21 de Febrero
San Pedro Damiano
Bernardino
Llorca
Mercabá, 21 febrero 2026
Semblanza
Fue el personaje clave del s. XI eclesial, tanto por su denuncia de los pecados de su tiempo (simonía, investiduras laicas, sacerdocio concubinatario...) como por su fomento de la espiritualidad eclesial (austeridad, soledad, penitencia...), todo ello en la ciénaga más profunda desde hacía 200 años. A nivel exterior, trabajó también incansablemente en multitud de legaciones y difíciles empresas pontificias, y preparó el terreno para la Reforma Gregoriana de Gregorio VII.
Nació el 1007 en Rávena, como último de los hijos de una familia pobre y numerosa. Habiendo quedado huérfano en la más tierna edad, fue educado con dureza por uno de sus hermanos mayores, que lo trató como un esclavo (obligándole a andar con los pies desnudos, y vestir lleno de andrajos) y lo ocupó en apacentar animales. Mas compadecido de él otro hermano suyo (llamado Damián, hombre piadoso y de buen corazón), lo tomó a su cargo e hizo de su tutor y mentor.
De este modo, Pedro pudo adquirir una sólida formación, sucesivamente en Rávena, Faenza y Parma. Y más tarde, y gracias al soporte económico de su hermano, conseguir a sus 25 años la plaza profesor en Parma, y más tarde en Rávena. Por lo cual, y en agradecimiento a su hermano Damián, Pedro decidió llamarse en adelante Pedro Damián.
Pero ya desde entonces se sintió atraído de un modo irresistible hacia Dios. Empezó a ejercitarse en rigurosos ayunos, vigilias y oración; ciñóse un cilicio debajo de sus vestidos, para defenderse contra las tentaciones de la carne, y daba todo lo que podía a los pobres y necesitados, y sintiendo que Dios le exigía más todavía, decidióse a abandonar el mundo y abrazar la vida monástica en el más absoluto aislamiento.
Mientras se entretenía él con estos pensamientos, presentáronsele 2 monjes del desierto de Fonte Avellana, donde Landolfo (discípulo de San Romualdo) había fundado un monasterio. Con su mediación, se dirigió Pedro a esta soledad, donde comenzó inmediatamente a ejercitarse en las prácticas de la vida monástica. Los ermitaños de Fonte Avellana vivían a pares en celdas separadas, ocupábanse sobre todo en la oración y lectura espiritual y llevaban una vida de gran austeridad.
Pedro se entregó de lleno a este género de vida, por la cual fue pronto admitido a la profesión. Sintiéndose entonces como en su centro y movido de su abrasado amor de Dios, ejercitóse en las mayores austeridades; pero el resultado fue que experimentó fuertes dolores de cabeza y gran debilidad en su salud.
Esto le hizo comprender que debía moderar aquellos excesos, y, en efecto, así lo hizo en adelante, procurando aprovechar esta enseñanza en la dirección de los demás. Todo esto le ofreció ocasión oportuna para entregarse al estudio de la Escritura, que utilizó siempre en sus instrucciones a los monjes. Al mismo tiempo se preparó de esta manera para la composición de las importantes obras que más tarde escribió.
Con su vida ejemplar v con los conocimientos que fue adquiriendo, se constituyó bien pronto en el verdadero maestro de los ermitaños reunidos en Fonte Avellana. La fama del monasterio atrajo cada día nuevos discípulos. Pedro Damián fue algún tiempo ecónomo y a la muerte del prior fue elegido él para sucederle en el cargo. Organizóse en las proximidades otro monasterio llamado Nuestra Señora de Sitria, y así mismo se fundaron otros 4 centros de ermitaños, cuya dirección mantenía Damiano.
La forma de vida de los camaldulenses tomó algunas características especiales, que constituyen la obra de Pedro Damián, cuyo centro principal era Fonte Avellana. No nos dejó Damiano ninguna regla completa; mas, con lo que podemos ver en sus escritos, aparecen los rasgos más característicos. Se observaba el más absoluto silencio, y aunque no se habla de trabajo manual, sabemos que éste constituía una de las bases de la vida de los ermitaños. Por otra parte, él mismo les dirigía frecuentes instrucciones y les inspiró desde un principio un amor filial a la Santísima Virgen.
En realidad, pues, Pedro Damián puede ser incluido en el número de los fundadores de este nuevo género de vida religiosa, mezcla de vida solitaria y de comunidad, que tanto fruto reportó a la Iglesia. Entre sus discípulos sobresalieron algunos por sus altos cargos y por sus virtudes, como Santo Domingo Loricatus y San Juan de Lodi, sucesor suyo como superior, quien escribió su vida y más tarde fue obispo de Gubbio.
Pero su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas no se limitó a estos monasterios, que estaban bajo su dirección. Todavía durante esta 1ª etapa de su vida, en que se nos presenta Damiano como gran asceta cristiano, como fundador de monasterios y maestro de aquella vida austera de soledad y penitencia, mantuvo contacto con diversos monasterios de otras órdenes y aun con eminentes seglares, como aparece en algunas de sus cartas y otros escritos.
Pero debemos observar que este contacto con el mundo exterior no tenía otro objeto que la exaltación de la vida de austeridad y penitencia y en corregir los vicios y corrupción, que tantos estragos hacían en todas partes.
De este modo se preparaba Pedro Damián para lo que debía ocuparlo durante la 2ª parte de su vida, que era el servicio de la Iglesia con importantes cargos y legaciones, es decir, con una vida apostólica de intensa actividad, tan contraria a su inclinación espiritual a la soledad y penitencia.
Aunque apartado por completo del mundo, conocía perfectamente Pedro Damián la triste situación de la Iglesia hacia el año 1044, durante el pontificado del tristemente célebre Benedicto IX. Por otro lado, sabía muy bien el profundo arraigo que tenían en la Iglesia los 2 vicios fundamentales de la simonía y el concubinato.
Por esto saludó con transportes de alegría el advenimiento de Gregorio VI, quien no dudó en echar mano del gran Hildebrando (futuro Gregorio VII). Más tarde, en 1046 asistió Damiano en la Basílica San Pedro de Roma a la coronación del emperador Enrique III de Alemania (quien providencialmente ponía término al estado irregular de la Iglesia), y en 1047 al Concilio de Letrán, en que fueron promulgados importantes decretos de reforma.
Pedro Damián se volvió entonces a su retiro de Fonte Avellana, decidido a seguir la vida de soledad y penitencia. Pero entonces precisamente era necesario poner al servicio inmediato de la Iglesia y del papado su elevado espíritu y el gran prestigio de santidad de que gozaba. Por eso, el noble Enrique III de Alemania, que tanto estimaba sus virtudes, lo convenció a que interviniera.
Así pues, Pedro Damián, impulsado por Enrique III, compuso y dirigió una célebre carta a Clemente II (ca. 1048), en la que lo exhortaba a dar un impulso más eficaz a la reforma eclesiástica. Pero la muerte del papa impidió se tomara ninguna medida en este punto. Fue León IX quien inició con mano enérgica la nueva campaña contra la simonía y relajación eclesiástica, para lo cual nombró cardenal a Hildebrando, quien fue en adelante el alma de la Reforma Gregoriana.
Por su parte Damiano, que sólo ansiaba el mejoramiento de la Iglesia, publicó entonces su célebre Libro Gomorriano (como si dijéramos Libro de los Incontinentes), que dedicó a León IX. Su realismo vivo y a las veces algo exagerado va encaminado a convencer a los papas y a todos los dirigentes a poner remedio a tanto mal.
León IX reconoció la buena intención de Pedro Damián, pero no creyó prudente proceder con tanto rigor. De hecho, mientras Hildebrando desarrollaba una intensa actividad reformadora durante este pontificado, Damiano no tuvo apenas intervención en ningún asunto público. Lo mismo sucedió durante el pontificado siguiente de Víctor II, si bien se conservan cartas sumamente interesantes, dirigidas por él durante este tiempo a ambos papas.
Desde el pontificado de Esteban IX, la situación cambió por completo. El nuevo papa decidió crear a Damiano cardenal de Ostia, recurriendo para ello a la amenaza de excomunión si se resistía. El mismo papa, personalmente, puso en su dedo el anillo episcopal.
Pero la muerte prematura de este papa frustró los vastos planes de reforma que proyectaba con la ayuda de Pedro Damián. Hubo entonces un conato de cisma, y Damiano se retiró algún tiempo a Fonte Avellana. Mas con la elección de Nicolás II, Damiano volvió de nuevo a su campo de batalla, desarrollando el período de su mayor actividad y mayor número de legaciones.
En efecto, ya el 1059 recibió del papa Damiano su 1ª legación a Milán, que se hallaba en una situación desesperada, sobre todo por la simonía y la incontinencia de los clérigos. Pedro Damián y Anselmo de Lucca, designados como legados pontificios, celebraron inmediatamente un sínodo, y tras enconadas luchas se restableció el orden.
El pontificado de Alejandro II dio de nuevo ocasión a Damiano para prestar extraordinarios servicios a la Iglesia y ejercitar su celo apostólico. Al ser nombrado el antipapa, Damiano compuso una de sus más célebres obras, dirigida a la Asamblea de Augsburgo (ca. 1062), y contribuyó eficazmente a la solución del cisma. En 1063 desempeñó otra legación (acompañado de Hugón de Cluny) en favor de la Abadía de Bourgogne, y de otras cluniacenses, frente al obispo Drogón de Macón.
El resultado fue enteramente favorable. Así mismo, visitó Limoges para impulsar la reforma de la Abadía de San Marcial, estuvo en Sauvigny con ocasión de un milagro de San Odilón de Cluny, y finalmente intervino en el caso del joven rey alemán (Enrique IV de Alemania), en defensa de los derechos pontificios.
Después de todo esto, renováronsele sus ansias de soledad y de oración, por lo cual suplicó a Alejandro II le permitiera renunciar a todas sus dignidades.
El card. Hildebrando, que apreciaba en lo justo la fuerza de su virtud y ejemplo para la realización de las empresas que se le encomendaban, le opuso toda clase de dificultades, diciéndole con su buen humor que, si se empeñaba en ello, le imponía una penitencia de cien años. A esto repuso Damiano que aceptaba la penitencia, y se retiró a Fonte Avellana.
Vuelto a su amado retiro, se entregó Damiano de nuevo, y con alma joven, a la vida de austeridad y oración, que él tanto amaba. Renovó los ayunos, vigilias y toda clase de mortificaciones. En el capítulo, después de dirigir alentadoras exhortaciones a todos, se acusaba de sus propias faltas, como pudiera hacerlo el más sencillo novicio, y tomando la disciplina, se flagelaba sin compasión. Tan precioso ejemplo sirvió para renovar el espíritu de todos los monjes.
Pero Damiano tuvo que abandonar, una vez más, su amada soledad, en servicio de la Iglesia. En 1066 acudió a la Abadía de Montecasino, donde pasó 20 días dando los mejores ejemplos a todos sus moradores. Ese mismo año fue a Florencia (enviado por Alejandro II) para terminar un conflicto con los monjes de Valleumbrosa.
Algo más tarde se vio de nuevo forzado a emprender (en nombre del papa) un viaje a Alemania, para tratar con Enrique IV de Alemania el asunto de su divorcio, y en un concilio hizo triunfar los derechos de la moral cristiana. Finalmente, poco antes de su muerte (a principios de 1072) desempeñó una última legación en la que logró reconciliar a los habitantes de Rávena con el papa.
Precisamente cuando volvía de prestar este último servicio a la Iglesia, y se dirigía a Roma a dar cuenta del resultado de su misión, se sintió en Faenza atacado por la fiebre. Retiróse entonces al Monasterio N.Sra. Angeles de Faenza, y allí murió el 12 febrero 1072, en presencia de gran número de monjes.
Su muerte fue, en verdad, digna de una vida de piedad y servicio de Dios y de su Iglesia. San Pedro Damián fue el precursor de la gran Reforma Gregoriana que completó Gregorio VII (el antiguo Hildebrando) desde su elevación al pontificado en 1073.
Así mismo, sus exhortaciones están llenas de la más cristiana elocuencia, sus voluminosos escritos (que le han merecido el título de doctor de la Iglesia) están llenos de erudición y vehemencia, y sus sermones y pláticas rezuman la belleza y elevación de la vida monástica, así como denuncian las lacras de la corrupción y relajación de su tiempo.
Act:
21/02/26
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