24 de Febrero

San Modesto de Tréveris

Arzob. de Madrid
Mercabá, 24 febrero 2021

           Pocos datos se conocen del obispo de Tréveris Modesto, salvo los referentes al ejercicio de su ministerio episcopal en su diócesis natalicia, a lo largo del s. V. Según dichos datos, parece ser que fue un pastor que trabajaba y se desvivía por sus fieles, y que poseía las virtudes idóneas (como la prudencia) para el ejercicio de su cargo, en medio de unas incursiones bárbaras (de las tribus francas) que invadían una y otra vez la frontera del Imperio Romano, y rapiñaban la rica ciudad romana de Tréveris (incrustada en el limes de Germania).

           Modesto defendió su diócesis como pudo (ya que la debilitada Roma era incapaz de hacerlo), animando a la población frente a la rapiña y violencia constante provocada por las incursiones de Merboco y Quildeberto (caudillos francos sobre esa zona). Soportó las consecuencias del desorden, trató de vencer el desaliento general, y consoló el dolor de los muertos y la indigencia provocada. E incluso luchó contra el vicio y libertinaje general, introducido en la vida de cada día por los nuevos inquilinos. Para colmo de males, la situación del clero se fue haciendo cada vez más deplorable, carente de organigrama y recursos para una buena formación.

           El obispo Modesto está al borde del desaliento, por lo que ve y oye. Y se refugia en la oración, gimiendo ante la presencia de Dios y suplicando que aplaque su ira. Apoya su ruego con generosa penitencia, llorando y ayunando por los pecados y desgracias de su pueblo. Y empieza a visitar las casas, y a conocer en directo a su gente. En dichas conversaciones hogareñas, instruye y anima a seguir caminando, sin deshacer el camino hecho hasta entonces. Y sobre todo, atiende a los pobres, que se habían quedado sin nada ante los saqueos francos indiscriminados.

           Y lo que parecía imposible se realiza, pues gracias a su paciencia y amabilidad empiezan a surgir ciertos brotes de esperanza: ahora, es el pueblo el que empieza a buscar a su obispo, y el que pide poder gustar más los misterios de la fe. Por lo menos por esta vez, deciden poner remedio a su estado de rudeza, ignorancia y grosería.

           El obispo Modesto murió el 24 febrero 486, mientras la gente decía que era un santo el que se iba. El relato reafirma juntamente la pequeñez del hombre (el de ayer y el de hoy) y su grandeza.