28 de Agosto

San Agustín de Tagaste

Alban Butler
Mercabá, 28 agosto 2026

Semblanza

         Nació el 354 en Tagaste (Argelia), como hijo mayor de los 3 hijos que tuvo el matrimonio de Patricio y Mónica, padres de cierta posición romana pero no ricos. Patricio era un pagano (curial de Tagaste) de temperamento violento, que sólo poco antes de morir, y gracias al ejemplo y prudente conducta de Mónica, decidió bautizarse.

         El hermano mediano de Agustín (Navigio) dejó varios hijos al morir, y la hermana pequeña (Perpetua) consagró desde joven su virginidad al Señor. Aunque Agustín ingresó en el catecumenado desde la infancia, no recibió todavía el bautismo, según la costumbre de la época.

         Mónica había enseñado a orar a su hijo desde niño y le había instruido en la fe, de modo que el mismo Agustín fue el que pidió, al caer gravemente enfermo, que le fuese conferido el bautismo. Mónica hizo todos los preparativos para que lo recibiera, pero la salud del joven mejoró y el bautismo fue diferido:

"Mis padres me pusieron en la escuela para que aprendiese cosas que en la infancia me parecían totalmente inútiles y, si me mostraba yo negligente en los estudios, me azotaban. Tal era el método ordinario de mis padres y, los que antes que nosotros habían andado ese camino nos habían legado esa pesada herencia".

         Como se ve, el pequeño Agustín estudiaba sólo por temor al castigo, y no por aprender las lecciones como debía hacerlo. Y algunas veces pedía a Dios que le librase del castigo en la escuela, mientras sus padres y maestros se reían de su miedo. A este respecto, Agustín comenta:

"Nos castigaban porque jugábamos; sin embargo, ellos hacían exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos recibían el nombre de negocios. Reflexionando bien, es imposible justificar los castigos que me imponían por jugar, alegando que el juego me impedía aprender rápidamente las artes que, más tarde, sólo me servirían para jugar juegos peores. De hecho, el mismo maestro que me castigaba por una falta sin importancia, se mostraba en las disputas con los otros profesores menos dueño de si y más envidioso que un niño al que otro vence en el juego".

         A Agustín le gustaba especialmente el latín, que había aprendido en conversaciones con las sirvientas de su casa y con otras personas. Pero no el latín "que enseñan los profesores de las clases inferiores, sino el que enseñan los gramáticos". Desde niño detestaba el griego y nunca llegó a gustar a Homero, porque jamás logró entenderlo bien. En cambio, muy pronto tomó gusto por los poetas latinos.

         Agustín fue a Cartago a fines del 370, cuando acababa de cumplir 17 años. Pronto se distinguió en la Escuela de Retórica y se entregó ardientemente al estudio, aunque lo hacía sobre todo por vanidad y ambición. Poco a poco se dejó arrastrar a una vida licenciosa, conservando por los pelos la decencia de alma (como lo reconocían sus propios compañeros).

         No tardó en entablar relaciones amorosas con una mujer y, aunque eran relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mandó a Milán (ca. 385). Con ella tuvo un hijo (Adeodato), el año 372. El padre de Agustín murió durante ese embarazo (ca. 371), y Agustín prosiguió sus estudios en Cartago. La lectura del Hortensius de Cicerón le desvió de la retórica a la filosofía. También leyó las obras de los escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le impidió comprender su humildad y penetrar su espíritu. Por entonces cayó Agustín en el maniqueísmo.

         Aquello fue, por decirlo así, una enfermedad del alma, angustiada por el "problema del mal" que trataba de resolver a través del dualismo metafísico y religioso, afirmando que Dios era el principio de todo bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad. Y esos males, unidos al del orgullo, hicieron que Agustín profesara el maniqueísmo hasta los 28 años. Como él mismo confiesa, más adelante:

"Buscaba yo por el orgullo lo que sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo conseguí caer por tierra".

         Una vez terminados sus estudios, Agustín abrió su propia Escuela de Gramática (en Tagaste) y Escuela de Retórica (en Cartago), y a ellas se dedicó durante 9 años. Entre tanto su madre Mónica, confiada en las palabras de un santo obispo que le había anunciado que "el hijo de tantas lágrimas no podía perderse", no cesaba de tratar de convertirle por la oración y la persuasión. Después de una discusión con Fausto (el jefe maniqueo), Agustín empezó a desilusionarse de la secta.

         El año 383 partió furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre tratase de retenerle en África. En la Roma abrió su Escuela de Retórica, pero descontento por la perversa costumbre de los estudiantes (que cambiaban frecuente de maestro para no pagar sus servicios) decidió emigrar a Milán, donde obtuvo el puesto de profesor de retórica.

         En Milán fue muy bien acogido el joven profesor Agustín, y el mismo obispo de la ciudad (San Ambrosio) le dio ciertas muestras de respeto. Por su parte, Agustín tenía curiosidad por conocer a fondo al obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su erudición.

         Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de San Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia. Los sermones del obispo eran más inteligentes que los discursos del hereje Fausto, y empezaron a producir impresión en la mente y corazón de Agustín, quien al mismo tiempo leía las obras de Platón y Plotino. Como él mismo dirá más tarde: "Platón me llevó al conocimiento del verdadero Dios, y Jesucristo me mostró el camino".

         Su madre Mónica, que le había seguido a Roma y Milán, quería que Agustín se casara. Por otra parte, la concubina de Agustín retornó a África, y dejó al niño con su padre. Pero nada de aquello consiguió mover a Agustín a casarse ni a observar la continencia, y la lucha espiritual e intelectual continuó sin cambios.

         Agustín comprendía la excelencia de la castidad predicada por la Iglesia Católica, pero la dificultad de practicarla le hacía vacilar en abrazar definitivamente el cristianismo. Por otra parte, los sermones de San Ambrosio y la lectura de la Biblia le habían convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía todavía a cooperar con la gracia de Dios:

"Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a ti alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado. Nada podía responderte cuando me decías: Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará. Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía: Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo. Pero ese pronto no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el 'poco tiempo' se convertía en mucho tiempo".

         El relato que San Simpliciano le había hecho de la conversión de Victorino, el profesor romano neoplatónico, le impresionó profundamente. Poco después, Agustín y su amigo Alipio recibieron la visita de Ponticiano, un africano. Viendo las epístolas de San Pablo sobre la mesa de Agustín, Ponticiano les habló de la vida de San Antonio y quedó muy sorprendido al enterarse de que no conocían al santo. Después les refirió la historia de dos hombres que se habían convertido por la lectura de la vida de San Antonio.

         Las palabras de Ponticiano conmovieron mucho a Agustín, quien vio con perfecta claridad las deformidades y manchas de su alma. En sus precedentes intentos de conversión Agustín había pedido a Dios la gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la concediese demasiado pronto:

"En la aurora de mi juventud, te había yo pedido la castidad, pero sólo a medias, porque soy un miserable. Te decía yo, pues: Concédeme la gracia de la castidad, pero todavía no. Porque tenía yo miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no extinguida".

         Avergonzado de haber sido tan débil hasta entonces, Agustín dijo a Alipio en cuanto partió Ponticiano:

—¿Qué estamos haciendo? Los ignorantes arrebatan el Reino de los Cielos, y nosotros, con toda nuestra ciencia, nos quedamos atrás cobardemente, revolcándonos en el pecado. Tenemos vergüenza de seguir el camino por el que los ignorantes nos han precedido, cuando por el contrario, deberíamos avergonzarnos de no avanzar por él.

         Agustín se levantó y salió al jardín. Alipio le siguió, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. Y Levantándose del sitio en que se hallaba sentado, fue a tenderse bajo un árbol, clamando:

—¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a mis iniquidades en este momento?

         En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que cantaba en la casa vecina una canción que decía: "Tolle lege, tolle lege" (lit. toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse si los niños acostumbraban repetir esas palabras en algún juego, pero no pudo recordar ninguno en el que esto sucediese.

         Entonces le vino a la memoria a Agustín que San Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje del evangelio. Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo, dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio con el libro de las epístolas de San Pablo.

         Inmediatamente lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: "No en las riñas y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia". Y ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de Agustín, que cerró el libro y relató serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo de San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe". Aplicándose el texto a sí mismo, siguió a Agustín en la conversión.

         Ambos se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a Mónica, la cual alabó a Dios porque "es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable". La escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre de 386, cuando Agustín tenía 32 años.

         Agustín renunció inmediatamente al profesorado, y se trasladó a una casa de campo en Casiciaco (cerca de Milán), que le había prestado su amigo Verecundo. Su madre Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, su amigo Alipio y algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, y allí vivieron todos en una especie de comunidad.

         Agustín se consagró al estudio, su especial forma de oración (por la devoción que ponía en él). Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sentidos, y dedicado a orar con gran humildad, Agustín empezó a prepararse para recibir la gracia del bautismo, tras el cual esperaba convertirse en una criatura nueva:

"Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detrás de la hermosura por ti creada; las cosas que habían recibido de ti el ser, me mantenían lejos de ti. Pero tú me llamaste. me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de ti. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus abrazos".

         Sus 3 diálogos Contra los Académicos, Sobre la Vida Feliz y Sobre el Orden, se basan en las conversaciones que Agustín tuvo con sus amigos en esos 7 meses de Casiciaco. Hasta que la víspera de la Pascua del 387, junto con Alipio y su querido hijo Adeodato (de 15 años), recibió Agustín el baustismo.

         En el otoño de ese año, Adeodato muere y Agustín resuelve volver a África, dirigiéndose a Ostia para su embarque. Le acompaña su madre y algunos amigos. Santa Mónica muere esperando al barco en el Puerto de Ostia (noviembre del 387), y Agustín decide permanecer en Roma unos meses más, hasta que definitivamente se embarca hacia África en septiembre del 388.

         En Tagaste vivió casi 3 años con sus amigos, olvidado del mundo y al servicio de Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Además de meditar sobre la ley de Dios, Agustín instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. Él y sus amigos habían puesto todas sus propiedades en común, y cada uno las utilizaba según sus necesidades.

         Aunque Agustín no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el año 391 por el obispo Valerio de Hipona, quien le tomó por asistente. Así pues, Agustín se trasladó a dicha ciudad, y estableció una especie de monasterio en una casa próxima a la iglesia, como lo había hecho en Tagaste. San Alipio, San Evodio, San Posidio y otros, formaban parte de aquella comunidad, y vivían "según la regla de los santos apóstoles".

         El obispo, que era griego y tenía cierto impedimento de la lengua, nombró predicador a Agustín, algo raro en Occidente (que no así en Oriente, donde cada obispo tenía su predicador oficial). Más todavía, Agustín obtuvo permiso de predicar aun en ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces, Agustín no dejó de predicar hasta el fin de su vida, conservándose hoy día 400 de sus sermones.

         En la 1ª época de su predicación, Agustín se dedicó a combatir el maniqueísmo y donatismo, y consiguió extirpar la costumbre de efectuar festejos en las capillas de los mártires. Y siempre predicaba en latín, a pesar de que los campesinos de ciertos distritos de la diócesis sólo hablaban el púnico, y era difícil encontrar sacerdotes que les predicasen en su lengua.

         El año 395, Agustín fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco después murió éste y Agustín fue aclamado para sucederle en la sede de Hipona. Procedió inmediatamente a establecer la vida común regular en su propia casa, y exigió que todos los sacerdotes que vivían con él renunciasen a sus propiedades y se atuviesen a las reglas.

         Por otra parte, no admitía a las órdenes sino a aquellos que aceptaban esa forma de vida. San Posidio (su biógrafo) cuenta que los vestidos y los muebles eran modestos pero decentes y limpios. Los únicos objetos de plata que había en la casa eran las cucharas, pues los platos eran de barro o de madera.

         El nuevo obispo de Hipona era hospitalario, pero la comida que ofrecía era frugal. Eso sí, no prohibió el uso mesurado del vino. Durante las comidas, se leía algún libro para evitar las conversaciones ligeras. Todos los clérigos comían en común y se vestían del fondo común. Como dijo Pascual XI, "San Agustín adoptó con fervor y contribuyó a regularizar la forma de vida común que la primitiva Iglesia había aprobado como instituida por los apóstoles".

         Agustín fundó también una comunidad femenina, y a la muerte de su hermana (que fue la 1ª abadesa) escribió una carta sobre los principios ascéticos de la vida religiosa. En esa epístola y en 2 sermones se halla comprendida su Regla, que hoy día sigue constituyendo la base de las constituciones de tantos canónigos y órdenes regulares.

         El obispo Agustín empleaba las rentas de su diócesis, como lo había hecho antes con su patrimonio, en el socorro de los pobres. Posidio refiere que, en varias ocasiones, mandó fundir los vasos sagrados para rescatar cautivos, como antes lo había hecho San Ambrosio. Y el propio Agustín menciona (en varias de sus cartas y sermones) la costumbre de vestir una vez al año a los pobres de cada parroquia, y hasta a contraer deudas para ayudar a los necesitados:

"No quiero salvarme yo sin vosotros. ¿Y cuál es mi deseo? ¿Para qué soy obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir en Jesucristo, para vivir en él con vosotros. Esa es mi pasión, mi honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza".

         Pocos hombres han poseído un corazón tan afectuoso y fraternal como el de Agustín. Se mostraba amable con los infieles y frecuentemente los invitaba a comer con él; en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos de conducta públicamente escandalosa y les imponía con severidad las penitencias canónicas y las censuras eclesiásticas. Aunque jamás olvidaba la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se oponía a todas las injusticias sin excepción de personas.

         Agustín se quejaba de que la costumbre había hecho tan comunes ciertos pecados que, en caso de oponerse abiertamente a ellos, haría más mal que bien y seguía fielmente las 3 reglas de San Ambrosio: no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie a entrar en la carrera militar y no aceptar invitaciones en su propia ciudad para no verse obligado a salir demasiado. Generalmente, la correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por la luz que arroja sobre su vida y su pensamiento íntimos. Así sucede, particularmente con la correspondencia de Agustín.

         En su carta 54, dirigida a Januario, alaba Agustín la comunión diria, con tal que se reciba dignamente y con la humildad con que Zaqueo recibió a Cristo en su casa. Pero también alaba la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del humilde centurión, sólo comulgan los domingos y los días de fiesta, para hacerlo con mayor devoción. En la carta a Ecdicia explica las obligaciones de la mujer respecto de su esposo, diciéndole que no se vista de negro (pues eso desagrada a su marido) y que practique la humildad y la alegría cristianas (vistiéndose ricamente por complacer a su esposo).

         En otras cartas, el obispo de Hipona habla del respeto, el afecto y la consideración que el marido debe a la mujer. La modestia y humildad de Agustín se muestran en su discusión con San Jerónimo sobre la interpretación de la epístola a los Gálatas. A consecuencia de la pérdida de una carta, San Jerónimo, que no era muy paciente, se dio por ofendido. San Agustín le escribió:

"Os ruego que no dejéis de corregirme con toda confianza siempre que creáis que lo necesito; porque, aunque la dignidad del episcopado supera a la del sacerdocio, Agustín es inferior en muchos aspectos a Jerónimo".

         Agustín lamentaba la actitud de la controversia que sostuvieron San Jerónimo y Rufino, pues temía en esos casos que los adversarios sostuviesen su opinión más por vanidad que por amor de la verdad. Como él mismo escribía, "sostienen su opinión porque es la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino el triunfo".

         Durante los 35 años de su episcopado, Agustín tuvo que defender la fe católica contra muchas herejías. Una de las principales fue la de los donatistas, quienes sostenían que la Iglesia Católica había dejado de ser la Iglesia de Cristo por mantener la comunión con los pecadores, y que los herejes no podían conferir válidamente ningún sacramento.

         Los donatistas eran muy numerosos en Africa, donde no retrocedieron ante el asesinato de los católicos y todas las otras formas de la violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable celo de Agustín y a su santidad de vida, los católicos ganaron terreno paulatinamente. Ello exasperó tanto a los donatistas, que algunos de ellos afirmaban públicamente que quien asesinara al santo prestaría un servicio insigne a la religión y alcanzaría gran mérito ante Dios.

         El año 405, San Agustín tuvo que recurrir a la autoridad pública para defender a los católicos contra los excesos de los donatistas. Y ese mismo año el emperador Honorio publicó severos decretos contra ellos. Agustín desaprobó al principio esas medidas, aunque más tarde cambió de opinión, excepto en cuanto a la pena de muerte. En el 411, se llevó a cabo en Cartago una conferencia entre los católicos y los donatistas, que fue el principio de la decadencia del donatismo. Pero empezaba otra gran controversia: la pelagiana.

         Pelagio era originario de la Gran Bretaña, y San Jerónimo le describía como un hombre alto y gordo, repleto de avena de Escocia". Algunos historiadores afirman que era irlandés. En todo caso, lo cierto es que había rechazado la doctrina del pecado original y afirmaba que la gracia no era necesaria para salvarse; como consecuencia de su opinión sobre el pecado original, sostenía que el bautismo era un mero título de admisión en el cielo. Pelagio pasó de Roma a Africa junto con su amigo Celestio (ca. 411), y aquel mismo año el Sínodo de Cartago condenó por 1ª vez su doctrina.

         Agustín no asistió al concilio, pero desde ese momento empezó a hacer la guerra al pelagianismo en sus cartas y sermones. A fines del mismo año, el tribuno San Marcelino le convenció de que escribiese su 1º tratado Contra los Pelagianos. Sin embargo, Agustín no nombró en él a los autores de la herejía, con la esperanza de así ganárselos y aun tributó ciertas alabanzas a Pelagio: "Según he oído decir, es un hombre santo, muy ejercitado en la virtud cristiana, un hombre bueno y digno de alabanza".

         Desgraciadamente, Pelagio se obstinó en sus errores, y Agustín empezó a acosarle implacablemente en toda la serie de disputas, subterfugios y condenaciones que siguieron. Después de Dios, la Iglesia debe a Agustín el triunfo sobre el pelagianismo. A raíz del Saqueo de Roma por Alarico (ca. 410), los paganos renovaron sus ataques contra el cristianismo, atribuyéndole todas las calamidades del Imperio.

         Para responder a esos ataques, Agustín empezó a escribir su Ciudad de Dios (ca. 413), y siguió escribiéndola hasta el 426 (una vez que ya terminó sus Confesiones). No se trataba simplemente de una respuesta a los paganos, sino de toda una filosofía de la historia del mundo, vista a los ojos de la Providencia.

         En sus Confesiones Agustín había expuesto los excesos de su conducta pasada, y a los 72 años, en sus Retractaciones, expuso con la misma sinceridad los errores que había cometido en sus juicios. En dicha obra revisó todos sus numerosísimos escritos, y corrigió leal y severamente los errores que había cometido, sin tratar de buscarles excusas.

         A fin de disponer de más tiempo para terminar ése y otros escritos, y para evitar los peligros de la elección de su sucesor, el obispo de Hipona propuso al clero y al pueblo que eligiesen a Heraclio (el más joven de sus diáconos) por sucesor suyo, cosa que así sucedió (ca. 426).

         A pesar de esa precaución, los últimos días de Agustín fueron muy borrascosos. El conde Bonifacio, que había sido general imperial en África, cayo injustamente en desgracia de la regente imperial Placidia, e incitó a Genserico (rey de los vándalos) a invadir África. Agustín escribió una carta maravillosa a Bonifacio para recordarle su deber, y el conde trató de reconciliarse con Placidia. Pero era demasiado tarde para impedir la invasión de los vándalos.

         San Posidio, por entonces obispo de Calama, describe los horribles excesos que cometieron y la desolación que causaron a su paso. Las ciudades quedaban en ruinas, las casas de campo eran arrasadas y los habitantes que no lograban huir, morían asesinados. Las alabanzas a Dios no se oían ya en las iglesias, muchas de las cuales habían sido destruidas.

         La misa se celebraba en las casas particulares, cuando llegaba a celebrarse (porque en muchos sitios no había alma viviente a quien dar los sacramentos). Por otra parte, los pocos cristianos que sobrevivían no encontraban un solo sacerdote a quien pedírselos. Los obispos y clérigos que sobrevivieron habían perdido todos sus bienes y se veían reducidos a pedir limosna. De las numerosas diócesis de África, las únicas que quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta, gracias a que dichas ciudades no habían sucumbido aún.

         El conde Bonifacio huyó a Hipona, al igual que hicieron San Posidio y varios obispos de los alrededores. Los vándalos sitiaron la ciudad en mayo del 430, y prolongaron su asedio durante 14 meses. A los 3 meses de ese asedio, Agustín cayó presa de la fiebre, y desde el 1º momento comprendió que se acercaba su muerte. Desde que había abandonado el mundo, la muerte había sido uno de los temas constantes de su meditación. En su última enfermedad, el santo habló de ella con gozo: "Dios es inmensamente misericordioso".

         Con frecuencia recordaba la alegría con que San Ambrosio recibió la muerte, y mencionaba las palabras que Cristo había dicho a un obispo que agonizaba, según cuenta San Cipriano: "Si tienes miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por ti". El moribundo Agustín escribió entonces:

"Quien ama a Cristo no puede tener miedo de encontrarse con él. Hermanos míos, si decimos que amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con él, deberíamos cubrirnos de vergüenza".

         Durante su última enfermedad, pidió a sus discípulos que escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su habitación, y los cantasen en su presencia. Y no se cansaba de leerlos con lágrimas de gozo. El obispo de Hipona conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Con palabras muy semejantes había comentado Agustín la muerte de su madre. 

         Durante su enfermedad, Agustín curó a varios poseídos, con sólo imponerle las manos. Como afirma Posidio: "Tanto de sacerdote como de obispo, Agustín había pedido a Dios que librase a ciertos posesos, por quienes se le había encomendado que rogase. Y los malos espíritus los dejaron libres".

         Llegado el 28 agosto 430, Agustín exhaló apaciblemente su último suspiro, a los 72 años de edad (de los cuales había pasado 37 consagrado al servicio de Dios). San Posidio comenta que "los presentes ofrecimos a Dios el santo sacrificio por su alma, y le dimos sepultura".

 Act: 28/08/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A