22 de Agosto

San Abercio de Hierápolis

José Jiménez
Mercabá, 22 agosto 2026

Semblanza

         La vida y milagros de San Abercio no son hoy muy conocidos del pueblo cristiano. Y sin embargo, es este santo una figura gigante de la primitiva Iglesia, con una aureola de hechos y milagros que le mereció el titulo de isapóstol (lit. igual a los apóstoles).

         Tal vez el mismo esplendor de sus portentos contribuyó a eclipsar la gloria de su nombre en siglos poco amigos de lo sobrenatural. Pero ¿es que acaso no pudo Dios suscitar a fines del s. II un taumaturgo de la talla de los apóstoles? ¿O es que se había agotado ya la omnipotencia divina con la acción de los apóstoles? ¿Y cómo descarnar ahora los hechos en su realidad histórica, y discernir lo verdadero de lo legendario? No cabe aquí otra actitud que la adoptada por el gran historiador romano Tito Livio, cuando dice, refiriéndose a los orígenes de Roma:

"Aquellos hechos antiguos que aparecen embellecidos con el ropaje de la fantasía no es mi intención ni afirmarlos ni negarlos. Hay que perdonar a la antigüedad ese afán de mezclar lo divino con lo humano, porque así realza con caracteres más augustos el origen de los pueblos" (Ad Urbe Condita, pref, 6).

         Abercio fue obispo de Hierápolis (Frigia) en la 2ª mitad del s. II y principios del s. III, y su vida nos ha llegado a través de las diversas versiones de múltiples códices, todos ellos recopilados e incorporados por Nissen a la Edición Teubneriana, la colección de escritores griegos y latinos más acreditada sobre el asunto.

         Los biógrafos nos presentan a Abercio en el apogeo de su gloria, triunfando sobre la idolatría pagana. El escenario es su sede de Hierápolis. El momento histórico, la llegada del decreto imperial mandando ofrecer sacrificios a los dioses. El decreto viene firmado por Marco Antonio y Lucio Vero, y el encargado de su ejecución es Publio, gobernador de Frigia.

         En efecto, Abercio no puede contenerse al ver la profanación y la apostasía de su pueblo, y los días y las noches se las pasa en continua vigilia y oración, diciendo entre gemidos: "Dios de las misericordias, criador y conservador providente del mundo, guarda a mis ovejas fieles a la voz del divino Pastor, y líbralas de los peligros del lobo que amenaza devorarlas".

         Pasaron así muchos días. Mas he aquí que una noche vio en sueños un joven que, entregándole una vara, le decía: "Levántate, Abercio, y castiga en mi nombre las apostasías de este pueblo".

         Abercio se despierta sobresaltado, y convencido de que Dios guiaría sus pasos se lanza hacia el Foro de Hierápolis, lleno de ira (como Moisés al bajar del monte) y arremetiendo contra los dioses (a los que destroza y desmenuza contra el suelo). Después, volviéndose contra los sacrílegos profanadores (mudos de pavor, ante lo que contemplaban), les dice con todo énfasis: "Id al Senado y decid a vuestros jefes que los dioses, borrachos de la orgía de esta noche, han entablado una batalla campal y se han deshecho unos a otros".

         La reacción popular no se hizo esperar. Las gentes, azuzadas por los sacerdotes y ministros de los ídolos, deciden pegar fuego a la casa de Abercio, buscando que en dicho fuego perezca el obispo con sus fieles. El Senado les hace desistir, ante el temor de que el fuego se corra por toda la ciudad. Y deciden poner el caso en manos del gobernador Publio, rogándole que dé al culpable su merecido.

         Los cristianos corren a llevar la noticia a su obispo, y le suplican que se ponga a salvo con la huida. Pero Abercio les contesta: "¿Cómo huir, cuando los apóstoles iban alegres al martirio por amor de su Señor?". Y lleno del espíritu de Dios, salió inmediatamente con los suyos, atravesó la ciudad y comenzó a predicar en medio del Foro la doctrina de Cristo. Al punto llegó la multitud enardecida, clamando furiosa contra Abercio y sus seguidores.

         Cuando ya se disponía la multitud a descargar su ira contra los cristianos, se presentan inesperadamente 3 jóvenes posesos, que acometiendo a golpes a los congregantes, alejan de allí a la multitud, y luego caen postrados a los pies del obispo. Abercio se pone en oración, golpea suavemente a los3 posesos, y los libra del demonio.

         La multitud, al darse cuenta del milagro, se acerca al obispo pidiendo a gritos la iniciación y el bautismo. Allí mismo comienza Abercio su catequesis, instruyendo hasta el anochecer al pueblo sobre la necesidad de la penitencia y la misericordia de Dios. Llegada la medianoche, allí seguía el obispo instruyendo a la multitud, y bautizándolos uno a uno.

         Aquel incipiente catecumenado de Hierápolis se vio incrementado por gentes que venían de toda el Asia Menor, Frigia, Lidia y Caria. Abercio no se cansaba de catequizar y bautizar, y la fama de su doctrina corría de boca en boca.

         Un día, mientras estaba Abercio instruyendo a los catecúmenos, se acercó al obispo una noble matrona. Se llamaba Frigela, y era madre de Eugeniano (privado del emperador). Venía conducida del brazo por su servidumbre, pues había perdido completamente la vista. Frigela, llena de fe y confianza, se echó a los pies del obispo, y le suplicaba diciendo:

—Oh tú, el más respetable de los mortales. Apiádate de mí y devuélveme la vista. Que pueda ver otra vez la luz radiante del sol, Tengo muchas riquezas, familia, bienes de fortuna, posesiones inmensas. Pero soy la más miserable del mundo. ¡Ojalá que sólo viera, aunque careciera de todo lo demás! Socórreme, por favor. Tengo un hijo que puede mucho ante el emperador. Pero, ¡ah!, no me es posible verle con estos ojos apagados tanto tiempo ha.

         A lo que Abercio contestó:

—Mujer, yo no soy más que un gran pecador. Sólo Dios puede hacer lo que me pides.

         Hecha una pausa, el obispo se puso en oración y, fijando luego su vista en la afligida matrona, le dice:

—Si de verdad crees en el Señor, él te puede curar, como curó al ciego de nacimiento.

         Ella replicó:

—Creo que Cristo es el verdadero Dios.

         Las lágrimas confirmaban la sinceridad de su fe. Y Abercio entonces, movido por Dios, le dijo:

—Ven, luz verdadera Jesucristo, y abre esos ojos a la luz. Si de verdad cree en Cristo, que recobre al punto su vista y que esta vista corporal sea prueba de la interior iluminación.

         Al instante la ciega recobró la vista, y la multitud quedó estupefacta ante el milagro. Todos dieron gracias a Dios. Se ausentó Frigela, y Abercio continuó su catequesis.

         La curación de Frigela tuvo gran resonancia, porque por Eugeniano (su hijo) llegó la noticia a oídos de la familia imperial. La fama de Abercio crecía como la espuma, y de todas partes acudían los enfermos y lisiados, en demanda de salud. Los milagros se multiplicaban a la voz del santo obispo. Pero en lo que más se puso de relieve su poder fue en echar los demonios de los cuerpos.

         Una vez, despechado el maligno contra el siervo de Dios, le dijo amenazador: "Ya me lo pagarás, Abercio. Quieras que no, te voy a hacer ir a Roma mal que te pese". Aquella misma noche el Señor consoló al obispo, y confirmó su misión: "Sí, irás a Roma, pero Yo te ayudaré. Allí tu presencia contribuirá a difundir mi nombre y mi doctrina". Abercio se tranquilizó, y contestó sumiso: "Hágase, Señor, tu voluntad".

         Así fue, en efecto. La hija del emperador, llamada Lucila, cayó en posesión diabólica, y daba pena ver a aquella muchacha de 16 años, que antes eclipsaba con su hermosura, lanzarse ahora por el suelo y gritar con rabia, mientras se desgarraba a mordiscos manos y piernas, y se retorcía en contorsiones dantescas. Su madre Faustina, y el propio emperador, lloraban inconsolables su desgracia. Pero en vano le ayudaban los arúspices de Roma, porque el demonio iba cada día iba haciendo mayores estragos en su hija.

         Afortunadamente, el emperador supo por Eugeniano el poder taumatúrgico del obispo de Hierápolis, y le hace venir a Roma. El camino fue una siembra de prodigios. La emperatriz Faustina le recibe complacida, pues su marido había tenido que ausentarse rápidamente de Roma (para contener el avance de los bárbaros). Al verle, Faustina quedó prendada del hombre de Dios, y llena de confianza le rogó que librara a su hija del demonio.

         Abercio pidió que le presentaran la muchacha. Ella, al encontrarse en presencia del obispo, y contra su costumbre, comenzó a dar muestras de jubilosa alegría. Y por su boca empezó a hablar el demonio:

— ¿Ves, Abercio? ¿Ves cómo has venido? Me he salido con la mía.

         El obispo contestó:

—Sí, es verdad, he venido; mas para tu ruina, porque Dios está conmigo.

         Después ordenó que llevaran a Lucila al hipódromo, al que la multitud acudió de todas partes. El demonio, presagiando su derrota, extremó su tortura en los últimos momentos. Daba lástima ver a la hija del emperador en aquel estado de furiosa posesión diabólica.

         Entonces Abercio, puesto en oración, intimó al demonio y le dijo:

—Sal de esta joven. Yo te lo mando en el nombre de Cristo.

         A esta voz la joven cayó como muerta, a los pies del obispo. Su madre y la multitud que la acompañaba prorrumpió en un clamoroso llanto. Pero Abercio calmó a la multitud y, dirigiéndose de nuevo al demonio, le dijo:

—Tú te empeñaste en traerme a Roma, contra mi voluntad. Pues ahora yo te mando, en nombre de Jesucristo, que tú te vayas de aquí a Hierápolis, cargando con esta ara y llevándola a cuestas hasta su puerta austral.

         Cuanta la leyenda que el demonio, obediente como un corderillo, cargó con la piedra, y fue a dejarla donde el obispo le mandó. Y según las crónicas, la joven Lucila, vuelta en sí, se arrodilló con su madre a los pies de Abercio, en actitud de profundo agradecimiento. Por su parte, la emperatriz ordenó embellecer la ciudad de Hierápolis, dotándola de baños públicos y lugares de culto para los cristianos.

         En cuanto a Abercio, es notorio que, a su vuelta, fue recibido por su pueblo con grandes manifestaciones de entusiasmo, y que conservó siempre vivo e imperecedero recuerdo de su viaje a Roma. Una vez ya anciano, él mismo se preparó el sepulcro, y personalmente redactó su epitafio fúnebre, perpetuando las impresiones de aquel viaje a Roma:

"Ciudadano de una ciudad ilustre, yo hice en vida este monumento, a fin de tener en él un lugar de reposo para mi cuerpo. Mi nombre es Abercio, Soy discípulo de un pastor casto que apacienta su rebaño de ovejas por montes y llanuras. Sus ojos son grandes y ve con ellos todas las cosas. Él es el que me ha enseñado las palabras de la vida cristiana: Él quien me envió a Roma, a contemplar la magnificencia de aquella ciudad y ver a su emperatriz engalanada con vestidos y calzado de oro. Allí vi un pueblo que llevaba en su mano brillantes anillos. Vi también la llanura de Siria y todas las ciudades y Nísibe al otro lado del Eufrates. Por todas partes desde Oriente me encontré con hermanos en la fe. La fe me acompañó a todas partes y ella fue la que me procuró para comida un pez muy grande y puro, que pescó una virgen inmaculada. Ella misma lo dió a comer entero a sus amigos; ella, que tiene un vino delicioso y lo ofrece mezclado con pan. Yo, Abercio, a la edad respetable de setenta y dos años, he mandado grabar esto. Que ruegue por mí el hermano que lo entienda. Que nadie se atreva a colocar otro túmulo encima de mi tumba; de lo contrario tendrá que pagar dos mil piezas de oro al fisco romano y mil a mi querida ciudad de Hierápolis".

         Con este epitafio, muchos de cuyos fragmentos han sido hallados por Ramsay, la arqueología da un mentís rotundo a los que quisieron impugnar a la Iglesia basándose en la no historicidad de San Abercio. Desmiente también la teoría de ciertos sabios que le quisieron hacer sacerdote de Cibeles y de Atis, o de otros cultos del sincretismo religioso de su tiempo. Y confirma el sentir de la Iglesia griega y romana, que han registrado el nombre del gran obispo de Hierápolis en el catálogo de sus héroes y de sus santos.

 Act: 22/08/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A