21 de Julio

San Lorenzo de Brindis

Lamberto Echeverría
Mercabá, 21 julio 2021

           Nació en 1559 en Brindisi (Apulia), en pleno tacón de Italia y en el seno de una noble familia que en su bautismo le puso el nombre de Julio César. A los 8 años demostró tener una memoria asombrosa, repitiendo desde el púlpito de la catedral un sermón escuchado a un famoso predicador, encantando al auditorio por el despejo y la soltura con que trataba las verdades religiosas.

           Muerto su padre (Guillermo Rossi), César pasa a ser cuidado por los franciscanos conventuales, hasta la edad de los 14 años. Y cuando los turcos amenazan la pequeña ciudad, su madre (Elisabetta Masella) se lleva al joven a casa de su hermano en Venecia, donde se refugia y pone al muchacho al cuidado de su tío (que cuidará tiernamente de él).

           El adolescente no había olvidado el ideal franciscano, y al cumplir los 15 años pide ser admitido en los capuchinos de Venecia. El superior se lo advierte:

—Te va a ser muy difícil soportar esta vida tan dura y austera.

           El joven le contesta:

—Padre, ¿en mi celda habrá un crucifijo?

—Sí lo habrá, respondió el superior.

—Pues eso me basta. Al mirarlo tendré fuerzas para padecer cualquier cosa.

           El 17 febrero 1575 ingresa en la Orden Capuchina, tomando el nombre de Lorenzo. Hizo su noviciado en el Convento de Verona, destacando por su modestia y gravedad, y una penitencia hasta el extremo. Hasta que hizo su profesión el 24 marzo 1575.

           La facilidad de Lorenzo para aprender idiomas, y para grabar en la memoria todo lo que leía, dejó atónitos a sus superiores y compañeros. Prácticamente se aprendía de memoria libros enteros y capítulos enteros de la Biblia, y llegó a hablar simultáneamente 7 idiomas (italiano, latín, francés, alemán, griego, hebreo y siríaco).

           Su capacidad para predicar fue tan excepcional, que todavía siendo seminarista le fue encomendada la predicación cuaresmal en la Catedral de Venecia, por 2 años seguidos. Las gentes vibraban de emoción al oír sus sermones, y muchos se convertían. Incluida una cortesana, que asistió al sermón con ánimo de hacer una mala conquista, y acabó conquistada para Cristo.

           Un sacerdote le preguntó:

— Fray Lorenzo, ¿a qué se debe su facilidad para predicar? ¿A su formidable memoria?

           A lo que éste respondió:

—En buena parte, aunque también dedico muchas horas a preparar las homilías. Eso sí, cuando empiezo a hablar me siento a gusto, como si estuviera leyendo un libro misterioso venido del cielo.

           El futuro doctor de la Iglesia recibió en la Orden Capuchina una formación excepcional. Fue enviado a estudiar a la Universidad de Padua, y allí conoció a fondo las lenguas antiguas, discutiendo directamente sobre textos hebreos con los herejes y los judíos.

           Una vez sacerdote, sus trabajos continuaron a un ritmo todavía más vivo. Durante 3 años, y por encargo de Clemente VIII, predica a los judíos de Roma, obteniendo buenos resultados gracias a sus conocimientos de hebreo. Pero las grandes empresas de su vida habrían de ser otras 2: la lucha anti-protestante y la cruzada contra los turcos.

           En cuanto a lo 1º, en 1599 Clemente VIII lo envió al Imperio Austro-húngaro, para tratar de extender la religión católica en todos sus territorios. Y allí se trasladó con 12 capuchinos, predicando por todas partes. Lorenzo se lanzó animoso a su nueva misión, predicando contra los herejes y trabajando por la paz y la conversión. Siempre practicando la piedad, y orando en cualquier sitio y a cualquier hora.

           Sus misiones en Viena, Graz y Praga conmueven a las masas. Hasta que su misión de Praga causa un gran éxito en la opinión pública, y los protestantes se dirigen al emperador Rodolfo II de Austria para que decretase su expulsión, víctimas de la envidia.

           En 1610 deja el Imperio Austro-húngaro y se dirige al Imperio Alemán, invitado por su íntimo amigo el duque Maximiliano de Baviera. En Alemania se esforzó Lorenzo en la constitución de una Liga de Príncipes Católicos que pudiera oponerse a la unión de los protestantes, poniendo al frente de la misma al card. Dietrichstein.

           Obtuvo después el restablecimiento de la paz entre España y Carlos Manuel I de Saboya. En 1618 desarrolló una feliz legación en Madrid y Lisboa, en defensa de la ciudad de Nápoles contra la tiranía del virrey Osuna.

           Es difícil sintetizar en pocas líneas la colosal labor de este predicador, a lo largo de toda Europa. Como él mismo repetía: "Dios me ha llamado a ser franciscano para la conversión de los pecadores y de los herejes". Y en efecto, predicó de manera incesante en Italia, Hungría, Bohemia, Bélgica, Suiza, Alemania, Francia, España y Portugal.

           Pero en medio de tan extraordinarias tareas, y a pesar de obtener éxitos extraordinarios en su acción diplomática, se mantuvo siempre Lorenzo sencillo y afable, rechazando los honores con la mayor naturalidad. No le asustaba desgastarse en su salud, y la gente lo amaba porque era sumamente comprensivo y bondadoso, y porque sus consejos hacían un gran bien. Siendo superior, por ejemplo, servía a la mesa a los demás, y lavaba los platos de todos. Huía de recibir honores, y se esforzaba por mantenerse siempre alegre y de buen humor con todos.

           Hacía falta también un animador espiritual en la lucha contra los turcos, que golpeaban las puertas de Europa. Y el papa Clemente VIII pensó en Lorenzo de Brindis, al cual envió al emperador Rodolfo II de Austria "seguro de que él solo valdría más que su ejército". Y en efecto, Lorenzo fue el brazo derecho del general Felipe Manuel de Lorena, dirigiendo entusiasmado a los 18.000 católicos que salían a defender Europa frente a los 60.000 turcos presentes, dispuestos a invadir Stiria e introducirse en Austria.

           Lorenzo y sus religiosos recorrían el campo de batalla con una cruz en alto cada uno, gritando a los católicos: "Ánimo, estamos defendiendo nuestra santa religión". La batalla fue terriblemente feroz, pero la victoria sobre el Islam fue completa en la Batalla de Stuhiweissenburg (ca. 1601). Tras lo cual, los soldados victoriosos exclamaban: "La batalla fue ganada por el padre Lorenzo".

           Lorenzo nos escribió una preciosa crónica de la campaña, en aquel cosmopolita ejército cristiano en el que pudo ejercitar su conocimiento de idiomas. Lo que es cierto es que resultó un admirable capellán militar, que a la hora de la victoria únicamente se lamentaba de no haber podido lograr el mérito del martirio.

           Independientemente de su admirable predicación por toda Europa, y de sus campañas contra el Islam, nos dejó Lorenzo de Brindis una multitud de obras, que nada deja que desear ni en cuanto al aparato científico ni en cuanto a la magnífica presentación tipográfica. En ellas encontramos más de 800 sermones, y más de 15 volúmenes sobre marial, quadragesimales, adviento, domingos del Año, santoral...

           Se ha señalado que dichas obras están impregnadas de una teología kerigmática, exponiendo las verdades eternas en la línea de los Santos Padres y los grandes doctores. En especial, destaca su admirable mariología, de una claridad de conceptos verdaderamente extraordinaria. En cuestiones doctrinales, Lorenzo emula la acción polemista de Canisio y el método escolástico de las Disputationes de Belarmino.

           Encontramos también en su obra literaria una preocupación por la conversión de los judíos, en clave exegética y desde un profundo conocimiento del hebreo, arameo y caldeo, en su Explanación del Génesis. También abordó cuestiones de filosofía, en lo referente a Dios Creador, sus atributos, los ángeles, la naturaleza, la composición del hombre o la institución matrimonial.

           También se refleja en su obra literaria el admirable apostolado anti-protestante que desarrolló. Tuvo en Praga una disputa con el luterano Leiser, teólogo del príncipe elector de Sajonia. Reflejo de aquella disputa son los 3 volúmenes de la Lutheranismi Hypotyposis, manual práctico de apología de la fe católica y confutación de la interpretación protestante.

           Se encontraba en Lisboa, tratando con Felipe III de España la causa de los napolitanos vejados y oprimidos por el virrey Osuna, cuando le llegó la muerte. Era el 22 julio 1619. Su cuerpo fue llevado al Convento de Villafranca del Bierzo (Galicia), de monjas franciscanas.

           Fue beatificado por Pío VI en 1783, y canonizado por León XIII en 1881. Y el 19 marzo 1959 Juan XXIII le otorgó el título de doctor de la Iglesia por el breve Celsitudo ex Humilitate: "Con esta proclamación la Iglesia adscribe oficialmente al senado luminoso de sus maestros, que unen la santidad con una ciencia sagrada auténtica y excelente, su trigésimo miembro".