20 de Marzo
San Martín de Dumio
Daniel Ruiz
Mercabá, 20 marzo 2026
Semblanza
San Martín Dumiense debe su sobrenombre a Dumio (lugar próximo a Braga, capital del Reino suevo de Galicia), así como es conocido por haber convertido a este pueblo bárbaro (los suevos, de origen germánico) a la fe, tras 100 años de arrianismo en Hispania. Pero veamos el testimonio que de él aporta San Isidoro de Sevilla, contemporáneo suyo:
"Habían permanecido muchos reyes suevos en la herejía arriana, hasta que subió al trono Theudemiro. Este, por celo y esfuerzo de Martín, obispo del Monasterio de Dumio, hombre esclarecido por su fe y su ciencia, volvió a los suevos a la fe católica".
Al importante hecho se le asigna la fecha de 560. Pero ni los suevos ni su apóstol eran originariamente hispanos. Veamos la génesis de todo ello.
Si abrimos un mapa de la antigua Germania, entre las arterias que forman el Elba (con las aguas venidas de los montes Sudetes) hallamos el nombre de Suevi (actual Suabia, en Alemania). Se trata de un mapa en el que se cruzan y entrecruzan nombres de pueblos y tribus, que dan la impresión de un hormiguero humano, aprisionado entre sus bosques, ríos y montañas. Los suevos, en alguna de sus ramas y fracciones del s. I, debieron ser, en más de una ocasión, el terror de Roma sobre el Rihn.
En los días de Marco Aurelio, los cuados y marcomanos se acercaron al limes del Danubio (ca. 166-180), y tal fue el pánico que ello causó en Roma, que el propio emperador no halló los suficientes adivinos a quienes consultar. No obstante, la frontera germana del Imperio Romano se mantuvo firme durante siglos, y sólo a la larga se resquebrajó, a causa de la nevada y congelación del 406.
En efecto, congelado el Rihn en el invierno del 406, numerosas bandas de vándalos, alanos, cuados, suevos y silingos atraviesan el Rhin por Maguncia, y empiezan a colarse al Imperio Romano por todas partes, cada uno por donde quiso. Como bien relata San Isidoro de Sevilla: "De un solo empujón alcanzaron el Pirineo, llevándose a los francos por delante" (Historia Gothorum, 71).
Hasta el 411, estos pueblos devastan las tierras por donde pasan. Y el 411 se establecen en Hispania, haciendo un pacto de repartición de tierras con los romanos. Como describe Idacio, "los bárbaros, inclinados por la misericordia divina al camino de la paz, se reparten a la suerte las regiones de las provincias para habitarlas. Los vándalos y los suevos ocupan la Galaecia, sita en la extremidad occidental del mar Océano" (Chronicon, 47).
Las tribus suevas, pues, se plantaron en un periquete de las orillas del Rhin (Suabia) en las orillas del Miño (Galicia), rompiendo los flancos de francos e hispano-romanos e imponiendo el paganismo por religión. Hasta que su rey Rekila muere el 448 y, como cuenta Idacio, "al gentil Rekila sucede inmediatamente en el reino su hijo Rekiario, que era cristiano" (Chronicon, 137). Pues con la conversión del rey (al arrianismo) siguió la de su pueblo, que desde el 448 se convirtió en arriano.
Con la subida al trono del nuevo rey Remismundo I de Braga (arriano, y de complicada historia política), el reino suevo aparece en todo su esplendor, y empieza a mantener relaciones con el poderoso reino visigodo de Toledo (casándose con la hija de Teodorico I de Toledo, también arriano). A la boda acudió el catequista Ayax, gálata de nación y enviado por Teodorico I, que según relata Idacio:
"Ayax, gálata de nación y arriano en su vejez, álzose entre los suevos a combatir, con el auxilio de su rey, la fe católica y la divina Trinidad, propagando el virus pestífero del enemigo del género humano, que había traído de la región de las Galias, habitada por los godos" (Chronicon, 232).
Según Gregorio de Tours, el rey suevo arriano habría enviado una embajada al Sepulcro de San Martín, suplicando la curación de un hijo enfermo. La embajada fracasa, y envía otra con grandes ofrendas. Los enviados reciben ahora las reliquias del santo, y de paso liberan a los presos de la ciudad. Tras lo cual, con próspero viento llegan por mar a Galicia. El hijo del rey, milagrosamente curado, sale a recibir aquel tesoro, como describe Gregorio:
"Entonces llegó también de lejanas regiones, movido de divina inspiración, un sacerdote llamado Martín. El rey con toda su casa confesó la unidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo y recibió el crisma. El pueblo quedó libre de la lepra hasta el día de hoy y todos los enfermos fueron sanos. Y aquel pueblo arde ahora tanto en el amor de Cristo, que todos irían gozosos al martirio si llegasen tiempos de persecución" (De Miraculis S. Martini, I, 11).
El texto de Gregorio de Tours, contemporáneo de los hechos que narra, siquiera sobre ellos deje indefectiblemente caer el polvillo irisado del oro de la leyenda, pone finalmente en contacto a Martín Dumiense con el pueblo de que va a ser apóstol. No es inverosímil suponer que fue éste el momento en que, movido de divino impulso, se determinó a dejar las Galias y pasar a la remota Galicia, dominada por un pueblo arriano dispuesto a recobrar la fe ortodoxa.
La perspectiva, para un alma de temple apostólico, no podía ser más halagüeña. Y también aquí pudo haber tenido parte la política. Los francos eran católicos desde el 498 (tras el bautizo de Clodoveo) y, sin duda, se disputaban con los godos la influencia sobre el pueblo suevo. Por otra parte, Martín no era un desconocido en el reino franco. Venancio Fortunato, poeta y peregrino también del Sepulcro de Martín de Tours, fue amigo suyo y le exalta con alta inspiración en uno de sus poemas, que es bien citar aquí:
"Por el nuevo Martín salvada, Galicia
aplaude,
de estirpe apostólica fue este varón
para ti.
Por virtud a Pedro, por doctrina a Pablo, igualara;
de Santiago y Juan la protección te trajo.
De Panonia vino, según dicen, de
parte Quirinis,
y fue más bien la salud la Galicia sueva".
Gregorio de Tours, amigo de Venancio Fortunato, hace del Dumiense este lapidario elogio: "Nulli secundus illis temporibus habebatur" (Historia Francorum, V, 38). Acaso conoció también el monasterio y la Regla de San Cesáreo de Arlés. Estas estrechas relaciones con las grandes lumbreras eclesiásticas del reino franco suponen una estancia algo prolongada en él.
Cabe imaginar, pues, que fue de Francia, acaso de la tumba misma del taumaturgo homónimo suyo, de donde Martín Dumiense vino a España. Nada impide tampoco suponer que se agregara a la expedición regia que llevaba a Galicia las reliquias del Turonense, del 550 al 560.
Pero Martín no era franco ni galorromano de nación, sino como dice el epitafio de su tumba, en hexámetros virgilianos: "Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido por impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno".
* * *
Nació el 510 en Panonia (Hungría), interesándose desde joven por el mundo monacal y cultural de la Europa del Este, de los que siempre llevó consigo los opúsculos Verba Seniorum y Sententiae Patrum Aegyptiorum (que serán la regla de su futuro monasterio dumiense).
La marcha de Martín a Galicia tuvo lugar tras esa experiencia eremítica, y fue ejecutada a través del recorrido que hizo por Roma, el reino franco (donde visitó el Sepulcro de San Martín) y Normandía. Una vez en Normandía, se hizo Martín a la mar, para llegar por mar al Reino suevo de Galicia (Hispania). Allí vio terminada su peregrinación al Finisterrae, y dio comienzo su predicación y conversión del pueblo suevo (por entonces arriano).
Ni San Isidoro de Sevilla ni San Gregorio de Tours nos dicen en qué consistió la acción de Martín en la conversión del rey y del pueblo suevo. Pero el hecho es que en el Concilio I de Braga (ca. 561) Martín de Dumio desempeñó el mismo papel que San Leandro desarrollará después en el Concilio III de Toledo (ca. 589): la conversión de las tribus bárbaras europeas, asentadas en Hispania, al catolicismo.
La conversión fue tan completa que no fue menester lanzar nuevo anatema contra el arrianismo, y los 8 obispos que firmaron sus actas se limitaron a leer la Decretal del papa Vigilio I y extractar de ella su canon 5, que mandaba administrar el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Parece ser que el Dumiense había encomendado la conversión de los suevos a su paisano y mentor San Martín de Tours, por los versos del Dumiense que figuraban en la Basílica de Dumio: "Admirando tus prodigios (de San M. de Tours), el suevo ha conocido el verdadero camino, y para sublimar tus méritos, ha levantado estos atrios, construyendo a Cristo un templo venerable, donde tú repartes tus gracias y él derrama sus plegarias".
Pero Martín, que hubo de frecuentar la corte sueva, mezclarse entre las muchedumbres populares, y presidir un concilio nacional, era en el fondo un monje nostálgico de soledad, de silencio y de quietud, que sólo quería dedicarse a la oración y alejarse del mundanal ruido. Y por eso, para él el apostolado era una cruz, y en cuanto pudo empezó a propagar la vida contemplativa.
Así, cuando tuvo consigo el apoyo real suevo, empezó a poner la 1ª piedra de su labor favorita: la fundación del Monasterio de Dumio, el 1º de Galicia. A esa fundación seguirían otras fundaciones monásticas, que lejos de abandonar la obra de la conversión popular, la fueron apuntalando.
Martín comprendió que no hay medio de cristianizar un pueblo como esos focos de intensa vida sobrenatural, que, como el fuego su calor, la irradian luego en torno suyo, sin estruendos pero con infalible eficacia. No sabemos cómo se llevó a cabo la fundación y se formó en torno a Martín ese vasto mundo aparte que era una abadía medieval. Lo que sí sabemos es que muy pronto el abad de Dumio es creado obispo. Su jurisdicción debió de limitarse a la familia servorum del monasterio, y posiblemente siguió la Regla de San Cesáreo de Arlés.
Dumio fue fuente de inspiración para la formación de monjes, así como centro cultural que tradujo al latín las obras griegas traídas por Martín desde el Oriente, sobre todo sus Verba Seniorum y Sententiae Patrum Aegyptiorum. Las obras de traducción fueron encomendadas a su discípulo Pascasio, quien anteponía siempre a su labor un breve prólogo, dirigido "al señor venerable padre Martín, abad y presbítero".
El prólogo a las Verba sí nos puede interesar, pues en él Pascasio presenta el ideal de cultura que Martín señalaba a sus monjes: He leído muchos libros elocuentísimos por incitación del abad, y si esta versión latina no lo es tanto, no se le inculpe a él, sino al mal manuscrito de que dispone, y a este digno trabajo de ser copiado".
La obrita es un tesoro de doctrina ascética, con la ventaja de ofrecérsenos no en tratados abstractos o en áridas sentencias, y menos en un código de imperativos, sino en narraciones, anécdotas y palabras vivas de los Padres del yermo. Son la flor de aquellas soledades en su mejor primavera de santidad. Son zumo sabroso de unos frutos de experiencia ya secular.
Es difícil resistir a la tentación de transcribir aquí algunas de esas palabras de los viejos del yermo, no sólo por su perfume y su jugo, sino porque si no son obra de Martín, por él llegaron a Occidente y él antes que nadie hubo de sentir su hechizo y modelar por ellas su espíritu y el de sus monjes. Tomemos el postrer capítulo:
"Se reúnen 12 anacoretas y se conviene entre ellos que cada uno diga en qué piensa y medita. El 1º dijo: He puesto un muro entre mí y el mundo exterior y sólo me miro a mí mismo y espero la esperanza de Dios. El 2ºdijo: Desde que renuncié a la tierra, me dije: Hoy has empezado a servir a Dios. El 3º dijo: Por la mañana subo a Dios y le adoro. El 4º dijo: Yo me imagino estar en el monte Olivete con el Señor y sus discípulos y me digo a mí mismo: no conozcas a nadie según la carne. El 5º dijo: Yo estoy continuamente esperando mi fin y le digo a Dios: Preparado está mi corazón. El 6º dijo: Yo me imagino oír que el Señor me dice a la continua: Trabajad por mí y yo os daré el descanso. El 7º dijo: Yo pienso continuamente en la fe, la esperanza y la caridad. El 8º dijo: Yo miro cómo el diablo está dando vueltas buscando a quién devorar. El 9º dijo: Yo procuro vivir con mi mente en el cielo y cuanto hay en la tierra lo reputo ceniza y estiércol. El 10º dijo: Yo miro continuamente al ángel que me acompaña. El 11º dijo: Yo hago de las virtudes personas y me las imagino acompañándome por todas partes. El d12º dijo: Vosotros, padres, sois hombres celestes o ángeles terrenos y por ello pensáis en el cielo. Yo bajo todos los días al infierno y me digo a mí mismo: Estáte con los que mereces, que pronto te contarás entre ellos".
Recojamos alguna deliciosa narracioncilla. Martín recomendaba a sus monjes el desprendimiento de las cosas con este ejemplo: "El abad Macario sale un día de su celda. A la vuelta halla a un ladrón que estaba cargando su jumento con los enseres del monje. Macario se hace el extranjero, le ayuda a cargar la bestia y le acompaña diciendo: Nada trajimos al mundo y nada nos llevaremos de él".
Contra la fácil tentación de soberbia que acecha al monje, Martín contaba a los suyos: "El abad Silvano fue arrebatado en éxtasis en su celda. Vuelto del éxtasis, lloraba. Importunado por su discípulo, dijo finalmente: He sido arrebatado al juicio, hijo mío, y he visto a muchos con hábito de monjes ir a los suplicios y a muchos laicos subir al cielo". (Sententiae Patrum Aegyptiorum, 48). Y así fuera grato continuar.
Pero no eran sus monjes de Dumio la sola solicitud de Martín. Para regular la vida del clero, recopiló, tradujo y ordenó una colección de cánones, tomados "de los sínodos de los antiguos padres orientales", pero también de concilios españoles y africanos. Colección, sin duda, del mayor interés para el conocimiento de la organización y vida de la Iglesia y aun de las costumbres en general de aquellos tiempos.
San Isidoro nos dice haber leído él mismo un volumen de cartas en que "el obispo del monasterio dumiense exhortaba a la enmienda de la vida, al fervor en la oración, a la largueza en la limosna y, sobre todo, al culto de las virtudes y a la piedad". Estas cartas se han perdido y su pérdida es bien de lamentar, pues ellas nos hubieran acaso guardado lo mejor del alma del abad de Dumio.
Al rey Miro, sucesor de Theudemiro, le dirige Martín el opúsculo Fórmula de la Vida Honesta. El tratado hubo de ser pedido al santo por el rey mismo, que siente (dice Martín en el prólogo) "sed ardentísima de la sabiduría" y quiere ir a saciarla "en las fuentes de donde manan los ríos de la ciencia moral". Si esta sed la suscitó, como es de suponer, el apóstol en sus conversos, ello sería gloria suya y de ellos.
La Fórmula es un tratado de ética natural de corte e influencia senequista. Martín Dumiense, de origen no hispano, es nuestro 1º senequista. Hasta tal punto se penetra del estilo y pensamiento del cordobés, que la Edad Media nos ha transmitido la Formula Vitae Honestae bajo el nombre de Séneca. Y lo mismo se puede decir del tratado De Ira, que recuerda otro del mismo título de Séneca.
Objeto, en fin, de la solicitud del abad, obispo de Dumio era el pueblo humilde de los campos, imbuido aún de supersticiones paganas, célticas y germánicas. El tratado De Correctione Rusticorum, a par de un resumen de las verdades cristianas, da noticias de las supersticiones de las gentes del campo del reino suevo (y hay que suponer que de toda España). Para desacreditar la idolatría, Martín apela a la teoría demónica: "muchos de los demonios expulsados del cielo presiden en la tierra, y los hombres que ignoran a Dios les dan culto como a dioses". Notable cruce, pues, de la teoría demónica y del evhemerismo.
Sólo podemos citar ya, por su mero título, otras obras del Dumiense: Pro Repellenda Iactancia, De Superbia y Exhortatio Humilitatis, que tienen más sabor evangélico. Los opúsculos De Pascua y De Trina Mersione responden a cuestiones muy debatidas en su tiempo.
En cuanto a poesías, Martín sabía manejar diestramente los hexámetros virgilianos, y se han señalado influencias entre él y el poeta galorromano Sidonio Apolinar. En el refectorio del Monasterio de Dumio había una inscripción tomada casi a la letra de San Apolinar, y en hexámetros virgilianos está compuesto, por él mismo su epitafio:
"Nacido en Panonia, atravesando los anchos mares y movido de impulso divino, llegué a esta tierra gallega, que me acogió en su seno. Fui consagrado obispo en esta iglesia tuya, oh glorioso confesor San Martín, restauré la religión y las cosas sagradas y, habiéndome esforzado en seguir tus huellas, yo, tu servidor Martín, que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo".
Este descanso le llegó el año 580, unos 5 años antes de que también muriese, bajo las armas del visigodo Leovigildo I de Toledo, el Reino suevo de Galicia.
Act:
20/03/26
@santoral
mercabá
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M U R C I A
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