24 de Enero

San Francisco de Sales

Lamberto Echeverría
Mercabá, 24 enero 2023

           El visitante que llega hoy a Annecy queda sobrecogido ante la increíble belleza de la ciudad y del paisaje. Pero si en lugar de quedarse entre calles sube a la colina en la que está edificado el Monasterio de la Visitación, su admiración se acrecentará. Todo es bello: los Alpes (nevados), el lago (sereno, terso y bruñido), la ciudad (tendida a los pies del viajero), la iglesia y el monasterio. Pero el Annecy que hoy vemos no es el mismo del s. XVII.

           En aquel tiempo, Annecy era una villa en la que habían tenido que refugiarse numerosos obispos (desde hacía 70 años), como consecuencia de la rebeldía protestante de su principal ciudad episcopal: Ginebra. Una rebeldía que había arrastrado en pos de sí 130 parroquias, que había producido un sin fin de guerras fratricidas y que había empobrecido las diócesis sufragáneas. Refugiados en Annecy los obispos católicos, habían comenzado allí una labor de lenta reconquista de la fe, en la que el mismo San Francisco de Sales habría de ser su maravilloso artífice.

           Es cierto que Annecy era pobre, y se encontraba en desgracia. De hecho, el mismo Enrique IV de Francia le había ofrecido un espléndido obispado, a lo que su prelado contestó: "Majestad, estoy casado; me he desposado con una pobre mujer y no puedo dejarla por otra más rica". Dicho prelado no era otro que San Francisco de Sales.

           Nació en 1566 en Sales (Thorens Glieres) en el seno de una noble familia, en que su padre (marqués de Sales) había heredado, por su mujer, el rico señorío de Boisy. En el castillo de Thorens, en que sus padres residían, vio la 1ª luz y en la iglesia del mismo lugar recibió el bautismo. Su educación infantil fue exquisita: primero en el Colegio de la Roche, y después en el de Annecy. A los 10 años hace su 1ª comunión y recibe la confirmación, y desde aquel momento sólo desea consagrarse a Dios.

           Pero el itinerario iba a ser largo. Prácticamente iba a pasar por gran parte de Europa. Primero, a los 13 años, a París (de 1581 a 1588), para estudiar bajo la dirección de los jesuitas del Colegio de Clermont. Después, tras una visita rápida a su familia, a la Universidad de Padua, en la que obtiene los grados Derecho Civil y Derecho Canónico. Después un rápido viaje por Roma y las principales ciudades de Italia.

           Al regresar, en el verano de 1592, Francisco de Sales contaba con una formación humanística, filosófica, teológica y jurídica realmente excepcional. No es extraño que su padre concibiera grandes planes sobre él. Sin embargo. en su espíritu continuaba ardiente el deseo de consagrarse a Dios. El conflicto tenía que producirse.

           De acuerdo con su primo Luis se ideó la manera de salvarlo. Obtenido en secreto el nombramiento de preboste del cabildo catedral, la primera de todas las dignidades, el padre cedió por fin. El 18 septiembre 1593 recibía el diaconado, y el 18 diciembre 1593 el sacerdocio. Ya tenemos a Francisco de Sales presidiendo el cabildo, y constituido en sacerdote.

           Lo que sigue resultó increíble para sus contemporáneos. El nuevo canónigo se lanza a ejercitar intensamente los ministerio sacerdotales. Predica con una oratoria sencilla, transparente y llena de unción. Se pasa largas horas en el confesionario. Atiende a los pobres y es el paño de lágrimas de todos los desgraciados de Annecy. Y cuando ya empezaba a extrañar esta conducta se produce un auténtico golpe teatral.

           La provincia de Chablais, que formaba parte de la diócesis, había sido arrasada por el protestantismo. La coyuntura política se presentaba relativamente favorable para poder restablecer allí el catolicismo. Pero hacía falta un misionero de talla que acometiera la empresa. Francisco de Sales se ofrece. El obispo acepta, y en vano el anciano padre protesta.

           Juntos los 2 primos, Francisco y Luis salen, un inolvidable 14 septiembre 1594, camino del Chablais, a pie y sin criados, y casi sin dinero. El 16 de septiembre entraban en Thonon, sede principal de la herejía, e iniciaban su trabajo. Fueron meses muy duros. Sólo en abril de 1595 se produjeron algunas conversiones. Pero el movimiento general no había de producirse hasta mucho más tarde (en 1598), durante la visita del obispo a la región, que ya pudo considerarse recuperada para el catolicismo.

           Fue precisamente en esta época de su vida cuando se produjo el episodio que habría de hacer de Francisco de Sales el patrono de los periodistas católicos. Los protestantes, movidos unos por el miedo y otros por el respeto humano, no acudían a escuchar la predicación de los misioneros. De esta forma los esfuerzos de éstos se estrellaban ante la imposibilidad de hacerse oír. San Francisco se decidió a cambiar de táctica. Ya que no le oían de viva voz, le leerían.

           Dicho y hecho: durante el día redactaba unas hojas que por la noche se distribuían a las puertas de las casas. Así tenemos sus célebres Controversias, libro maravilloso, escrito en un estilo punzante y vivo, verdadero modelo de periodismo católico, los descubrimientos de los manuscritos han mostrado hasta qué punto fueron estos escritos, mucho más aún que la versión que anteriormente se conocía, auténticos modelos de estilo atractivo, lleno de movimiento y de color. Y el éxito que se obtuvo en la empresa demostró también el acierto con que había sido concebida: quienes no le oían, lo leyeron y terminaron conviniéndose.

           De entonces es también el episodio emocionante de sus visitas a Teodoro de Baza. Jugándose la vida, entra Francisco en Ginebra y conversa durante varias horas con el heresiarca, ya viejo y enfermo. Parece cierto que Teodoro llegó a reconocer la verdad del catolicismo. Estaba, sin embargo, demasiado comprometido para poder romper los lazos que le retenían en el protestantismo. Francisco tuvo la pena de no poder lograr que se hiciera pública su conversión, que tanta resonancia hubiera tenido.

           Cuando el obispo Granier de Ginebra celebró la fiesta de las 40 horas en Thonon, y se pasó los días recibiendo abjuraciones, bendiciendo iglesias restauradas y confirmando a sus feligreses recobrados, no pudo menos de pensar que nadie mejor que Francisco de Sales para ser su coadjutor. Así se lo dijo al interesado. Este, sin embargo, estaba lejos de poder pensar en tal cosa. Agotado por el trabajo de aquellos años, hubo de retirarse 5 meses a su casa natal para restablecer su salud quebrantada.

           Hubo un momento en que todo el mundo creyó que iba a morir. Restablecido contra toda esperanza, partió para Roma. Era noviembre de 1598. El papa confirmó la elección, en una escena emocionante, en la que hizo el elogio público de su gran sabiduría. De regreso a Annecy, el obispo electo continuó predicando, mientras llegaban las bulas y se podía celebrar su consagración.

           Pero las cosas habían de complicarse aún más. La diócesis tenía territorios de Saboya, territorios en Suiza y territorios en Francia. Y era necesario negociar difíciles asuntos en la corte de París. Y a París, ciudad que tan bien conocía por haber hecho allí sus estudios, volvió Francisco de Sales, desarrollando en los meses que hubo de permanecer un admirable apostolado.

           Arreglados los asuntos de regreso a Annecy, se entera en Lyon de la muerte de monseñor Granier. Rápidamente se prepara para su consagración. Y el 8 diciembre 1603 recibe, en la Iglesia de Thorens (donde había sido bautizado), la consagración episcopal.

           Es admirable la actividad que desplegó como obispo, siguiendo las huellas de San Carlos Borromeo (a quien toda su vida admiró cordialmente, y por quien sintió siempre una devoción apasionada), a pesar de las notables diferencias de carácter y de concebir el gobierno episcopal que le separaba. No obstante, Francisco de Sales se constituye en uno de los más significativos representantes de la reforma pastoral llevada a cabo en la Francia del s. XVII.

           Sales fue ejemplar en el ejercicio de la catequesis, y lo que comenzó dedicando a los niños, se hizo pronto el punto de cita de todo Annecy, los domingos por la tarde. Las explicaciones sencillas y claras del prelado, atraían a los mayores no menos que a los mismos niños. Fue así un maravilloso obispo catequista.

           Fue también Sales un inimitable orador sagrado, al que se disputaban las más importantes catedrales de Saboya y Francia para predicar la cuaresma. Fue también un admirable administrador de su diócesis, en la reunión de sínodos diocesanos, en la práctica heroica de la visita pastoral, en la admirable compenetración con su clero. Así como fue también restaurador de no pocas casas religiosas que habían decaído de su primitivo fervor.

           Y piénsese que su posición era verdaderamente difícil. Gran parte de su diócesis, infestada por la herejía, rodeaba a Ginebra, la ciudad en que más activamente se había desarrollado el pensamiento protestante. Sus circunstancias políticas eran delicadas, por tener el territorio diocesano dividido en 3 soberanías, 2 de las cuales (Francia y Saboya) distaban mucho de estar en relaciones cordiales.

           Con el pesado fardo de unas estructuras religiosas que, pese al terremoto del protestantismo, no acababan de rendirse a los nuevos tiempos. Es agotador ver las luchas que tuvo para lograr la dotación de sus parroquias por parte de los caballeros de San Mauricio; el tiempo que tuvo que consumir en gestiones diplomáticas en las cortes, en especial en París; las dificultades mismas que le proporcionaban gentes de mentalidad cerrada, que incluso llevaron a denunciarle a Roma como amigo de los protestantes.

           Sobrio en la legislación, atiende ante todo y sobre todo a la reforma de las personas, a quienes esa legislación se dirige. Como él mismo decía, "quid leges sine moribus?, ¿para qué valen las leyes sin las costumbres?". Prueba de esta preocupación suya son sus maravillosos escritos. Alcanza Francisco de Sales a vivir en una época verdaderamente de oro para la lengua francesa. Y aprovechando esta circunstancia, mediante la utilización de su espléndida formación humanística, nos ha dejado unos escritos que todavía hoy conservan toda su frescura y toda su maravillosa unción.

           ¿Quién osará decir que su Introducción a la Vida Devota ha perdido en lo más mínimo su actualidad? Se trata de un libro escrito sin querer, simple reedición, retocada y sistematizada, de las cartas a una señorita que en medio del mundo quería santificarse.

           Se trata de uno de los libros que mayor éxito han tenido en la historia de la literatura mundial. Y lo que es más aún, de los que más profundamente han marcado una huella en la espiritualidad cristiana. Todo es encantador en él: el lenguaje, las comparaciones, los ejemplos. Hasta la misma disposición, tan moderna, en capítulos breves. Y la tersura en la disposición de las ideas, falta por completo de todo artificio.

           Tenemos otras obras maestras que brotaron de su pluma. Así, por ejemplo, el soberbio Tratado de Teología, modelo acabado de controversia dogmática, digno de quien hoy ostenta el título de doctor de la Iglesia: el 1º titulo del Codex Fabrianus. También tenemos el espléndido Tratado del Amor de Dios. Y sobre todo, contamos con la maravillosa colección de sus cartas. Escribió sin cansarse, a gentes de toda clase, de cualquier condición y cultura. En ellas brilla de manera maravillosa el celo pastoral, el profundo conocimiento de la psicología humana, la caridad sin limites.

           Pero, como a Santa Teresa de Jesús, a Francisco de Sales le podemos conocer no sólo por sus obras, sino también por sus hijas: las Hermanas de la Visitación. Se trata de una una historia maravillosa, pues cuando leemos la Historia de las Fundaciones o las Vidas de las Primeras Madres... nos sentimos transportados a un ambiente poético, limpísimo, lleno de jugosa dulzura, similar a las Florecillas de Asís.

           Por otro lado, Dios puso en el camino del obispo Sales, de manera impensada, un alma excepcional: Santa Juana de Chantal. Ambos se esforzaron por responder a una necesidad que entonces se sentía vivamente: hacer accesible la vida religiosa a quienes por su salud, su educación o sus compromisos en el mundo no tenían acceso a las formas hasta entonces existentes. Así, sin pretensiones ningunas, con absoluta sencillez, nació el 6 junio 1610 la Orden de la Visitación.

           Hoy no podemos hacernos idea de la revolución que la nueva Orden supuso en la mentalidad de aquel s. XVII. A pesar de que, por condescendencia con el arzobispo de Lyon, gran parte del primitivo proyecto de Francisco no llegara a realizarse, las nuevas religiosas aparecían como algo sorprendente. Su difusión fue rapidísima, y puede decirse que en todas partes eran recibidas con entusiasmo. Por otra parte, al difundirse los escritos de Francisco, y extenderse su devoción, era lógico que por todas partes las reclamaran.

           La raíz de esta universal aceptación estaba en la sobrehumana sabiduría y prudencia de que el obispo Sales había dado muestra al redactar las Constituciones. No cabe un conocimiento más profundo de la psicología humana en general y de la femenina en concreto. Sin austeridades espectaculares, se logra deshacer por completo la propia voluntad y sumergir el alma en un ambiente de caridad, de amor de Dios, de continua oración y mortificación.

           Ambiente que no está reflejado sólo en las constituciones, sino también en un precioso libro: los Recreos, deliciosa narración de las charlas que el obispo mantenía con sus hijas durante el tiempo de esparcimiento. Allí se muestra Sales tal cual era, comentando algunas cosas, aclarando dudas, exhortando a la perfección a sus hijas queridísimas. Pero esto, y la narración de mil anécdotas de aquellos primeros tiempos de la Orden, exigiría un espacio de que no disponemos.

           Se aproximaba el final de su vida, y fue necesario volver a París para algunos asuntos diplomáticos en la corte. Como había ocurrido antes, también ahora el obispo Sales se dedicó de lleno a la predicación. Tuvo, además, el gozo de conocer y tratar íntimamente a San Vicente de Paúl, a quien confió el cuidado espiritual del recién creado Monasterio de la Visitación.

           De regreso de París, pasa Sales por Turín, se desvía hacia Avignon y por fin llega a Lyon, Allí se detuvo unos días. El día de San Esteban, después de haber celebrado la misa, despacha diferentes asuntos y por la tarde preside el recreo de sus hijas, las religiosas de la Visitación. Al terminar, da como conclusión esas sencillas palabras:

—No deseéis nada, no rehuséis nada, a ejemplo del niño Jesús en la cuna.

           Al día siguiente, fiesta de San Juan, vio que se le nublaba la vista, se confesó, celebró la misa, dio la comunión y se despidió de la superiora:

—Adiós, hija mía, os dejo mi espíritu y mí corazón.

           Todavía el día 28 recibió algunas visitas, Pero ya por la tarde le asaltó la muerte. Y con la mayor sencillez, mientras invocaba a los Santos Inocentes (cuya fiesta se estaba celebrando), rindió su alma pura e inocente a Dios, con la misma calma y serena majestad que habían presidido toda su vida. Tenía entonces 56 años de edad y llevaba 20 de episcopado.

           Era el 28 diciembre 1622. El 18 de enero siguiente, Annecy obtenía para sí su sagrado cuerpo, y el 28 de enero llegaba a su amadísima catedral. No iba a ser fácil, sin embargo, verle en los altares. Su fama de santidad fue clamorosa desde el primer momento.

           Santa Juana de Chantal trabajó a fondo por conseguir su beatificación. Sin embargo, por defectos procesales y minúsculas rivalidades (envidia de unos, nacionalismo de otros), todo fue retrasándose. Hasta que la admirable tenacidad de una mujer excepcional, Francisca Magdalena de Chaugy, habría de conseguir que finalmente, el 28 diciembre 1661, el papa Alejandro VII realizara la beatificación.

           Pocos años después, en 1665, fue canonizado, y su fiesta se fijó para el 29 de enero. Y el 16 noviembre 1877 Pío IX confirió a San Francisco de Sales el título de doctor de la Iglesia. San Francisco de Sales es patrono de la prensa católica, doctor de la Iglesia y protector de la obra de San Juan Bosco (de ahí que se llame salesiana).