22 de Enero

San Vicente de Huesca

Juan Roig
Mercabá, 22 enero 2026

Semblanza

         La situación de la Iglesia hacia el año 300 no podía ser más halagadora. Eusebio, historiador objetivo que vivió aquellas fechas, llega a decir que una muchedumbre incontable de personas se acogía diariamente a Cristo. A pesar de ello, se desencadenó una nueva persecución, la última de aquella serie y la más sangrienta. Una persecución que fue iniciada por Maximiano y Diocleciano, continuada por otros emperadores, y suprimida con la llegada de Constantino y Licinio, el año 313.

         En marzo del 303 fue publicado, al respecto, el 1º edicto imperial, ordenando que las iglesias fueran arrasadas, y los libros sagrados echados al fuego. Como penas, se establecía que las personas ilustres fuesen tachadas de infamia, y los plebeyos perdiesen su libertad. A poca distancia de ese edicto siguieron otros, ordenando el encarcelamiento de los jefes de la Iglesia (bajo excusa de no sacrificar a los dioses) y la tortura a cualquier tipo de cristiano (bajo excusa de no renegar de sus creencias), sin posibilidad de hacer excepciones (a ningún magistrado) ni eximentes (del sacrificio imperial prescrito).

         Las leyes no podían ser más severas, ni más difíciles de burlar. Y Maximiano se dio prisa para que se cumplieran sus edictos, alcanzando éstos a todo el Imperio y también a Hispania, cuya cristiandad era floreciente, y a cuyo oficio envió al prefecto Daciano.

         Daciano estuvo en España un par de años, y se dio a conocer en todas partes por su fanatismo y crueldad, así como por la cantidad de mártires con que regó la Península. Los martirios comenzaron por los Pirineos, dejaron la pequeña Gerona al cuidado del juez Rufino, y de ahí embistieron Barcelona (con la idea de ir trazando la línea Tarragona-Zaragoza-Alcalá-Toledo-Talavera-Mérida-Lisboa y aldeas circundantes, a través del Ebro y Tajo).

         En Barcelona se conformó Daciano con un escarmiento ejemplar, sacrificando a Cucufate (un apóstol seglar) y a la jovencita Eulalia (una espontánea). Y siguió su camino hacia Zaragoza, la floreciente César Augusta emplazada a orillas del Ebro. Allí se encontró con el obispo Valerio, el diácono Vicente y un grupo numeroso de cristianos tenaces, decididos a todo menos a renegar la fe.

         Las actas que poseemos sobre el martirio de San Vicente son tardías, mas concuerdan en lo sustancial y en muchos detalles con el himno de Aurelio Prudencio y con los panegíricos que le dedicó San Agustín.

         Nació el 280 en Huesca (Hispania), en el seno de una familia ilustre e hijo de padres cristianos. Piadoso y despierto desde su niñes, se aficionó desde muy joven al servicio de la Iglesia.

         Valerio, el obispo de Zaragoza, era un celoso propagador de la fe. Pero hallándose ya anciano y con dificultad en el hablar, adivinó en el joven Vicente un buen colaborador. Le ordenó diácono, le nombró su arcediano (o 1º de los 7 diáconos catedralicios) y le encargó el ministerio de la predicación. Vicente predicaba y convencía. Y por su elocuencia, favor y ejemplaridad de vida pronto se hizo popular en Zaragoza.

         En esto, llega el prefecto Daciano a Zaragoza, y como era su costumbre, sacrifica a los dioses, publica el edicto y espera los acontecimientos. Comienzan las denuncias y consiguientes encarcelamientos. Valerio y Vicente, maniatados, fueron conducidos a la cárcel. Daciano no se atrevió a juzgarlos en la misma ciudad (sin duda, por temor a un tumulto). Sino que tiene que hacer un viaje a Valencia, y decide llevarse a los presos allí (lejos del apoyo moral de los feligreses, y donde creía ablandarlos con más facilidad).

         Ya en Valencia, los cristianos fueron conducidos ante el tribunal. El agotado obispo no se explicaba a satisfacción del prefecto, mas allí estaba Vicente, dispuesto a secundarlo con frases tajantes:

—No creemos en vuestros dioses. Sólo existe Cristo y el Padre, que son un solo Dios. Nosotros somos siervos suyos y testigos de esa verdad. Arráncame, si puedes, esta fe.

         Daciano se desentendió del anciano obispo, mandándolo al destierro. Mas para el arrogante diácono comenzaron los tormentos. La justicia romana utilizaba la tortura como medio corriente para arrancar a los reos la verdad. Para con los cristianos sucedía a la inversa: se les atormentaba para que negasen. Y había diversos grados de tortura: el ecúleo, los garfios, las tenazas y el fuego. Vicente pasó por todos ellos.

         En 1º lugar, extendieron a Vicente sobre el ecúleo, para descoyuntarle los miembros. Mas viendo que el joven aguantaba impávido, el juez ordenó que le desgarraran el cuerpo con garfios de hierro. Entre tanto, Vicente decía:

—Te equivocas si piensas que me castigas desgarrando estos miembros, mientras no puedes manchar el alma libre e intacta. Te empeñas en romper un vaso de tierra, por otra parte frágil, que de todas formas ha de quebrarse pronto.

         A Daciano le desconcertó la entereza de aquel joven y, comenzando a dudar del triunfo, cambió de método.

—Pase, le dice, que no quieras sacrificar a nuestros dioses; pero, entrégame por lo menos los libros de tu religión para que los eche al fuego.

         Vicente se niega una vez más, rotundamente, y Daciano, cegado por la ira, ordena el supremo grado de tortura: el fuego. El mártir es colocado sobre unas parrillas puestas al rojo, y aplican a su cuerpo hierros candentes. Vicente permanecía inmóvil en medio de aquel horrendo suplicio, y tan sólo levantaba los ojos al cielo, no pudiendo levantar las manos porque las tenía atadas.

         Con frecuencia, los hagiógrafos nos presentan a los mártires como insensibles a los tormentos. Y aunque alguna vez se pudiera dar este caso por gracia especial, lo ordinario no fue así, y los mártires sí que sentían las torturas en sus carnes, y sufrían de verdad. El auxilio divino no consistía en hacer el tormento inocuo, sino en hacerlo llevadero.

         Vicente salió triunfante de aquella prueba, pero antes se cansaron los verdugos de atormentarlo. Y no sabiendo qué hacer con aquel cuerpo horriblemente lacerado y quemado, Daciano decidió recluirlo en el lugar más oscuro del calabozo.

         Parece que el poeta Prudencio visitó esta cárcel, pues unos años más tarde, al cantar el martirio de Vicente, lo describe en estos términos: "En el fondo del calabozo hay un lugar más negro que las mismas tinieblas, un covacho que forman las estrechas piedras de una bóveda inmunda; allí reina una noche eterna y jamás llegó a penetrar un rayo de luz". Despojando lo que hubiere de exaltación poética, esta descripción concuerda con lo que eran algunas celdas; más lóbregas que las comunes, para castigar e incomunicar a determinados prisioneros.

         Pero Dios no abandonó a Vicente. Aquella noche el calabozo se iluminó de pronto, y Vicente, que había resistido tantos tormentos, falleció en aquel momento. Se convirtió el carcelero, que se había dado cuenta de todo, y un grupo de cristianos fue a rendirle homenaje.

         El culto a San Vicente se propagó en seguida. San Agustín atestigua que la Iglesia de Africa leía públicamente sus Actas el día de la fiesta. El papa León I en Roma, y San Ambrosio en Milán, hicieron el panegírico en el aniversario de su muerte. Elogian también su intrepidez San Isidoro de Sevilla y San Bernardo. En la Roma medieval había 3 basílicas dedicadas a San Vicente, y las había también en otras partes de Italia, en Francia y en la Dalmacia (Yugoslavia).

         El culto favoreció el reparto de reliquias. Se encuentran éstas en muchas ciudades de España y Portugal, y también en Francia, donde las llevó en el s. VI (según las crónicas) el rey franco Childeberto I de Francia, y las repartió por París, Metz, Castres y Benançon. San Vicente supo hacer honor a su nombre de Vincentius, el Invicto.

 Act: 22/01/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A