22 de Junio

San Juan Fisher

Jorge Blajot
Mercabá, 22 junio 2022

           Nació en 1469 en Beverley (Inglaterra), hijo de un modesto mercero de York que a los 14 años lo envía a estudiar a la Universidad de Cambridge, asombrando allí a todos por su especulación y enteriza superioridad moral.

           Con ello se fue encaramando Juan por la doble escala intelectual y administrativa, obteniendo los sucesivos grados académicos (de bachiller, maestro y doctor) y asumiendo las dignidades de profesor (del Colegio Mayor de Michaelhouse) y vicecanciller (de la Universidad de Cambridge).

           Con 22 años fue ordenado sacerdote, y empezó a hermanar su sacerdocio con su vida académica. Poco después, la madre de Enrique VII de Inglaterra (viuda por 3ª vez, y cansada ya de los azares palaciegos junto a 3 monarcas) se pone bajo su dirección, conociendo la hondura espiritual de Fisher. Un encuentro que resultó beneficioso no sólo para el alma de lady Margaret, sino para el propio desenvolvimiento de la universidad, pues la reina madre decidió invertir en ella gran parte de su fortuna.

           Dos nuevas cátedras de teología fueron inauguradas en Oxford y Cambridge, así como 2 nuevos colegios mayores en Cambridge (el de Cristo y el de San Juan), todos ellos bajo el patrocinio de Margaret y la regencia de Fisher. Hasta que el año 1504 Fisher es nombrado canciller de la Universidad de Cambridge y obispo de Rochester, con apenas 35 años de edad.

           Fisher se aplica infatigable a la doble tarea. Su labor pastoral diocesana no se reduce a una lejana supervisión de las actividades, sino que entra a fondo en los problemas del clero, alcanza personalmente a los menesterosos e impulsa la seriedad de los estudios impartidos.

           En cuanto a su labor académica, emprende la ampliación de la biblioteca universitaria, hasta entonces de 300 ridículos volúmenes. Y en todas sus aulas implanta como obligatoria la enseñanza del griego y del hebreo, suplanta las viejas gramáticas por otras más adecuadas, y obliga a llenar todos los manuales de citas de los más grandes sabios.

           Sus producciones no son las de un dilettante de la cultura, sino instrumentos rigurosos con preocupación sacerdotal. Entre sus primeras inquietudes, prohíbe terminantemente la serpenteante difusión de la herejía luterana, y elabora personalmente 4 volúmenes de vanguardia apologética anti-protestante.

           Poco después, otras 2 obras suyas (sobre el sacerdocio y la eucaristía) embisten las herejías de Ecolampadio. A nivel de púlpito, los escasos sermones que de él nos quedan (entre ellos las Oraciones Fúnebres de Enrique VII y de lady Margaret) pasaron a convertirse en piezas clásicas de la elocuencia, al mismo tiempo que modelos de austeridad y espíritu profundamente religioso.

           Su prestigio intelectual contaba con el indiscutible apoyo de una vida santa, parca en el descanso y recia en la penitencia, despegada de ataduras terrenas y con la meditación insistente de la muerte (que una calavera le ponía de continuo ante los ojos). Santo Tomás Moro pudo decir de él que era "un hombre ilustre, no sólo por la vastedad de su erudición, sino mucho más por la pureza de su vida", y Erasmo (amigo suyo, y por él invitado a las cátedras de Cambridge) que no había en el país "hombre más culto ni obispo más santo".

           Fisher sintió siempre con especial agudeza los problemas de la Iglesia, y al respecto nos quedan páginas suyas cargadas de preocupación: "Señor, pon en tu Iglesia fuertes y poderosos pilares, capaces de sufrir y soportar grandes trabajos, vigilias, pobreza, sed, hambre, fríos y calores, que no teman las amenazas de los príncipes, la persecución ni la muerte". Eso es lo que él pedía a sus sacerdotes, y lo que inculcó en el sínodo convocado por el card. Wolsey (ca. 1508).

           Cuando Enrique VIII de Inglaterra alega la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón, Fisher salta valiente en defensa de la validez e indisolubilidad matrimonial, recordando a sus adversarios que ya Juan el Bautista murió en similar conflicto con la irritación de un monarca. Más adelante, en su condición de miembro de la Cámara de los Lores, arremete contra ciertas medidas anticlericales y hace añadir una cláusula fatalmente restrictiva al nombramiento de Enrique VIII como cabeza de la Iglesia en Inglaterra.

           Pero esa firmeza de Fisher acabó por acarrearle enemigos, pues otros colegas no siguieron su alegato y optaron por doblegarse a la voluntad de Enrique VIII. Y atrajo sobre sí la persecución: cárcel por 2 veces, intentos anónimos de asesinato, calumnias para complicarle en el asunto de una visionaria...

           Hasta que llegó la prueba decisiva: el Juramento de Supremacía, que pedía reconocer la potestad de Enrique VIII sobre la Iglesia de Inglaterra, independizándola de Roma. Fisher y Moro se niegan a prestar tal juramento, mientras otros vacilan en su decisión. Y Fisher responde a Cromwell: "A ellos debe salvarles su conciencia; a mí, la mía".

           Fiel al imperativo de su conciencia, Fisher ingresa prisionero en la Torre de Londres. Se le despoja de todos sus títulos académicos y episcopales, mientras el papa de Roma (Pablo III) contesta enviando al agotado cautivo el capelo cardenalicio. Ante la intromisión del papa, Enrique VIII de Inglaterra pierde el control de sus palabras: "Ese capelo se lo pondrá sobre los hombros, porque lo que es cabeza no ha de tenerla para recibirlo". Y el 17 junio 1535 condena a muerte a Fisher. Lloran algunos jueces, pero nadie osa doblegar la voluntad del furioso monarca.

           El sueño del card. Fisher, en la víspera de su ejecución, es sereno. Y a la mañana siguiente no olvida llevar para el cadalso una esclavina de piel, para cubrirse del frío. El libro de los evangelios será su compañero de viaje, y con 76 años sube hacia las gradas del patíbulo.

           Las postreras palabras del anciano obispo anuncian que va a morir por Cristo y por su Iglesia, y suplican una oración a la muchedumbre expectante. No le resta sino entonar el Te Deum, mientras el hacha, de un solo golpe, pone punto final al sufrimiento.

           Era el 22 junio 1535, y su cabeza (cuyo corte ascético y, mirada profunda nos ha conservado el lápiz de Holbein) sube a lo alto de un palo, como lección de escarmiento para los transeúntes del Puente de Londres. Hasta que, 15 días más tarde, otra cabeza también egregia de santidad y martirio, venga a ocupar su puesto: la del canciller Tomás Moro.

           Al igual que siglos antes Thomas Becket fue víctima, como arzobispo de Canterbury, de la pasión de Enrique II de Inglaterra, ahora John Fisher fue víctima, como arzobispo de Rochester, de la pasión de Enrique VIII de Inglaterra. Ambos por rubricar en tierra inglesa los derechos de Dios y de su Iglesia, y ambos con el más hermoso y fecundo sello del cristianismo: a costa de su vida.