22 de Noviembre

Santa Cecilia de Roma

José Artero
Mercabá, 22 noviembre 2020

           Tras la Madre de Dios, Santa Cecilia es "la siguiente en el número de las vírgenes, en cuanto supo guardar la virginidad aun estando desposada, y sublimarla con un martirio glorioso". Así lo dice el obispo medieval Adhelmo en su De Virginitate, que publicó la Patrología de Migne en su volumen LXXXIX.

           Y este alto aprecio lo confirmó la liturgia, que pone a Santa Cecilia, con solas otras 6 vírgenes, en el canon de la misa; y es la que más basílicas tuvo en Roma y quizá más templos en toda la cristiandad; la más ensalzada por pintores y escultores, y la más celebrada por los músicos, que la aclaman por su patrona celestial.

           De ello, aparte de sus preciosas reliquias, cuya famosa historia es un monumento, nos han quedado las actas martiriales, Passio Sanctae Caeciliae, cuya historicidad substancial proclaman los más sabios arqueólogos antiguos y modernos, como Baronio, Rossi, Duchesne, Allard, Gueranger, Wilpert, Kirsch y Marucchi. En estas actas se inspiraron todos sus biógrafos y con sus episodios se hicieron sus oficios litúrgicos y se compusieron sus himnos hasta en las liturgias milanesa y mozárabe.

           La vida de Santa Cecilia comienza por su linaje, de los más ilustres de la nobleza romana. Pues la gens Caecilia (o linaje de los Cecilios) es ya egregia, desde el año 316 de la fundación de Roma (año 442 a.C), en cónsules, pretores y senadores, emparentados con los nobles Metelos y Pomponios.

           Y antepasadas de Santa Cecilia fueron dos celebérrimas matronas, Caya Cecilia Tanaquil (mujer de Tarquinio Prisco), prototipo de los novios patricios (que se prometían fidelidad bajo la fórmula Ubi tu Caius, ego Caia, "donde tú seas Cayo, seré yo Caya") y con propia estatua en el Capitolio y Templo de Sagus (donde se guardaban sus reliquias familiares); y Cecilia Metela (esposa de Pompeyo), que mereció de Plutarco una atopeya en sus Vidas Paralelas:

"Tenía Cecilia Metela, además de su gran belleza, otras dotes para cautivar a los hombres. Era discretamente entendida en letras, tocaba muy bien la lira, estudió geometría y gustaba de proponer con talento y fruto cuestiones filosóficas. Pera lo principal era que no se le vio frivolidad ni afectado empaque y no era tan vanidosa como lo suelen ser las doncellas de tantas prendas y erudición".

           En relación con España, un cecilio (Cecilio el Macedónico) hizo la campaña de Viriato, y otro (Cecilio el Pío) acompañó a Pompeyo en la campaña de Sertorio. Y dos ciudades llevan el nombre de su familia: Cáceres (o Castra Cecilia) y Medellín (o Metellina, fundada por Cecilio Metelo).

           Y si esa era la nobleza de Cecilia, no era menor la nobleza de su esposo Valeriano, perteneciente a lo que el poeta Aurelio Prudencio llamó gens Infulata Valeriorum, linaje Valerio de muchas ínfulas o, como diríamos hoy, de muchos pergaminos y bastones de mando.

           Entrando ya en la vida de Santa Cecilia, se sabe que ésta debió quedar muy pronto huérfana, pues en la juventud de sus desposorios ya tenía libre disposición sobre sus casas y fortuna.

           Su manera de hablar y proceder nos demuestra que estaba, como correspondía a su prosapia, instruida por un literator en leer, escribir y buenas artes, entre las que se encontraba la música.

           A los 13 años, edad de la emancipación, debió recibir el bautismo, pues en el s. II dicha práctica solía retardarse hasta esa edad. Aunque quizás fuera cristiana desde su nacimiento, pues en las inscripciones de los tiempos apostólicos hay lápidas de Cecilios, y sus familias emparentadas eran ya cristianas.

           Las actas nos revelan su trato con el obispo Urbano, que la instruiría en la fe. Una instrucción que, según la Passio, debía estar ya completa en el momento de su martirio, pues "llevaba ya Cecilia de continuo los evangelios junto al corazón, escondidos en los pliegues de la túnica".

           De su caridad nos certifica el detalle de que en la vía Appia (afueras de Roma) y junto a la tumba de los Cecilios, reunía Cecilia a los pobres para darles limosna, enviándolos después a Valeriano para que aprendieran el refugio del obispo Urbano (auxiliar del papa) y fuesen allí catequizados.

           Su oración se deduce no sólo de la vieja inscripción que dice: "Esta es la casa donde oraba Santa Cecilia", sino de que también pidió a Dios tiempo para consagrar como templo su domicilio, poco antes de morir.

           Y, en fin, su pureza era tal que la ofrendó a Dios con su voto secreto de perpetua virginidad. Tan secreto que ni sus tutores (cristianos o no) lo conocían, y por eso le buscaron un esposo patricio (el joven Valeriano, que todavía era infiel). Cecilia debía aceptar jurídicamente ese compromiso matrimonial, pero en su oración había logrado del Señor que le enviara visiblemente al ángel de su guarda, con la promesa de que defendería su virginidad.

           La situación era comprometida, pues aunque entonces no eran raros los matrimonios de infieles y paganos, y bien sabría Cecilia que algunas mujeres convirtieron a sus esposos, con todo, en la vida íntima, no podría disimular la señal de la cruz, los ayunos, oraciones, asistencia a los sagrados ritos. Así que, fiada en Dios y confortada por el ángel, decidió plantear inmediatamente la delicada situación.

           Era el mismo día de la boda. La casa de los Caecilii en el Campo de Marte tenía atrio, impluvio y otros aposentos rebosantes de convidados. Y dentro, en el gyneceo, las amigas de Cecilia la ayudaban con el adorno de su atuendo nupcial. Vestía una túnica de lana blanca, ceñida con una banda del mismo color, y sus cabellos fueron cubiertos con el flameum, fino velo de color de llama que le cubría la frente, y las 6 trenzas de su peinado que caían sobre el vestido, formando pliegues elegantes.

           Llega la hora y se abren las cortinas del tablinum. Entonces aparece Cecilia ante la expectación de los convidados, radiante de hermosura y distinción, y allí firma las capitulaciones matrimoniales.

           Al resplandor de las antorchas que llevaban los convidados, avanza Cecilia acompañada de su tutor, llevando en las manos el huso y la rueca. Delante de ella, 2 niños patrimi (cuyos padres no habían muerto) sembraban de flores el camino, un coro de tibicines y cantores animaban el cortejo, y el pueblo bordaba el trayecto de aclamaciones.

           Llegados al solar de los Valerios, totalmente adornado de flores, colgaduras y cortinas de lana blanca, se detiene la comitiva en el umbral, y allí los acompañantes claman el Thallassiol. Aparece Valeriano y, ritualmente, pregunta a Cecilia:

—¿Quién eres tú?

—Donde tú Cayo, seré yo Caya, dice la novia (como su antepasada Cecilia Tanaquil).

           Valeriano le presenta un vaso de cristal (con agua límpida) y una llave de casa, y la invita a sentarse sobre un tapiz de lana con el huso y la rueca en las manos. Siguió el espléndido convite nupcial, se multiplicaban los placemes, y los poetas entonaban los himnos y epitalamios al son de sus liras.

           Y entretanto... Es el momento culminante que nos han guardado las actas: "Canentibus organis...". Sonaban los instrumentos, mientras Cecilia cantaba al Señor en su corazón, diciendo: "Hágase mi corazón inmaculado para que no quede confundida".

           Cuando todos ya se habían marchado, Cecilia dijo a su esposo:

—Querido Valeriano, tengo un secreto que revelarte, si me juras guardar secreto.

           Lo prometió y Cecilia prosiguió:

—Tengo un ángel de Dios que guarda mi virginidad. Si te acercaras a mí con amor impuro, desenvainaría su espada y cortaría en flor tu vida. Pero si me amas y respetas mi pureza, se hará tu amigo y nos colmará de bienes.

           Inspirado por Dios Valeriano, y trémulo de emoción, le dijo:

—Para creer tus palabras tendría que ver al ángel, y ver demostrado que no es otro hombre el que ocupa tu corazón. De ser así, los dos moriríais a mis manos. Cecilia replicó:

—Para ver al ángel tendrás que creer en un solo Dios y ser purificado. Ve al tercer miliario de la vía Appia, y cuando allí encuentres a un grupo de mendigos que me conocen, salúdalos de mi parte, y diles que te lleven al buen anciano Urbano. Él te hará conocer a Dios, te dará un vestido de color de nieve, y luego, purificado, vuelve a casa y verás al ángel.

           Apenas amanecido fue Valeriano al Pagus Triopius, junto al llamado locus trucidatorum (por los cristianos allí sacrificados, en las catacumbas de Pretextato), y encontró al obispo Urbano.

           Las actas hablan de una visión celestial en la que se les apareció un anciano vestido de blanco con un libro en las manos que decía: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor, Padre de todos".

—¿Crees ya o dudas aún?, le dijo Urbano.

—Nada más verdadero bajo el firmamento, respondió el joven.

           Y tras rápida catequesis, le concedió el bautismo.

           No hay razón para dudar de esta visión sobrenatural, pues parece ser que eran sucedían de vez en cuando en la Iglesia primitiva. Ni tampoco es increíble que vuelto a su casa Valeriano, encontrara a su esposa Cecilia junto al ángel, portando 2 coronas de rosas purpúreas y ofreciéndolas a cada uno de los desposados.

—Pídeme, Valeriano, la gracia que más ansías, añadió el ángel.

—Nada quiero más en el mundo que a mi hermano Tiburcio. Concededme que él confiese, como yo, a Jesucristo. Llegó en esto Tiburcio y, sorprendido, exclamó:

—¿Qué aroma es este de rosas y de lirios?

           Hasta aquí el relato de las actas, fundadas en los recuerdos de la tradición y cierto diálogo redaccional del De Pudicitia de Tertuliano. Pues con la conversión y bautismo de Tiburcio concluye la emocionada escena.

           La corta vida matrimonial de Cecilia y Valeriano puede ser descrita según hizo Tertuliano en su Ad Uxorem del 176:

"Juntos oran, juntos se postran ante Dios, juntos ayunan y se instruyen. juntos van a la iglesia a recibir a Cristo. Comparten las alegrías y las preocupaciones. Ningún secreto, ninguna discusión, ningún disgusto. A ocultas van a repartir sus limosnas. Nada impide que hagan la señal de la cruz, sus devociones externas, sus oraciones. Juntos cantan los himnos y salmos; y sólo rivalizan en servir mejor a Jesucristo".

           Hasta que llega el mes de marzo del 177, y aparece en escena un nuevo prefecto de la ciudad, Almaquio, antiguo pretor subalterno según Guéranguer y Rossi.

           Por denuncias de un tal Tarquinio, llamó Almaquio a su tribunal a los 2 hermanos (Valerio y Tiburcio), y les ofrece un libelo (certificado de haber sacrificado a los dioses) sin haberlo hecho, a cambio de unos miles de sextercios (según recogen las actas de los escrinios judiciales). A lo que ambos se niegan, reafirman su fe cristiana y prefieren sufrir las consecuencias. Entonces manda Almaquio azotarlos, y decide entregarlos a Máximo con una orden de ejecución, a la madrugada siguiente.

           Aún pudo hacerles una visita a la cárcel Cecilia, de noche y acompañada de Urbano. Allí, el ángel vuelve a aparecérseles, Máximo y otros soldados presencian la escena (según el martirologio jeronimiano, del s. V) y todos deciden seguir la suerte dictada por Almaquio: el degollamiento. Cecilia recogió los cadáveres, los embalsamó y, depositados en un sarcófago, los colocó en un lóculo de las catacumbas de Pretextato.

           Poco duró la viudez de Cecilia, sintetizada por las actas bajo la expresiva frase "quasi apis argumentosa" (como una diligente abeja, sirviendo al Señor), o por Dámaso I como "la que ambicionó defender su pudor virginal". Recientes excavaciones aluden a que las catacumbas de Calixto fueron aquellos días mandadas iniciar por Cecilia, en sus terrenos familiares (y en las que ella sería sepultada, poco después).

           Así fue. A los 5 meses, Almaquio encontró la manera de confiscar los bienes de Cecilia, y apoderarse de ellos. Tras lo cual la cita a su tribunal, le ordena ofrendar incienso a los ídolos, e hipócritamente se duele de que tenga que marchitar su florida juventud. Tras lo cual, y en una escena que patéticamente amplifica la Passio, decreta su muerte.

           Los soldados llevan a Cecilia a su casa, y allí la mantienen bajo custodia hasta que llegue la orden de ejecución (esperando una fecha discreta, que evitase posibles protestas o alborotos del pueblo). Esto fue así del 4 al 19 de noviembre, coincidiendo con las fiestas de los Ludi Romani del Coliseo y Circo Máximo.

           Aprovechó Cecilia aquella tregua de 10 días para catequizar a muchos (400 dicen las actas), y disponer los pocos bienes que le quedaban en favor de los pobres y de la Iglesia.

           Llegado su día, mandan encerrar a Cecilia en el caldarium (cuarto de la calefacción, por donde pasaban los tubos del agua calentada en el hipocaustum), y decretan que muera allí asfixiada por cierto beneplácito imperial (igual que sucedió a Octavia, esposa de Nerón, o a Fausta, esposa de Constantino).

           Mientras se mantenían al rojo vivo las candentibus organis (tuberías de agua ardiendo), Cecilia no dejó de entonar sus cánticos al Señor. Y pasaba el tiempo y no moría. Llaman entonces al lictor que la degüelle, y éste le da 3 tajos vacilantes, sabiendo que la ley no le permitía dar ningún tajo más, y dejándola moribunda pero no muerta.

           Así vivió Cecilia 3 días más, hasta que al fin expiró en aquel caldarium bajo una sonrisa angelical, con las manos enlazadas entre sí, una de ellas mostrando el dedo índice, y la otra mostrando 3 dedos abiertos (confesando así la unidad de Dios, y su trinidad de personas). Es como quedó representada en adelante Santa Cecilia, y la bellísima estatua yacente de la basílica transtiberina, que en blanquísimo mármol de Carrara la representó Maderno.