22 de Septiembre

Mártires de Agauno

Casimiro Sánchez
Mercabá, 22 septiembre 2021

           En un 1º plano hacia la derecha salen al encuentro los oficiales de la legión Tebea, y destacándose entre ellos la figura de San Mauricio, el caudillo de la tropa rebelde, con su mano y dedo en alto. En conversación con él aparecen los otros 3 oficiales que sostuvieron la resistencia (Exuperio, Cándido y Víctor), y un niño con sus yelmos en las manos, porque todas las figuras aparecen destocadas, y con sus lanzas tiradas por el suelo.

           En la escena de la izquierda aparece el horror de la carnicería, clave para entender el coloquio de las 4 figuras principales, y adivinar su heroísmo y santidad.

           Aunque la santidad que nos trata de explicar este cuadro del Greco nos la explica mejor la escena de arriba. Porque a las zonas contrapuestas de abajo aparece la anécdota sobrenatural, de un coro de ángeles con sus palmas y coronas, que nos dicen que aquellos miles Christi no son héroes de Homero, sino mártires cristianos.

           Con esta composición de su 1ª época española (ca. 1582), quiso ofrecer el cretense a Felipe II de España, que se la encargaba en 1579 para una de las capillas del Escorial, una prueba de sus posibilidades de gran artista, por encima de todos los manierismos. Mas el lienzo, dice el padre Sigüenza, "no contentó al monarca", y no llegó a ser colocado nunca en la capilla, pasando a las salas capitulares (donde todavía se exhibe).

           En efecto, se trata de un cuadro que, por su asimetría y lo tripartito de la composición, no es devocional, aunque capte maravillosamente la psicología de los personajes y narre las 3 fases del tema. Lo cierto es que el Greco cobró los 800 ducados del contrato, y se volvió a Toledo, y nunca Felipe II hizo mejor servicio a la ciudad imperial. "Dicen que el cuadro es de mucho arte", vuelve a anotar el padre Sigüenza, que añade que el artista firmó su obra en una hoja de papel que muerde una víbora, en alusión patente a los envidiosos.

           Si he traído aquí aquel lienzo del pintor cretense, es porque logró popularizar lo que no gustó a Felipe II de España, y tanto nos gustó al resto de mortales: el martirio de San Mauricio y sus compañeros de Agauno.

           Ya el obispo de Lyon, San Euquerio, había hablado en el s. V de la Passio de San Mauricio y la legión Tebea, y había recogido las tradiciones orales "para salvar del olvido las acciones de estos mártires", citando a los testigos que habían completado todos los hechos, siglo y medio atrás.

           En efecto, Diocleciano había asociado a su Imperio Romano a Maximiano, como feroz enemigo del nombre cristiano, y había decretado la última y la más terrible de las persecuciones.

           Y rápidamente acudió Maximiano a las Galias, para reprimir el intento de sublevación de aquellos pueblos y sobre todo de la legión Tebea, procedente de Egipto y compuesta toda ella por cristianos. Una legión en que su comandante Mauricio, antes de incorporarse a su destino, había visitado al papa Marcelo I, en su paso por Roma.

           Llegado a Octadura, la actual Martigny (en el Valais) y junto a los desfiladeros de los Alpes suizos, el co-emperador Maximiano ordenó ofrecer un sacrificio a los dioses, para impetrar su protección en la campaña que pensaba emprender. Y he aquí la sorpresa del mandatario, cuando vio que los componentes de la legión Tebea rehusaban hacer el sacrificio, y se apartaban del resto del ejército y se iban a acampar a Agauno, entre las montañas y el Ródano, no lejos del lado oriental del lago Lemán.

           Maximiano montó en cólera y descubrió el motivo de la deserción, dando orden inmediata de que los legionarios rebeldes fuesen diezmados y pasados a espada. Los pocos supervivientes que dejó vivos se reafirmaron en su fe, y se animaron a sufrir todos los tormentos antes que renegar de su verdadero Dios.

           Maximiano, más cruel más que una bestia feroz, ordenó diezmar por 2ª vez a los soldados cristianos. Y mientras se llevaba a cabo la orden imperial, el resto de los tebanos se exhortaban mutuamente a perseverar, sostenidos por sus 3 jefes: Mauricio, a quien el cronista llamó primicerius (comandante en jefe de la legión); Exuperio el campidoctor (oficial de menor graduación) y Cándido el senator militum (también oficial).

           Al llegar los secuaces de Maximiano, los legionarios tebanos declararon que no podían faltar al juramento prestado a Dios. Que obedecerían al emperador pero que nunca desobedecerían a su Dios. Y que si aquél determinaba hacerlos perecer, renunciarían a defenderse, como tampoco lo hicieron sus camaradas ya fallecidos.

           Viendo tan obstinados a aquellos soldados, Maximiano envió una nueva orden que dictaba el degollamiento de aquellos tebanos rebeldes, e hizo que arroyos de sangre fluyeran entre sus propias filas, por el sólo hecho de no querer sacrificar a sus ídolos imperiales.

           El veterano Víctor, licenciado de otra legión presente en Agauno, pasaba casualmente por el lugar del suceso, mientras los verdugos festejaban su crueldad. Inquiere la causa, y al informarse de lo sucedido lamenta no haber podido acompañar a sus hermanos en la fe. Al reconocer que él también era cristiano, los verdugos le sujetan de manos y pies y vuelven a degollar una cabeza cristiana.

           Toda la legión Tebea, compuesta de 6.600 soldados, fue pasada por las armas, si bien de entre tantos mártires sólo se conoce el nombre de Mauricio, Exuperio, Cándido y Víctor, apuntando el cronista que "los restantes nombres, que nosotros ignoramos, están inscritos en el libro de la vida". Era el invierno del 306.

           En el s. IV y V empezó a darse culto a los soldados mártires de Agauno, y a esclarecerse los hechos y circunstancias del martirio.

           Parece ser que el suceso tuvo lugar durante la gran persecución llevada a cabo por Maximiano, cuando la Galia ya estaba gobernada por Constancio Cloro (padre de Constantino, que no quería aplicar los decretos persecutorios). Y que el número de martirizados no fue de 6.600 sino de 1.000, pues por aquellas fechas cada legión romana fue reducida a ese número, para hacerla más ágil y rápida de movimientos.

           Sea lo que fuere de los detalles, lo que no cabe dudar es que a inicios del s. IV tuvo lugar en Agauno la hecatombe de toda una legión romana, la legión tebana, por el simple hecho de ser cristiana.

           ¿Procedían aquellos soldados de la Tebaida egipcia? Bien pudiera ser, aunque los legionarios tebanos no solían ser destinados a la región del Valais. Pero no veamos por ello una designación simbólica sino real (la Legio felix Agaunensis), que fueron calificados de tebanos por los cronistas romanos por proceder de la egipcia Tebas, al margen de que éste fuese el lugar de la clásica y ermitaña Tebaida (por otro lado, posterior a los acontecimientos relatados).

           Según el historiador Thierry, bien podría haber formado parte esta legión tebana de la Legión XXII Deiotariana, reclutada al completo en Egipto (y de ahí la denominación de tebanos, como forma de llamar a los egipcios) e integrada por 6.000 soldados. Por otro lado, estaban en Valais como lugar de invernación galo, donde debían participar en la lucha imperial contra las revueltas bagaudas de la zona, como tropas de auxilio de Diocleciano a Maximiano (reclutadas en las egipcias Coptos y Busiris, e integradas en la III Diocletiana Thebaeorum).

           Según refiere el citado Euquerio, fue San Teodoro (obispo del Valais) quien hizo exhumar los restos de los mártires tebanos (s. IV), levantando en su honor una pequeña basílica de la cual se han encontrado huellas en diversas excavaciones, como también en otros santuarios levantados en aquellos parajes.

           El 22 septiembre 515 inauguró San Avito (obispo de Vienne) la Abadía de Agauno, fundada por el piadoso rey Segismundo I de Burgundia. A finales del s. VII, su abad Alteo, pariente de Carlomagno, amplió la basílica del s. IV, y otra  nueva basílica fue construida en el s. XI.

           En el s. IX, la fiesta de San Mauricio y sus compañeros tebanos era celebrada en Roma y en toda la cristiandad. Merece destacarse el hecho de que el ceremonial de la coronación de los emperadores, compuesto hacia el s. XI, determinaba que el papa coronase al emperador en la Basílica de San Pedro, en el Altar de San Mauricio, invocando su protección sobre el ejército "romano y teutónico".

           Los canónigos regulares se establecieron en la Abadía de Agauno el 1128, y allí se quedaron para siempre, reconstruyendo la vieja abadía del s. VI en el s. XVII.

           Los mártires de la legión Tebea fueron venerados por todas partes, y de ellos hay reliquias en infinidad de iglesias, como Viena del Delfinado, San Cugat del Valles, el Escorial, la Catedral de Toledo... En Francia hay hoy día hasta 62 municipios con el nombre de Saint-Maurice.

           Hasta las armas de San Mauricio fueron objeto de veneración. Carlos I de Francia quiso servirse de la lanza de San Mauricio y de su morrión, cuando presentó batalla a los sarracenos en la Batalla de Poitiers (ca. 732). Y los duques de Saboya, en cuyo territorio está comprendido el lugar de su martirio, llevaron siempre el anillo de San Mauricio como una de las más preciosas señales de su soberanía.

           También hay una orden militar, fundada en 1434 por Amadeo VIII de Saboya, que está encomendada a San Mauricio, gran protector de esta casa. Carlos Manuel I de Saboya la fundió posteriormente con la Orden de San Lázaro. La Orden del Toisón de Oro le tiene igualmente por patrono, lo que explicaría la devoción que le profesaba Felipe II de España.

           Estos mártires de Agauno gozaron de oficio con antífonas propias, de gran belleza musical literaria. He aquí algunas, aunque pierdan mucho color al ser traducidas:

"La santa legión de los mártires agaunenses, mientras resistía a los adversarios, merced a la intervención de San Mauricio, su general, alcanzó el premio de la inmortalidad. He aquí cómo por la intervención de estos santos se ha convertido Agauno en lugar sagrado que sirve de salud a los presentes y de defensa a los venideros".

           En efecto, parece que la historia ha confirmado el voto de la liturgia, pues en la alta Edad Media la Abadía de Agauno se hizo famosa por la santidad de sus monjes.