familia. Y allí pasó su infancia. Cumplidos los 7 años, la pequeña Matilde acompañó a su madre a una visita al Monasterio de Rodarsdorf, muy próximo al castillo de su familia y en el que había ingresado una de sus hermanas, Gertrudis. Y a Matilde le entraron grandes deseos de ser también benedictina, como su hermana Gertrudis.

           Hacia 1251, Gertrudis era ya abadesa de su comunidad, y en 1258 decidió fundar desde Rodarsdorf un nuevo monasterio en la comarca de Helfta, en terrenos procedentes de su propia familia. Matilde, con 17 años ya, la acompañó.

           Helfta llegó a ser una gran abadía benedictina, por la observancia, la cultura y las muchas donaciones que había recibido. La dirección espiritual estaba a cargo de los dominicos del convento de Halle, entre los que destacaba fray Enrique de Halle, de gran influencia en la espiritualidad del monasterio y, en concreto, de Santa Matilde.

           En Helfta, la joven Matilde fue educada por su hermana con gran esmero, y a ella le fue confiada la dirección del coro y de la escuela monástica. Hacia 1261, y cuando Matilde apenas tenía 19 años de edad, llegó al Monasterio de Helfta una niña de 5 años para ser educada en la escuela: la futura Santa Gertrudis la Magna. La nueva niña muy pronto aprendió las excelencias de su maestra. Y así, no es de extrañar que tales cualidades traspasasen los muros de la clausura, y que muchos niños acudiesen a la joven Matilde para aprender sus admirables consejos (e incluso muchos novicios de otras órdenes, como los novicios dominicos).

           El Señor enriqueció a sor Matilde con dones sobrenaturales preclarísimos, que ella utilizaba para crecer más y más en la virtud, para ayudar a las demás en el mismo sentido, pero ocultando con gran humildad el altísimo grado de contemplación al que llegó.

           En el otoño de 1291, una grave enfermedad sorprendió a sor Matilde, de tal modo que no pudo asistir a su hermana y abadesa Gertrudis en su último trance, ni participar en sus exequias. Fue una época en que Matilde sufrió lo indecible, no sólo por la ausencia de su hermana (a la que tanto amaba y debía) sino también por sufrimientos interiores que la purificaron más y más, para hacerla digna de mayores gracias sobrenaturales todavía (aunque ella no lo supiese).

           Esto fue providencial, pues 2 religiosas empezaron a escribir cuanto ella decía, sin que Matilde lo supiese. Al enterarse de ello, sor Matilde se enfadó y llenó de angustia, pero Dios la consoló haciéndole ver el bien espiritual que eso podía ofrecer a muchos. Una de esas religiosas que empezó a escribir sobre ella fue la misma Gertrudis la Grande, su alumna preferida y a la postre también gran santa, como ella.

           Matilde no volvió a recobrar la salud. Los últimos 8 años de su vida fueron de gran ayuda para la vida espiritual de su comunidad, que mucho se aprovechaba de los grandes dones que Dios le hacía.

           En 1296 se agravó de modo alarmante su enfermedad, y Matilde creyó que Dios la llamaba ya para sí. Y así estuvo 2 largos años, en un angustioso trance en que tan sólo encontró consuelo en los Ejercicios que Santa Gertrudis, su aventajada discípula, había compuesto con ese motivo. Recibió la Santa Unción 2 días antes de morir, y el 19 noviembre 1298 entregó su alma a Dios.

           El dolor de la comunidad fue inmenso. Y la nueva abadesa, Santa Gertrudis la Grande, aseguró que nunca se volvería a encontrar en esa abadía otra monja que se pareciese a Matilde, en el amor intenso de Dios, en ternura para con los demás y en santidad. En realidad, la misma Santa Gertrudis la siguió muy cerca en una sublime vida interior, como las mismas monjas comprobaron.

           La fama de santidad de Matilde se esparció por doquier, a través de un libro (Gracia Especial) que, según afirmaba el poeta Bocaccio, ya era conocido en Florencia a los pocos años de la muerte de Matilde. Los dominicos expandieron también las virtudes de dicha comunidad benedictina de Helfta, de monjas tan eximias que tanto habían enseñado a sus novicios. Así mismo, la Divina Comedia de Dante introdujo la figura de Santa Matilde en el canto XXVII del Purgatorio, como nobilísima cantora que se ofrecía por guía e intérprete de los secretos espirituales delicados.

           Del puño y letra de Santa Matilde sólo nos queda una larga y cariñosa carta a una noble matrona alemana. Los demás escritos que aparecen con su nombre fueron escritos por las religiosas de Helfta (cuya copia más completa y fidedigna fue la realizada por los monjes de San Pedro de Solesmes), recogidos por el vicario de Erfurt (Alberto) cuando las monjas decidieron trasladarse a Eisleven, el año 1340.