25 de Agosto

San José de Calasanz

Calasanz Bau
Mercabá, 25 agosto 2026

Semblanza

         Nació en 1558 en Peralta de la Sal (Huesca), en los albores del reinado de Felipe II de España. Era hijo del matrimonio Calasanz-Gastón, cuyo padre (Pedro) regentaba una herrería y cuya madre (María) educó cristianamente a sus 7 vástagos, sobre todo al benjamín José. Especialmente adquirió José de su madre una tierna devoción a la Virgen y un agresivo odio al pecado, escapándose con 5 años por los olivares del contorno, con cuchillo en mano, para matar al demonio.

         El maestro de la escuela rural, para descansar de la monotonía del deletreo, tomaba a José, subíale sobre su cátedra y hacíale recitar ante sus condiscípulos los milagros de Nuestra Señora, tal como se los enseñaba en casa su madre. A los 10 años pasa a Estadilla a cursar latín, y jamás empieza las clases sin haber hecho antes su oración en la parroquia, a despecho de las burlas de sus compañeros (que empezaron a llamarle el Santet, en su dialecto ribagorzano).

         Los estudios superiores de filosofía y teología, como preparación inmediata para el sacerdocio a que aspiraba, fueron realizados en la Universidad de Lérida, donde los estudiantes aragoneses le eligen delegado para la votación de rector (cargo que había de desempeñar un estudiante legista, en régimen harto democrático).

         Condiscípulo suyo fue un tal Mateo García, al que acostumbraba José a salir airoso de las frecuentes reyertas en que se metía de forma pendenciera. Recibida la licenciatura en Artes, se tonsuró José de clérigo, cursó 2 años más de teología y se volvió a Peralta en 1577, dispuesto a cambiar de universidad (en busca de menos disturbios escolares y más disciplina académica).

         Marchó, pues, a la Universidad de Valencia, regentada con mano enérgica por Juan de Ribera, y allí empezó a estudiar el doctorado en Artes. Pero he aquí que el Tentador estaba al acecho, ideando la manera de truncar aquella carrera sacerdotal tan decidida.

         Efectivamente, para sufragar sus estudios necesitaba el joven José (de 21 años) trabajar en una tienda de libros, al servicio de una dama que le remuneraba con buen sueldo, pero en cuyo pecho empezó el Tentador a encender la llama viva de la pasión.

         Contenida la muchacha al principio, al fin estalló tumultuosa e insistente, aturdiendo al sorprendido joven. José reaccionó de inmediato, dándose a la fuga no ya de esa tienda y de esa casa, sino también de la ciudad y de la misma universidad, sin sueldo ni matrícula.

         El súbito retorno a Peralta le enfrenta con un nuevo peligro para su vocación. La Ribagorza arde en inquietudes de carácter político-social, que ocasionan un carácter violento en su padre y hermano mayor. El padre quiere ahora que José contraiga matrimonio, y así herede parte del mayorazgo. En tan difícil situación, Dios acude en ayuda de José, enviándole una enfermedad tal que no sólo le imposibilita al matrimonio, sino que lo pone al borde del mismo sepulcro.

         No hay opción ante el dilema de muerte o altar, que el enfermo José propone al atribulado padre. Y obtenido el paterno consentimiento, emite voto formal de recepción oportuna del sacerdocio y se retira a Barbastro para proseguir allí su carrera eclesiástica otros 3 años más, hasta cumplir los 25 y recibir las órdenes sagradas.

         El novel sacerdote Calasanz continúa junto al obispo de Barbastro (el dominico Urries). Pero éste se muere al año y medio, y Calasanza se retira a su beneficio de San Esteban. Coincide allí la celebración de las Cortes de Monzón (ca. 1585), que preside personalmente Felipe II de España. Y requieren de Calasanz su presencia, como secretario de la Comisión de Reforma de los agustinos y benedictinos, y como secretario del visitador Figuera.

         Tras las Cortes de Monzón se incorpora Calasanz a la diócesis de Urgel, como secretario y maestro de ceremonias del Cabildo de la Seo, donde no tardan en reconocer sus valores. Su obispo (el cartujo Capella) y su vicario general (mons. Gallart, futuro obispo de Perpignan) le encomiendan los 4 oficialatos de Tremp, Sort, Tirvia y Cardós, con la encomienda de la visita a lo más abrupto del Pirineo, deparándole 3 años de intensísimo apostolado sacerdotal, pródigo en curiosas incidencias y espirituales satisfacciones.

         Tal vez le quiere el Señor en aquella senda de cargos y ministerios, y le ronda el deseo de obtener una canonjía que los consolide y afiance. Por ello renuncia a su plebanía de Ortoneda y Claverol, asegurando para los pobres la renta en trigo de su personado, y marcha a Barcelona para obtener el doctorado en Teología. Para agenciar con mayor seguridad el canonicato a que aspira, marcha a Roma en 1592, asumiendo la preceptoría de 2 sobrinos del card. Colonna y la gerencia de los asuntos de varias diócesis españolas.

         Pero Dios espera en Roma al doctor Calasanz, precisamente a propósito de la canonjía. Fracasa en su intento repetidas veces, hasta que da un vuelco su alma hacia las renunciaciones completas y se entrega ardoroso a las aspiraciones de la santidad. Se olvida de España para romanizarse definitivamente, y en él la romanización equivale a santificación.

         Las cofradías de los Doce Apóstoles, de San Francisco, de la Trinidad, de los Peregrinos y del Sufragio (en la vía Giulia) no sólo aprenden su nombre, sino que se contagian de su actividad ardorosa, tanto en las efusiones de su caridad operante cuanto en la intercesión y prácticas de su mortificación penitente, La visita diaria a las 7 basílicas romanas halló por aquellos años en Calasanz un incansable y fervoroso promotor. Y empezaron entonces los carismas y los milagros, ornamento frecuente en las vidas de los elegidos del Señor.

         Peregrinando un verano por los santuarios de Italia, en Asís emite Calasanz los 3 votos religiosos, y entra en la madurez de su vida.

         El Concilio de Trento acababa de urgir la enseñanza del catecismo de Pío V, y para ello había creado la Cofradía de la Doctrina Cristiana. Calasanz se inscribió en ella con más entusiasmo que en las 5 anteriores, y poco faltó para que se le eligiera su presidente en Roma. Pero comprendía que no bastaba con la catequesis dominical. Sostenía con otros catequistas una escuelita cotidiana en Santa Dorotea del Trastevere; mas lamentaba en la mayoría escasa constancia y sobrado interés.

         Roma seguía con la lacra de la infancia enlodada en el arroyo, y a su vista Dios apretaba de congojas el corazón de su siervo. Se dedicó a llamar a muchas puertas, sombrero en mano, pordioseando amparo para los pequeñuelos, hasta que al fin comprendió que era más bien el Señor quien daba los aldabonazos en su alma para que se lanzara de lleno al apostolado de la enseñanza infantil. Y se decidió a la acción.

         Despidió de Santa Dorotea a los maestros interesados; proclamó la gratuidad absoluta; abrió sus aulas para todos y las rotuló con el breve y denso nombre de Escuelas Pías. Y entonces, en 1597, surgió en la Iglesia de Dios y en lo que siglos después se llamaría Historia de la Pedagogía una cosa totalmente nueva, que prepararía tiempos asimismo nuevos: el grupo escolar popular.

         Estaban en puerta las democracias; la cultura ya no tropezaría con el espíritu clasista; el apostolado contaría con la más eficaz de sus actividades, y se levantaba bandera tras de la cual no tardarían en formarse las numerosas mesnadas de las corporaciones católicas dedicadas a la tarea de la enseñanza. La preocupación docente prendió en los gobiernos y hasta los ministerios de Fomento, Instrucción Pública y Educación Nacional tienen su origen remoto en el gesto calasancio que organizó las escuelitas transtiberinas.

         Una avalancha de niños las llenó hasta el tope, pero a los 2 años otra avalancha (la del Tíber) lo inunda todo, y vuelta a empezar. Calasanz ahora deja el arrabal y las introduce en el corazón de Roma (ca. 1600), y la obra puesta en marcha ya no se detiene,.Varias veces cambia de local, hasta definitivamente establecerse en San Pantaleón.

         Durante 20 años continuos (1597-1617) el padre Calasanz se las ingenió para mantener una comunidad secular sui generis, sin votos ni reglas, ni otro apoyo que el prestigio de su prefecto. Y fue ese grupo escolar con su balumba de niños perfectamente distribuidos, con sus clases de lectura, escritura, ábaco y latín, entreverado todo de doctrina y piedad cristianas, lo que provocó el pasmo de toda Roma, al ver el orden y compostura de aquellas interminables rutas de alumnos, recordar su antiguo abandono de infancia, y saber que todo eso había encontrado, al fin, un padre y mentor.

         La Providencia le deparó a Calasanz colaboradores valiosísimos, como el joven Glicerio y el viejo Dragonetti. Pero el factor más eficaz de consolidación fue la autoridad pontificia. Tras un fallido ensayo de agregación a una corporación religiosa ya existente (la de San Leonardo de Lucca), Pablo V erigió las Escuelas Pías en congregación de votos simples. A los 4 años de prueba (ca. 1621), Calasanz logró de Gregorio XV la elevación a Orden de votos solemnes, última de las de esta categoría en la Iglesia de Dios.

         Pedagogo y legislador de pedagogos, José de la Madre de Dios estampó en sus constituciones su áurea sentencia: "Si desde los tiernos años son imbuidos los niños en piedad y letras, podrá sin duda esperarse de ellos un feliz desarrollo de toda su vida". Y apasionado de hecho de la tarea de la enseñanza, dirá de su ejercicio que es "el más digno, el más noble, el de más mérito, el más favorable, el más útil, el más necesario, el más natural y razonable, el más de agradecer, el más agradable y de máxima gloria".

         Efectivamente, su dedicación a esa tarea fue para Calasanz integral, no solamente los 20 años dichos de su prefectura, sino también los 15 de su generalato temporal, los 14 de su generalato vitalicio y aun los 2 últimos de su senectud (después de destituido de su cargo de general de su Orden).

         En total, 51 años de entrega total a sus escuelas, después de los 39 de preparación y actuación sacerdotal, dan carácter a los 90 años de su fecunda existencia. Fecunda en su labor personal de educador, dominando a los niños con mano de santo y hasta restituyendo a su sitio el ojo saltado de un muchacho, en una pelea durante el recreo.

         Fecunda fue también la labor de Calasanz como dilatador de su Orden por las provincias de Roma, Génova, Nápoles, Florencia, Sicilia, Germania, Polonia y Cerdeña, con más de 40 fundaciones realizadas bajo su gobierno.

         En visita personal a Cárcare (Génova), reconcilió facciones ancestralmente enemistadas. En Nápoles volvió a buen camino a 3 disolutos artistas que trataban de ofenderle. En Florencia permitió y estimuló a sus hijos al cultivo de las ciencias, con la amistad del perseguido sabio Galileo. En Alemania sus escolapios (o piaristas, como allí les llamaban) ocuparon las avanzadillas de la catolicidad frente a la acometida protestante, y su Santuario de NikoIsburg pasó a ser centro de irradiación y reconquista espiritual.

         Mas las benemerencias de Calasanz no terminan con su magisterio y su Orden docente. Brilla en él la ejemplaridad de su humilde acatamiento ante las persecuciones y humillaciones más extrañas. Un miembro de su propia corporación (el padre Sozzi) logra por sus servicios y delaciones un proteccionismo excepcional de parte del Santo Oficio, y lo emplea en desacreditar a su padre general y revolverle la Orden, singularmente en Florencia.

         En Roma llegó Sozzi a provocar el arresto y conducción del padre Calasanz, y de su curia generalicia, al Tribunal de la Fe. Y lo hizo entre esbirros y corchetes, como espía y malhechor, y entre la nerviosa agitación de la pontificia guerra de Castro. Suspendido en su cargo de supremo moderador de la Orden, se atreve a suplantarle como 1º asistente en funciones de general, y le humilla y desprecia sin respeto a su ancianidad venerable. La revancha es de Dios, que se lleva al padre Sozzi preso de una sífilis horripilante, sucediéndole el padre Querubini.

         Terminada la Guerra de Castro, muere Urbano VIII, y la comisión cardenalicia nombrada para los asuntos de las Escuelas Pías decide la reintegración del anciano padre general (Calasanz) en el puesto de mando de la Orden.

         Pero el Santo Oficio entiende que tal reparación será en desdoro de su prestigio tribunalicio, e Inocencio X opta al fin por la destrucción de la obra calasancia, desarticulándola y privándola de su jerarquía. Queda Calasanz definitivamente destituido, sin perder por ello la resignación, la paciencia, ni la esperanza. "Dios me lo dio, Dios me lo quitó", repetía Calasanz con absoluta naturalidad.

         Mas Calsanz no vacila, a la hora de profetizar la restauración de su Orden, y de animar a todos sus hijos a la perseverancia. No se abandona ninguna casa, y todas ellas siguen repletas de alumnos. Y tras 2 años aún de infatigable actividad, y de invencible paciencia, llega el triunfo de su última enfermedad y de su muerte preciosa.

         El principio del fin fue su última comunión entre sus niños. Para caer a continuación rendido en el lecho de su cuarto, y edificar con sus fervores a sus desolados religiosos. Era el 25 agosto 1648, y el padre Calasanz volaba a Dios.

         A lo largo de su vida, había experimentado Calasanz numerosos casos de curaciones ajenas y de penetración de espíritus, así como de virtudes heroicas. En materia de fe, hasta arrojó de su boca un sedante al saber que había sido ideado por el hereje Enrique VIII de Inglaterra.

         En otra ocasión, envió Calasanz a 2 de sus hijos a poner en su nombre la cabeza a los pies de la estatua de San Pedro, y no quedó tranquilo hasta obtener del papa, por escrito, la bendición apostólica. Y en sus últimos días de enfermedad tuvo el consuelo inefable de la aparición de la Virgen Santísima, reafirmando sus esperanzas. E incluso la aparición de varios escolapios ya difuntos (hasta entonces, en número de 254).

 Act: 25/08/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A