28 de Enero

Santo Tomás de Aquino

José Aguilar
Mercabá, 28 enero 2023

           Medieval fue el ambiente de intrigas, luchas y apetencias políticas, que rodeó la aristocrática cuna napolitana de Tomás. Medieval fue el clima de renovación monástica y esplendor universitario, en que cuajó la vocación religiosa e intelectual de Tomás. Medieval fue también la gran división filosófico-teológica existente, carente de encontrar a un supremo moderador.

           Pero la figura de Tomás de Aquino logró superar y trascender todo eso, alcanzando la atemporalidad, conquistando una permanente y fecunda actualidad, y expandiendo una múltiple y siempre palpitante irradiación.

           No fue Tomás, pues, uno de esos personajes que a su muerte quedaría desfigurado por la leyenda popular. De hecho, tales fueron sus dimensiones que tan sólo muy fragmentariamente llegó a ser, y hoy día todavía sigue siendo, conocido. La preeminencia de su personalidad intelectual, que le colocan en la cúspide del pensamiento mundial, a veces distancia a Tomás de nosotros, restándole atractivo y eficacia a su patronato sobre la juventud estudiantil (de la que es patrono universal).

           Por eso, no quisiera silenciar en esta semblanza, junto a los aspectos intelectuales, otros aspectos muy humanos de la vida, que situaron a este personaje ante los problemas de su época, inquietudes de aquellas gentes, y luchas propias de la edad juvenil: Tomás de Aquino.

           Nació en 1224 en Roccasecca (Nápoles), en el seno de una familia de herencia lombarda (en la línea paterna de Aquino) y normanda (por vía materna, de los condes de Teate), como último varón de los 12 hermanos que eran (unos, ya guerreros y caballeros, y otras poetas casadas o abadesas).

           Dotado de naturaleza vigorosa, dimensiones atléticas corporales, y energías incansables en su alma, era Tomás "alto, grueso y bien proporcionado, de color trigueño y frente despejada", dotado de un "porte distinguido y sensibilidad extraordinaria".

           Destinado por decisión familiar a la vida monástica en Montecasino, recibió de los monjes benedictinos su 1ª instrucción, cogiendo aquí afición enraizada a la observación de la naturaleza y a la contemplación interior. Hasta que los azares de la guerra (entre el pontificado y el Imperio) le llevan a continuar sus estudios en la Universidad de Nápoles, y allí tiene ocasión de conocer la Orden de Santo Domingo de Guzmán (a la que por iniciativa propia, reflexión madurada y voluntad inflexible, vino a encauzar su vocación, a los 19 años).

           Frente a los derroteros del éxito fácil, que le prometían su talento y su linaje, se dibujan pronto en Tomás los designios de su vocación: renuncia de su propio yo, y entrega generosa a una vocación dominicana. Y junto a los obstáculos íntimos del alma (invitada a negarse), comienzan las desgarradoras contiendas con su familia, obstinada en oponerse a la vocación de Tomás, y despilfarrar así su talento para el mundo. Claro, pero espinoso y accidentado, se le abre el camino del porvenir.

           Tomás, revestido con los blancos hábitos de Santo Domingo, comienza virilmente la gran batalla de su destino. Hombre de carácter, enfrentado con la realidad de la vida; temple recio de joven que no retrocede cuando no se debe retroceder. Supera con suave diplomacia los halagos insistentes de su madre (la condesa Teodora) y de sus amadas hermanas; se mantendrá esforzado y valiente ante el atropello brutal de sus hermanos guerreros, que le raptarán en Acquapendente cuando con el general de la Orden se dirigía a Bolonia.

           Y si dolorosa fue la lucha con que le arrancaron sus hábitos de fraile, más violenta y trascendental fue la pelea y la victoria que tuvo que librar el joven Tomás, cuando en el Castillo de San Juan tuvo que ahuyentar, con tizón incandescente en la mano, la insinuante provocación de una mala mujer que sus hermanos introdujeron en su estancia, para hacerle caer en la carne.

           Aquel día, como escribió su más antiguo biógrafo, "sintió Tomás rebelarse en su cuerpo aquel estímulo carnal que siempre había sabido someter a la razón". Y "aquella victoria valió para la Iglesia toda la santidad y la ciencia de Tomás", replicaría un Romano Pontífice.

           Se salvó la Iglesia, pues, en la generosidad de su entrega y en la vocación personal de Tomás, y no sólo en su orientación doctrinal. Se salvó en los designios de Dios sobre aquel joven excepcional, que fue tan decisivo por sus dotes de inteligencia preclara y laboriosidad infatigable. Pero vayamos pausada y lentamente, siguiendo la trayectoria de su formación, tanto la adquirida en la Abadía de Montecasino como en la Universidad de Nápoles.

           Con 19 años de edad y 14 de estudios, llega Tomás al ambiente de formación profunda de la Orden Dominica, cuyo lema nadie mejor que él supo formular después de vivido: "Contemplar y transmitir el fruto de la contemplación". Roma y Bolonia, Nápoles y Roccasecca, fueron el escenario de un noviciado muy especial, en el que las inquietudes y las luchas ayudaron a enraizar y conjuntar el estudio con la oración, la doctrina con la vida.

           La Orden Dominica, con visión certera, le llevará a continuar sus estudios de teología en las aulas de mejor solera: Santiago de París, en pleno ambiente de polémica universitaria, y principalmente en Colonia durante 4 años de trascendental importancia junto a un maestro excepcional, San Alberto Magno.

           La Biblia y los padres de la Iglesia, las sentencias y los teólogos, la ciencia natural y la renovación aristotélica de la filosofía... todo fue penetrando fecundante en aquel Tomás singular que, al llegar a su sacerdocio en 1251, pasaría insensiblemente sin dejar nunca de aprender y estudiar. Y el prestigio y la fama de su saber le ascendieron pronto a la cátedra de la universidad.

           Podrá considerarse poco normal el que desde sus días infantiles comenzara a atormentarle aquel profundo interrogante: "¿Quién es Dios?". Mas no era tanto inquietud de duda como ansia creciente de saber y amor esforzado de la verdad. Toda su existencia vendrá a dar contestación a aquella pregunta en lenguaje de vida y claridad de ciencia. La síntesis de su programa de formación, de lo que fue su vida estudiantil aquellos largos años, nos la describe Tomás en aquellos certeros consejos a un estudiante:

"Pureza exquisita de conciencia; aplicación incansable en las horas de estudio, esfuerzo para comprender a fondo cuanto se lee y oye; trabajo para superar toda duda y llegar a la certidumbre; refugiarse cuanto pueda en la sala de armas del espíritu".

           ¡Qué humanos y qué al alcance de todos estos rasgos que reflejan limpieza de alma y espíritu de piedad! Pero sobre todo, subrayan insistentes el esfuerzo tenaz, la laboriosidad perseverante, la sacrificada estudiosidad, sin los cuales tantas veces quedan estériles y ocultas grandes capacidades.

           Si el estudiante Tomás destacó por su talento, también conquistaba como profesor, por su sencillez y humildad. Detalles generosos de compañerismo en sus tareas escolares nos han recogido sus biógrafos; más tarde se reflejarán también en las, maravillosas páginas que dejará escritas sobre la amistad y el amor. La exquisita sensibilidad de su temperamento se enriqueció con experiencias de intenso convivir humano que contrapesarán siempre en él la claridad y equilibrio de su inteligencia con un sentido de realidad y aguda perspicacia de los problemas humanos.

           Primeramente fue el servicio del prójimo, y la ayuda privada a sus compañeros. Y más tarde las públicas disputatio escolásticas. Comienza en Colonia, pero pasará en seguida a París, principal escenario de su magisterio, a propuesta del mismo San Alberto Magno y del cardenal Sancaro. Allí actúa Aquino como bachiller bíblico, y después como sentenciario del Estudio General de Santiago.

           Ensayo turbulento de una docencia fustigada durante 4 años por Guillermo de Santo Amor y los seculares. La distancia de siglos suaviza la tensión y acritud de aquel estado de cosas, y hoy nos resultan ridículas las invectivas violentas en aquella polémica entre unos y otros maestros, entre regulares y seculares, involucrando cosas, intrigando ante pontífices y prelados y hasta hostilizando con plantes, huelgas y violencias en los ambientes universitarios. Sin duda, fue Tomás una de las piedras de mayor escándalo en la polémica.

           También fue Aquino el más contundente refutador, cuyo informe pesó más sin duda en la decisión terminante del papa Alejandro IV, que mandó conferir a Tomás (de 31 años de edad) el grado de maestro y la licentia docendi. A los pies del Sagrario, en humilde súplica y encendida oración, impetraba Tomás del Señor la ciencia y la gracia para bien comenzar, y cumplir exactamente su oficio de maestro.

           Siguieron las intrigas, y hasta las coacciones físicas, de resistencia al magisterio del Aquinate, hasta que el papa mandó a la Facultad recibir en su seno con plenitud de honores y derechos a fray Tomás de Aquino y a fray Ventura de Bagnorea. Maravillosa siempre en medio de la polémica su mesura y equilibrio en los modos, la elegancia y altura de su disertación y, sobre todo, la caridad y el amor a la verdad.

           Casi 3 años duró su 1º magisterio en París, como regente de la cátedra de extranjeros, compatible con las delicadas tareas del asesoramiento real y del consejo al maestro general de la Orden. Y sorprendente fue que aquella incansable actividad no le entorpecía su difícil y profunda actividad científica (plasmada en sus Comentarios a la Sagrada Escritura, sus tratados De Trinitate y De Veritate, y el comienzo de la Suma contra Gentiles, escritas en aquellos agitados años de París).

           Las circunstancias llevaron a Tomás al Capítulo general de Valenciennes, donde colaboró con Alberto Magno, Pedro de Tarantasia, Bonhome de Bretaña y Florencio de Hesdin, en la redacción de una nueva Ratio Studiorum para las casas de formación de la Orden Dominica, de trascendental importancia en la renovación de la cultura filosófica y teológica.

           Se traslada seguidamente a Italia en 1259, donde durante 9 años ejercerá el cargo de teólogo del Estudio General de la Corte Pontificia, y desarrollará la más intensa y fecunda etapa de su vida.

           Nos encontramos así con un profesor universitario (con abrumadora concurrencia de alumnos y prestigio sorprendente), con un consultor pontificio de la máxima autoridad (a quien se multiplican las consultas y se piden dictámenes para numerosas jerarquías de la Iglesia, que le hacen colaborar en problemas de gobierno y de disciplina).

           Y eso sin olvidar aquellas conversaciones y entrevistas de la corte papal de Orvieto (que juntaron a San Alberto Magno y a Santo Tomás de Aquino con el papa Urbano IV), que terminaron con el encargo oficial a Tomás de corregir y depurar los estudios filosóficos aristotélicos, para que pudieran eficazmente servir en el desarrollo de la teología mundial.

           Junto a Tomás, el gran helenista dominico Guillermo de Moebeker hizo posible la revisión directa de textos e ideas de Aristóteles, que había de tener extraordinaria trascendencia en la cultura occidental y en la evolución de la enseñanza teológica.

           El itinerario de su magisterio al servicio de la corte pontificia peregrinante, dibuja la ruta sinuosa de su producción escrita en esta etapa trascendental. En Anagni y Orvieto comentará a San Pablo, terminará la Suma contra Gentiles y dará comienzo a su glosa escriturística Catena Aurea, que será terminada en Santa Sabina de Roma, donde dará comienzo a su obra trascendental: la Summa Theologica, que continúa en Viterbo y concluye en París. De 1268 a 1272 quedará redactada esta obra cumbre de su genio y pieza trascendental de la ciencia sagrada.

           Nuevamente en París, comienza la 2ª etapa de su enseñanza universitaria, y a las viejas polémicas (casi domésticas) con Guillermo de Santo Amor van a suceder otras profundas contiendas ideológicas con Siger de Brabante y con Boecio de Dacia. Pues la perversión averroísta de la filosofía de Aristóteles puso en serio peligro aquella gran renovación doctrinal aristotélica, que capitaneaban Alberto Magno y Tomás de Aquino.

           Se trataba de una peligrosa y trascendental batalla doctrinal, que iba a poner en claro la doctrina y equilibrio del Aquinate, en plena madurez de inteligencia y en espléndida fecundidad doctrinal. Y para ello no sólo termina Tomás su Summa Theologica y compone otros importantes tratados teológicos, sino que comenta ampliamente los libros de Aristóteles (De Anima, Politeia...) y ofrece su sentido e interpretación.

           En esta época alcanza el máximo prestigio en la Corte Real de San Luis y la más popular adhesión de sus alumnos, que recogieron aleccionadores y ejemplares recuerdos de su gestión universitaria. Con todo, el ambiente de huelgas y desórdenes, de intrigas y de luchas volvieron a interrumpir las tareas docentes de Tomás en París. Y se trasladará nuevamente a su patria, reclamado para regentar cátedra en la Universidad de Nápoles.

           Cambiado de ambiente y preocupaciones, la vida de Tomás se adentra en su plena madurez, acercándose más a los problemas de la vida. Breve será esa última etapa de su magisterio napolitano, que nos presenta al teólogo entrañablemente ocupado en asuntos de la familia (ayudando a su hermana viuda), de su provincia dominica (reorganizando la casa de estudios y acudiendo a los capítulos y consejos) y de su propia patria (participando en la labor misionera a través de la palabra), que vinieron a subrayar otra faceta de su rica personalidad: el Tomás predicador.

           Predicador apostólico fue Tomás en los difíciles ambientes de aquella turbulenta Universidad de Nápoles, en la que mereció el nombramiento de predicador general (conferido por su provincia en 1260). Predicador excepcional fue ante el papa y los cardenales, cuando se le confió la tarea de cantar litúrgicamente el Oficio del Corpus Christi (ca. 1264). Y predicador popular fue en las basílicas de Roma, singularmente en los famosos sermones de Semana Santa predicados en Santa María la Mayor (ca. 1265 a 1267), de los que se ha podido escribir este acertado comentario:

"Conmovió al pueblo hasta las lágrimas cuando hablaba de la pasión de Cristo; y el día de Pascua, lo movió hasta los mayores transportes de alegría, asociándolo al incontenible gozo de la Santísima Virgen por la resurrección de su Hijo".

           Y tal vez más patéticos e impresionantes aquellos sermones que en 1273 predicaba en el púlpito de la Iglesia Santo Domingo de Nápoles en su propia lengua natal, el dialecto napolitano. "Predicaba con los ojos cerrados o estáticos y dirigidos al cielo", testificará en su proceso de canonización Juan de Blas, juez de Nápoles. Y "la muchedumbre se agolpaba para escucharle, oyéndole con tanta atención y reverencia, como si hablase el mismo Dios", dijo sobre él Guillermo de Tocco.

           La madurez de su alma por aquellos años había elevado el rango de su magisterio intelectual a la cálida expansión de su experiencia mística. Y lo mismo que un día, después de la visión sobrenatural que iluminó intensamente su alma con la ciencia divina durante la celebración de la misa (de San Nicolás), Tomás dejará de escribir (porque todo le parecía "paja" en lo escrito frente a lo contemplado) y de predicar (y de hablar con los hombres), para quedar sumido en la más intensa oración, y diálogo directo con Dios nuestro Señor (que fue el regalo espléndido de Dios en sus últimos días).

           Nunca hubo para él ni dualidad ni oposición entre la oración y el estudio, entre la acción y la contemplación. Sino que fue un hombre "miro modo contemplativus", como escribió de él Guillermo de Tocco, su más antiguo biógrafo. Sabiduría, caridad y paz serán las tres notas dominantes y características de su vida espiritual, comentará Grabmann, uno de sus más modernos apologistas.

           Vocación, formación, magisterio, producción científica, predicación apostólica, son dimensiones de la personalidad de Tomás. Su dimensión sobrenatural, la medida y matices de su santidad y ejemplaridad fueron solemnemente proclamadas hasta por la cismática Iglesia en Avignon (18 julio 1332), medio siglo después de su dichosa muerte en el Monasterio de Fossanova, el 7 marzo 1274.

           Si la excepcionalidad de sus cualidades intelectuales distancian a Tomás de Aquino de nosotros, la heroicidad probada de sus virtudes lo elevan sin distanciarlo. Porque en los caminos de la oración y de la humildad, de la prudencia y de la caridad, de la fortaleza y de la sobriedad, de la pureza y de la paciencia, fue donde Tomás sobresalió, abriendo camino para el resto de las almas.