1 de Junio

San Justino de Nablús

Adolfo Muñoz
Mercabá, 1 junio 2026

Semblanza

         Nació el 101 en Nablús (Israel), en sus tiempos vieja Siquén y en el s. II ancha y fecunda ciudad de 25.000 habitantes, con toda una mezcla de judíos (resentidos y torvos) y colonos griegos (orgullosos y frívolos).

         Perteneció a una familia de clara ascendencia samaritana, no mezclada para nada con la judía (de hecho, su abuelo y padre fueron gentiles) y para gala que siempre tuvo Justino, que prefirió siempre aliarse con la mejor disposición de los paganos (a la hora de abrazar a Cristo) que con la firme voluntad de los judíos (a la hora de defender a Cristo).

         El hecho es que, de la corteza de su lengua griega, Justino tirará a a hora de llegar al corazón de las ideas, sin quedarse en bellezas literarias ("que halagan al oído") y sí llegando a la penetración de la verdad.

         Tras terminar sus estudios juveniles en filosofía, decidió proseguir Justino el camino de la verdad a través de la lectura y escucha de los estoicos. Pero no alcanza la paz consigo mismo, y empieza a sentir que algo más hondo le grita. Es el 1º destello de Dios en el alma de Justino, la de un Dios (presentido y querido) que los estoicos no aciertan a escuchar.

         Tras abandonar por ello a los estoicos, decide el joven filósofo Justino asistir a las lecciones de los peripatéticos, pitagóricos y platónicos. Pero tampoco la inteligencia de sus textos ofrecen a Justino el fervor que su corazón le pide, y decide entregarse por sí mismo a la búsqueda de la auténtica verdad.

         En este estado de las cosas, cuenta el propio Justino una anécdota que le ocurrió cierto día, cuando paseaba junto al mar meditando acerca de Dios. Pues un venerable anciano se le acercó y le dijo:

—Si quiere saber mucho acerca de Dios, te recomiendo estudiar la religión cristiana, porque es la única que habla de Dios debidamente y la única que deja el alma plenamente satisfecha.

         El anciano recomendó a Justino que le pidiera a Dios la gracia de saber más cosas acerca de él, y le recomendó la lectura de la Biblia. Justino se dedicó entonces a leer la Biblia y allí encontró maravillosas enseñanzas que antes no había logrado encontrar en ningún otro libro. Tenía unos 30 años cuando se convirtió, y en adelante el estudio de la Escritura fue para él lo más provechoso de toda su existencia.

         Pero también hubo algo que le movió decisivamente hacia la conversión cristiana: el valor de los mártires, que preferían los más atroces martirios a renegar de su fe en Cristo.

         Efectivamente, lo que no consiguió la ciencia lo logró el ejemplo, la constancia y la fortaleza de los humildes. Pues en ellos (los mártires cristianos) advierte Justino cómo la ciencia vana se transforma en sabiduría plena. Y así, tras comparar la persecución de Adriano y la divinización de Antinoo, con el saber estar intelectual de los mártires, el ya convertido Justino acaba explicando, en su Diálogo con Trifón:

"Cuanto más se nos persigue tanto mas crece el número de los que se convierten a la fe por el nombre de Jesús. Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que han dado ya fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos. La viña plantada por Dios y por nuestro Salvador Jesucristo es su pueblo. No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo".

         El fenómeno de la conversión del hijo de Presco a la gracia sobrenatural del cristianismo, algunos años antes de cumplir los 40 años, la edad de la gracia natural del filósofo (que diría Platón) sólo se explica suficientemente por la virtud y eficacia misteriosa de la gracia divina, es cierto; pero en las galerías del alma de Justino oímos cómo discurren los pasos de la sinceridad, de la inteligencia, del ejemplo de los mártires en vida y en muerte, de la meditación silenciosa, de la vigilancia de las pasiones y, finalmente, de la lectura de los profetas.

         Estos pasos andados con humildad ensanchan su mirada y ahondan sus ecos hasta llegar a la fuente divina de la voz primera y esencial. En efecto, Justino abraza el cristianismo sin tener por ello que abandonar la filosofía, sin apagar sus fervores didascálicos, sin renunciar su pujante vitalidad, sin contradecir a la fe con la razón ni humillar a la razón con la fe.

         Justino, convertido al cristianismo, no desfallece en la búsqueda iniciada de la verdad (conviene repetirlo) ni abandona la filosofía. Este es el alcance que hay que dar a muchas de sus frases entusiásticas y que, lejos de racionalizar la fe, lo que señalan es la posibilidad racional de alcanzarla y la injusticia que supone atacarla. La filosofía no depone contra la fe, sino que el vivir en la fe delata una excelsitud sobre el mero pensar filosófico. En Justino la fe es siempre un don de Dios, original y sobrenatural.

         Se opera en Justino una transformación. Es como una elevación del sentido, como un ahondamiento por profundidades, como una transverberación de luces inéditas y sobrenaturales en la constelación intelectual de sus conocimientos anteriores. La conversión al cristianismo le ha enseñado para qué sirve la vida, le ha descubierto una nueva faz de la verdad, le ha iluminado y enfervorizado el anhelo.

         Lejos de despreciar lo sabido, lo tiene en más, como si el cristianismo fuera la coronación de todos los saberes, por su superación sobrenatural. Como él mismo explica al prefecto Rústico: "He procurado adquirir conocimiento de todo linaje de doctrinas, pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, aunque no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones".

         Antes de convertirse su alma era como un desierto, ahora es como una antorcha; y abre escuela en Roma para mostrar y demostrar que la filosofía o conduce a la fe en Jesucristo, Verdad verdadera, voz entre los ecos, plenitud de tiempo y verdades, o se convierte en retórica vana. Para nuestro Santo la verdad que persigue la filosofía es una fuerza luminosa y penetrante. Pero no por ello le entregará las llaves de la fe. Como él mismo nos dice:

"Grande es, ciertamente, Sócrates; pero a Sócrates nadie le ha creído hasta el punto de dar su vida por mantener esta doctrina. Por la de Cristo, sí; dan su vida los filósofos, los sabios, los artesanos y los humildes. Y ésta es la doctrina a que aspiran los hombres: una verdad por la que valga la pena morir, si llega el caso".

         Justino sabe muy bien que no ha sido la filosofía la que le ha abierto el cielo de su alma, pero no ignora tampoco que la filosofía no es obstáculo para abrazar la fe, y defiende que una filosofía con fe es una filosofía auténticamente humana. San Justino se percató de que cabe hablar de una filosofía cristiana, pues la razón sólo engendra monstruos cuando con ella se comete la monstruosidad de oponerla a la fe en Cristo.

         Tan fuerte es esta convicción en Justino que llega a considerar como un deber de filósofo cristiano el predicar la fe con los medios de expresión de que cada uno dispone y que resulten inteligibles y comprensibles. El se vale de expresiones platónicas. Sólo si algún filósofo arremete contra la fe en nombre de la filosofía impugnará al filósofo y a su filosofía. Justino es antes que nada el filósofo de la sinceridad en la búsqueda, de la autenticidad en la conducta, de la humildad en el hallazgo, del fervor en la predicación de su fe, del heroísmo en el testimonio de su creencia.

         La vida de Justino es un testimonio palpitante de cómo ha de vivir su fe un filósofo cristiano. Cierto que su tiempo no es el nuestro, ni su circunstancia la que hoy nos rodea, ni su estadio es como nuestro anfiteatro; pero no es menos cierto que la situación radical es y seguirá siendo análoga o muy semejante hasta el final de los tiempos. Más aún, Justino conserva un no sé qué de modernidad palpitante para este mundo lacerado de hoy día.

         Justino despliega sus actividades con una sencillez, entusiasmo y sinceridad que sorprende. Como la bondad y la verdad son difusivas, y el consejo evangélico señala que la luz de la inteligencia ha de manifestarse en público y en privado, Justino escribe, habla, predica y peregrina. Suena un filósofo cínico, enemigo del cristianismo, y Justino entabla polémica pública en términos filosóficos. Surge un judío recalcitrante, y Justino abre diálogo en términos de milagros y profecías cumplidas por Cristo.

         Arrecian las persecuciones, y Justino alza solemne su voz, proclamando directa y audazmente la verdad y la seguridad de su fe en un Dios vivo y viviente, creador, conservador, redentor y juez. No hay en Justino impertinencia, no hay tampoco imprudencia, pero jamás cederá en la defensa de la verdad ni celará su fervor. Su presencia intelectual, moral y religiosa se multiplica oportuna e importunamente, porque los tiempos exigían esta presencia en la importunidad. Resuena en él San Pablo como un eco potente.

         San Justino está todo él, de cuerpo entero, en sus llamadas Apologías y en el Diálogo con Trifón. Es de lamentar que otros escritos suyos se hayan perdido, pero sólo con lo que nos resta San Justino queda retratado maravillosamente.

         Dedica sus Apologías a Antonino Pío y a Marco Aurelio. Les imputa error, debilidad, cobardía e injusticia, basando la acusación en pruebas morales y en el influjo maléfico de los demonios. Las Apologías están esmaltadas de pensamientos luminosos y eficaces, relieves de sus lecturas platónicas, purificadas por la sinceridad de su fe cristiana. Y todo ello conserva hoy su validez intacta:

"Son los hechos los que reflejan la piedad o la iniquidad, el amor o el odio que se esconde en los pensamientos y en el corazón de los hombres. El que acusa al cristianismo de iniquidad bastante castigo tiene con el delito que comete con la acusación. El que castiga a un cristiano quebranta la paz, porque el cristiano, por serlo, la busca y la defiende para él y para los demás. El que, conocida la verdad, la persigue comete iniquidad. Vosotros os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis es cosa que tendrá que demostrarse. Vosotros matarnos sí podéis; pero dañarnos, no. Instruidos como estáis, no tendréis excusa delante de Dios si no obráis según la justicia".

         En Justino adquieren relieve expositivo los puntos fundamentales de la teología dogmática, de la moral y de la liturgia. Alcanzan un valor superior al meramente apologético. En él se lee con claridad la divinidad de Jesucristo Y su misión redentora. Cristo ha muerto para librarnos de la esclavitud de los demonios que rondan por el mundo desde el pecado del Paraíso. La madre virginal de Cristo aparece vinculada a la obra redentora. En la unidad de todos los cristianos se aprecia la comunión de los santos, mantenida por la fe.

         El valor de la tradición es claramente expuesto y defendido. La eucaristía es el misterio en el que "no tomamos el pan consagrado como un pan común, ni el cáliz consagrado como bebida común, sino que sabemos que son el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, que se encarnó por nosotros". Es quizá el testimonio más expresivo y terminante si se advierte que una confesión tan explícita no podía resultar grata a los paganos ni a los judíos.

         El testimonio de Justino sobre la eucaristía, como transustanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo, revela la doctrina creída y defendida por todos los cristianos a los que Justino sirve y expresa. Aunque sus Apologías sólo nos hubieran legado las reuniones de los cristianos y la liturgia del sacramento, serían un documento maravilloso. Y aunque el Diálogo con Trifón se hubiera reducido a los pasajes en los que desarrolla el sacrificio de la misa, ya merecería la honra de todos los cristianos.

         Justino recorrió varios países y muchas ciudades, ataviado con las vestimentas filosóficas y discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, tratando de convencerlos de que el cristianismo era la religión verdadera y la mejor de todas las religiones.

         En Roma tuvo Justino una gran discusión filosófica con un filósofo cínico llamado Crescencio, en la cual logró demostrar que "las enseñanzas de los cínicos (enemigas de la ley moral) son de mala fe y demuestran mucha ignorancia en lo religioso". Crescencio, lleno de odio al sentirse derrotado por los argumentos de Justino, dispuso acusarlo de cristiano, ante el prefecto de la ciudad.

         Había una ley que prohibía declararse públicamente como seguidor de Cristo. Y además en el gobierno había ciertos descontentos porque Justino había dirigido sus Apologías al emperador Antonino Pío y a su hijo Marco Aurelio, exigiéndoles que si en verdad querían ser piadosos y ser justos tenían que respetar a la religión cristiana que es mejor que las demás.

         Justino presiente el martirio, porque sabe que los demonios acechan, y ha podido comprobar cómo los enemigos de la fe son por naturaleza calumniadores. Una descripción de las reuniones cristianas como la que Justino había escrito, y la exposición de la verdad eucarística, no podían menos que armar el brazo de los amigos y confidentes del emperador Marco Aurelio.

         Ante la doctrina expuesta por Justino sobraban los testigos. El discípulo era tratado como el maestro, una vez confesada la divinidad. La fecunda semilla del Verbo divino fecundó en sangre, que es una de las ramas en que maduran sus frutos cuando la persecución arrecia.

         Las Actas que se conservan acerca del martirio de Justino en Roma son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la Antigüedad. Justino es llevado ante el prefecto de Roma, y empieza entre los 2 un diálogo emocionante:

—¿Cuál es tu especialidad?

—Durante mis primeros 30 años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión.

—Loco debes estar para seguir semejante religión, siendo tan sabio.

—Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión.

—¿Y qué es lo que enseña esa religión?

—La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta.

—¿Y persistes en declarar públicamente que eres cristiano?

—Sí, declaro públicamente que soy seguidor de Jesucristo, y quiero serlo hasta la muerte.

         El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos. Y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser amigos de Cristo. Tras lo cual, continúa su diálogo con Justino:

—Y si te mando torturar, y ordeno que te corten la cabeza, ¿crees que se irás al cielo?

—No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo, y cumplo sus mandamientos, tendré la vida eterna, y gozaré para siempre en el cielo.

—Por última vez te lo mando: acércate y ofrece el incienso a los dioses. Y si no lo haces te mandaré torturar atrozmente, y haré que te corten la cabeza.

—Ningún cristiano va a dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por nuestro Señor Jesucristo.

         Los otros cristianos gritaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir.
Justino y sus compañeros (5 hombres y 1 mujer) fueron azotados cruelmente, y luego les cortaron la cabeza. Esto sucedía en la ciudad de Roma, el 1 junio 162. Y el antiquísimo documento termina con estas palabras: "Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los 7 mártires y les dieron sepultura, después de haber mostrado tanto valor".

         No hubo en el martirio de Justino, pues, necesidad de purificación de errores doctrinales, pues los que pueden atribuírsele se desvanecen si se atiende bien al siglo en que vivió o se leen las páginas con benevolencia crítica. Que los filósofos griegos bebieran o no aguas de inspiración en lecturas y tradiciones del AT no es asunto que inquiete demasiado al que lo asegure con denuedo, sobre todo si la convicción esconde una toma de posición subjetiva.

         Un convencimiento que es el que permitía al filósofo cristiano (a Justino) asegurar que en Platón o en los estoicos se descubren resplandores anunciadores de verdades más altas y sublimes. Pues como el mismo Justino decía, "la concordia de verdades cristianas con sentencias estoicas no supone una dependencia de los dogmas cristianos, sino una proclamación, por diversos caminos, de la verdad divina".

         Efectivamente, fue a las sentencias estoicas a las que San Justino dedicó la mayor parte de sus obras, obligando a éstos a cambiar su adivinación y panteísmo de los estoicos por el don de Dios, que "se conquista con la plegaria humilde, y que a través de la oración descubre el significado y la inteligencia de las cosas".

         El apostolado seglar fue también otro de los grandes campos abordados por San Justino. Pues al lado de su patrocinio sobre los filósofos supo sumar a la causa, a su vez y con los mismos títulos, a los creyentes y sencillos. Todo un símbolo para nuestra época.

         San Justino de Nablús fue hombre de su tiempo, aparte de filósofo, santo y mártir. Tres dimensiones de la vida que le tocó vivir al buen samaritano Justino, y que él trató de dignificar con autenticidad, conciencia y sencillez.

         Como filósofo, Justino amó la verdad y se entregó a su estudio. Como santo, respondió con virtudes a la gracia, difundiendo la verdad con el ejemplo de su vida y la pulcritud de sus escritos (en la opinión de sus propios enemigos, "muy bellos"). Y como mártir, confesó con valentía y serenidad su fe en Jesucristo, negándose (sin jactancia) al sacrificio imperial de los ídolos.

 Act: 01/06/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A