23 de Enero

San Ildefonso de Toledo

Juan Rivera
Mercabá, 23 enero 2023

           El año 657 fallecía el arzobispo de Toledo San Eugenio, y la sede primada quedaba vacante. No obstante, Toledo contaba con todo un plantel de prelados en su monasterio agaliense, y hacia ellos se dirigieron los ojos del clero primado, consultando su elección al monarca Recesvinto I de Toledo. No obstante, mientras examinaban a los posibles candidatos del famoso cenobio, la voz del pueblo empezó a irrumpir en el proceso, al grito de "Ildefonso, Ildefonso".

           Todos conocían al monje Ildefonso, y no sólo por su gran estatura, su grave andar o su perfil de asceta. Sino porque habían acudido, alguna que otra vez, a las solemnidades que Ildefonso había oficiado en su monasterio, así como le habían visto desfilar en alguno de los últimos 3 concilios toledanos, en que Ildefonso había participado.

           Frisaba el visigodo Ildefonso los 55 años, y era tal el torrente de su elocuencia que, cuando predicaba, a todos parecía que era el Señor quien hablaba, sirviéndose de su lengua. Prudente y afable siempre, sabía vindicar con energía los derechos de la justicia, así como la firmeza de la vocación monástica.

           Ildefonso fue educado de niño en la escuela isidoriana, y muy pronto manifestó a sus padres el decidido propósito de abrazar la vida religiosa. Proyecto al que sus padres se opusieron, con tenaz resistencia.

           Escenas ricas de color urdidas por la leyenda áurea, amiga de las figuras cumbres, matizan de episodios este percance, y muchos otros de la biografía ildefonsiana. La historia nos dice tan sólo que, rompiendo al fin con los apegos familiares y las halagüeñas promesas de un porvenir brillante, huyó de la casa solariega; que el padre, airado, le buscó por todas partes y que sus pesquisas resultaron providencialmente infructuosas.

           Cuando se vio libre de la persecución paterna corrió a los pies del abad agaliense y le pidió de hinojos el hábito monástico con palabras candorosas que el beneficiado de Ubeda reconstruye en un castellano balbuciente de romance:

"Señor por Dios e por la vuestra bondat
façetme porçionero en la vuestra santidat...
La vida deste mundo toda es como un rato...;
si yo non guardare mí alma faré mal recabdo...
e para lo complir vengo vos lo a rogar.
Por Dios, que me querades en ello ayudar".

           Convocados a toque de esquilón los monjes, apoyaron unánimes la súplica del postulante y:

"entonçe muy gososo el abat se levanta
e todos los mayores de la compañía santa
vestiéronle el hábito;
todo el convento esperando el fruto desta bendicha planta
levánronle cantando fasta el mayor altar".

           Agridulce fue la despedida del monasterio y de los monjes. Retazos de una larga experiencia monacal quedaban prendidos en todos los lugares. Abad por luengos años, había pulsado día tras día el ritmo de aquella colmena donde se libaban ansias evangélicas de perfección. Solamente en el cenobio deibiense las monjas por él dotadas se alegraron con goces puros sin mezcla de tristezas. Y en el marco refulgente de la catedral de Toledo se celebró la consagración del nuevo metropolitano, el domingo 26 de noviembre.

           Ildefonso supo encontrar en las criaturas el apoyo para lanzarse a las alturas místicas. Es en un libro suyo, Caminando por el Desierto, escrito para descubrir a los bautizados la senda que conduce a la soledad interior, donde se pone en contacto con los árboles, las plantas, los montes y las aves, encontrando en este escenario de égloga el simbolismo sobrenatural allí encerrado.

           Viene a ser su exposición, sin pretenderlo, comentario original a los capítulos del Cantar de los Cantares, cuando el Esposo adentra a la esposa en el interior de la selva tras el recorrido bucólico de los seres de la creación. Y el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, puesto en versos sublimes casi 1000 años después, tiene el mismo ambiente toledano que inspiró la prosa de Ildefonso:

"Oh yermo bienaventurado a donde no se llega con movimiento de pies sino con los deseos del corazón. No se busca allá la ambición terrena sino la reflexión interior; el alma que allá se encamina no se cansa, porque el viaje no se cubrió con ajetreo agotador de piernas. No se inquiere allí cuándo se logrará el descanso, sino cuándo se llegará a la perfección que lo merezca. Y como el premio es allí lo que en algo se estima, ningún trabajo, por arduo que parezca, se regatea para conseguirlo".

           Otros escritos precedieron y siguieron a éste. Bastantes se han perdido, o han llegado hasta nosotros desconocidas. Pero todavía poseemos como documento precioso de valor incalculable para el conocimiento del episcopologio toledano su continuación a los Varones Ilustres de San Isidoro, el tratado Sobre el Bautismo y, amén de algunas cartas, composiciones litúrgicas y varias obras apócrifas que se prestigian con su nombre, como el renombrado opúsculo sobre la Perpetua Virginidad de María. Pero éste recaba para sí un punto y aparte.

           Las letras españolas, desde Gonzalo de Berceo (s. XIII) hasta el maestro Valdivielso (s. XVII), pasando por el beneficiado de Ubeda y el insigne Lope de Vega, han glosado con galana antología la devoción de San Ildefonso a la Virgen Santísima.

           Tales elogios no son épicas ficciones, sino realidad viva. La aureola mariana circundó en vida la testa noble del arzobispo y la voz que resonó en la Edad Media proclamándole "capellán y fiel notario" de María se prolongó hasta nosotros transformada en piedra y mármoles, forja y pincel.

           Debió cundir muy pronto entre los toledanos la noticia de que la fiesta que en honor de la Virgen promulgara el Concilio X de Toledo para el 18 de diciembre, había sido establecida a ruegos y propuesta del entonces todavía abad agaliense. Con facundia arrolladora hizo observar a los padres conciliares que el 25 de marzo, consagrado a celebrar el misterio de la Encarnación, no podía realzarse con las solemnidades debidas por ocurrir siempre este día dentro del tiempo cuaresmal, cargado de ayes y lutos litúrgicos, o en el ciclo absorbente de la Pascua florida.

           Convenía, por ende, que, sin que desapareciera tal fecha del calendario eclesiástico, se eligiera otra sin agobios ni precedencias rituales en que dignamente pudiera destacarse misterio tan "celebérrimo y preclaro". Insinuó que tal fecha pudiera ser el día 8º antes de la fiesta de Navidad, a la que igualaría en rango cultual. Y el concilio aprobó la propuesta, y encargó al mismo ponente la redacción del oficio de la festividad de Santa María, Madre de Dios, festividad que se celebraría todos los años con gran solemnidad litúrgica el día 18 de diciembre.

           Para estas fechas ya tenía Ildefonso compuesto su opúsculo sobre la Perpetua Virginidad de María, tratado indisolublemente unido al nombre de su autor que, perito en todos los estilos literarios, rompió aquí con cánones y moldes para desahogar su corazón en torrencial explosión de afectos. En él, después de rebatir a los herejes que habían negado el singular privilegio de la Madre de Dios, rinde la victoria arrodillado ante la Reina del cielo:

"Concédeme, Señora, estar siempre unido a Dios y a ti; servirte a ti y a tu Hijo, ser el esclavo de tu Señor y tuyo. Suyo, porque es mi creador; tuyo, porque eres la madre de mi Creador; suyo, porque es el Señor omnipotente; tuyo, porque eres la sierva del Señor de todo; suyo, por ser Dios; tuyo, por ser tú la madre de Dios. El instrumento de que se sirvió para operar mi redención lo tomó de la sustancia de tu ser; el que fue mi Redentor, Hijo tuyo era, porque de tu carne se hizo carne el precio de mi rescate; para sanarme de mis llagas con las suyas, tomó de ti un cuerpo vulnerable. Soy, por tanto, tu esclavo, pues tu Hijo es mi Señor y eres tú mi Señora, y yo soy siervo tuyo, pues eres la madre de mi Creador".

           La Virgen, Madre y Señora, premió los afanes de su hijo y siervo. Muy pronto el libro De perpetua Virginitate formó parte de la literatura litúrgica partido en 7 lecciones. Hacia el final de su vida hizo el autor una nueva distribución de su escrito en seis fragmentos, coronando la obra con un sermón precioso. Se acercaba la fiesta de la Señora.

           La noche clara del 17 de diciembre parecía más que nunca un manto para la Virgen, fúlgidarnente matizado de estrellas. En aquella noche, el monarca y el pueblo fiel asistirían juntamente con el clero a los solemnes maitines de la festividad. Antes de la llegada del rey Recesvinto I de Toledo se abrió el atrio episcopal y, a la luz tenue de las antorchas, salió el cortejo que, presidido por el metropolitano Ildefonso, se dirigía al templo catedralicio. Chirriaron las llaves al hacerlas girar los ostiarios en las pesadas cerraduras y los clérigos penetran en la basílica.

           De pronto, advierten que les envuelve cierto resplandor celeste; sienten todos un pavor inaudito; las antorchas caídas de las manos trémulas dan contra el suelo dejando una estela de humo denso.

           Mientras los acompañantes del prelado huían despavoridos, Ildefonso, dueño de sí, empujado por un estimulo interior, sigue animoso hasta el altar; postrado ante él estaba cuando, al elevar los ojos, descubre a la Madre de Dios sentada en su misma cátedra episcopal. Alados coros de ángeles y grupos de vírgenes, distribuidos por el ábside, forman modulando salmos la más espléndida corona de la Reina del cielo.

           Era este el instante en que los clérigos huidizos, envalentonados con la compañía de otros muchos, tornan al templo en busca del prelado. Tampoco pueden sus ojos resistir la presencia de aquel espectáculo y vuelven a huir. Maternalmente la Virgen María invita a Ildefonso a acercarse a ella y con palabras, recordadas después con gozo inefable, alaba al siervo bueno y le hace entrega, en prenda de la bendición divina, de una vestidura litúrgica traída de los tesoros del cielo.

           Envuelta en el mismo fulgor celeste, escoltada de ángeles y vírgenes, torna a la gloria la Reina del cielo. En el templo a oscuras quedó un lugar sacrosanto, una vestidura celestial y el corazón agradecido del hijo bueno premiado por su Madre. Todavía hoy, junto a la Piedra de la Descensión de la catedral toledana, que se besa con toda reverencia, hay una inscripción que recuerda la singular visita de María Santísima:

"Cuando la Reina del cielo
puso sus pies en el suelo,
en esta piedra los puso.
De besarla tened uso
para más vuestro consuelo".

           No fue éste el único hecho milagroso que los testigos coetáneos transmitieron a las generaciones siguientes. En la vida de Santa Leocadia (9 de diciembre) refiérese también otro que tuvo por escenario la basílica martirial de la santa virgen toledana.

           Ojos que habían visto las lumbres del cielo no pudieron resistir mucho tiempo eclipses terrenales. El 22 enero 667 celebró el monarca los 18 años cumplidos de su elevación al trono. Al día siguiente, expiró Ildefonso después de haber pontificado en la sede regia 9 años y 2 meses.

           Siguiendo una tradición prelacial toledana, el cadáver del metropolitano Ildefonso recibió sepultura en la Basílica Santa Leocadia de Toledo. Sobre él, como epitafio, se podía haber puesto aquel elogio, escrito por su 1º biógrafo, donde se le recuerda como Sol de España: "antorcha encendida, áncora de la fe". Allí descansó hasta mediados del s. VIII, en que para poner a salvo sus restos venerables de la persecución de Abderramán I de Córdoba, los mozárabes los trasladaron a Zamora, donde hoy se conservan.