24 de Septiembre

San Vicente de Civitavechia

Paulino Alonso
Mercabá, 24 septiembre 2021

           Nació en 1745 en Civitavechia (Lacio), en el seno de una acomodada familia cuyo padre (José Salvatore) era farmacéutico y cuya madre (Eleonora Strambi) era piadosa y virtuosa. Pasó su infancia viendo cómo sus 3 hermanos mayores iban falleciendo, y esto templó su carácter.

           Desarrolló sus estudios primarios bajo la disciplina de los colegios franciscanos, hasta que con 14 años decide ingresar en el seminario, provocando una convulsión de rechazo familiar, al verse el matrimonio Strambi sin hijos en el mundo.

           Durante su etapa de Seminario Menor destacó por su gran oratoria, lo que le hizo ser enviado a realizar la teología al Seminario de Viterbo (bajo la disciplina de los dominicos) y poco después a dar clases en los seminarios de Montefiascone y Bagnorea. Poco antes de su ordenación sacerdotal (ca. 1767) conoció a San Pablo de la Cruz, fundador de la Orden de Pasionistas, y decidió ingresar en su congregación.

           La herencia del crucifijo, que Vicente pide de rodillas a su padre terreno, realmente no fue recibida de manos de su padre José, sino del mismo San Pablo de la Cruz, el cual le encargará (cuando deje este mundo) que sea el sucesor de su congregación. De momento, ocupará en ella Vicente los más altos y delicados cargos, tanto de educación y gobierno, siempre con un espíritu de observancia y oración. Pero sobre todo heredará de su santo fundador el espíritu apostólico, que tantos servicios y frutos hubieran de conseguir para la Iglesia.

           A nivel interior, intensificaba Strambi la soledad en los retiros pasionisias, con deliciosas horas a los pies del Crucificado y empapándose bien de la sangre divina y la mayor devoción.

           A nivel exterior, era Strambi un orador por excelencia, dotado de la extraordinaria capacidad de adaptarse al auditorio y procurando no sólo dirigirse a la inteligencia de sus oyentes (para instruirlos), sino también a lo más íntimo de su corazón (para arrastrarles).

           Misionero de fama y de extraordinaria eficacia, fue reiteradamente escogido Strambi por los papas para predicar en Roma y apaciguar las sediciones y motines populares. Preferido más de una vez para dar los ejercicios espirituales al Colegio Cardenalicio y al alto clero de Roma, dejará admirada la selecta asamblea por su unción apostólica y por su exacta y vasta doctrina, confirmando el parecer común que le consideraba sumo en este género de predicación.

           Durante 25 años recorrió la Italia central en todas direcciones, aclamado como uno de los mejores predicadores de la península y quizá el más grande catequista de su siglo. Volcaba en el púlpito su corazón de padre, de pastor, de apóstol y de santo; sobre todo de santo. El fuego divino que le abrasaba se comunicaba con fuerza irresistible a su auditorio, ablandando el corazón de los pecadores más endurecidos, que venían a descargar sus culpas a los pies de aquel hombre extraordinario.

           Identificado con Cristo crucificado, el argumento de su pasión fue siempre el tema preferido de sus predicaciones y el secreto de su elocuencia dulce y avasalladora. Cuando San Vicente hablaba de la víctima divina no hacía más que descubrir los tesoros de vida eterna que su alma contemplativa había descubierto en las llagas del Redentor. Siempre presente en el Calvario, ocupado en la contemplación extática de su amor crucificado, no es de admirar que su caldeada palabra transmitiese al auditorio la virtud divina que irradia desde la cruz.

           En el confesionario, donde recogía los frutos de los trabajos apostólicos, fue admirada su bondad, creyéndose cada penitente objeto especial de sus atenciones. Gaspar del Búfalo, Ana María Taigi y un nutrido grupo de almas selectas encontraron en el padre Strambi al director eximio, práctico y experimentado en el camino de la perfección y en los recónditos secretos de la mística, que no sólo sabía calmar sus dudas con el consejo oportuno, sino también descubrirles los amplios horizontes de la santidad más encumbrada, lanzándoles resueltamente por las más altas vías del espíritu.

           Dotado de una gran potencia asimiladora, sus incesantes lecturas le permitieron usar de la pluma para ensanchar y perfeccionar su acción apostólica. Inspirado en la santísima pasión de Cristo, ella fue el tema preferido de sus escritos. Nada de especulación árida, fría, de vana y ostentosa erudición. El descubrimiento de los tesoros que tenemos en Jesucristo no tenía en su pluma otro fin que convencer al alma cristiana del amor que debemos a Cristo y decidirla a la práctica de las virtudes que Él nos dio ejemplo.

           En 1801 le imponía Pío VII la aceptación del obispado de Macerata y Tolentino, y en vano se resistió Strombi. La voluntad decidida y terminante del papa puede más que todo. Consagrado obispo, San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales fueron desde entonces su modelo, copiando el celo apostólico del uno y la dulzura del otro.

           Recibido como un don de Dios para ambas diócesis, comenzó su actividad episcopal organizando grandes misiones, que predicó personalmente. Con una entrega total y sin reserva a los suyos, procuró, ante todo, conocerlos, examinando de cerca todos sus problemas para darles la más perfecta solución. A este fin empezó casi inmediatamente la visita pastoral, que se puede decir fue continua e interrumpida solamente por el destierro.

           Su unión con Dios, aun en medio de las más absorbentes ocupaciones del gobierno pastoral, era continua y profunda. Dedicaba no menos de 5 horas diarias a la oración, viviendo todo el día como en un ambiente místico y celestial en íntima unión con Dios.

           Este contacto ininterrumpido con Dios envolvía su persona y sus actividades como en una atmósfera sobrenatural, imprimiendo a todos sus actos de gobierno un marcado tono de la más alta espiritualidad, a la vez que de la más escrupulosa justicia y exactitud, no buscando jamás otra cosa que la gloria de Dios.

           Su 1ª preocupación fueron los eclesiásticos, a cuya elevación y santificación consagró sus mejores energías. Empezó por el seminario, renovando el edificio material, el programa escolar y el reglamento, deseoso de acomodarlo a las necesidades de su tiempo. El seminario, en su concepto, debía ser únicamente "el semillero perpetuo de los ministros de Dios", excluyendo a todo joven que no diese pruebas claras de vocación divina.

           Los 2 puntos básicos de la formación espiritual de los futuros ministros del santuario eran la comunión fervorosa (que deseaba fuese cotidiana) y la oración mental. Consideraba este ejercicio de la meditación como algo indispensable y fundamental en la vida de un sacerdote, por lo cual sometía a los ordenandos a un riguroso examen, no sólo del conocimiento teórico de la meditación, sino también de la práctica y de los frutos reales en ella conseguidos.

           Para facilitar a su clero el cumplimiento de esta obligación, compuso una serie de meditaciones sobre los principales deberes del estado clerical y otra sobre los novísimos, que en poco tiempo alcanzó la 5ª edición.

           Con estos medios y su asidua vigilancia consiguió, en un tiempo en que la formación sacerdotal dejaba mucho que desear, elevar su seminario a un nivel tal de ciencia y santidad, que no sólo se presentaba como modelo de organización y disciplina, sino también de la piedad más acendrada. Adelantándose a su tiempo como sagaz previsor de las necesidades de la Iglesia, instituyó prácticas y métodos entonces desconocidos y que son hoy normas corrientes de formación de nuestros mejores seminarios.

           Durante los 22 años que duró su episcopado, no dejó un solo día de seguir con vigilante y escrutadora mirada, y con los más asiduos cuidados y desvelos, la educación de sus queridos seminaristas, a los que amaba como a las niñas de sus ojos. Era un padre, y como tal deseaba estar junto a sus hijos. Con ellos convivió los últimos años de su vida, preocupándose personalmente por cada uno, formándoles con su ejemplo, su consejo y sus exhortaciones. Legando su herencia al seminario, quiso perpetuar su influjo benéfico hasta después de su muerte.

           Al par que la santidad, exigió siempre de su clero la ciencia, mostrándose inflexible en el examen obligatorio para todos los sacerdotes antes de conferirles la cura de almas o la facultad de oír confesiones.

           Diligentísimo en el cumplimiento de todos sus deberes de obispo, no perdonó sacrificio ni molestia cuando se trataba de la gloria de Dios o de la salvación de las almas. Precedido por la fama de su santidad, su presencia se consideraba como una gracia especial de Dios, y, bajo el influjo de aquella vida sobrenatural, que no podía ocultar su humildad, se entregó sin reservas a la reforma y saneamiento moral de sus diocesanos, consiguiendo una profunda transformación religiosa.

           Experimentado misionero, se sirvió con profusión del ministerio de la palabra para enseñar a sus diocesanos el conocimiento de la religión, convencido ser éste el único fundamento para conseguir que la práctica religiosa fuese sólida y constante. Contra el parecer e inercia de muchos, restableció la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños y al pueblo. Procuró ante todo el aumento numérico de asistencia, perfeccionó los maestros y hasta reeditó el catecismo, adaptándolo a las necesidades del tiempo e individuos.

           Personalmente, llevó el obispo Strambi la instrucción de la juventud que frecuentaba el liceo y la Universidad de Macerata, predicándoles todos los domingos. Confiando en que "Dios no es pobre" y convencido que los pobres eran los verdaderos "dueños" y sus "acreedores", la generosidad de Strambi rayó frecuentemente en el heroísmo más sublime y desinteresado.

           Vivía en extrema pobreza, con el fin de economizar para los indigentes. Sus manos eran un canal que nada retenían. Se reconocía en él una gracia especial para pedir, que supo utilizar para alivio de los necesitados. Con frecuencia se hizo mendigo por amor de Cristo, llamando a las puertas de sus potentados amigos de Milán y de Roma, incluido el papa. Estará para abandonar definitivamente la diócesis camino de Roma, y dará en limosna el anillo episcopal, que era lo único que le quedaba.

           En estas acciones caritativas era dominado por 2 sentimientos diametralmente opuestos: extraordinario amor a la pobreza, y un deseo vivísimo de poseer. El aparente contraste se reducía a perfecta unidad en el amor a los pobres, en quienes veía a Jesucristo.

           En las largas horas de oración a los pies del crucifijo, consiguió descubrir las sublimes e inefables relaciones que existen "entre el cuerpo real de Jesucristo y su cuerpo místico (la Iglesia), entre el divino Paciente que agoniza en la cruz y sus miembros que sufren en los pobres".

           Durante su vida religiosa, la voz del papa fue para Strambi la voz de Dios, y cuando los sucesores de Pedro le transmitieron su voluntad, el misionero pasionista cumplió los encargos con afectuosa y diligente sumisión filial.

           Aceptado el obispado por directa intervención de Pío VII, que confesó hacerlo por inspiración divina, consideró como superior inmediato al papa. El respeto, amor y obediencia de Strambi al papa es una de las notas más características de su santidad.

           Su fe inquebrantable en la cátedra de Pedro le hacia considerar al papa como el centro de la autoridad, el padre común de todos los fieles, el oráculo de la verdad. A toda orden del papa, mejor, a la más mínima manifestación de su voluntad, Strambi repetía con fe viva y amor ardiente: "la voluntad de Dios". A tal grado llegó esta obediencia, que, invitado por obispos y cardenales a predicar las misiones en sus diócesis, exigía antes de aceptar el consentimiento expreso del papa.

           Sin miramientos humanos salía en defensa del papa, incluso hasta poner contra las cuerdas al general francés Lemarois, y otros oficiales de intrépida fortaleza. La convicción que tenía del primado de Pedro le hacía hablar con tanta elocuencia, que causaba maravilla a sus auditores, mereciendo ser calificados estos discursos entre las mejores piezas oratorias de Strambi.

           Las circunstancias por donde le tocó atravesar le dieron ocasión de probar, con la heroicidad de los hechos, los sentimientos que albergaba en su corazón. Su amor a la Iglesia y al papa debían pasar por el crisol de la prueba, dándonos la oportunidad de conocer su profundidad y su extraordinaria grandeza.

           Como consecuencia de la conquista del estado pontificio por las huestes napoleónicas (ca. 1808), Strambi se vio condenado al destierro, por no consentir en el juramento que se pretendía imponer a los obispos. Prefirió obedecer al papa antes que mancillar su alma con semejante cobardía. Intrépido defensor de los derechos del papa y de la Iglesia, se vio arrancado violentamente de su amado pueblo, que le despidió con las lágrimas en los ojos, testimoniando con ello el afecto con que era circundado.

           Durante los 6 años que se vio desterrado en Milán, con forzado e involuntario reposo, ocupó su tiempo Strambi en las obras de caridad. Pero sobre todo no cesó de levantar los brazos y los ojos al cielo en continua oración para que Dios se apiadase de su esposa la Iglesia. Con el corazón desgarrado por los sufrimientos que atravesaba Pío VII (encarcelado por Napoleónen Savona), ofreció por él Strambi todas las estaciones de su Viacrucis, buscando ocasión de hacerle menos dolorosos aquellos días de persecución.

           El poder consolar con sus cartas al "dulce Cristo en la tierra", y el socorrer con subsidio pecuniario al prisionero de Savona, fue para Strambi no sólo un acto de caridad, sino el cumplimiento de un acto de religión.

           Hasta que volvió a Macerata en 1814, tras la caída napoleónica en Italia y en todo el mundo. Una vuelta a Macerata que Strambi quiso hacer desde la humildad, mostrándose incapaz para el gobierno de su grey e insistiendo en su renuncia. León XII la aceptó su renuncia, pero con una condición: que viviese en adelante a su lado.

           Strambi apenas comprendió lo que Dios le pedía, pero se ofreció a León XII con la generosidad de hijo, y con la profunda felicidad de poder dar su propia vida por su amado Santo Padre. Y desde entonces, cambió su residencia de Macerata y Tolentino por las estancias del palacio del Quirinal, como consejero particular y director espiritual de León XII.

           Poco antes de las 00.00 h. del 23 diciembre 1823, Strambi fue despertado urgentemente, requerido por Su Santidad León XII, que se encontraba gravemente enfermo. Consternado por la infausta noticia, Strambi voló a la cabecera del augusto enfermo, y con el afecto de un hijo preparó a Su Santidad a recibir el santo viático, decidido a asistirle en sus últimos momentos.

           Mientras la respiración del Santo Padre se hacía cada vez más afanosa, Strambi pidió al papa poder celebrar la santa misa para obtener su curación. Y se notó que aquella misa votiva pro infirmo, celebrada en la misma capilla papal, fue más larga que de costumbre, pues a la Víctima del Calvario se unió la personal de Strambi, por la salud temporal de León XII.

           Al alborear del día 24, el pasionista visitó de nuevo a Su Santidad, y el papa le reveló que curaría y su vida terrena se prolongaría todavía más. Decididamente, Dios había aceptado la inmolación de Strambi en aquella misa de medianoche, pues el papa recobró la salud y...

           El 28 de diciembre, el padre Strambi sufre un ataque apoplético, y el 1 enero 1824 entrega su alma a Dios, con 79 años de edad. El venerable anciano pasionista había dado su vida por la Iglesia y por el Romano Pontífice.