20 de Enero
San Sebastián de Narbona
Juan
Roig
Mercabá, 20 enero 2026
Semblanza
Tras la persecución de Valeriano, el emperador Galieno (su sucesor) dirigió un Rescripto (ca. 260) a los obispos por el que se les permitía reanudar el culto cristiano, y ocupar las iglesias que unos años antes se les habían confiscado. Los emperadores siguientes respetaron aquel Rescripto, y el cristianismo gozó de un largo período de paz. Sí se dieron casos de persecución en provincias, pero debido más al celo intempestivo de algún prefecto que a la voluntad expresa del emperador.
Del 260 al 300, la Iglesia completó la organización por todo el Imperio Romano, y afianzó su prestigio. Y los cristianos pensaban que había llegado el momento del triunfo. Mas contra todas las previsiones, todavía estaba por llegar la más cruel y larga de las persecuciones. El historiador Eusebio nos explica por qué la Providencia permitió una prueba tan dura, pues él mismo en persona vivió aquellos hechos, y sus palabras nos dan la clave de otras persecuciones habidas a lo largo de la historia:
"Cuando comenzamos a abandonarnos en la negligencia y desidia, debido al mal uso de tantos años de libertad, comenzamos a tener envidia y a criticarnos unos a otros, haciéndonos a nosotros mismos mutua guerra, e hiriéndonos de palabra a modo de lanzas. Los prelados contra los prelados, y diócesis contra diócesis, hasta que la divina Justicia empezó a amonestarnos. La persecución estalló por los que ejercían la milicia, y desde ahí se extendió al resto, aunque sin tocar aún al cuerpo general de la Iglesia, ni las libres reuniones de las multitudes de fieles".
Eso sucedía el año 300, cuando el Imperio empezó a ser gobernado por Diocleciano (en Oriente) y Maximiano (en Occidente). Pues éste último decidió emprender una depuración de elementos cristianos en sus tropas, y decretó la degradación de los oficiales cristianos, y expulsión ignominiosamente a los veteranos, si no renegaban del cristianismo.
Han llegado hasta nosotros los nombres de varios mártires que pertenecían a esta milicia tetrarcal: Maximiano (en Tebaste), Víctor (en Marsella), Marcelo (en Tánger), el veterano Julio (en Mesia), Emeterio y Celedonio (en Calahorra)... Pero el más ilustre de todos los martirios fue, sin duda alguna, el que se produjo en Roma contra un capitán romano: Sebastián.
Nació el 256 en Narbona (Galia), hijo de padre militar y madre de la nobleza galo-romana, siendo educado en Milán. De muy joven emprendió la carrera militar y llegó a capitán de la 1ª cohorte de la guardia pretoriana, cargo que sólo se daba a personas ilustres. Era respetado por todos, y apreciado por el emperador, que ignoraba que Sebastián fuese cristiano.
El noble capitán cumplía con disciplina, pero no tomaba parte en los sacrificios a los dioses ni en otros actos que fueran de idolatría. No exteriorizaba su fe íntima; aunque se valía de su posición privilegiada para ejercer el apostolado entre los compañeros de milicia, y ayudar ocultamente a los cristianos.
Visitaba a los encarcelados por causa de Cristo, alentaba a los débiles y abatidos, daba ánimo a los que padecían tormento. Según la Passio, intervino de un modo especial en sostener la fe de 2 caballeros romanos (Marco y Marceliano, hermanos mártires), cuyo sepulcro fue identificado a principios del s. XXI cerca de la catacumba de San Sebastián.
La conducta de Sebastián no era de cobardía sino de cautela, y estaba de acuerdo con lo que, en distintas ocasiones, habían exhortado los prelados. El martirio se podía pedir a Dios, pero no se debía provocar, pues eso hubiera sido tentar a Dios, obligándole a conceder unas gracias especialísimas fuera de lo ordinario. El proceder de Sebastián fue, pues, el de simultanear, mientras pudo, el cargo de soldado romano con el cargo de soldado de Cristo.
Esta situación duró hasta el día en que le llegó la denuncia de ser cristiano, y se enteró el emperador. Maximiano le hizo comparecer a su presencia, reprochó su conducta y le colocó en la disyuntiva de abandonar su religión o perder el honroso cargo. Sebastián no dudó un instante cual era su verdadera convicción, y concienzudamente rechazó su posición encumbrada y bienestar material, y escogió a Cristo.
No soportó el emperador aquel desaire, y le amenazó con la muerte. Pero Sebastián sentía por todo su ser algo que le empujaba al martirio, y no dio su brazo a torcer. En vista de ello, Maximiano le condenó, sin más dilación, a morir asaeteado. Los sagitarios se lo llevan al estadio del Palatino, donde lo desnudan y atan a un poste, lanzando sobre él una lluvia de flechas. Luego se retiran indiferentes, y dejan allí mismo su cuerpo moribundo y erizado.
Mas Sebastián no había muerto, y sus íntimos, que estaban al acecho, fueron donde estaba, lo desataron y se hicieron con él. La Passio nos ha conservado el nombre de la santa matrona que lo escondió en su propia casa y le curó las heridas: Irene, cuyo nombre se encuentra, en los catálogos antiguos, entre los santos del 22 de enero.
Pasado un tiempo, Sebastián quedó completamente restablecido. Sus íntimos le aconsejaban que se ausentara de Roma; mas él, que ya se había encariñado con la idea del martirio, en vez de esconderse se presentó un buen día ante el emperador y le pidió, con singular entereza, que dejara ya de perseguir a los cristianos.
Maximiano, salido que hubo de su asombro, pues lo creía muerto, no se dejó ablandar, antes al contrario, enojado por todo aquello, le mandó azotar horriblemente hasta morir. Luego los soldados echaron el cuerpo en un albañal inmundo. Mas los cristianos fueron de noche, lo recogieron y enterraron en un cementerio subterráneo de la vía Apia.
Esta catacumba, que hoy lleva el nombre de San Sebastián, se halla a poco más de 2 km de las antiguas murallas que circundaban la urbe. Durante el s. IV, cuando la Iglesia pudo desenvolverse con toda libertad, se erigió una pequeña iglesia subterránea en el lugar de la tumba. En la parte superior edificaron, por el mismo tiempo, otra basílica de mayores proporciones, dedicada a San Pedro y San Pablo (pues desde el siglo anterior se venía dando culto a los 2 apóstoles, en aquella catacumba).
Esta basílica cambió de nombre en el s. IX, y desde entonces llevó el nombre del mártir Sebastián. Para el visitante de hoy, la iglesia ofrece un aspecto moderno, pero debajo de las molduras y estucos barrocos está la estructura romana del s. IV. La estatua de San Sebastián, que preside el altar (obra de Giorgetti), es muy venerada por el pueblo romano. Y cerca del lugar del martirio (en el Palatino) hay otra iglesia dedicada al santo mártir.
El culto a San Sebastián como protector contra la peste data de muy antiguo. En el 680, la ciudad de Roma estaba infectada de este mal. Entonces erigieron un altar con la imagen del santo en la Basílica de San Pedro. La gente fue a invocarle y, según rezan las crónicas, la peste cesó al punto. El hecho se divulgó rápidamente y desde entonces es invocado en todas partes.
En España son innumerables las ermitas y capillas dedicadas en honor suyo, y son muy pocas las parroquias rurales que no tengan el altar de San Sebastián. Tan sólo en Cataluña tiene 61 iglesias dedicadas. También data de muy antiguo la tradición de invocar a San Sebastián contra los enemigos de la religión, junto con otros 2 santos caballeros (San Mauricio y San Jorge). En el cielo está con doble aureola de mártir, pues padeció doble martirio.
Act:
20/01/26
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