27 de Agosto

Santa Mónica de Tagaste

Gabriel Estal
Mercabá, 27 agosto 2026

Semblanza

         Nació el 331en Tagaste (Argelia), en el seno de una noble familia romana venida a menos por el curso desgraciado de los destinos públicos. Como niña de pies inquietos, corretea y se divierte Mónica por las calurosas callejuelas de Tagaste, hasta que a la voz de la vieja criada (gruñona pero querida), la niña suspende el juego, y con un gracioso mohín (mezcla de cariño y de protesta) vuelve presurosa a la casa de sus padres.

         Se trata de un ejemplo que retrata que, desde su más tierna edad, aprendió Mónica en su casa las prácticas piadosas y los ejercicios domésticos, completando su formación con sencillez y sin alardes de opulencia.

         Y de un ejemplo que muestra que, más que a la madre, debió Mónica toda su diligencia y celo a aquella anciana y prudente sirvienta, que llevó ya a su padre a la espalda (cuando niño) y que es ahora, por sus años respetables y por sus óptimas costumbres, la autoridad moral más acatada de la familia. Condescendiente tanto como severa con los pequeños, hasta el agua les regula a deshora, para que se habitúen a moderar los apetitos.

         Bajo su vigilancia aprende Mónica lecciones de honestidad, y va haciéndose un alma exquisita, encerrada en un corazón sumamente sensible. Los pobres, a diario, son su debilidad apasionante, y la frecuencia de la limosna su recreo más feliz. La dicha de su corazón explota cuando halla oportunidad para lavar los pies a algún peregrino u ofrecer consuelo a algún enfermo.

         A medida que va siendo crecida empieza a gustar los deleites interiores de la espiritualidad. Más de una vez la sorprenden los íntimos arrodillada en un rincón oscuro, haciendo oración a solas, en diálogo de cordialidad inocente con Dios. En los juegos ríe y disfruta como nadie. Sus amigas la respetan, y su palabra es resolutoria en cualquier discusión.

         No ha de faltarle, tampoco, alguna cándida picardía. Como aquella de los tragos clandestinos, que recordará siempre con vergüenza. A la hora de comer, por mandato de sus padres, es la encargada de bajar a la bodega para sacar vino de la cuba. Y cede a la tentación de probarlo, sólo por tomarle el gusto, antes de servirlo a la mesa. Al principio bebe una pizca, casi nada. Poco a poco va aumentando el paladeo, y con él la cantidad. Ahora es ya una gran copa lo que saborea cada vez, antes de subir, sin que lo sepa la criada inflexible ni ninguno de sus mayores.

         Hasta que todo se descubre. Unicamente está en el secreto otra sirvienta más joven y consentida. En cierta ocasión, discutiendo una y otra, la criada echa en rostro de su pequeña ama este defecto, llamándola, con intención humillante, "niña borrachuela". Santo remedio. Herida Mónica por el aguijón del insulto, comprende la fealdad del vicio y lo condena al instante, arrojándolo definitivamente de sí. El amor propio afrentado actúa aquí de medicina maravillosa.

         Desde muy niña se está mostrando maestra en reflexionar y en cordura de saber. Lo demostrará más tarde dando lecciones en la escuela de filósofos sutiles, improvisada en el retiro de Casirciaco. Sencilla tanto como culta, desprecia las galas de lujo. Aunque mujer, su prudencia y su discreción están por encima de la vanidad.

         Rica en dones de espíritu y en gracias exteriores, al cumplir los 20 años se casa con Patricio, curial de Tagaste, noble pero arruinado también. El corazón del esposo, naturalmente leal y honrado, estalla en volcanes de pasiones vergonzosas. Pagano, violento, de fibra colérica y de pensamientos nada castos, choca en rudo contraste con la delicadeza de Mónica, que consigue enamorarlo y vencerlo, en medio de sus repetidas y alardeadas infidelidades.

         Un matrimonio así, con edades dobladas y con temples tan distintos, humanamente no puede adivinarse sino como un presagio seguro de desdicha. Pero Mónica acepta ante el altar la mano de Patricio, consciente de un holocausto y con presentimiento de misión. El tacto de su santidad y de sus silencios transforma pronto el infierno previsible del hogar en un remanso de concordia.

         Bien puede atestiguarlo la propia suegra, en cuya casa vive. Pagana e irritable, como Patricio, acoge las calumnias de los criados, quienes, sólo por adularla, fomentan sus celos, su malquerencia y su astucia contra Mónica. Pero la nuera ya conoce el procedimiento: no huye ni protesta, sino que convive para convertir. Y lo logra, con defensa de amor, humildad, dulzura y paciencia. Táctica de éxito, que aconseja a sus amigas.

         Mónica nunca sale a la calle con huellas de castigos en el rostro ni comunica las defecciones maritales de Patricio. La oratoria de su ejemplo y el prestigio de su conducta sin tacha ponen paz en las disputas de familiares y extraños. Abomina los chismes y el comadreo. Al fin, la rudeza del esposo y el rencor de la suegra terminan quebrándose contra el corazón suavísimo de Mónica, trasunto ideal de la perfecta casada.

         Al filo de los 22 años Mónica es madre. El 13 noviembre 354 nace su primogénito (Agustín), el mayor de otros 2 vástagos que más tarde también brotarán de su seno (Navigio y Perpetua).

         Agustín es una llamarada de ímpetus contrarios, y la fogosidad de Patricio y la ternura de Mónica arden en su corazón. Navigio es más plácido, más tímido y más maternal (como Jacob). Agustín lleva arreboles de crepúsculo y ascuas de fuego en la sangre. Si no concierta en número, en peso y en medida el huracán temprano de sus inquietudes (como Esaú). Toda la vida de Mónica va a cifrarse en un colosal esfuerzo por abrir metas de luz y caminos de seguridad al paso de este gigante.

         Perpetua, la menor, se casa y enviuda pronto. No sale del solar africano. Cuando Agustín sea sacerdote ingresará en un convento, bajo su Regla monástica. Navigio no abandona nunca a la madre. Va a ser su fuente de consolación y su descanso durante los extravíos de Agustín.

         Se casará también y tendrá hijos. Uno de ésos se verá más tarde de subdiácono en Hipona, junto al tío obispo. Algunas hijas florecerán a su vez entre las vírgenes de Africa, al lado de la tía monja. Navigio y Perpetua, elevados a los altares, ocupan hoy un lugar de gloria en el santoral cristiano.

         Mónica acierta a sustituir rápidamente los sinsabores y las contrariedades del matrimonio con la educación de sus hijos. Desde el regazo de la madre, "mientras saborean las delicias de su leche", gustan ya la palabra y la sonrisa de Dios. Nos lo dirá el propio Agustín. Todos creen en casa por Mónica. El nombre de Jesús es familiar a hijos y criados. Aquéllos son catecúmenos. La servidumbre es cristiana. Sólo Patricio permanece infiel.

         Navigio y Perpetua, discretos en dones, no son problema para Mónica. El talento fuera de lo normal de Agustín es su tormento de pesadilla. Al principio se limita a reír las quejas de los palmetazos que recibe el pequeño en la escuela de Tagaste, con su aversión clamorosa al estudio.

         Pero después, cuando el genio despierta monstruoso en sus potencias, con los triunfos apoteósicos de Madaura, unidos a un entusiasmo incontinente por Virgilio, por las estrofas encendidas de los poetas, por las representaciones teatrales... Mónica mira con miedo al mar agitado de su alma, y teme por su perdición.

         Comienza ahora el calvario más cruel de la madre. Sólo Agustín le importa, porque le ve al borde del abismo. "Amar y ser amado" es el lema del escolar brillante, a quien el orgullo de sus paisanos vaticina ya gloria de la patria. La labor de Mónica en la educación de Agustín, estremecido de pasiones rugientes, como su padre, en el albor de los dieciséis años, cae estruendosamente a tierra. La indiferencia de Patricio, preocupado sólo por los aplausos, contribuye al derrumbamiento.

         Entonces, en medio de las primeras lágrimas que vierte la madre por el hijo difícil, recibe alborozada la 1ª alegría: Patricio se convierte. En la primavera del año 370 abjura públicamente la religión pagana, haciéndose catecúmeno, y un año más tarde (gravemente enfermo) recibe el bautismo, muriendo poco después con muerte edificante. El valor del holocausto, concluido por Mónica en su corazón al recibir el velo de casada, resulta así absolutamente positivo.

         Viuda y joven, con sus 39 años, viste sencillamente, ayuna y se ejercita en obras de piedad. Agustín no ha asistido a la muerte de su padre. Estudiante en Cartago, recibe con dolor la triste noticia. La viuda pobre no podrá seguir costeándole los estudios. Pero el corazón generoso de un amigo, Romaniano, soluciona felizmente la contrariedad. Agustín y Mónica pagarán al mecenas con la educación de su hijo Licencio, perfectamente lograda en ciencia y en espíritu por tan extraordinarios preceptores.

         Mónica quiere casto a Agustín. Al saberle en pubertad, ya antes de morir Patricio, le exhortó con valentía sobre los bienes de la continencia. Pero Agustín despreció el consejo como "palabras de mujer". Ahora, lejos de su madre, y envuelto en los peligros de una gran ciudad, "ama al fin, es amado y gusta los placeres, los celos y todas las tempestades del amor". Y a los 18 años tiene un hijo, Adeodato.

         Cuando Mónica lo sabe comprende que toda su vida va a resolverse en lágrimas. No le importa que Agustín sea el 1º en los estudios, que entienda sin maestro las cuestiones más abstrusas de filosofía, que triunfe en los certámenes, que en su torno exploten siempre los aplausos; sólo le importa definitivamente la salvación de su alma. Piensa, después de todo, que por la ciencia llegará a Dios. Y se decide a esperar.

         Agustín lee el Hortensio de Cicerón, que le transforma intelectualmente. Penetra con avidez en la dialéctica platónica. Abriga la ilusión de hallar el nombre de Jesús, "mamado amorosamente en la leche de la madre". Y no lo encuentra. Repasa después las Sagradas Escrituras. Pero lo hace con orgullo, sin humildad, con el corazón manchado. Y no las comprende. Mónica sigue estos pasos hacia la luz, y cada día ora con más confianza, mortificándose y continuando silenciosamente en espera.

         El problema de Agustín, en estos momentos, es ideológico tanto como afectivo. Busca una doctrina que le proporcione el descubrimiento de la verdad y el culto al nombre de Jesús, sin renunciar a las pasiones. Todo esto le promete el maniqueísmo. Y se afilia con entusiasmo a su fe.

         Apenas cuenta 19 años y aparece ya con tacha de concubinato y herejía. ¡Horror para Mónica! Ferviente maniqueo, se hace apóstol de la secta. En seguida comienzan las conversiones. Todos cuantos le siguen, Alipio, Romaniano, Honorato, Nebridio.... prendados de su lógica y de su corazón, figuran entre los adeptos.

         Mónica llora desconsolada. Regresa Al terminar sus estudios, Agustín vuelve de Cartago y prosigue la captación de discípulos en Tagaste. Incluso a su propia madre trata de convencer. Pero sólo ella se le resiste y le echa de casa. Cabizbajo, Agustín se refugia en su mecenazgo y abre escuela de gramática entre los suyos. Le acompaña la concubina y su hijo. 

         Mónica no tolera la separación y le visita a diario. Es ley de corazones grandes. Un día le cuenta un sueño. Estando de pie sobre una regla, triste y afligida, ve venir a un joven resplandeciente, que le pregunta el porqué de sus lágrimas. Mónica le contesta que la causa no es sino la perdición de Agustín.

         El joven, para su confortación, le ordena entonces que mire y observe cómo donde ella está se encuentra el hijo. Mirando rápidamente hacia atrás, descubre con alegría que no se engaña. Y pronostica luego Mónica a Agustín que muy pronto le verá católico. Pero éste interpreta la visión volviéndola hacia sí, intentando persuadir a la madre de que es ella la que algún día terminará en maniquea. A lo cual replica agudamente: "No me dijo: Donde él está allí estás tú, sino: Donde tú estás allí está él". Y agrega, sonriendo, que se cumplirá la profecía.

         A pesar de todo, Agustín continúa en la oscuridad y Mónica sigue llorando. Por esta misma época visita a un santo obispo en demanda de orientación, e insiste ante él con lágrimas incontenidas para que le ayude en su desconsuelo. Y, asomándose a su alma, le responde el obispo con acento seguro: "Ve en paz, mujer, y que Dios te dé vida; no es posible que hijo de tantas lágrimas perezca".

         Tras la muerte de un amigo entrañable Agustín languidece, comienza a sentirse mal y precipita su salida para Cartago, donde abre cátedra de retórica. Con el alejamiento todo se cura. Mónica no lo impide, pues en ello va la salud del hijo. Y confía en el milagro de la ciencia. Nacen aquí las primeras dudas del joven maestro en torno a la dogmática maniquea, que sus doctores no aciertan a resolverle.

         Sin paz en el alma y sin convicción en la inteligencia, Agustín emprende la búsqueda por otros horizontes. Y anuncia su salida para Roma. La madre, armada de valor, se presenta en Cartago para impedirlo, pues teme que en la capital del mundo se pierda irremisiblemente.

         Pero Agustín, contrariando sus planes, decide huir a Roma sin que lo sepa su madre, engañándola sobre la hora concertada. Y así, mientras Mónica está orando en la Ermita de San Cipriano (en la salida oeste de Cartago, dando al mar), Agustín ya está en la nave que le conduce a la gigantesca Roma. Cuando Mónica advierte el engaño de su hijo, y ve que se ha ido sin ella, enloquece de dolor. ¡Mucho tarda en cumplirse la Visión de la Regla!

         En Roma explica Agustín durante un año, alejado de su madre y pródigo en desilusiones escolares y angustia espiritual. Por un lado, los alumnos no le pagan. Por otro, conoce al fin la corrupción de los maniqueos y decide abandonar la secta. La duda absoluta y el escepticismo universal le llevan al pórtico de los académicos.

         Enferma entonces Agustín gravemente, pero eso no le inquieta lo más mínimo, y le trae al fresco morir sin bautismo, aun a riesgo de condenación. No onstante, se cura de su enfermedad (según él dirá después, por las oraciones de su madre), pero sigue en la lejanía.

         Roma no le llena y prepara otro salto. Huye de sí mismo, sin lograr ausentarse. En el año 385 gana brillantemente la cátedra de elocuencia patrocinada por los emperadores en Milán. El problema económico se le esclarece.

         Informada Mónica de la enfermedad de su hijo y de sus avatares académicos, parte de Cartago a Roma en su búsqueda. La acompaña Navigio, mientras Perpetua (ya casada) se queda en Tagaste. Con ánimo sereno, y en medio de una borrasca aparatosa, hacen felizmente la travesía. Pero al llegar a Roma se enteran de la salida de Agustín para Milán, y de nuevo Mónica vuelve a las lágrimas y desilusión.

         Nuevamente de viaje, llega Mónica a la ciudad lombarda, y se arroja en los brazos del hijo. Le encuentra muy otro. Va a rechazar abiertamente la herejía maniquea. Pero ahora es cuando más necesita a la madre. Tiene vacíos el corazón y el pensamiento. En sus razones atiende sólo al encanto de lo formal, sin fe en la verdad. Mónica se dispone a rellenarle de contenido. Para ello visita a San Ambrosio y le presenta a Agustín. Y se tratan los 3 entre sí, cara a cara.

         El santo obispo felicita al deslumbrante profesor por tener una madre tan extraordinaria. Mónica inventa excusas para que el hijo repita las visitas. Pero Ambrosio no es explícito: espera que la gracia obre independiente del hombre.

         En compañía de la madre, Agustín asiste a los sermones de la basílica ambrosiana, interesado por el estilo y por la dicción, sin cuidados para mayores honduras. Pero con la retórica, sutilmente, penetra en los oídos del puro artista la luz de la verdad cristiana. Sin discusiones, ni con la madre ni con el obispo, Agustín medita, y poco a poco va hallando a Dios dentro de sí.

         Comienza a entusiasmarse Agustín por San Pablo, y conversa con personas venerables, confiándoles sus angustias interiores. Está a punto de romper con los vínculos del pecado. Pero la voluntad de la carne se afirma en él más fuerte que la del espíritu. Y lucha sin redimirse de las cadenas que le esclavizan.

         Mónica sigue con más atención que nunca el desarrollo del drama y redobla sus oraciones. Presiente la alborada de Dios. La borrasca irrumpe inclemente en el alma agitada de Agustín. Hasta que un día, en una crisis de rebelión frente a sus miserias, el canto suavísimo de la gracia suena rotundo en su corazón. Y el hombre viejo, perdido por Adán y prisionero en la culpa, se transforma en el hombre nuevo, salvado por Cristo y libre en la fe.

         Las lágrimas de Mónica han precipitado el desenlace feliz. Se ha cumplido la profecía. Agustín está ya en la regla junto a la madre. Con su adiós a la vanidad de la retórica se retira a la quinta de Casiciaco. Van tras él los amigos de siempre, discípulos del maestro en sus desviaciones maniqueas y en sus pasos hacia la pila bautismal, seguros de que su elección, antes y ahora, es criterio de sabiduría. A tanto llega la autoridad de su preeminencia. Le acompaña su madre, con Navigio y Adeodato. Sólo falta la mujer que le dio este hijo, recluida desde hace meses en un convento de Africa, donde habrá rezado, sin duda por él.

         Otoño melancólico y dulce, con suavidad dorada en la vertiente alpina, con inquietud anhelante de recibir a Dios por el bautismo, con doctas controversias, con poesía en las almas, bajo la providencia amorosa de Mónica. Esto es Casiciaco en los primeros fervores de la conversión. La vida allí, de otoño a primavera, es una preparación al bautismo, entre lecturas y discusiones, elevándose a Dios por la belleza de las cosas. Mónica cuida de todos con materna solicitud.

         El ejemplo de su santidad les dirige, corrigiendo e ilustrando, presente a cada uno, "con traje de mujer, fe de varón, seguridad de señora, caridad de madre y piedad cristiana". Entona con ellos los salmos de David. Participa en los diálogos de sobremesa, aunque humildemente se resiste a emitir opinión en aquel cenáculo.

         Instada por Agustín, encauza discusiones sobre la verdad, la hermosura, el orden, la felicidad y el amor de Dios, con una sabiduría, una discreción y un talento, desplegados muy por encima de la frivolidad sensible, que a todos sorprende, penetrando sin dificultad y con agudeza en cuestiones arduas aun para los versados.

         Transcurrido el tiempo de iniciación, al cabo de siete meses, Agustín, Adeodato y sus amigos dan el paso regenerante, recibiendo en Milán el sacramento del bautismo. La ceremonia se ha fijado para el día 25 abril 387. Una fecha de glorioso recuerdo, señalada con piedra blanca en el calendario de la Iglesia.

         La presencia de Mónica, con lágrimas todavía, pero no de ansiedad dolorosa, sino de júbilo radiante, realza la solemnidad del acto. No ha sido estéril tanta súplica. Agustín funde sus emociones con las incontenidas de la madre, mientras el torrente de la gracia penetra en su corazón, entre el eco novísimo que han dejado disperso por las bóvedas las cadencias exultantes del Te Deum.

         Una armonía inefable inunda el alma de Mónica. Todo es paz en su vida. Nada la detiene ya en la tierra. Sólo siente la nostalgia del cielo. Colinada, su misión, ¿para qué esperar?

         Entre tanto, madre e hijo, con la pequeña comunidad de bautizados, deciden volver a Africa, y se establecen en el puerto romano de Ostia durante unos días, mientras llega el momento de embarcar.

         Caen las primeras hojas de otoño. Declina la tarde, una famosa tarde del año 387. Mónica y Agustín están solos junto al mar, reclinados sobre una ventana. Con olvido del pretérito y atentos únicamente al porvenir, se ocupan de la verdad, presente en la vida eterna de Dios. Piensan que ante el gozo de aquella vida vale el deleite perecedero del sentido.

         Recorren la escala de los seres corpóreos. Se elevan interiormente sobre la luna y el sol. Suben más arriba de las estrellas, admirando la obra del dedo divino. Llegan, a la esfera intáctil del pensamiento, y la transcienden también. Alcanzan, por fin, la región de la Sabiduría, principio de todas las cosas, así de las que fueron como de las que serán, existente antes del tiempo, increada, total y constante en el ser, con ausencia de pasado y de futuro. Y hablando de ella y desvividos por su logro, llegan a tocarla un instante (madre e hijo), con el ímpetu más intenso de su corazón.

         Pero el arrebato de beatitud se desvanece. Con un hondo suspiro vuelven a la tierra y al estrépito de las palabras, dejando allí prisioneras las primicias del espíritu. Mónica tiene las manos de Agustín entre las suyas, y ambos no aciertan con la frase que exprese la ansiedad de su ánimo, abismada el alma en la fruición de sus dulzuras, como en aquel instante de efímero deleite. Como escribió más tarde Agustín: "¿No sería esto la entrada en el gozo del Señor? Y tanta dicha, ¿cuándo será?".

         Cinco días después, y en el propio puerto de Ostia, es atacada Mónica por una fiebre maligna. Su presentimiento no precisa más. Comprende y manifiesta a todos que ha llegado su hora. Sin preocupaciones por la sepultura (construida en Tagaste junto a la de Patricio), y satisfecha de haber cumplido la misión del hogar, no le importa ni el dónde ni el cuándo para morir.

         Su serenidad es sorprendente, y de pronto, un éxtasis, alarmante pero dulcísimo, deja inmóvil su cuerpo durante un breve intervalo. Y Mónica exclama: "¿Dónde estoy?", añadiendo con suavidad: "Aquí me dejaréis enterrada, hijo mío".

         Un movimiento de dolor irreprimible se estremece en la estancia. La angustia es general. Adeodato estalla en lamentos inconsolables. "Mejor sería morir en la patria, antes que en este pueblo extraño", profiere Navigio. Mónica le reprende con una mirada de autoridad y reproche, y, dirigiéndose a Agustín, más sereno y más fuerte, corrige imperiosa: "Enterrad mi cuerpo donde sea, y no os preocupéis más por su cuidado. Una sola cosa os pido: que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde os halléis".

         Este es su testamento. Poco después, agravándose la enfermedad, Mónica entra en agonía. Y minutos más tarde es liberada del cuerpo aquella alma trasparente, anhelosa de aires más puros. Sucedía en los inicios del mes de octubre del 387, en el mismo puerto de Ostia. Nacida ya para la eternidad, Mónica deja de llorar en la tierra, a los 55 años de edad. Y recibe el premio de sus lágrimas: un cielo de consolación gloriosa para sí, y la gracia de la fe con una corona de inmortalidad para su hijo.

         Después del entierro nadie acierta a separarse del sepulcro. Tantas cosas les recuerda. La afligida comunidad aplaza por ello el viaje de retorno a la patria. Durante un año permanecen aún entre Roma y Ostia, asociándose a los cánticos de las basílicas y orando ante la tumba inolvidable, en súplica de iluminación y de consuelo.

         La presencia protectora de Mónica se acusa en la vida de todos, y 13 años después la pluma de Agustín no podrá quitarse de su cabeza sus virtudes y fidelidad. Los siglos venideros recogerán con entusiasmo este mensaje finísimo de ternura filial. Su luz penetra en las familias, portadora de paz interior.

         Como ángel del hogar cristiano, las esposas desamparadas y las madres afligidas de todos los tiempos hallan siempre en Santa Mónica el bálsamo de salud que cura las penas en el infortunio y un paño de lágrimas para enjugar el espíritu en la contrariedad.

 Act: 27/08/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A