25 de Julio

Santiago el Mayor, Apóstol

Zacarías Vizcarra
Mercabá, 25 julio 2021

           Cuando inició Jesucristo su vida pública, existía en el pequeño Mar de Galilea una empresa de pesca, formada por 5 socios que iban a conquistar bien pronto la mayor y más duradera celebridad del mundo. Los empresarios principales eran Zebedeo y sus 2 hijos (Santiago y Juan), a los que estaban subcontratados los 2 hermanos de Betsaida (Simón y Andrés).

           Zebedeo y sus hijos, como escribió Orígenes en su Libro I contra Celso, no eran simples pescadores (como Simón y Andrés), sino auténticos nautas con una flota de navíos de cabotaje, en la cual tenían a su servicio mercenarios y marineros a sueldo (Mc 1, 20).

           El negocio pesquero era importante en los puertos principales de aquel mar, como Cafarnaum, Betsaida, Magdala, Tiberíades y Tariquea. Y en sólo este último puerto había, según el cronista Flavio Josefo, no menos de 230 naves de pesca.

           Según Nicéforo de Constantinopla, Zebedeo poseía una buena casa en lo mejor de Jerusalén, dentro de la llamada Ciudad de David (en la colina de Sión, donde estaban el Cenáculo y el palacio del sumo pontífice), pues el hijo menor Zebedeo había vendido allí (al pontífice Caifás) una parte de su casa, para ampliar el mencionado palacio.

           La vecindad de la casa de Zebedeo con el palacio del pontífice, y la compra de parte de aquélla, explican cómo Juan era conocido del pontífice, y no sólo entró libremente en su palacio (durante el proceso de Cristo) sino que habló a la portera e introdujo a Pedro (Jn 18, 15-16). San Jerónimo añade que el hijo de Zebedeo era conocido del pontífice por la nobleza de su linaje, y no temía las asechanzas de los judíos, hasta el punto de introducir a Pedro en su atrio y ser el único de los apóstoles que estuvo junto a la cruz.

           Le acompañó en el Calvario Salomé, a la que Mateo llama "la madre de los hijos del Zebedeo" (Mt 27, 56). Era una de las distinguidas señoras que, junto a Juana (la mujer del administrador de Herodes) y otras varias, "seguían a Jesús en sus viajes y le servían de sus haciendas", como apunta Lucas (Lc 8, 3). Y eran también esas 3 mujeres (María Magdalena, María de Santiago y Salomé) las que, en la madrugada del domingo de Resurrección, "compraron aromas para ir a ungir a Jesús" (Mc 16, 1), lo cual supone que disponían de bastante hacienda, a juzgar por el precio del ungüento (que, en reciente ocasión, había indignado a Judas; Jn 12, 5).

           ¿Era Salomé aquella mujer a la que alude (sin nombrarla) Juan, cuando dice que estaban junto a la cruz de Jesús la hermana de su Madre? (Jn 19, 25). Truyols dice que eso es lo más probable, aunque no la nombra Juan, que tiene la modesta costumbre de no consignar nunca su nombre (ni el de ningún miembro familiar). Además, consta por Marcos que estaban en el Calvario Salomé y las otras dos Marías.

           Según esto, siendo Salomé pariente de la madre de Jesús, Santiago el Mayor era primo de Jesucristo y pertenecía a la descendencia del rey David, con lo cual se explica lo que dice San Jerónimo sobre la nobleza de su linaje, y que su padre poseyese una casa propia en la ciudad de David, donde su hermano Juan recibió y cuidó a la madre de Jesús (en la actual Basílica de la Dormición).

           La educación que Santiago recibió de sus padres debió de ser piadosa, a juzgar por lo que nos dice San Epifanio acerca de él y su hermano, afirmando que guardaron perpetua virginidad y observaron las prácticas de los nazareos. Unas prácticas que describió Moisés (Nm 6), a la hora de ordenar que los que se consagrasen a Dios (con el voto de nazareato) debían "abstenerse de vino y de todo licor embriagante, no comer nada de cuanto produce la vid, no cortarse el cabello" y observar otras normas de gran austeridad.

           Este fue el ambiente en que vivía Santiago, en el momento en que pasó Jesucristo por las orillas del mar de Galilea, y le llamó definitivamente. Según Mateo, estaba con sus jornaleros arreglando las redes, no en una simple barca sino en to ploio (lit. en el navío). Y Jesús lo llamó, pero sin hacerles ninguna promesa (como sí la hizo a Simón y Andrés). Animosamente no sólo dejó Santiago sus redes (como aquéllos), sino también a su padre, a sus mercenarios y su navío. E inmediatamente le siguió, sin pedir explicaciones y con la más absoluta entrega (Mt 4, 18-22).

           Observa San Jerónimo que también a él y a su hermano hizo Jesús pescadores de hombres, cuando al verlos en la orilla arreglando sus redes (no "echando la red", como los otros) los llamó y los envió in magnum mare (lit. al mar grande), para que fuesen los encargados de predicar in finis terrae (al lejano Mediterráneo).

           Según las crónicas y la Historia Eclesiástica de Eusebio, no fueron enviados por Jesucristo al finisterrae (Hispania) los 2 hermanos, sino solamente Santiago, como luego veremos. Pero antes hubo que prepararle para esta misión, no sólo aprendiendo durante 3 años la doctrina evangélica en la escuela de Jesucristo, sino también corrigiendo los defectos morales y temperamentales de su carácter personal.

           Santiago había reflejado, desde el principio de su llamamiento, un carácter resuelto, desprendido y sacrificado, sin fijarse en las renuncias y sacrificios que le podía deparar el seguimiento de Jesús. Pero tenía los defectos del extremismo e individualismo, y hubo de ser corregido por Jesucristo.

           Refiere Lucas (Lc 9, 54-56) que Jesucristo, yendo hacia Jerusalén, pasó por Samaria, y sus discípulos entraron en una aldea para prepararle albergue. Pero aquellos samaritanos eran enemigos de los judíos, y no fueron recibidos porque iban a Jerusalén. Viendo eso Santiago, le dijo a Jesús: Señor ¿quieres que mandemos que baje juego del cielo y los consuma? Jesucristo le dio una lección de mansedumbre, reprendiéndole con estas palabras: No sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas. Y se fueron a otra aldea.

           En otra ocasión, habiendo anunciado Jesucristo que estaba próxima su dolorosa muerte y su resurrección, creyó Salomé que era inminente la restauración del reino de David, y temió que Pedro ocupase en él un puesto superior al de sus 2 hijos. Dejándose vencer de un individualismo ambicioso, disfrazado de amor materno, tomó aparte a sus 2 hijos, se presentó con ellos ante Jesucristo y le dijo: Dispón que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.

           Viendo Jesús que Santiago estaba de acuerdo con su madre, le refirió el cáliz de la Pasión, que poco antes le había anunciado: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber? Ellos contestaron intrépidamente: Podemos. Esta generosa respuesta agradó, sin duda, mucho a Jesucristo, y les dijo: Mi cáliz, sí, lo beberéis; pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí otorgároslo a vosotros, sino a quienes está dispuesto por mi Padre (Mt 20, 20-23).

           Este imprevisto no impidió las especiales muestras de aprecio con que distinguió siempre Jesucristo a Santiago, junto a su grupo predilecto (Pedro, Santiago y Juan). Santiago fue de los elegidos para ser testigos de su gloria en el Tabor, para presenciar la resurrección de la hija de Jairo, para ver de cerca su agonía en Getsemaní y para llevar un apellido nuevo impuesto por él: el Boanerges (lit. el Hijo del Trueno).

           Cuando Jesucristo ya no estuvo presente, Santiago justificó plenamente esa predilección de Jesús, ofreciéndose de voluntario para llevar el evangelio hasta el fin del mundo: Hispania.

           Dos tareas realizó Santiago el Mayor en el espacio de tiempo que fue del año 30 (Pentecostés) al año 44 (su martirio).

           Su 1ª misión comenzó en el momento en que "los apóstoles empezaron a dispersarse por las diversas provincias", según lo acordado y planificado previamente por ellos. Y como explica San Jerónimo, a Santiago el Mayor le tocó la tarea de llevar el evangelio a Hispania (actuales España y Portugal, donde hoy está enterrado en su provincia de Galicia).

           El intrépido Santiago salió de Jerusalén lo más pronto que pudo (año 36), para trasladarse él solo, y a través del magnum mare (Mediterráneo), al antiguo Finisterrae (lit. Fin del Mundo), via Roma y Tarraco.

           Fue en ese viaje donde, según la tradición, recibió el apóstol en Caesar Augusta (Zaragoza) la visita de la misma Virgen (posiblemente ya fallecida, y asunta al cielo), en aquel sagrado lugar en que se levanta el pilar de la fe católica en España.

           Apenas terminó Santiago su 1ª visita a Hispania, y con vistas a pedir refuerzos para una 2ª y más grande visita (pues en su sepulcro de Compostela no sólo está el enterrado, sino sus 7 colaboradores), volvió de nuevo a Jerusalén.

           La presencia de Santiago en Jerusalén, con los primeros discípulos procedentes del Occidente (hispanos, no judíos), debió causar gran asombro y revuelo, mayor incluso que el causado por el bautizo de Pedro al centurión Cornelio, en Cesarea del Mar (Israel).

           En efecto, nos dice Lucas que "oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban por Judea que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios, todos ellos incircuncisos" (Hch 11, 1-3), y que Pedro tuvo que pronunciar un discurso para aquietarlos.

           En medio del alboroto que produjo en Jerusalén la actitud de Santiago (de traer cristianos de España), y ante las protestas de los judíos, Herodes III de Judea (Agripa I) "ordenó quitar la vida a Santiago", viendo que eso "había agradado a los judíos" (Hch 12, 2-3). Era el año 44.

           Se trataba de la 1ª muerte de un apóstol de Cristo, que retumbó (como una voz de trueno) en toda la Iglesia, y que hizo que sus hermanos en la fe se animasen a extender la fe al inmenso mundo desconocido, que Santiago había empezado a evangelizar.

           Gracias a su singular fecundidad evangelizadora (la 1ª in magnum mare, cronológicamente), la herencia de Santiago el Mayor (y de sus hijos espirituales, los hispanos) abarca hoy 22 naciones hispánicas y católicas del viejo y nuevo mundo. Y el número de católicos que existen hoy en ellas supera la mitad de todos los católicos del mundo, desde Filipinas hasta Acapulco y desde las Marianas hasta Alaska, en todas las latitudes terráqueas.