26 de Agosto

San Junípero Serra

Pere Riutort
Mercabá, 26 agosto 2026

Semblanza

         Nació en 1713 en Petra (Mallorca), una de las antiguas villas romanas del Pla de Mallorca, en este tiempo con 2.200 habitantes. Fue bautizado al día siguiente de nacer, con el nombre de Miguel y en la bella y gótica Parroquia de San Pedro. Sus padres (Antonio y Margarita) acudían asiduamente al franciscano Convento de San Bernardino, y se ganaban honradamente la vida como canteros de sillares para la construcción. También iban de vez en cuando a la Ermita del Buen Año, y allí dejaban que el pequeño Miguel jugara y se divirtiera.

         Las Florecillas de San Francisco empezaron a entrar pronto en la mente del jovencito Miguel, y empezaron a marcar el ideal de su vida. En el convento se inicia el contacto con los hijos de San Francisco, y allí aprende las primeras letras, hace el canto litúrgico y sirve al altar. A los 13 años se traslada a Palma, y manifiesta su intención de entrar en la Orden Francisco. Pero Miguel es muy bajo de estatura, es raquítico y tiene poca salud, por lo que el provincial Perelló (también de Petra) tuvo que gestionar su entrada con alguna que otra dificultad.

         Como era costumbre, cambió Miguel su nombre por el de Junípero de los Fioretti, y fue destinado al Convento de Palma, que albergaba en su interior el Sepulcro de Ramón Llull. Del aventurero paisano franciscano aprendió Junípero la preocupación por la predicación entre los no cristianos, y fue creciendo en sabiduría y cultura universal.

         Inteligente y aprovechado estudiante, ya antes de su ordenación sacerdotal fue Junípero Serra profesor de filosofía en el Convento de Palma, y más tarde (tras terminar sus doctorados) como catedrático de Prima de Teología Escotista en la Universidad de Mallorca, con apenas 28 años de edad.

         En los archivos de la universidad constan del doctor Serra sus tesis, exámenes y actos académicos, así como el padre Palou hace referencia (en su Relación Histórica, ) a los sermones que fray Junípero realizó sobre Ramón Llull, sobre la fiesta de la universidad y sobre los personajes del momento.

         Pero su actividad no se reducía sólo a las clases en la universidad mayoricense, sino que predica también en diversas poblaciones, especialmente las cuaresmas (que entonces iban unidas a predicaciones continuas).

         No obstante, en la cabeza de Junípero estaban aquellas multitudes de indios de América, y por eso manifestó a su Orden su deseo de ser misionero. El Patronato de los Reyes de España condicionaba que, para ejercer en aquellas tierras, era necesario un nombramiento específico. Lo solicitó él y el padre Francisco Palou, y ambos empezaron a esperar la contestación.

         Estando acabando la predicación de la Cuaresma en Petra, por fin lo tuvieron entre sus manos. Junípero celebró su última misa en la Ermita de Bonany (del Buen Año), y tras ella se despidió de sus paisanos y de sus mismos padres, guardando total secreto sobre su partida para tierras americanas. Al cabo de muy pocos días dejó su Mallorca querida para siempre. Era el domingo in albis, o 13 abril 1749. Tenía entonces 35 años, muy bien aprovechados y con mucho futuro.

         Ésta es la frase que pone en la carta que dirigió a sus ancianos padres, escrita en la lengua materna. Se despide de ellos como hijo que les amaba y les dice que "si comprendiesen bien lo que significa la empresa misionera que ha iniciado en su vida, ellos mismos serían los que le animarían a ir siempre adelante y nunca retroceder".

         Ésta fue su manera de actuar. Con humildad, con espíritu de servicio y a la manera franciscana, no retrocedió nunca en aquello que era bueno para el servicio de Dios y la conversión y el bien de los que iba evangelizando, especialmente en las obras que llevó a cabo entre los indios.

         Los padres Serra y Palou no llegaron a México, su 1º destino, hasta casi 8 meses después. Pasaron por Málaga y Cádiz, cruzaron el Atlántico y por fin pisaron las primeras islas americanas, donde les reciben los hermanos de la familia franciscana de Mallorca allí destinados: los padres Crespí, Verger y Vicens. En el futuro, esa será una constante: la llegada de nuevos compañeros para las misiones americanas, desde la provincia franciscana de Mallorca, especialmente para la costa oeste de Estados Unidos y Canadá.

         Pasan por la isla de Puerto Rico, descanso de las muchas penalidades del viaje, incluida la sed. Pero los 15 días que están allí los aprovecha el padre Serra y sus compañeros para predicar una misión popular a los que vivían en la isla. Poco antes de su llegada a México pasan uno de los momentos más difíciles del viaje, estuvieron a punto de naufragar.

         El 7 diciembre 1749, después de más de 90 días, ponen el pie en el continente americano. Exhaustos del viaje necesitaban descansar; para ello tienen a disposición unos carruajes que les transportarían de Veracruz a México, a unos 550 km. Pero Junípero lleva el espíritu franciscano de sencillez y pobreza hasta el extremo, y él y otro religioso de Andalucía pedirán para hacer el viaje a pie, viviendo de la caridad y no sabiendo dónde reclinar la cabeza.

         En este viaje Junípero empieza a tener en su cuerpo una presencia molesta e inseparable, que le acompañará el resto de su vida: su pierna llagada, probablemente por la picadura en aquellos días de un zancudo tropical. Una visita al Santuario de Guadalupe (31 diciembre 1749) es el comienzo de su misión en tierras de México.

         El Colegio San Fernando de México será desde ahora, y hasta su muerte en 1784, el centro de su vida, bien residiendo allí, bien como lugar que programaba y dirigía las actividades misioneras de los franciscanos. Y allí estuvo 5 meses tras su llegada, preparándose para la obra evangelizadora entre los paganos.

         De 1750 a 1758 desarrollará Serra sus primeras misiones, en Siena Gorda y en compañía del padre Palou. Catequesis, erradicación de la idolatría, promoción humana... E incluso aprendió la lengua pame de los indios, para poder llegarles a su inteligencia y a su corazón.

         Trae de México un maestro albañil, que ayudado de una veintena de indios, con el hasta hace poco tiempo catedrático universitario, fray Junípero, haciendo de peón, trasladando vigas sobre sus hombros como los indios, levantaron la preciosa Iglesia de Xalpán. Retablos dorados y hasta un órgano de tubos, que tocaba un indio. Agricultura, comercio de los productos, trabajo para las mujeres. Una vida humana y organizada, tal como hará después en la Alta California.

         El evangelio, según la mentalidad del hijo de la pobre familia de agricultores y canteros de Petra, va unido a la consecución de una vida digna, fruto del trabajo. Será la constante de la obra de liberación humana, siguiendo el evangelio de Junípero y sus compañeros franciscanos.

         Llega una carta del padre guardián de San Fernando. Los padres Junípero y Palou son solicitados para una difícil y arriesgada tarea misional en Texas, entre los indios apaches, en una misión en la zona del río San Sabá, afluente del Colorado.

         Los padres Alonso y Santisteban habían regado la tierra misional con su sangre; se pudo salvar el 3º miembro de la comunidad, el padre Molina. Había que seguir el camino iniciado por los hermanos, los padres Serra y Palou dejan Sierra Gorda, contentos con el nuevo destino, en el cual era muy posible que diesen la máxima prueba de amor, dar su vida por el evangelio de Jesucristo.

         Diversas circunstancias hicieron que, lo que parecía un cambio inmediato y urgente, tuviese que esperar. No dependía de ellos, ya que la obra misionera cristiana, desgraciadamente, iba unida a los intereses políticos, y hasta a la misma ayuda económica de la Corona española y sus representantes los virreyes de México. La obra de la Alta California, como veremos, padecerá continuamente los graves problemas que acarreaba esta sujeción y ayuda. Pero, si uno quería ser misionero, tenía que pasar por aquí.

         La expectativa de ir a misionar a los apaches, por fin no se hará realidad para fray Junípero, sino que desde 1758 hasta 1767 tendrá su centro de actuación en el misional Colegio San Fernando de México, como maestro de novicios y comisario de la Inquisición, así como en misiones populares a los fieles en diversas partes de Nueva España.

         La supresión de los jesuitas por Carlos III de España impuso a los franciscanos nuevas responsabilidades misionales, al tenerlos que sustituir junto a los dominicos. Y el nombre de California empieza a estar unido, desde entonces, a la persona y compañeros de fray Junípero.

         Estaba en la costa pacífica de Nueva España la Baja California (la peninsular, que actualmente forma parte de México) y la Alta California (la continental, que desde 1848 formará parte de los Estados Unidos). Fray Junípero empieza su labor misionera por la Baja California, adonde llega en 1768. Será el prólogo de su gran obra, la Alta California, en que 16 misioneros jesuitas son sustituidos por 16 franciscanos.

         Fray Junípero es elegido presidente, lo cual quiere decir que une la función de superior religioso a la de ordinario eclesiástico de las nuevas iglesias. En lenguaje canónico actual vendría a ser como un prefecto apostólico de las tierras californianas, pero con menor jurisdicción y menores competencias.

         La Baja y la Alta California forman una unidad misional, hasta que las misiones de la Baja California pasan a los dominicos (ca. 1772). El padre Palou será el vicepresidente, con misión de sustituirle en caso de muerte o imposibilidad: dos almas siempre unidas desde la juventud. El guardián de San Fernando venía a ser el provincial, con responsabilidad sobre todas las misiones que tenían encomendadas.

         La entrada en la Alta California era razón de estado de la Corona española. Si no se ocupaban aquellas tierras, Rusia lo haría; además los ingleses, con sus colonias americanas, no estaban tan lejos. Las tierras de clima mediterráneo del oeste americano interesaban a otros; por esto hay la orden y hasta prisa de ocuparlas anticipadamente.

         El conjunto de los franciscanos busca la cristianización y promoción de los indios, como máximos colaboradores de la Corona española, bajo su patronato y con subvención económica. Era así, y no faltarán muchos disgustos por este motivo, en la obra californiana de Junípero. No podemos ignorar que estamos en el siglo de la Ilustración y faltan pocos años para la Revolución Francesa.

         La llaga de la pierna empieza entonces a hacerse más virulenta y más inoportuna que nunca, en este camino hacia la Alta California. Siempre será su terrible acompañante, una prueba del Señor que hubiese arredrado a cualquiera. Le aconseja el gobernador, Gaspar de Portolá, que se retire a descansar a la cercana misión para restablecerse; pero él ante esta proposición responde:

—No me hable de esto, porque yo confío en Dios que me ha de dar fuerzas para llegar a San Diego, como me las ha dado para venir hasta aquí; y, en caso de no convenir, me conformo con su santísima voluntad. Aunque me muera en el camino, no vuelvo atrás; a bien que me enterrarán, y quedaré gustoso entre los gentiles, si es la voluntad de Dios.

         Pidió a Dios su curación, porque no podía seguir y no consentía que le llevasen en parihuelas los indios neófitos. Llamó al arriero Juan Antonio para que le curase; al decirle éste que sólo había curado las mataduras de las bestias, le respondió:

—Haz cuenta que soy una bestia y hazme el mismo medicamento que aplicarías a una bestia.

         Tomó sebo con hierbas, lo machacó, lo frió y se lo aplicó. Durmió aquella noche y quedaron admirados de que recobrase tan repentinamente la salud.

         El 1 julio 1769 llegaron a la costa del Pacífico, al deseado Puerto de San Diego. Empieza su máxima obra, la fundación de California. Ésta es obra de un conjunto de personas; pero, básicamente, Junípero será considerado por la historia y en la conciencia popular, padre de una cristiandad y padre de un pueblo. El padre Palou continúa en la Baja California, actuando de presidente hasta que dejaron estas misiones. El padre Crespí será el buen compañero de Junípero hasta su muerte, acaecida el 1 enero 1782.

         Hay otro pequeño grupo de esforzados franciscanos, que después irá creciendo, siempre menos de los que eran necesarios. El catalán Gaspar de Portolá es el 1º gobernador y jefe militar de la expedición. Serra y Portolá sintonizaron perfectamente. Catalanes son en buena parte los soldados de la última expedición expansiva española en América, llevada a término después del borbónico Decreto de Nueva Planta.

         Los soldados serán en algunas ocasiones rémora en la evangelización y civilización de los indios, pero serán más frecuentemente imprescindibles colaboradores para dar seguridad a las misiones, y normalmente pondrán sus manos y saber en la construcción de edificios y en las tareas de asentamiento de poblaciones a la manera europea. La obra de California no fue una acción bélica sangrienta, sino que fue básicamente de diálogo y comprensión mutua respecto a los nativos, promovida en buena parte por los misioneros.

         A lo que hoy es San Diego llegan el 16 julio 1782, y la alegría empieza a hacerse realidad. En el lugar escogido, la cruz es levantada, la veneran; colgaron la campana y la tocan festivamente; bendijo el agua y con ella los terrenos que iban a albergar la misión; se preparó una barraca para que sirviese de capilla y una vez cantado el Veni Creator Spiritus, se dio por fundada la misión. Se abrieron los libros parroquiales.

         Desde cero han de conseguir la amistad de los indios. No conocen sus lenguas. Han de aminorar y hasta si es posible destruir el recelo de la presencia de aquellos nuevos instalados en sus tierras, sin duda para la mayoría de indios, considerados como unos intrusos, si no como enemigos. Así, en todas y cada una de las misiones y ciudades que van fundando:

-en 1770: San Carlos de Monterrey, futura residencia de Junípero y 1ª capital de California. En 1771 se sitúan junto al río Carmelo, a poca distancia de Monterrey;
-en 1771: San Antonio de Padua;
-en 1771: San Gabriel Arcángel. Cerca de allí, se levantará el pequeño poblado de Nuestra Señora de Los Angeles, origen de la gran urbe actual de Los Angeles;
-en 1772: San Luis Obispo de Tolosa;
-en 1776: San Francisco, misión fundada por el padre Palou, origen de la ciudad actual;
-en 1776: San Juan Capistrano;
-en 1777: Santa Clara de Asís;
-en 1782: San Buenaventura.

         Sus sucesores continuarán la obra de construcción y constitución de 21 misiones. Los padres Palou, Lasuén y Payeras fueron sucediendo a Junípero en lo sucesivo, en cuanto a la presidencia de las misiones.

         Algunos de los nombres de sus compañeros, a lo menos los primeros, no pueden ignorarse: los padres Dumetz y Jaume (mallorquíes), los padres Somera (mexicano) y Gambón (gallego), los padres Pieras y Sitjar (mallorquíes), los padres Cavaller y Juncosa (catalanes), los padres Paterna (andaluz) y Cruzado (californiano).... El padre Junípero se emparejó, como un misionero más, con el padre Crespí.

         Normalmente cada misión juniperiana es una lucha entre la ilusión y valentía del grupo de franciscanos y las dificultades de diversa índole y procedencia que se tenían que solucionar o a veces simplemente sufrir pacientemente a la expectativa que llegasen tiempos mejores. La escasez de bienes materiales fue muy frecuente, hasta en algún momento hay que hablar de hambre: «Siempre adelante, nunca retroceder.

         Hasta el guardián de San Fernando (padre Verger) se suma a las dificultades, al enviar en 1770 un informe, donde no comparte el entusiasmo de fray Junípero Serra y sus compañeros ante la empresa californiana y dicta algunas normas de gobierno inaceptables:

"Fúndense las misiones; pero sea como se debe, de modo que se verifique lo que significa el verbo fundar, que no es fundar perspectivas. Si tengo algún consuelo, es ver el gusto y alegría con que marcharon. Sus trabajos han sido y son indecibles. Y solo la divina Providencia pudo conservarles la vida; que si se hubieran muerto los más, no causara admiración alguna".

         Ante los cálculos humanos y hasta las maledicencias, Junípero respondería: "Paz y paciencia, y siempre adelante". La verdad es que si no hay la ilusión de las perspectivas, no se llega nunca a las realidades. Hay que recordar que después de una larga presencia de Junípero en México (ca. 1773), y leído al padre Verger el informe que presentó al virrey, el padre Verger cambió de juicio.

         El contacto y la acción con los indios, otro capítulo importante. Lenguas diferentes, y actitudes variables ante los nuevos venidos, desde el recelo hasta la oposición violenta. Los misioneros eran los encargados de acercarse a ellos amigablemente; les hablaban de una religión inimaginable para su manera de pensar y de convivir. Allí estaban con ellos haciéndose presentes en sus vidas. Les promovían en el trabajo agrícola e industrial. Vivían comunitariamente los nuevos indios cristianos en las misiones.

         El padre Serra, en uno de sus escritos, se lamenta de la obligación que tienen de enseñarles castellano; dice que la evangelización sería mucho más rápida y eficiente si se hiciese en sus respectivas lenguas. El padre Bonaventura Sitjar estudió las variadas lenguas de los indios californianos. El padre Junípero, con su Representación al virrey Bucarelli, hace la declaración de derechos de los indios, y pone los principios para su bienestar físico y espiritual.

         Los niños y los jóvenes indios estuvieron en las prioridades de la acción misionera. Las relaciones con los indios tienen un capítulo singular y sangriento en la misión de San Diego (ca. 1775). Allí estaban el padre Luis Jaume, de la villa de San Juan de Mallorca y el padre Vicente Fuster, de la provincia de Aragón.

         Dos indios bautizados que vivían en la misión, fueron por la sierra a decir a los otros indios que los misioneros querían hacerles cristianos a la fuerza. Así convencieron a muchos y se presentaron de noche en la misión, robaron en la iglesia e incendiaron las edificaciones. Los soldados se defendieron y el padre Fuster se pudo esconder.

         El padre Jaume se acercó a los indios y les saludó a la manera mallorquina de la época: "Amar a Dios". Lo agarraron, lo llevaron al bosque, lo desnudaron, le dieron con porras y lo asaetearon hasta que murió. El hecho produjo una gran consternación entre los misioneros y pobladores. Cuando lo supo el padre Junípero, dio gracias a Dios porque se había regado la tierra con la sangre de un mártir, pero, por otra parte, no podía ocultar la tristeza de su muerte y el gran problema sobre la seguridad que planteaba.

         Ante este hecho, Junípero no aceptó la pena de muerte para los culpables, sino que declaró: "A1 matador dejarle para que se salve, que es el título de nuestra venida. Darle a entender, con algún moderado castigo, que se le perdona, en cumplimiento de nuestra ley, que nos manda perdonar injurias y procúrese no su muerte, sino su vida eterna". Y esto lo tenía establecido para él y para todos los misioneros. Obra de paz, no de guerra, todo lo contrario de los conquistadores humanos. Y esto en un tiempo que la ejecución capital era frecuente en nuestras plazas.

         La nueva Iglesia de California no recibía la plenitud del don del Espíritu Santo a través del sacramento de la confirmación. Por concesión de Clemente XIV, pudo el padre presidente administrar el sacramento. El breve apostólico pasó todos los trámites que imponía el regalismo, el pase regio y el corte virreinal. Hasta 1778 no llegó a manos de fray Junípero. Así que empuña su bastón y a recorrer las misiones; a preparar a los que lo tenían que recibir; a superar obstáculos, como siempre, sobre todo su salud, que continuaba muy deteriorada, de manera especial la llaga de la pierna.

         En ciertos momentos no podía tenerse en pie y el asma le oprimía el pecho, como un intenso dolor que le ahogaba. Pero su ansia apostólica puede más y es, además, la ocasión para contactar con todas las misiones. Cuando vuelve a la misión de San Carlos Borromeo, la suya, dirá humildemente:

"Edificado vengo de lo que he visto han trabajado en las otras misiones; aquí siempre nos quedamos atrás. Los seis últimos años de vida del padre Serra, estando de gobernador Felipe de Neve, fueron de una lucha agotadora contra la intromisión y persecución solapada del nuevo gobernador, que se consideraba señor absoluto de todo lo que estaba bajo su mando, misioneros incluidos. Puso la falsa excusa que la concesión papal de confirmar no tenía el placet regio y se lo prohibió".

         Junípero contó con el apoyo incondicional de los misioneros. El escándalo público fue inevitable. Tuvieron que acudir al virrey de Nueva España, que certificó que la concesión pontificia estaba en regla. Y Felipe de Neve tuvo que saborear su amargo fracaso.

         Llegamos a los últimos días de Junípero, a quien llamaban los indios "el padre viejo". A pesar del mal estado de salud, quiso hacer una última visita a las misiones, administrando la confirmación, después del incidente sobre el asunto con el gobernador. Había visto nacer y crecer las comunidades cristianas de California, su "gozo y corona". Estaba a punto de acabar su carrera, que bien podríamos adjetivar "de obstáculos".

         Fray Junípero estaba muy enfermo, toda su vida fue una lucha entre sus graves dolencias y el ánimo, el ardor de su espíritu que las superaba, diríamos que casi milagrosamente. Cuando le hablaban de remedios decía que no valía la pena. Quiso tener consigo a su amigo del alma y sucesor el padre Palou; el otro gran compañero, el padre Crespí, le había precedido y tenían junto a ellos su sepulcro y su recuerdo.

         Deseaba despedirse personalmente de todos, para ello quiso que se acercasen a Monterrey los misioneros a recoger la parte anual del abastecimiento que les enviaban. Palou afirma que fray Junípero conocía la hora de su muerte. Se concentró unos días de retiro espiritual, y al final hizo una ejemplar confesión general de sus pecados.

         La última prueba, difícil y punzante como pocas, le sobrevino pocos días antes de su muerte. Se intentaba sustituir a los franciscanos de la Alta California por los dominicos. Veía tambalearse el edificio de unas misiones que prometían mucho y que habían levantado a base de mucho sacrificio. ¿Tan mal lo habían hecho ellos?

         Las misiones deben continuar, a pesar de la falta de misioneros. Piensan Junípero y Palou en sus hermanos de Mallorca. Fue 3 días antes de la muerte de Junípero, cuando Palou decide escribir su vida y enviarla a Mallorca para animarles, después de conocer la grandeza de su vida apostólica y franciscana, a que les enviasen los refuerzos que necesitaban. Nos encontramos ante el supremo sacrificio que se pide al padre de California antes de su muerte, y con esta pena murió él, aunque el cambio no se consumó después de su muerte.

         El 25 agosto 1784 lo pasó muy mal, y pidió que le dejasen tranquilo todo el día, dentro de su recogimiento. Amaneció el día 27 y solicitó el viático. Le pidieron que estuviese tranquilo en su pobre celda y que cuando quisiese se lo llevarían. El enfermo se opuso, era él quien tenía que ir al encuentro del Señor. Se organizó una singular procesión presidida por un moribundo. Le acompañaban los dos misioneros, el comandante del fuerte, un destacamento de soldados y todos los indios.

         El padre Palou, incensario en mano, comenzó la ceremonia, fray Junípero entonó el Tantum Ergo con voz y entusiasmo. Cumplieron escrupulosamente todas las rúbricas en la administración del viático. Se retiró después a la soledad de su celda. Se sentó en la rústica mesa y quedó sumido en profunda contemplación todo el día.

         Aquella noche solicitó la unción de enfermos, que recibió sentado en su humilde e incómoda silla de cañas. Rezó los salmos penitenciales y las letanías de los santos, los amigos que le acompañarían en el viaje. Sólo encontraba un poco de alivio estando en el suelo. Parecía que quería morir sobre la madre tierra. Quiso recibir la absolución general con gran gozo del espíritu.

         Amaneció el 28 de agosto. A los marineros amigos, que no había visto desde hacía tiempo les pide: "Háganme la caridad y obra de misericordia de echarme un poco de tierra encima, que mucho se lo agradeceré". Y al padre Palou le dijo:

—Deseo que me entierre en la iglesia y cerca del padre Crespí. Eso por ahora, pues cuando hagan la iglesia de piedra ya me podrán tirar por donde quieran.

         Palou, emocionado, pidió que rogase por ellos. Y Junípero le respondió:

—Prometo que si el Señor, por su infinita misericordia, me concede la eterna felicidad, que desmerecen mis culpas, que así lo haré por todos, y el que se logre la reducción de tanta gentilidad que dejo sin convertir.

         Sintió una turbación, un miedo intenso. Pidió que le leyesen la recomendación del alma, él contestaba con toda devoción. Acabadas las preces, dando muestras de alegría, exclamó:

—Gracias a Dios ya se me quitó totalmente el miedo.

         Se sentó nuevamente a la mesa y llegó el mediodía, y dijo a los presentes:

—Vamos a descansar.

         Quedó solo en su pequeña habitación, se tumbó vestido con su sayal franciscano sobre las pobres tablas, y abrazándose a la cruz que había llevado desde su Mallorca, de los tiempos de su noviciado, se durmió en el tiempo, para despertarse en la eternidad. Eran las 14.00 h. del 28 agosto 1784. Tenía 70 años, 9 meses y 4 días.

         Fray Francisco Palou, al percatarse de tanto silencio, entró en la habitación y vio que había expirado. Le colocaron en un ataúd de sequoia, y vestido del simple hábito franciscano (como él quería). Todos querían tocarlo y tener alguna reliquia.

         Tuvo los honores de general en plaza, aquel que tanto había hecho para el bien de todos; las campanas de su misión anunciaron su muerte, y su cuerpo, ya sin vida, reposa desde entonces el sueño de los justos en su querida misión. Todos oraron por él y con él en solemnes funerales, acompañados de las lágrimas de aquellos que tanto le querían.

         En la visita que hizo Juan Pablo II a su sepulcro, el 17 septiembre 1987, el papa polaco no dudó en afirmar: "Ejerce fray Junípero Serra una influencia permanente sobre el patrimonio espiritual de esta tierra y de su pueblo, con independencia de su religión".

         Junípero Serra fue un evangelizador singular, que nunca se desalentó y que fue artífice de la promoción humana. Mallorca era su amada patria, y la orden franciscana la heredera de su persona. Éstas ofrecieron la vida grandiosa de Junípero a las tierras americanas, para enriquecerlas como donación generosa, más que como posesión egoísta de una colonización. Junípero está entre los egregios misioneros que han hecho historia.

         Su vida fue más allá del don sobrenatural de la fe y del sacerdocio (que ofreció desgastándose e inmolándose), pues humanamente fue un gran héroe de la humanidad. Su vida impregnó a la sociedad civil, constituyéndose en padre y fundador de numerosos pueblos, en especial la California.

         Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, México cedió la California juniperiana a los Estados Unidos, y el nuevo pueblo anglosajón empezó a hacer suya la herencia del humilde fraile mallorquín. Parece que les encanta que una de las potencias del mundo (California) esté capitaneada por un humilde hijo de San Francisco, que luchó contra el desaliento, que sabía agarrar la azada junto a los libros y que lo dio todo por aquellas tierras californianas, que se convirtieron en su patria de adopción.

         Los monumentos a su memoria se sitúan por doquier, tanto en las 21 misiones y ciudades que él fundó, como en los grandes centros de la memoria de su pasado. El 1 marzo 1931 la bella y grandiosa estatua de Junípero Serra llegaba a Washington, y era colocada en la Galería de la Fama del Capitolio, entre los próceres y héroes de cada uno de los estados de Estados Unidos. En la propia California, sus gobernantes no permitieron que su estatua fuera sustituida por la de ningún otro personaje, y declararon a Junípero Serra "el primer californiano, sin discusión".

         Desde el 25 septiembre 1988, por decreto de Juan Pablo II, la Iglesia le tributa el honor de los altares. Los Estados Unidos hacen coincidir la conmemoración litúrgica con su entrada en California, cuando fue fundada su 1ª misión: la de San Diego.

 Act: 26/08/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A