1 de Marzo
San Rosendo de Tirso
Cesareo
Gil
Mercabá, 1 marzo 2026
Semblanza
Nació el 907 en Tirso (Galicia), en el seno de una noble familia leonesa (de los condes Gutierre e Ilduara, sus padres) que lo bautizó a los pocos días de su nacimiento. Recibió de su padre (hábil gobernante y cristiano piadoso) un carácter robusto, así como su afición a la restauración y fundación de monasterios e iglesias.
Su madre, por su parte, se dedicaba a dotar las iglesias y monasterios de la zona de vasos sagrados y ricas vestiduras, de forma noble y desprendida, fervorosa y santa. Y allí surgió la consagración de Rosendo a Dios, para sus padres el mejor de los regalos (y no la alabanza y diploma que obtuvieron del rey Ordoño II de León y sus magnates, el 18 mayo 919).
Una vez superada la infancia, Rosendo fue encomendado a su tío paterno (Sabarico, obispo de Mondoñedo), en cuyos claustros catedralicios aprendió los latines e hizo sus primeras escaramuzas bíblicas. De aquellos años juveniles dicen sus biógrafos que:
"Estaba dotado Rosendo de una juventud con peso de anciano, palabras dulces y eficaces, sin nada de infantilismo ni de vanidades del mundo. Era amigo de la soledad y de la oración, aplicado en sus estudios, modesto y grave, alegre y feliz, de rostro agradable pero sin ligerezas".
No sabemos cuánto tiempo pasó Rosendo en Mondoñedo, pero parece indiscutible que de allí pasó a vivir en los monasterios benedictinos de San Salvador y de Santa Cruz, en Puertomarín. En ellos estudió letras y ciencias, saboreó la Sagrada Escritura y leyó a los Santos Padres. Incluso parece ser que fue abad de alguno de ellos (durante unos meses) y que le ofrecieron la mitra episcopal (que él rechazó sin dudarlo). Aunque siempre centrado en la oración, pues como él decía:
"Señor, cuando en mi casa paterna yo crecía entre el relinchar de los caballos y los gritos de los hombres de guerra, Tú me arrancaste de aquel ambiente. Cuando, después, pasé unos años con mi tío, en Mondoñedo, entre clérigos y cortesanos, Tú me trajiste a este remanso de paz. Soy feliz con mis estudios y con mis rezos. Me encanta la soledad y el olor a tojo. ¿Por qué te acordaste ahora de mí? Déjame saborear la cruz desnuda de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. Déjame vestir el hábito de San Benito".
Y allí, en la confusión de su mente y en lo encontrado de sus sentimientos, siguió morando Rosendo, hasta que tuvo la revelación de la que hablan sus biógrafos: que hiciera de la mitra su cruz.
En efecto, a la muerte de su tío Sabarico, Rosendo no tuvo más remedio que aceptar la mitra episcopal de Mondoñedo, y hacia ella se encaminó desde su monacato benedictino. Mondoñedo, tierra verde regada por 4 ríos, le recibió con los brazos en alto, tanto a nivel de clero como de pueblo llano. Y una vez sentado en la silla de su tío, lo 1º que pidió Rosendo a Dios fue la paz.
Para conseguir dicha paz y armonía diocesana, empezó el obispo Rosendo por hacer lo que mejor sabía: reconstruir monasterios e iglesias. Con su carácter serenó se conquistó a los abades de toda Galicia, y por su descendencia de los Arias (emparentada con los reyes de León) a la nobleza local. Llevó a cabo el obispo Rosendo una triple actividad episcopal: en el orden monacal, en el orden militar y en el orden social, dotando así de carácter multiforme a su episcopado en Mondoñedo.
En cuanto a su labor social, sufría horrorosamente Rosendo ante los abusos hacia la servidumbre. Eso le llevó a trabajar por su abolición, empezando por dar él paulatinamente libertad a sus siervos; y siguiendo por recomendar lo mismo a los nobles y señores. Con eso se convirtió en el padre de todos los libertos, y con eso centró en si las esperanzas de los que aspiraban a la libertad, calmando los ánimos de los oprimidos.
En cuanto a su expansión de la vida monástica, nos dicen los cronistas de la época que:
"Hallándose una vez en oración en el monasterio de Caveiro, le reveló el Señor que era su voluntad que fundase un gran monasterio en el lugar de Villar, en tierra de Bubal, a orillas del Sorica o Sorga, afluente del Arnoya. Esta revelación debió tenerla hacia el año 934, y por ella comprendió el obispo Rosendo que el nuevo monasterio había de ser su lugar de descanso".
En la consecución de dicho fin monacal, el 1º paso que dio Rosendo fue asegurar la posesión de un solar, consiguiendo que su hermano Fruela y su prima Jimena cediesen todos sus derechos sobre la finca de Villar a favor del futuro monasterio.
Asegurada la posesión, y en aquel valle de la provincia de Orense ("donde los vientos eran apacibles, los bosques bienolientes, el riachuelo suave y la soledad mucha"), se oyó por 1ª vez el martillo y tableteo de los que preparaban andamiajes. A los pocos días, el repiqueteo desacompasado de los canteros hizo pensar en el próximo repique de campanas y en la salmodia rítmica de los futuros monjes.
Tras 8 años de donaciones conseguidas por su madre (Santa Ilduara), y de idas y venidas del obispo de Mindoni, llegó por fin para Rosendo aquel 25 septiembre 942, entre gran expectación y entusiasmo. Aquel domingo, Rosendo vio coronados sus anhelos, recibió el abrazo fraternal de los 11 obispos gallegos y las felicitaciones de los 24 condes asistentes, y se oyó el aplauso de la muchedumbre, entusiasmada ante la solemnidad del acto. En efecto, quedaba inaugurado el Monasterio de Celanova, encomendado a los benedictinos del abad Franquila, y desde entonces espejo monacal de toda Galicia.
En cuanto a su labor política, el obispo Rosendo consiguió apagar rencores, pacificar matrimonios, sofocar conspiraciones y serenar los ánimos. Aunque veía que esa vida no era para él, sino la monástica que había llevado en su juventud de Puertomarín. A este respecto, no paraba de repetirse:
Los nobles creen. Los demás, también. Pero las pasiones, que los siglos legaron a unos y a otros, no se calman con un soplo. ¿Qué habré hecho yo para que el Señor me condene a esta lucha y a este destierro? ¡Si mi mundo es el claustro!...
Otras veces, recordaba la visión de Caaveiro:
Señor, ya está terminada la Celanova. ¿Ha llegado la hora de irme?
Un día cayó en la tentación de renunciar a la sede mindoniense (de Mondoñedo). Y otro, se arrodilló ante San Franquila, abad de su monasterio, y le habló así:
Padre, el hábito y un rincón.
Y otro, le vieron los monjes como uno de tantos, rezando y estudiando y trabajando como el que más.
En efecto, donde era feliz Rosendo era lejos de los negocios, de los nobles y de las responsabilidades de la mitra. Aunque superada la tentación (de vuelta al claustro), se repetía jocosamente: "Sólo tres personas turban mi paz: mi ángel de la guarda, mi madre y el rey. El ángel de su guarda porque baja al coro a rezar conmigo, y me compasión para que cure a los enfermos. Mi madre porque cada día le llega con una nueva donación. Y rey Ordoño III porque cada vez me sorprende con una nueva orden".
En efecto, accedido al trono Ordoño III de León, le dirigió al poco una carta, en la que le decía encarecidamente:
"Ordoño rey, al padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre y terrenos adyacentes hasta la mar, de suerte que todos concurran allí a obedecerte en las cosas de nuestro servicio y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955".
Es ésta otra faceta de la vida de San Rosendo. La patria le arrancó de la paz de su celda. Por la patria, el monje se trocó en gobernador. Por la patria sus labios, que sólo sabían bendecir y salmodiar, se dedicaban ahora a dar órdenes. Por la patria sus manos, que habían empuñado el báculo y consagrado iglesias, ahora sujetan las riendas de un caballo de guerra, y blandien la espada.
Durante su gobierno cruzaron los moros el Mondego y llegaron hasta el Miño, como una ola de sangre y de terror. Y enterado nuestro héroe, les salió al paso. Y les obligó a retornar, maltrechos, a sus reales.
Poco después, en el 968, tuvo lugar la invasión de los normandos. Un año entero de robos, incendios, profanaciones, raptos... y todo tipo de horrores. Y en ellos Rosendo, mientras reunió y armó a sus tropas, dejó que se cebara la furia y la avaricia de los invasores (pues otra cosa no podía hacer). Mas cuando vio que, cargados de despojos, intentaban embarcar para sus tierras, lanzó contra ellos al conde don Gonzalo.
Y los hijos de Odín, impetuosos como su dios Thor, se encontraron con que habían agotado el furor salvaje de las valkirias, y con que les arrollaba la venganza más que justa de los gallegos. Borrachos de triunfos y de botines, se habían creído inatacables. Pero la táctica del obispo Rosendo, y el valor del conde Gonzalo, los mandó con sus navíos al fondo marino.
Al día siguiente del hundimiento de normandos, Rosendo subió a lo alto de la Agrela (acantilado cuyos pies lamen las olas cantábricas), y allí respiró paz y satisfacción, y un gran agradecimiento popular. Allí bendijo las aguas que tragaron a sus enemigos, planificó la reconstrucción de las aldeas e iglesias destruidas, y animó a todas las familias afectadas por el horror de la invasión. Y una riada de tranquilidad y de prosperidad inundó toda Galicia.
Tras lo cual el libertador Rosendo, una vez normalizadas todas las actividades industriales y agrícolas de la zona, decidió su retiró de la mitra episcopal, se despidió de su gente de Mondoñedo, y se retiró al Monasterio de San Manilán (el sucesor de San Franquila de Celanova, y también restaurado por él).
Hacia el año 970, quedaba vacante la sede de Compostela, y todos señalaron a Rosendo con el dedo. Pero su humildad y recogimiento monacal le obligaron a negarse. Tan sólo a instancias de los nobles y de la infanta doña Elvira (tutora del rey Ramiro III), aceptó la administración provisional de la diócesis compostelana, cuidándose mucho de afirmar "Apostolicae Cathedrae et Sedis Iriensis Rudesindus Episcopus commissus", pues temía que diesen por hecho que aceptaba la propiedad.
Poco tiempo rigió la diócesis del apóstol Santiago. Aun así, en ese breve tiempo reformó la disciplina de varios monasterios, revisó las escrituras de dotación de las iglesias, asistió al Concilio de León (acompañado de San Pedro de Mezonzo) y contagió dinamismo apostólico a los monjes y clérigos.
Hacia el 974, decidió encerrarse definitivamente en su Monasterio de Celanova, donde pasó sus últimos años entregado a la oración y a la predicación. Y a la edificación de los monjes con el ejemplo. El diácono Egilano, en una donación que hizo a Celanova, le retrata en este período de su vida con estas palabras: "A vos, egregio obispo, señor Rosendo, padre santísimo, verdadero maestro, que enseñáis a vuestros súbditos con la palabra y con las obras".
Allí se rodeó de un buen grupo de monjes con grandes valores humanos, y con ellos compartió la impronta de la piedad y el amor a la cruz, la disciplina monacal y la ejemplaridad para todos. Con otras palabras: allí perpetuó el simbolismo de la cruz.
En Celanova apagó sus días el 1 marzo 977, después de haber reflejado en su testamento su gran saber escriturístico, su humildad, su amor a la Orden benedictina, su predilección por Celanova y su deseo de vivir por toda la eternidad como había vivido todos los días de su azaroso peregrinar por la tierra: "bajo la providencia de Dios". Los monjes cerraron sus ojos, y conservaron sus restos mortales como el mayor y mejor de los tesoros del monasterio.
Act:
01/03/26
@santoral
mercabá
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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