24 de Julio

Santa Cristina de Bolsena

Consuelo Lozano
Mercabá, 24 julio 2021

           Nació el 286 en Tur (Toscana), en la margen derecha del lago Bolsena y en un villorrio frecuentemente sacudido por elementos naturales y diversas culturas en el transcurso del tiempo. Era hija única del prefecto romano para la región (Urbano, enemigo acérrimo de los cristianos), y ya desde niña se aficionó a lo que contaban los cristianos sobre ese Cristo tan perseguido y maltratado.

           Al llegar a la adolescencia se da cuenta de que los cristianos eran juzgados y condenados a muerte por su padre, al tiempo que ellos se mantenían dispuestos a dar la vida por su ideal. A escondidas empieza a frecuentar la instrucción de las señoras cristianas, hasta que se bautiza en secreto y toma el nombre de Cristiana.

           Empieza entonces Cristina a sacar de quicio a su padre, desguazando sus estatuillas de ídolos (de oro y plata) y entregando las piezas de valor a los pobres. Su padre descubre que es cristiana, y lleno de ira la trata con peores modos que a los demás cristianos. Pues como él mismo dijo en su juicio:

"No se ha de decir que una niña me dio la ley, ni que estos hechiceros de cristianos triunfan de nuestros dioses en medio de mi propia familia. Yo veré si sus hechizos pueden más que mis tormentos, y si la paciencia de una hija ha de hacer burla de la cólera de un padre".

           El castigo a la heroicidad de Cristina fue de lo más terrible que se lee en las Actas de los Mártires. Tras ser encarcelada, sus verdugos desgarran su carne con garfios, la acuestan sobre una cama de hierro al rojo, y hasta la meten en un horno encendido. Hasta que Juliano, sucesor de Dion (sucesor de Urbano), la manda atar a un poste y asaetearla. Pero vayamos por partes.

           En 1º lugar, el gobernador Urbano (su padre) empezó a usar contra ella azotes y garfios, admirándose de que su hija persistiera en su actitud. Tras lo cual la quema en un brasero ardiente. Puesta en la cárcel, la somete a la oscuridad y al hambre. Y al ver que nada la derrumba, manda atarle al cuello una pesada piedra y arrojarla al lago. No obstante, la que murió no fue ella sino él, en un sofoco en la cama.

           Un nuevo gobernador (Dion) prosigue el asunto de Cristina, presumiendo que su padre no supo solventarlo y llevándose a la joven a la capital (Bolsena). Allí manda llevar a la joven al Templo de Apolo, para obligarle a ofrecer sacrificio. Pero ante el asombro de todos, lo que se viene abajo es la estatua de Apolo, que aplasta a Dion. La gente empieza a proclamar que Cristina es una bruja, y pronto el nuevo gobernador (Juliano) manda que se la introduzca en un estanque de aceite hirviendo (mezclado con pez), para demostrar que no era nada de eso sino una simple mortal.

           No obstante, logra salir ilesa Cristina del estanque, y Juliano llega a la conclusión de que "se trata de artificios, encantamientos y magia, que todos los cristianos profesan". Por ello, maquina nuevos procedimientos para hacer desistir a Cristina de sus pertinaces rebeldías, y conseguir que el poder romano termine con la situación, que ha puesto al borde del caos a la región.

           Mandó entonces preparar un horno encendido, y durante 7 días mete a la joven para que el fuego la consuma. Luego será una habitación plagada de serpientes y escorpiones venenosos. Y ante la desesperación del mandatario, éste manda cortarle la lengua, y decretar su decapitación pública.

           Toda la comarca acudió a contemplar aquella fortaleza cristiana y aquella brutalidad romana. Sobre un tronco caído ataron a la joven, y a base de flechas atraviesan su cuerpo, mientras ella suplica al buen Dios y a él rinde su espíritu. Era el 24 julio 300, y sus restos fueron llevados por los cristianos de la Toscana a Palermo (Sicilia), donde hoy es reverenciada.

           La vida y la muerte de Cristina sirvió de modelo para muchos cristianos, y les animó a seguir expresando la diferencia entre la fe cristiana y la fe pagana. Parece como si Cristina hubiese hecho real aquello que ya había profetizado Jesucristo, y que contra esa profecía no pudieron ni 3 gobernadores romanos.