20 de Agosto
San Bernardo de Claraval
Ildefonso
Rodríguez
Mercabá, 20 agosto 2026
Semblanza
Fue el santo más grande del s. XII, el personaje mundial de su siglo, el doctor melifluo de la Iglesia y un monje dedicado a los asuntos más contrastados (tanto mundanos como celestes), que supo armonizar a la perfección los elementos totalmente dispares de su época, tanto para los cuerpos como para las mentes y las almas.
Así fue Bernardo, el hombre más agitado de la vida activa y el más contemplativo de la mística. Un Bernardo que fue soldado y monje, guerrero de las cruzadas, político de reyes, asceta de Dios, consejero de papas, fundador de milicias y monacatos, artista del gótico, censor de desvaríos, reclutador de jóvenes, predicador de pueblos, amante de María y árbitro de su siglo.
En efecto, fue Bernardo buscado por reyes y papas, solicitado en guerras y contiendas, invitado por universidades y cátedras, requerido para concilios y bibliotecas, añorado por sus hijos (templarios) y hermanos (cistercienses). Sin dejar por ello de ser un Bernardo recogido y silencioso, dedicado a la mortificación y ascética y a una profunda contemplación de la Escritura y filosofía.
Un Bernardo al que todavía le quedaba tiempo para predicar sobre la liturgia y para escribir cartas y libros sobre psicología (De Consideratione), teología (Gracia y Libre Albedrío), poesía (Cantar de los Cantares), moral (Humildad y Orgullo), guerra (Nueva Milicia Templaria) y filosofía (Consideración, Chronicon, Catalogus, Gesegnetes, Corona Parnasaea...).
En fin, un Bernardo que tomaba rigurosa cuenta de sí mismo, y que no dejaba de preguntarse incesantemente: "Bernardo, ¿a qué has venido a la religión? ¿Por qué has abandonado el siglo?".
Nació en 1090 en Dijon (Borgoña), entre los tranquilos y azules lagos de Lausana, como 3º de los 7 hijos que tuvieron Tescelin (oficial del duque de Borgoña) y Aleta (emparentada con el mismo duque). De ella (su madre) aprendió el pequeño Bernardo aquel amor a Jesús y a María, de cuyas dulzuras había después de empapar sus admirables escritos. Pero le faltó su madre cuando más necesitaba de ella.
Su hermosura juvenil, su esbelta y varonil estatura, su rostro perfectamente perfilado, con ojos azules en los que, al decir de sus biógrafos, "resplandecía una pureza angelical" por donde asomaba la belleza y el encanto de su alma, fueron todos estos atractivos un constante peligro para su virtud, que si un día le obligó, para vencer la tentación, a arrojarse en un estanque helado, otro juzgó necesario dar un adiós al mundo y encerrarse en el nuevo Monasterio del Císter, recién fundado por San Roberto.
Y aquí aparece otro ejemplo de la energía indomable y el fuego irresistible de su palabra venciendo la dura oposición de hermanos, parientes y amigos, a los que de tal manera les convence y transforma que en número de treinta les hace postrarse juntamente con él a los pies del santo abad Esteban para pedirle el hábito cisterciense después de haberles preparado y ensayado en la vida religiosa en una finca de su propiedad.
Llevaba 14 años aquel monasterio, fundado por San Roberto con 21 compañeros en 1098, sin que ingresara en el mismo ni un solo monje, cuando Bernardo se presenta al frente de aquellos fervorosos novicios a acrecentar la nueva familia cisterciense.
Y si esto sucedió al principio no es extraño que cuando, a los 25 años de edad, y tan sólo 2 de monje, fuera nombrado abad fundador del Claraval, consiguiera que durante los 38 años que duró su prelacía llegara la Orden a contar hasta 343 monasterios (de los cuales 63 fueron derivaciones del mismo Claraval) y 900 los monjes profesaran bajo sus manos.
No falta quien opine que Bernardo no fue orador, y ciertamente que así se puede decir en el sentido de que desdeñaba los preceptos y consejos de la retórica antigua, pero no en el sentido de convencer, persuadir y arrastrar, que, en fin de cuentas, es la verdadera oratoria, pues pocos podrán en esto aventajarle. Abría su corazón y dejaba que sus labios transmitieran todos sus latidos, y así se explica aquella fuerza avasalladora de su lenguaje, que conseguía todo lo que se proponía de manera tan irresistible que todos sus adversarios acababan por entregarse a él para hacer lo que él les mandase.
Estamos en el exuberante s. XII, que triplicaba los crecimientos demográficos y desbordaba en mercados, rutas comerciales y nuevas fundaciones culturales. Y Bernardo siente que no puede permanecer encerrado en su claustro, ni con las manos puestas en la pala y el azadón. Y por eso salta a la arena, decidido a abrasar aquel siglo y exprimir de él la mayor gloria a Dios.
Su 1ª misión consistió en solventar la disputa entre los cluniacenses (monjes negros) y cistercienses (monjes blancos), tanto de forma presencial como a través de su gran obra Apología, en la que sabe unir una energía impresionante y una caridad tiernamente fraternal, un severo respeto y una asperísima admonición.
Tras ese 1º éxito de Bernardo, fue en seguida convocado por el Concilio de Troyes, donde se ventila la Regla y organización de los templarios, y con tal acierto habla que todos acatan sus decisiones. Mas esto no será sino un ensayo de su intervención en el cisma del antipapa Anacleto II en contra del papa Inocencio II, a quien de tal modo defiende en el Concilio de Etampes, que toda la asamblea y toda la cristiandad se declaran a su favor.
Y si el duque de Aquitania y Roger de Sicilia pretenden sostener el cisma, de tal manera desbaratará Bernardo todos sus planes, que al fin logrará que el antipapa se postre a sus pies, y pida perdón al papa verdadero.
Amante de la verdad, cuando llega el caso habla Bernardo con una libertad absoluta a todas las partes implicadas, recriminando a Honorio II que hubiese sido engañado los diplomáticos franceses: "Sabemos que habéis sido engañado miserablemente y nos extraña que os hayáis permitido juzgar a una parte sin haber oído a la otra". Pues bien, concluye Bernardo, "el honor de la Iglesia está siendo comprometido gravemente en vuestro pontificado".
Y a su hijo y discípulo Eugenio III, después de decirle con gran humildad "no me atrevo a llamaros ya hijo, puesto que el hijo se ha trocado en padre", le anima a que acometa cuanto antes la reforma del clero y de las costumbres todas, recordándole que "así como él sucedió en el trono pontificio a otros que murieron, él también tendrá que morir y dar cuenta a Dios".
Pero donde mejor aparece el carácter de Bernardo es en su lucha con las herejías y errores de su tiempo. Será el célebre Abelardo a quien confunde públicamente exponiendo ante el Concilio de Sens 17 proposiciones heréticas sobre la Trinidad, la Encarnación, la Redención, la gracia y el pecado. De tal suerte que Abelardo, avergonzado, se sometió y se retiró a un monasterio. Acorrala y no deja vivir a Arnaldo de Brescia (discípulo de Abelardo), y consigue que en el Concilio de Reims se someta, reconociendo sus errores, Gilberto de la Porré.
Su dialéctica es terrible, fundada no tanto en las reglas de la escolástica sino en su amor apasionado por la verdad, que pone en su lengua (o en su pluma) palabras de fuego y expresiones tan violentas, que a veces hacen temblar. Pero siempre sin perder el equilibrio de la caridad, que le hace exclamar: "A los herejes no se les vence con la fuerza, sino con la persuasión de la razón". Así lo reconocen los mismos adversarios, que se rinden a sus pies y no se consideran humillados porque saben que en el corazón de Bernardo tienen un amigo verdadero.
Bien ganado tenía el descanso por el que tanto suspiraba en su Monasterio del Claraval, de donde nunca hubiera salido a no ser forzado por la obediencia y por su ardiente amor a Cristo y a su Iglesia (como escribió a Honorio II).
Pero la voluntad divina dispuso que fuera precisamente entonces cuando emprendiera una muy larga peregrinación, acompañada de una actividad prodigiosa y totalmente inexplicable dado el estado tan precario de su salud, que, minada hacía años por la austeridad y penitencia con que trataba a su cuerpo, estaba a la sazón tan quebrantada que muchos de sus hijos creían que su vida tocaba a su fin.
Mas si la carne flaqueaba el espíritu estaba tan firme y animoso, que no dudó en aceptar el encargo que le confiara Eugenio III de predicar la 2ª Cruzada para libertar a los Santos Lugares del poder musulmán. Tenía entonces Bernardo 56 años, y tanto por sus triunfos contra la herejía y el cisma, como por su palabra siempre fogosa y eficaz, fue por toda Europa considerado como el hombre providencial para aquella empresa.
Efectivamente, en el mes de marzo de 1146 fue cuando, en la magna e histórica Asamblea de Vezclay, en presencia de los reyes de Francia, de gran número de prelados y caballeros venidos de todas partes y una ingente masa de pueblo, después de leer la bula papal habló con tal fervor y fuego, que antes de terminar su alocución no quedaba ni una sola de las cruces preparadas al efecto, siendo los primeros en cruzarse los reyes, el conde Roberto (hermano del rey) e infinidad de nobles y guerreros.
Y con la tea encendida de su palabra recorre toda Francia, pasa a Alemania y Flandes, y donde no puede resonar su voz serán sus cartas y emisarios los que levantarán ejércitos de cruzados en Inglaterra, España, Italia, Hungría, Polonia y en la Europa del Este. Las ciudades en masa salen a su paso para escuchar su palabra, presenciar y admirar los milagros que sin cesar hacía, sanando un sinnúmero de enfermos y alistándose en la cruzada en tal cantidad, que pudo escribir al oapa: "Las ciudades y castillos quedan vacíos, y difícilmente se encontrará un hombre por cada siete mujeres".
Mas no era de rosas, sino de muy punzantes espinas la corona que el Señor le preparaba en la tierra como premio a sus grandes trabajos. El éxito, de su predicación había sido grandioso, pero el resultado final fue un desastre completo. Las intrigas, las envidias, la falta de un caudillo que se impusiera a todos, las traiciones y cobardías de los griegos, llevaron a aquel ejército de valientes al más rotundo fracaso y el Señor permitió que el pueblo, siempre voluble, al ver este resultado se volviera contra Bernardo culpándole del desastre.
La humildad de Bernardo se gozó mucho más en estos improperios tan injustos que antes en las alabanzas universales con que todos bendecían su nombre, pero, al ver que no era su honor tan sólo, sino que el mismo Dios era menospreciado y vilipendiado, con gran energía levanta su voz y exclama: "Consiento de muy buena gana en ser yo el deshonrado, mas de ningún modo puedo oír que se toque a la honra de Dios. ¡Ojalá que el Señor quiera que yo le sirva de escudo para que todos los dardos de la maldición se ceben en mí sin llegar jamás a él".
Bien podemos decir que Bernardo era "todo un carácter". Sin embargo, con lo dicho hasta ahora no aparece aún la característica que daba personalidad específica a ese carácter hasta convertirle en el doctor melifluo. Que siempre lo fuera no se puede dudar, ya que hasta en sus terribles invectivas contra los heresiarcas, o contra todos los que de alguna manera atentaban al bienestar de la Iglesia, siempre sabía distinguir el pecado del pecador, como lo había aprendido de su gran maestro San Agustín (al que nunca dejó de la mano).
Y por eso su vehemencia contra el 1º se trocaba en bondad y dulzura con el 2º, hasta el punto de llegar a escribir aquellas tan conocidas palabras: "Si la misericordia fuera un pecado, creo que me sería imposible dejar de cometerlo".
Muy sugestivo por lo dulce, y muy fácil por lo abundantísimo, sería el trabajo de libar en las flores de sus escritos para hacer destilar la riquísima miel que encierran, sobre todo cuando habla de Jesús y de su Madre.
La devoción de Bernardo hacia la humanidad de Cristo (como expresión y síntesis del amor de Dios a los hombres) y de la maternidad de María (divina y humana), le llevan casi a enloquecer, de tal modo que ya no acierta a decir lo que siente, a la hora de expresar su cariño, ternura y amor. "Escuchad (nos dirá Balines) sus coloquios con Jesús o con María, y conoceréis una dulzura tan embelesante que parecerá agotar todo cuanto pueda sugerir, de más hermoso y delicado, la esperanza y el amor".
En 24 mayo 1953, al cumplirse el 800 años de su muerte (ocurrida en su Monasterio de Claraval, a causa de una enfermedad estomacal), Pío XII publicó la encíclica Doctor Mellifluus, exponiendo en ella sus propias expresiones: "Si disputas o hablas no encuentro gusto si no oigo el nombre de Jesús... Jesús es miel en los labios, melodía en los oídos, júbilo en el corazón... Todo alimento del alma es árido si no está bañado con este óleo, insípido si no está condimentado con esta sal". Viniendo a decir que:
"A esta encendida caridad para con Jesucristo, se unía en San Bernardo una muy tierna y suave devoción para con su Madre, a la que como a Madre amantísima amaba y honraba intensamente. De tal manera confiaba en su poderoso patrocinio que no dudó en escribir: Nada quiso darnos el Señor que no viniera por manos de María. Y también: Esta es su voluntad, que lo tengamos todo por María".
Se le llama a San Bernardo el último de los Padres de la Iglesia, mas no por ser el último en el orden cronológico lo es en el teológico y doctrinal, y menos aún en lo que toca a la mariología. Sin entrar en enojosas e inútiles comparaciones, bien se puede afirmar que no es fácil encontrar quien en esto le aventaje. Hasta tal punto que ni siquiera en el día de hoy, que tanto se ha avanzado y tanta importancia se da al estudio de la mariología, no se puede dar un solo paso sin contar con San Bernardo o citar sus escritos.
Sirva como ejemplo la fórmula de estos tiempos en la que escritores piadosos y directores de almas coinciden con perfecta unanimidad: "A Jesús por María", en la que se quiere condensar la mediación universal de la Virgen como madre de Jesús y nuestra, y como corredentora de los hombres. Pues bien; esta fórmula precisamente parece estar inspirada en San Bernardo, ya que viene a ser la doctrina fundamental tantas veces repetida en sus escritos.
El hablar de la Virgen le sale a San Bernardo todo lo mejor de sí. Sobre todo en sus sermones sobre el Missus est (especialmente el 4º, donde explica el trascendental consentimiento de la Virgen a las palabras del ángel en la Anunciación), o en su sermón de la Natividad de María (llamado del Acueducto por presentar a María como verdadero acueducto de la vida de Dios para los hombres), o en sus sermones de la Presentación y Purificación, de la Anunciación y de la Asunción, o el de las 12 prerrogativas de la Virgen María.
Terminemos asentando una proposición: no es fácil tener una devoción sólida e ilustrada a la Virgen sin conocer, de alguna manera al menos, los escritos de San Bernardo, y parece que la Iglesia asiente a ello cuando en su misma liturgia, cada vez con más frecuencia, escoge trozos de sus escritos para formar con ellos sus preces públicas y oficiales. Y es que, como dijo Benedicto XIV, San Bernardo "no sólo enseñó en la Iglesia, sino que enseñó a la misma Iglesia".
Entre las fuentes que surtieron a San Bernardo para todo ello, contó siempre el abad de Claraval con la Escritura, con los Santos Padres y con San Agustín, al que él consideró su maestro. Y siempre bajo la inspiración directa de aquella que volcó sobre él la ternura de su corazón: la Virgen María.
Act:
20/08/26
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