21 de Junio

San Luis Gonzaga

José Luis Díez
Mercabá, 21 junio 2022

           Nacio en 1568 en Castiglione (Mantua), como mayor de los 8 hijos que tuvieron Ferrante Gonzaga y Marta Tana, marqueses de Castellón y condes de Tanasentena. Su nacimiento fue grandemente celebrado en la casa solariega que la familia poseía en Castellón, a corta distancia de Villafranca y Solferino.

           Ya desde los 4 años mostró gran entusiasmo por las armas, cubriéndose la cabeza con un pequeño morrión, defendiendo su pecho con un garbosa coraza, cogiendo lanza en la mano y poniéndose espadín en la cintura, y gozando al pasar revista al ejército de su padre.

           Unas aficiones que no iban a acabar bien, pues al disparar un día en Casale de Monferrato, el pesado arcabuz acabó quemándole el rostro. Más tarde robó pólvora a los soldados del marqués, y cargando temerariamente un cañón, la cureña del mismo, al retroceder por la reacción del disparo, estuvo a punto de aplastar al precoz artillerito. Y en el campamento aprendió a repetir vergonzosas palabrotas, que su ayo tuvo que ir corrigiendo una tras otra.

           Pero la vida cambió de súbito, y al volver su padre de una expedición a Túnez, encontró que su primogénito Luis estaba demasiado dado a lo piadoso. Para poner coto a las inclinaciones religiosas del niño, decidió enviarlo a Florencia con Rodolfo (su 2º hijo), para ver si el atrayente fausto de los Médicis le curara y atraía.

           Fue allí donde, en la Iglesia de los Servitas, ofreció Luis su voto su pureza a la Virgen María, y recibió de ella el don de conservarla intacta en sí y en otros jóvenes.

           Vuelto a la casa paterna, volvió a asistir con gran ilusión a las paradas militares, en el mismo palco del duque. Hasta que poco después, estando en una corrida en Mantua, donde comenzó a sentir los primeros amagos del mal de piedra, que sería el filón definitivo para su conversión espiritual.

           Vuelto a Castellón, y en la intimidad de la vida familiar, empezó a escalar las cumbres de la unión con Dios. Según los criados de la casa, que le espiaban a través de las puertas, pasaba Luis horas enteras extasiado en oración, puestos sus brazos en cruz y sus rodillas sobre el frío mármol, con los ojos clavados en el crucifijo. Poco después, empezó a enseñar el catecismo a los niños de los alrededores, y a atender con visitas y limosnas a los menesterosos.

           Recibió la 1ª comunión de manos del arzobispo de Milán (San Carlos Borromeo), que se quedó maravillado al descubrir tan honda contemplación y mortificación tan varonil en cuerpo todavía tan joven.

           Al ser nombrado gobernador de Monferrato, su padre Ferrante decide implicar a Luis en las labores de gobierno, y lo conduce a Casale para que, bajo su vigilancia, tomara más alegre parte en los torneos, festivales, bailes, juegos y paradas militares, tanto a pie como a caballo. Pero las conversaciones con los caballeros y señoritas alejaron todavía más el corazón de Luis de aquel mundillo, y decidió desde entonces dedicarse al trato con Dios.

           Fue en Casale donde Luis decidió en secreto (por miedo a su padre) abrazar la vida religiosa de forma irrevocable, aunque sin decidir todavía en qué instituto. Y allí empezó a visitar a los padres capuchinos (en el Santuario de la Crea) y a los padres barnabitas.

           Al volver de Casale a Monferrato, la proporción de sus penitencias aterró a su padre, pues 3 veces por semana se disciplinaba hasta derramar sangre (a través de un cilicio con las estrellitas de las espuelas para los corceles, que el propio Luis metía bajo sus sábanas astillas de madera, para mejor martirizarse). Y desesperado, decidió llevarlo a la Corte de Madrid (la más poderosa del mundo), para ver si allí hacía entrar en razón al fervoroso Luis.

           En otra ocasión, el padre llevó a Luis a la soñada invitación que había hecho la emperatriz María de Austria (viuda de Maximiliano II de Alemania) a la marquesa de Castellón (la madre de Luis, que debía ser en aquella ocasión su dama de honor), y colocó a Luis junto a su esposa, para que hiciese de paje junto al príncipe Diego (hijo de Felipe II de España).

           Pero los placeres, honores, seducciones y glorias no lograron doblar la convencida y férrea voluntad de Luis, que seguía empeñado en renunciar a todo por seguir su ideal de total entrega a Dios. Y un 15 agosto 1583, ante el altar de la Virgen, decide ingresar en la Compañía de Jesús, llevado del celo por la salvación de las almas.

           Apenas tuvo el visto bueno de su confesor, comunicó la decisión a su piadosa madre, quien de inmediato se puso de mediadora ante don Ferrante. Pero al 1º intento de razonar su decisión al padre, no logró el joven Gonzaga sino verse arrojado coléricamente de su presencia.

           Pasado algún tiempo, aceptó el marqués el camino pedido por su hijo, pero siempre que lo hiciera en una Orden capaz de albergar dignidades eclesiásticas. Pero la respuesta de Luis fue clara y terminante: "Padre, si yo ambicionara honores conservaría el marquesado, que como primogénito me corresponde. Pero deseo entrar en la Compañía de Jesús porque, entre otras cosas, me aleja de tales dignidades".

           Nada pudo al respecto la ayuda que pidió don Ferrante a su primo fray Francisco Gonzaga, ministro general de los franciscanos que, de paso en aquellos días por Madrid, intentó sin éxito que Luisito tomara la ruta más a gusto del marqués.  Tras lo cual, envió don Ferrante a su hijo a Mantua, Ferrara, Parma y Turín, para ver si allí cambiaba sus fervorosos propósitos. Pero todo fue inútil.

           Cuando Luis decidió entrar en el Noviciado San Andrés de Roma, el marqués escribió al general de la Compañía de Jesús (padre Aquaviva) para decirle: "Hago saber a vuestra señoría que le entrego lo que más quiero en este mundo, y la mayor esperanza que tenía para la conservación de esta mi casa".

           De las industrias que se hacían en el noviciado de la Compañía, sobre Gonzaga recayeron las más humillantes, pues su categoría social y representación política podrían ser causa de abundante orgullo, y eso había que valientemente pisotearlo, por amor de lo eterno.

           Pero también se percataron los jesuitas de los talentos intelectuales de Gonzaga, y por ello no dudaron en escogerlo para la defensa pública de las tesis íntegras de la universa filosofía, en presencia de 3 cardenales y con general aplauso.

           A la muerte de don Ferrante, recurrió doña Marta a los superiores de la Compalía para que permitieran a Luis acudir a la casa paterna, para poner paz entre el duque de Mantua y el hermano de Luis (Rodolfo) a propósito del Estado Solferino. Cosa que hizo, satisfaciendo a ambos.

           Llevó también entonces a feliz término un asunto más delicado. Habíase visto obligada doña Marta a abandonar su palacio, porque Rodolfo vivía en él con Elena Aliprandi, con general escándalo. Luis averiguó que en secreto estaban unidos en legítimo matrimonio, y obligó a Rodolfo a que lo hiciera público, alejando de su ánimo los temores que había concebido (de que esa unión fuese inmoral).

           La caridad que ardía en el corazón de Luis le había de llevar al martirio en forma juvenil, arengadora para su seguimiento de la juventud perezosa. Pasando horas y días junto a la cabecera de los apestados que inundaron Roma en 1591, cargando sobre sus débiles hombros sus agotados cuerpos, y queriendo atender a cuantos necesitaban en aquellos angustiosos días de su maternal solicitud, prendió en sus garras la enfermedad, y ésta terminó consumiéndole.

           Su muerte ocurrió el 21 junio 1591 en plena Roma, en la madrugada del viernes siguiente a la fiesta del Corpus, a la que Gonzaga había asistido ya corroído por la enfermedad y en la que, según parece, había tenido una visión de Santa María Magdalena de Pazzis, que le decía: "Asaetea con dardos de amor al corazón del Verbo".

           Durante varios días repicaron las campanas de Castiglione, los cañones atronaron el aire y los pórticos de la vieja mansión dejaron caer sus piedras, al ver que su primogénito volaba a las alturas. Pocos años después, doña Marta era citada a la ciudad eterna, pues en Roma fue proclamaba la beatificación del vástago de los Gonzaga, como nuevo capitán de la pureza juvenil.