23 de Marzo

Santo Toribio de Mogrovejo

Lamberto Echeverría
Mercabá, 23 marzo 2026

Semblanza

         Fue una de las más egregias figuras de la historia de América, como han relatado los mismos cronistas. Como escribió de él el historiador Leturia:

"Nada de cuanto hasta ahora he manejado en el Archivo de Indias me ha impresionado más vivamente que este ilustre metropolitano, gloria del clero español del s. XVI, quien por su apostolado directo e infatigable en las doctrinas de indios, por su legislación canónica en los Concilios de Lima, por sus contiendas de subidísimo valor misional con las grandes órdenes evangelizadoras; por la firmeza con que se opuso a las rigideces centralistas de su admirador y protector monarca Felipe II. Y sobre todo por su afán indomable y eficaz en mantener, por encima de los virreyes y del Consejo de Indias, el contacto inmediato y constante con las gentes de América".

         Efectivamente, a Santo Toribio de Mogrovejo se debe, en gran parte, la profunda cristianización de la América española, el éxito del apostolado en América, el florecimiento de las maravillosas Doctrinas de Indios, la exuberancia del clero nativo y de catequistas locales, la supervivencia del espíritu cristiano en América y la vida cristiana en las más extensas y dilatadas regiones del continente americano.

         Nació en 1538 en Mayorga (León), en el seno de una casa hidalga de aquellos tiempos. Hasta los 12 ó 13 años estudia en el mismo Mayorga, y después marcha a Valladolid para estudiar Humanidades y Derecho, hasta que termina dichos estudios en 1560.

         En 1562 le encontramos ya en Salamanca, donde habría de permanecer hasta 1573. Hay, sin embargo, un paréntesis significativo: su tío Juan le llama junto a sí a Coimbra, donde él se encontraba de profesor, para que le ayude a imprimir en 1566 sus apuntes de clase, que hoy todavía conservamos (en 451 folios de preciosa y limpísima escritura).

         En 1568 acudió a Santiago de Compostela en peregrinación a pie, y aprovechó esta peregrinación para graduarse en aquella universidad (a costa de auto-financiarse los estudios mediante la venta de su espléndida biblioteca, que su tío Juan le había regalado). Se le ofreció ocasión también de opositar a una beca en el Colegio Mayor de Oviedo. Hizo las oposiciones, triunfó con limpieza y brillantez, y continuó sus estudios con vistas al doctorado en derecho. Otros eran los planes de la divina Providencia, y Toribio no llegaría nunca a graduarse de doctor.

         Eso sí, nos consta de toda su vida de estudiante la admirable santidad que ya entonces presentó. Cuando, después de su muerte, el Colegio Mayor de Oviedo se dirigía al papa pidiendo la beatificación, diría: "Todavía rezuman las paredes, después de tantos años, el suavísimo olor de santidad de que esta casa quedó como consagrada con la vida en ella de este alumno divino". Y los testimonios de sus antiguos compañeros de colegio le acompañarían también en el mismo proceso de beatificación, proclamando el concepto de rectitud y de absoluta limpieza de vida en que entonces se le tuvo.

         Parece cierto que pensó retirarse a la Orden Cisterciense. Y no es improbable que la misma Virgen y San Bernardo intervinieran para enderezar sus pasos por otro camino. Al menos en el Museo Provincial de Salamanca se conserva algún testimonio arqueológico que parece indicarlo.

         Trabajando en el Colegio Mayor desde el 3 febrero 1571, llegó en plena noche de diciembre de 1573 una carta insospechada para él: su nombramiento como inquisidor de Granada. Inmediatamente comienzan los trámites para incorporarse a tan importante destino, y en agosto de 1574 le encontramos ya tomando posesión e incorporado a sus difíciles tareas.

         Conservamos las actas de las reuniones de los inquisidores y los resultados de una visita que, como correspondía a su cargo, hizo por diversos pueblos de la región granadina. Por lo que puede apreciarse, su prestigio en Granada debía ser extraordinario, cuando tan joven se le dio un puesto de esta importancia, y el mismo Consejo Supremo le trató siempre con una consideración que incluso no se encuentra en sus relaciones con inquisidores mucho más antiguos y avezados.

         Por lo que podemos conjeturar, sus planes eran enteramente modestos. Simple tonsurado, Toribio no parece que tuviera en mente pasar al estado eclesiástico. Pero otros eran los planes de Dios, pues su antiguo superior en el Colegio Mayor de Oviedo (Diego de Zúñiga) se presentó a Felipe II de España para presentar su candidatura a la más importante misión de todas las sedes de Indias: el arzobispado de Lima.

         En efecto, Felipe II solicitó al papa que para dicho cargo fuese nombrado aquel joven inquisidor de Granada, de 39 años de edad y que aún no había recibido ni una sola de las órdenes menores. En junio de 1578 fue la elección, y tras no pocas vacilaciones, en agosto acepta Toribio la misión, y es ordenado en las diversas órdenes menores y el sacerdocio. Se hace la presentación oficial, el proceso de idoneidad y, por fin, el nombramiento consistorial (el 16 marzo 1579).

         En agosto de 1580 recibe Toribio la consagración episcopal en Sevilla, y se dispone a dar el salto a las Indias. Aún no había cumplido sus 42 años.

         La desmembración actual de América en pequeñas repúblicas nos aleja del concepto unitario de aquella 1ª América que España forjó, tanto en sus virreinatos del Perú (para Sudamérica) como de Méjico (para Norteamérica), ha escrito Rodríguez Valencia.

         En aquel tiempo, Lima era la más importante de las metrópolis de América, como cabeza de jurisdicción de lo civil y de lo eclesiástico, y comprendiendo todos los obispados del continente desde Tierra de Fuego hasta Nicaragua. Y en ella, "los obispos comprovinciales (decía el Cabildo de Lima a Felipe II) tienen por ley lo que se hace en el arzobispado de Lima".

         La influencia religiosa y misional de Lima rebasaba incluso los mismos límites del virreinato, extendiéndose al Brasil, a Filipinas y a todo el Pacífico. Por otra parte, Lima era una ciudad hermosa, de corte cortesano a la europea, con su Universidad de San Marcos, con su cabildo catedral, con sus hospitales y su puerto del Callao. "Parece otro Madrid", escribía su virrey Hurtado de Mendoza.

         A Lima, pues, llegó Toribio el 11 mayo 1581, como nuevo arzobispo de Sudamérica. Y la ciudad le recibía con extraordinaria pompa y esplendor. Era una ceremonia prácticamente nueva para los limeños, pues la anterior entrada episcopal había tenido lugar hacía cuarenta años, en los comienzos del desarrollo urbano de la población.

         Nada más llegar rendido de aquel larguísimo viaje desde España (por mar y por tierra), y de las interminables ceremonias de la entrada, y cuando terminaba Mogrovejo de cenar, dio a su paje su 1ª orden:

—Llámame muy de mañana, antes que despunte el día.

—¿Y ha de ser esto así, siendo tanta la fatiga?, replicó su hermana Grimanesa.

—Sí, hermana, contestó Toribio. Hemos de empezar a trabajar muy de mañana, que no es nuestro el tiempo.

         El duelo que iba a establecerse no era el duelo individual de un santo frente a un mundo. Contaba ya con unos principios de evangelización y una organización eclesiástica; contaba con el apoyo eficiente del Patronato español, con amplia generosidad de medios; contaba con su propia preparación jurídica, muy completa, y contaba con un grupo excepcional de colaboradores.

         Allí está, junto a él, su cuñado Quiñones (que con tal lealtad le ha de servir a lo largo de los años, dando muestras de heroica fidelidad), Sancho Dávila (su fidelísimo compañero desde los tiempos de Granada, que tantas noticias de su vida nos había de proporcionar), su colaborador Valcázar (espléndido en materias jurídicas) y el padre Acosta (junto a todos los jesuitas que tanto le ayudaron).

         Y sobre todo, estará también su hermana Grimanesa (que no parará de recriminarle sus excesos en las limosnas), de la que dirá el propio Toribio, a un pobre a quien daba su propia camisa: "Andad presto y mirad que no venga mi hermana". Así, rodeado de un equipo excepcional, acomete Toribio su tarea.

         Tarea ciclópea. En 1º lugar como legislador, pues sus 3 concilios nacionales y sus 10 sínodos diocesanos suponen el planteamiento legislativo de toda la organización eclesiástica de la América del Sur. De hecho, hasta el Concilio plenario de América latina (que tuvo lugar en Roma a principios del s. XX), América estuvo regirá por las leyes que había dado Mogrovejo. No importa que el Patronato local ponga estorbos a la celebración de dichos concilios, pues él cumplirá la ley, y el Consejo de Indias nunca puso impedimentos a su celebración y promulgación.

         Pero su éxito más fabuloso será el del primero de los concilios que reúne. Es algo increíble: unos obispos que se pelean durante meses, que se envuelven en una maraña de pleitos... saben, sin embargo sobreponerse, que así eran los hombres de aquella época, a todas esas miserias humanas y de proceder de común acuerdo a la hora de dictar las leyes eclesiásticas.

         El arzobispo pasa por las mayores humillaciones, y casi se lee hoy con lágrimas en los ojos la historia de aquellos días. Pero no le importa. Lo sufre todo a trueque de sacar adelante aquellas leyes que introducían, con fuerza y decisión, la reforma tridentina en las tierras de América.

         El concilio se tuvo, y con el apoyo del rey, y con la aprobación de Roma, se aplicó inflexiblemente. A los pocos años un clero reformado emprendía una tarea pastoral maravillosa. El arzobispo, incansablemente, superaría nuevas cimas, y al final de su vida la fisonomía de la diócesis limeña y de la provincia eclesiástica habría cambiado por completo. Sólo Dios sabe a trueque de cuántas lágrimas, dificultades y disgustos.

         Pero no bastaba dictar leyes, pues su antecesor Loaysa había legislado también admirablemente, y sus leyes habían quedado incumplidas. Mogrovejo quiso hacer por ello algo más, y ponerse en contacto inmediato con las duras realidades. Y empezó su 2ª gran tarea, sus gigantescas visitas pastorales.

         En una geografía atormentada, que iba desde las más deliciosas planicies hasta las cumbres de los Andes, sin caminos unas veces, las más, a pie, y otras en mula, soportando una diferencia de clima que ponía a prueba la salud de los más robustos, Mogrovejo recorrió más de 40.000 km. Nótese bien, ¡40.000 km de aguas y nieves, de súbitas crecidas, de los ríos, de caminos jamás transitados! Y eso para llegar hasta tribus que jamás habían visto a un español, y mucho menos a un obispo.

         Al final de su vida, y según un cálculo exacto, Mogrovejo pudo haber administrado el Sacramento de la Confirmación a 800.000 almas. La mayor parte de su pontificado, por tanto, transcurre en las doctrinas, en contacto con los indios y con sus párrocos. En este sentido, su testimonio acerca de las cosas de aquellas tierras es excepcional, y el material de sus libros de visita, inconcebiblemente menospreciado por muchos historiadores, nos dice algo más e infinitamente más cierto y más seguro que las fantasías de otros muchos que escribieron sobre las Indias.

         Es también emocionante el anecdotario de la visita. Pero también inagotable. Jamás dejó de visitar a un solo indio, por pobre y alejado que estuviera. Baste un ejemplo por el que nos podemos hacer idea de lo que era aquello. Se les había hecho de noche en la margen del río, y decidió acampar y esperar la normalidad de las aguas al día siguiente, pues el río había subido de repente.

         Quedaron con Mogrovejo sus 2 capellanes y el negro Domingo que le servía. No había para cenar sino un pan que llevaba el negro. El prelado lo partió en 4 partes, para los cuatro comensales, y, con un poco de agua del río hicieron su cena. Rezó sus horas canónicas y se acostó al sereno. No habían descansado hora y media cuando sobrevino un aguacero muy terrible que duró hasta el amanecer y no les dejó conciliar el sueño.

         Al llegar el día, el río continuaba crecido. Rodeado por la cuesta sin caminos ni posibilidad de cabalgadura. Llegaron al pueblo por el puente del río a las 8.00 de la mañana. Sin desayunar se dirigió Toribio a la iglesia, hizo oración y predicó a los indios. Oyó misa y volvió a predicar durante ella. Se puso a confirmar y terminó a más de las 14.00 horas. A eso de las 15.00 se sentaba a comer, "bien cansado y trabajado". Preguntó al doctrinero si faltaba alguno por confirmar. El padre, que conocía de lo que era capaz, respondió con evasivas.

         El arzobispo insistió, y el religioso no tuvo más remedio que declararle que a un cuarto de legua había un indio enfermo. El arzobispo se levantó de la mesa y fue allá. Llevaron el pontifical. El indio estaba en un altillo "que si no era con una escalera no pudieran subir".

         Mogrovejo consoló al indio, le instruyó y le confirmó con la misma solemnidad pontifical que si se tratara de un millón de personas. Volvió a comer. Y encargó mucho al cura dominico que cuidase de él, le consolase y mimase, y le dejó una limosna. Se sentó a comer a las 18.00 h, al tiempo que decía: "Bendito sea Dios que se ha confirmado este indio, y no irá ya por mi cuenta a morirse sin este sacramento".

         Ocasión hubo en que Dios selló con milagros un celo tan extraordinario. Así, por ejemplo, cuando Mogrovejo hizo lo que entonces llamaban "una entrada hasta rincones a los que no había llegado jamás ningún español", se adentraba en tierra de infieles y le salían al encuentro cantidad de caribes con sus armas. Y su Señoría "les hablaba de tal manera, que se arrojaban a sus pies y le besaban la ropa".

         Los acompañantes de Mogrovejo testificaron otro milagro: el intérprete que llevaba no les entendía, pero el arzobispo miró al cielo diciendo: "Dejad, que yo los entiendo", y volvió a hablarles en la lengua española (que en su vida habían oído) y latina (del santo evangelio) y fue entendido de todos. Ellos, a su vez, le respondieron en su lengua, entendiéndoles el arzobispo, con que se verificó este milagro, aunque él lo quiso ocultar.

         Su gran amor fueron los indios y los negros. Por ellos padeció persecución, y bien recia, en tiempos de García de Mendoza. En favor de ellos luchó con tenacidad para que se les admitiera a la eucaristía. No es posible recoger los mil rasgos que de él se conservan en este aspecto. Les predicaba, se detenía con ellos en la calle, les invitaba a su mesa, les trataba con un cariño paternal, les recibía a cualquier hora. Es una epopeya emocionante de amor, entrega y afecto. Refugiémonos una vez más en la anécdota:

"Ocurrió que entre la servidumbre de su casa arzobispal enfermó de gravedad un negro bozal de su caballeriza. A las dos de la madrugada entró un sacerdote a confesarle, y se retiraba ya a descansar. El arzobispo, que apenas dormía, le vio desde su ventana y le preguntó el objeto de su visita a estas horas. El sacerdote le explicó el caso y cómo lo había confesado ya. El arzobispo dijo era conveniente administrarle el viático.

El sacerdote respondió que el negro era demasiado bozal e incapaz de recibirlo. Pero insistió el arzobispo que le instruyese y le hiciera capaz, y sin esperar más bajó de su habitación y se fue con el cura a la del enfermo; se sentó en la cama y, con palabras de consuelo y de ternura, comenzó a instruirle. Consiguió que el negro distinguiese suficientemente el pan eucarístico; levantó a los de su casa, limpiaron la habitación, entró en la catedral, sonaron las campanas, y bajo palio, con algunas personas que acudieron al toque de campanas, el sacerdote portó el viático seguido del arzobispo. Recibió el negro la comunión, y volvió el arzobispo a la catedral acompañando al Señor.

Reservado el sacramento, el prelado fue de nuevo a la habitación del negro para consolarle, supo que no estaba confirmado, pidió el pontifical y le administró la confirmación. Le exhortó a que pidiese la extremaunción. Lo hizo el negro. Se la administró el arzobispo y en estos ministerios llegó el alba. Inmediatamente el arzobispo emprendió su jornada ordinaria".

         Esto no es más que una anécdota, pues como éstas conservamos a millares, a cuál más edificante. Como edificantes sus relaciones con el clero secular, sus luchas por sacar adelante el seminario, su amor y veneración hacia las órdenes religiosas, su firmeza y su sentido profundo de respeto hacia la autoridad civil. No hay lugar a recogerlo todo.

         Durante 5 años interminables recibió Mogrovejo un trato durísimo por parte del rey Felipe II de España, que inexplicablemente se fiaba de las relaciones que enviaba Hurtado de Mendoza (quien en alguna ocasión no retrocedió ante la misma calumnia). Mucho tuvo que sufrir el arzobispo de Lima, hasta lo increíble.

         Nos consta, sin embargo, que jamás salió de sus labios una queja, sino que buscaba explicaciones para todo. "No será como dice", decía siempre que en su presencia murmuraba alguno. Y cuando en un Memorial se le denunciaba por haber atacado el Patronato, y la reprensión del rey llegó a extremos realmente increíbles, la contestación de Mogrovejo tiene una dignidad y un estilo que transparentan por completo su santidad:

"No sé con qué conciencia pudo persona alguna hacer relación a vuestra majestad, tan siniestra y contraria a la verdad. Tendrá su conciencia gravada y honerada para poder satisfacer a la buena fama y opinión y honra de la persona del prelado y dignidad pontifical que se tenía en estas partes. Su divina majestad tenga misericordia de él, y le perdone y atraiga a conocimiento de su yerro, maldad y pecado, y a que satisfaga enteramente como está obligado. Dios Nuestro Señor que tenga en su mano, y me dé fuerzas para trabajar en esta viña y poder descargar la conciencia de todos, no queriendo otro premio sino a él".

         Aun hablando humanamente, y prescindiendo del aspecto sobrenatural, Mogrovejo fue un hombre realmente excepcional. Su salud, que sólo por milagro pudo resistir la increíble austeridad de vida y aquellos trabajos interminables; su inteligencia prócer, que se proyecta en la claridad extraordinaria de todos sus escritos; su estilo literario, de impresionante majestad; su propio dominio, aun en las circunstancias más difíciles, le elevan a una altura inconmensurable.

         Murió Toribio de Mogrovejo como correspondía a un luchador de su talla: en pleno combate. Se sintió enfermo, y continuó, sin embargo, la visita. Le pedían y le suplicaban sus acompañantes que se cuidara un poco. Fue todo en vano. Continuó trabajando hasta el último momento.

         Había llegado a Saña medio muerto, con ánimo de consagrar allí los óleos. Le derribó la fiebre; y con todo, por rigor de ayuno del tiempo (era Semana Santa), "no comió carne hasta 3 ó 4 días antes de morir, por mandato del médico, lo cual fue mucha parte para apresurar su muerte, por no haberse dejado regalar estando enfermo". Y allí, lejos de su iglesia catedral, rodeado de sus indios amadísimos y de los sacerdotes que habían concurrido para la consagración de los óleos, murió Toribio de Mogrovejo. Era el día de Jueves Santo de 1606.

         Su cabildo catedral de Lima tomó sobre sí, con fidelidad admirable, el trabajar por conseguir la beatificación. En 1679 se lograba, y en 1726 era canonizado. Cuando, a principios del s. XX, se reunía el Concilio Plenario de América Latina, los obispos reunidos en Roma pidieron insistentemente que él fuera su modelo. Como decían en las aclamaciones que se cantaron en la solemne sesión de despedida:

"Prelado santísimo, intercede por nosotros para que nuestros trabajos sinodales produzcan fruto sempiterno". Al fin y al cabo, los mismos prelados acababan ya de llamarle "ejemplar de todos los obispos de América latina, y ornamento espléndido de aquella santa Iglesia".

 Act: 23/03/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A