25 de Enero

Conversión de San Pablo

Ignacio Escribano
Mercabá, 25 enero 2022

           Saulo de Tarso era hebreo apasionado y fariseo rigorista, había sido educado a los pies de Gamaliel, y ya sabía perfectamente qué postura a tomar: tomar parte en la lapidación del diácono Esteban, y guardar los vestidos de los verdugos "para tirar piedras con las manos de todos", como interpreta agudamente San Agustín. Luego la conversión de aquel Saulo fue uno de los mayores acontecimientos de aquel entonces, y lo siguió siendo hasta el día de hoy. Así lo proclama la Iglesia, al dedicar un día del ciclo litúrgico a la conmemoración de tan singular efemérides.

           Había nacido el 20 d.C en Tarso (Asia Menor), con la misma categoría de ciudadano romano como la que podía tener el procurador, el tribuno o el magistrado. Necesariamente, por ser hebreo no le cupo más suerte en la niñez que la de andar disimulando su condición de judío, ocultando sus supersticiones judías a los ojos de Roma. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro, y hasta le afirmara aún más en su fe, pues cuando fue creciendo en edad fue creciendo también más en fanatismo contra corriente.

           Era más bien bajo, ancho de espaldas anchas, algo cojo y fuerte como un tronco. Y un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los viejos manuscritos de un pueblo, y listo como era en las escuelas griegas de Tarso, se familiarizó con los poetas y filósofos greco-romanos, por si hacía falta.

           Para los griegos, Saulo era tan sólo un perro judío, miembro de aquellas familias que vivían en su islote racial y social, y con acceso prohibido a las clases cultas y dirigentes. Era uno de esos que se hacía despreciable por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, por su modo de divertirse y de casarse, y por su forma de entender la vida al revés que ellos la entendían.

           A los 18 años se traslada Saulo a Jerusalén, y empieza a escuchar las lecciones de Gamaliel el Viejo. Allí aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor.

           Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez. E igual pasaría con los dominadores actuales, pues el Libertador no podría tardar.

           Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Y eso le hizo celoso.

           Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional.

           Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban.

           Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos.

           Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos.

           Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo "respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor". En su interior había buena dosis de saña.

"Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía".

           Pocas veces un diálogo tan breve ha transformado tanto la vida de una persona. Cuando Saulo se levantó estaba ciego, pero en su alma brillaba ya la luz de Cristo. El vaso de ignominia se había convertido en vaso de elección, el perseguidor en apóstol, y apóstol por antonomasia.

           Desde este momento, el "camino de Damasco" y la "caída del caballo" quedarán como símbolo de toda conversión. Quizás nunca un suceso humano tuvo resultados tan fulgurantes. Quedaba el hombre con sus arrebatos, impetuoso y rápido, pero sus ideales estaban en el polo opuesto al de antes de su conversión. De ahora en adelante, San Pablo será como un fariseo, pero al revés. Antes, sólo existía la ley, y de ahora en adelante sólo existirá Cristo. La caída del caballo representa para Pablo un auténtico punto sin retorno.

           Los acompañantes llevan a Saulo de la mano, y lo introducen en Damasco. Y allí estuvo el neófito 3 días sin ver, sin comer y sin beber (Hch 9,3-9). Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles (su rendición fue sin condiciones) y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.

           El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vio él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo.

           Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada.

           Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. La vocación de Pablo es un caso singular. Es un llamamiento personal de Cristo. Pero no quita valor al seguimiento de Pablo. "Dios es un gran cazador y quiere tener por presa a los más fuertes", dice un autor. Y Pablo se rindió: "he sido cazado por Cristo Jesús". Pero pudo haberse rebelado:

"Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres; pues yo no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Porque habréis oído de mi vida un tiempo en el judaísmo: con cuánto exceso perseguía yo a la Iglesia de Dios y la asolaba; y me aventajaba en el judaísmo sobre muchos de mi edad en mí linaje, siendo excesivamente celador de las tradiciones de mis padres" (Gál 1,11-14).

           Así, Pablo podrá preguntar más tarde a sus fieles de Corinto, retadoramente: "¿Es que no he visto a Jesús, Nuestro Señor?" (1Cor 9,1). En esta corporal visión del Señor glorioso están las credenciales de San Pablo ante la historia. Magnífico se presenta ante nosotros, con esas cartas, el apóstol de las gentes. La visión del Señor lo engríe, a la vez que lo colma de humildad. Sufrirá a lo largo de su vida apostólica muchos descalabros por su fidelidad a aquella hora de Damasco.

           Naufragios mar adentro, y en tierra el mismo azote que él habla preparado para los asustados cristianos de Damasco. Recorre fatigosamente casi todo el orbe conocido, de límite a limite del Imperio. En un instante en que proféticamente ve llegado su fin, rinde cuentas a sus discípulos: "Plata, oro, o vestido de nadie lo codicié. Vosotros mismos bien sabéis que a mis necesidades y a las de los que andan conmigo han proveído estas manos" (Hch 24,33-34).

           Finalmente, Pablo fue degollado en Roma. Y Roma enseña el lugar en que rebotó su cabeza, por 3 veces, al ser segada: Tre Fontane. A Roma la ensalzaron y magnificaron los Santos Padres en devotos himnos, y el mismo Crisóstomo glorifica a Roma por muchos y razonados conceptos. Pero, sobre todo, porque aloja los cuerpos de San Pedro y San Pablo. En el día de la resurrección de la carne, dice el Crisóstomo, "¡qué rosa enviará Roma hacia Cristo!".