29 de Abril

Santa Catalina de Siena

Teresa Sancho
Mercabá, 29 abril 2026

Semblanza

         Una vida siempre es un milagro que nos desborda, por el misterio y la belleza que encierra. Pero hay algunas vidas en las que el Autor supremo parece haber derrochado sus encantos y atributos de artista. Tal es el caso de Catalina de Siena, a quien el escritor Mandonnet consideró como "la mejor realización del ideal dominico", y el papa Juan Pablo II como "obra maestra de la gracia".

         Nació en 1347 en Siena (Toscana), dentro del pavoroso contexto del traslado papal a Avignon (ca. 1309), la Guerra de los Cien Años (ca. 1337) y la Peste Negra (ca. 1348). Fue gemela de Giovanna (que murió al poco tiempo de nacer) y penúltima de los 25 hijos que Jacobo Benincasa y Lapa Piacenti tuvieron en el alegre barrio de los tintoreros (Fontebranda), en una ciudad (Siena) llena de arte y colorido. Sobre la infancia de Catalina, su confesor habitual y 1º biógrafo (Raimundo de Capua) escribió así:

"Desde que fue destetada y anduvo por sus pies, era encanto de cuantos la veían, y su conversación era tan discreta, que su madre apenas podía tener a la niña en casa, pues sus vecinos y parientes la llevaban a la suya para oír sus pequeños razonamientos y gozar de su presencia" (Vida, 8).

         Su padre era tintorero de pieles, miembro del Partido Popular y un hombre luchador, que cultivaba el respeto a los demás y no consentía ni la murmuración ni las actitudes violentas. Su madre, por otra parte, era una mujer enérgica y tenaz, que estuvo siempre muy cerca de Catalina al ser ésta la benjamina de su prole. Unos atributos, del padre y de la madre, que irán saliendo en la futura vida de Catalina, como rasgos muy marcados de su carácter.

         Una tarde, volviendo a casa de la mano de su hermano Esteban, la pequeña Catalina tiene una visión que la va a marcar para el resto de su vida. Al pasar por delante de la Iglesia de Santo Domingo ve, en el horizonte, un grupo de figuras luminosas. Sin salir de su asombro, fija la mirada en ellas y logra identificar a los personajes: en el centro está Cristo vestido de pontífice, y a ambos lados los apóstoles Pedro, Pablo y Juan. En el transcurrir del tiempo, esta visión acompañará a Catalina en su amor apasionado a la Iglesia y en concebirla como una institución apostólica.

         Por estas fechas, Catalina sólo cuenta 6 años. Pero esa visión, llena de simbolismo, la irá conduciendo a sentir profundamente el misterio del Cuerpo Místico de Cristo. Ella se siente enamorada de Cristo, y siente una motivación especial por la salvación de los hombres. Un estado de ánimo que le incita a buscar el aislamiento de otras niñas (por un lado), y  el coloquio con aquél al que ama más que al resto (por otro lado).

         Al llegar a los 12 años, Catalina se convierte en una jovencita, con excelentes atributos físicos y, como apunta su biógrafo Raimundo de Capua, y con un "temperamento animoso y alegre, que inspiraba una simpatía natural merced, sobre todo, a su constante y grata sonrisa, que hacía que fuera recordada por cuantos la trataron" (Vida, 328).

         A esa edad, sus padres sueñan con un buen partido para ella. Y como tiene encantos para enamorar a cualquier joven, la persuaden a que abandone su reclusión en casa y empiece a disfrutar de una vida social y alegre, igual que hacen las jóvenes de su edad. Su hermana mayor (Buenaventura) refuerza esa idea de los padres, y Catalina accede.

         Con 15 años, y para resaltar su belleza, Catalina se tiñe el pelo, se viste con las galas que su hermana le proporciona y comienza a alternar con los chicos de su edad, como le habían pedido sus padres. A inicios de 1362 su hermana Buenaventura se queda embarazada, y en agosto muere de parto. Catalina se asusta de todo eso, y ve en esa desgracia una llamada de Dios a transitar por otros caminos diferentes, a los del alterne callejero.

         Pero ¿cómo hacerlo? A Catalina se le ocurre un gesto simbólico, que contrariara el proyecto de sus padres sobre ella y que mostrara su rebeldía: se corta el pelo al rape. "¡Qué locura!", le dicen sus padres. Y como no pueden comprenderlo, tratan de persuadir a la joven con nuevas estrategias nuevas, ante el plante de su hija rebelde.

         En esos años juveniles, Catalina irá creciendo en vida interior, sintiendo que es su verdadero Padre el que le dice: "Catalina, piensa en mí. Si lo haces, yo pensaré en ti" (Vida, 64-65). Catalina se siente invadida por la presencia de ese Ser amado, y empieza a alejarse todavía más de la vida callejera juvenil. Como ella mismo diría más tarde a su director espiritual: "Muchas veces rezaba los salmos de la Biblia, o me paseaba por mi habitación hablando con Dios".

         Mientras todo eso acontece, Catalina cumple los 16 años, y empieza a sentirse atraída por la Parroquia Santo Domingo de Siena. Poco a poco empieza a entrar en esa espiritualidad dominica, y un día entra en contacto con las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Ha llegado la hora de la verdad para Catalina, y con 16 años decide consagrarse totalmente a Dios, pero no como religiosa dominica sino como mantellatau (mujeres laicas que vestían el manto negro sobre el hábito dominicano), bajo el lema de "fraternidad, oración, penitencia y apostolado".

         Se trata de una etapa oculta en la vida de Catalina, que entrelaza visiones y tentaciones y que culmina con algunas experiencias espirituales que sellarán, para siempre, su propio ser. Momento excepcional fue aquel en que, cumplidos los 23 años, pidió a Cristo que le cambiara el corazón. Fue también ese mismo año 1370 (víspera de Santo Domingo) cuando Catalina dijo al padre Dominici, según refiere Pinto de Oliveira: "Padre, ¿no está viendo a Santo Domingo? Yo lo estoy viendo, como estoy viendo al Señor. Se parece a Jesús. Su rostro ovalado es grande y delicado" (Santas Doctoras, 3).

         En esta misma etapa, finalmente, Catalina experimentó una "muerte mística", en la que contempló la felicidad del cielo y el sufrimiento del infierno. No es extraño que tal visión suscitara en Catalina el recuerdo de aquel grito de Domingo ¿Qué será de los pobres pecadores? Es el momento en que la joven, superadas múltiples adversidades, se dispone abrazarse a la conversión de las almas.

         Catalina abre su alma a los gritos de la humanidad (que "le golpean puertas y ventanas"), y empieza a ver en los pobres y enfermos los nuevos Cristos sufrientes. Y no lo puede resistir. Ha llegado el momento de salir a la calle y de ocuparse de los enfermos, aquellos que por sus enfermedades contagiosas nadie quiere atender, o sufren continuada soledad.

         La irrupción de Catalina en ese mundo produce sorpresa, por su celo e intensa dedicación. Observándola en la acción, muchos pecadores recapacitan y se convierten. La fuerza de su palabra cautiva. La que habla ¿no es una mujer de escasa cultura e instrucción? pues habla con tal "sabiduría y fuego de amor" que hasta los habitantes de Siena se sienten interpelados por ella, y su fama se propaga por la ciudad. Ha comenzado su vida pública, su excepcional apostolado, que se prolongará hasta la muerte.

         El pueblo comienza a descubrir en Catalina una maestra espiritual con gran energía transformadora, y su fuerza de atracción es tanta que pronto se va congregando en torno a ella un grupo de personas que comparte sus inquietudes, su pasión apostólica y de caridad. Así surge la familia espiritual cataliniana (con el nombre de caterinati), que es formada por frailes, mantellatas, nobles y gente del pueblo (su "santa brigada"). Cuanto más avanza Catalina en la vida del espíritu, tanto más se compromete con el mundo, siendo fiel a la voz de Jesús que le dice:

"Catalina, tu pequeña habitación ya no será tu morada. Para la salvación de las almas debes dejar incluso tu ciudad. Voy a conducirte delante de los papas, de los obispos y de los gobernantes del pueblo cristiano para que, por medio de los débiles, como corresponde a mi estilo, humille la soberbia de los poderosos" (Santas Doctoras, 38).

         Catalina, identificada con los sentimientos de Cristo Jesús, se convierte en una predicadora itinerante que tiene por púlpito la calle. Sin esperar a la gente en la Iglesia Santo Domingo de Siena, tan querida para ella, se hace presente allí donde hay sufrimiento, donde el pecado sienta cátedra. Tiene muy claro que es "un ser para los demás", un instrumento del Señor, al servicio del Reino.

         Al igual que para Santo Domingo de Guzmán, Catalina comprende que "si el día es para los hombres, para Dios será la noche", y si en el día siente a Dios en los otros Cristos, en la noche llevará a éstos a su encuentro con el Señor. Ora y actúa, ama y sirve. Todo junto.

         El año 1372, impulsada Catalina por el anhelo de una historia diferente, incursiona en el escenario político y eclesial. Tiene sólo 25 años. Ella es audaz en el hablar, pero al actuar despierta sospechas. Pues no era habitual en el s. XIV que una mujer se dirigiera a políticos y eclesiásticos urgiéndoles a cambiar de actitudes. Lo suyo realmente era una osadía. Pero lo hace con humildad y con profundo amor, y se atreve a hacerlo a pesar de su juventud, escasa preparación y ser mujer. Es la fuerza del Espíritu, presente en ella, la que hace posible esa audacia femenina.

         En 1374, Catalina es convocada por la Orden de Predicadores a su Capítulo general de Florencia, y allí se le asigna a fray Raimundo de Capua (hoy beato) como su director espiritual. Ella lo recibe como un don "de la dulce Madre, María".

         Con el tiempo, ambos (director y dirigida) serán compañeros de camino, pues entre ellos se da gran reciprocidad y complementariedad de dones. Raimundo de Capua se asociará incluso a la comunidad itinerante de Catalina, que poco a poco dará origen a un nuevo estilo de fraternidad. La orden reconocerá y apoyará a esta comunidad, a pesar de que no falten contradictores.

         Por este tiempo, Catalina se multiplica en la acción: es sembradora de paz entre familias de Siena que viven enfrentadas; toma parte en los grandes conflictos que sacuden a las ciudades italianas, y emprende un largo itinerario por Pisa, Luca, Isla Gorgona, Florencia y Génova..., llamando a la conversión, caridad, paz, cruzada; vive la tensión entre los estados pontificios y los estados italianos, y le duele la consiguiente división interna, con rebeldía contra el papado. Así lo acreditan las cartas que va redactando día a día con mensajes a responsables eclesiásticos y civiles.

         Mas eso no pareció suficiente, pues las ciudades italianas se quejaban de la interminable ausencia del papa, el desprestigio de la Iglesia iba en aumento, y sobre la ciudad de Florencia había recaído el entredicho pontificio, por su rebeldía. Informada Catalina, en 1376 se dirige a Avignon como embajadora de Florencia, para hablar con Gregorio XI. Es su misión política más importante.

         ¿De qué hablaron Catalina y Gregorio XI? Sobre todo de la paz entre el papa y Florencia, misión para la que había sido enviada. Pero la conversación no se quedó ahí. Catalina instó al pontífice a que reformara la Iglesia, regresara con urgencia a Roma, y promoviera la cruzada a Tierra Santa. Son ideas y persuasiones que Catalina lleva muy dentro, como acredita en una carta que escribió al pontífice en ese mismo año:

"Seguid adelante y llevad a cabo con verdadera y santa solicitud lo que con santo propósito habéis iniciado, o sea, vuestra venida y la santa expedición. No tardéis más, pues por vuestra demora han venido muchos inconvenientes. Levantad el estandarte de la cruz, porque con su fragancia adquiriréis la paz. Animaos y venid. Venid a consolar a los pobres servidores de Dios e hijos vuestros" (Cartas, 185).

         A Catalina le afecta muy mucho que el papa y los gobernantes cristianos, en vez de luchar contra los enemigos de la fe en Cristo, luchen entre sí. No entiende por qué los hombres, máxime los cristianos, quieren vivir en un escenario permanente de guerra. Lo que el hombre necesita es justicia, amor y paz.

         Persiguiendo esos nobles objetivos, Catalina, que ha descubierto en el papa buena disposición para la reforma y el retorno a Roma (y al mismo tiempo, falta de voluntad y decisión) permanece en Avignon, conectando desde allí con Italia por medio de sus numerosas cartas. Y no quiere salir de Avignon hasta que Gregorio XI emprenda el camino hacia Roma. Este propósito se cumple el día 13 septiembre 1376, fecha en que el pontífice, sobreponiéndose a todas las dificultades, sale de Avignon hacia Marsella.

         En Marsella recibe Gregorio XI noticias de la rebeldía de Roma y de su guerra con Florencia, y con gran sufrimiento embarca en la galera Ancona (que pilotaba Fernando de Heredia) camino a Génova. Allí, al saber que Catalina se encontraba en el Palacio Scotti de Génova, Gregorio XI va personalmente en su busca y le abre su corazón, exponiendo las preocupaciones y dudas que le asaltan. Catalina, en tono cálido y con palabras penetrantes, le anima a que, con decisión y serenidad, prosiga su camino hacia Roma.

         Tras varias escalas, el papa desembarca en el puerto de Ostia el 16 enero 1377, siendo recibido en Roma de forma triunfal por toda la cristiandad. El objetivo fundamental de Catalina, para el buen gobierno de la Iglesia, está logrado.

         Pero ahora hay que emprender nuevas empresas por la paz. A finales de enero de 1377, Catalina escribe al papa una carta motivándole a que reciba a los embajadores de Siena, con el fin de establecer la paz. Comienza así:

"En el nombre de Cristo crucificado y de la dulce María. Santísimo y reverendísimo padre, Catalina, indigna hija vuestra, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en su preciosa sangre con el deseo de veros recibir verdaderamente la paz por la vuelta al yugo de la obediencia, de modo que podáis vivir con quietud y sosiego en el alma y en el cuerpo, y Dios, por su inestimable bondad e infinita caridad, me otorgue la gracia de ver el modo que determináis para poner en paz al alma con Dios en la guerra en que por culpa suya se hallan (los florentinos) contra la inefable bondad de Dios y contra vuestra santidad. No dudo que, haciendo esta paz, quedará tranquila toda Italia y unos con otros. ¡Qué feliz será mi alma si veo que, por medio de vuestra Santidad y benignidad, se hallan todos unidos y ligados unos a otros! Sabed, Padre santo, que Dios no se unió con el hombre de otro modo que con lazos de amor" (Cartas, 285).

         La carta prosigue en una tónica que invita a la comunión, a dar pasos a favor de la paz y a considerar la misericordia infinita de Dios. Piensa y escribe Catalina que las armas del amor son las que hacen verdaderas conquistas.

         Para encarecer ese amor, las muchísimas cartas que dirige Catalina a personas de diverso ámbito social y eclesiástico, son como fuego, y nos indican cuál fue el espacio relacional, vasto y rico, en que se movió. Recordemos quiénes son destinatarios de las 381 cartas suyas que se conservan: 23 van dirigidas a papas, 19 a cardenales, obispos y prelados, 13 a reyes y reinas, 6 a jefes militares, 38 a gobernantes, 29 a señoras de la aristocracia, 15 a artistas, 12 a abogados y médicos, 16 a miembros de su familia, 32 a discípulos, 16 a hermanos domincos, 17 a monjas, 81 a monjes, frailes y ermitaños, 9 a sacerdotes, 11 a miembros de asociaciones laicas, 23 a comerciantes y artesanos, 20 a destinatarios diversos.

         ¿Y cómo es posible que una mujer de su tiempo (s. XIV) y con escasa formación, sea capaz de mantener un abanico de relaciones tan amplio? Una audacia femenina tan singular es un regalo de la gracia, pero contando con su fidelidad y con la riqueza de atributos que la honran. Así es como Catalina sueña con una sociedad unida donde florezcan la justicia y la paz, y con una Iglesia testimonial cuyos pastores sean modelos del rebaño. Y a estas causas dedica, con intensidad, movida por el Espíritu, los años de su corta, pero fecunda, vida.

         Estamos en 1378, mientras Catalina cumple 31 años. En Roma, Gregorio XI busca un buen embajador ante la ciudad de Florencia, y la envía a ella en nueva misión de paz. Pues igual que Jesús envió a las mujeres con el mensaje de la resurrección, así el papa envía a Catalina como mensajera de la buena nueva.

         Con el concurso de Raimundo de Capua, prior del Convento Sopra Minerva de Roma, la gestión llega a feliz término, consiguiéndose la paz y reconciliación entre el papa y los florentinos.

         Hermoso trabajo el de ser mensajera de paz. Pero la paz supone lucha por la justicia, compromisos nada fáciles. Algunos ciudadanos, al ver a Catalina inmersa en ese mundo de la política, no la libran de sus criticas aceradas, pues sospechan de ella como si fuera una tejedora de intrigas. Por eso, en algunas cartas alza la voz para decir verdad:

"Ni yo ni los que están conmigo queremos otras alianzas que vencer al demonio y quitarle el dominio que ha adquirido sobre los hombres por el pecado mortal, arrancar del corazón del hombre el odio y ponerlo en paz con Cristo crucificado y con el prójimo" (Cartas, 123).

         Como se va viendo, Catalina es una mujer con espiritualidad de ojos y oídos abiertos. No pasa por su momento histórico con indiferencia. Se siente llamada por el Señor a construir y a transformar. Y, ya se sabe, cuando en la vida se ama con la fuerza con que ella amó, el sufrimiento es proporcional. Ella amó a la Iglesia con un amor que raya en la desmesura, si así se puede decir, y lógicamente sufrió también por ella y con ella; y en vez de criticarla se sintió llamada por Jesús a purificarla, a lavar su rostro. Veamos cómo se lo comunicaba en carta a Raimundo de Capua:

"Entonces Dios, dejándose apremiar por las lágrimas y atar con el lazo del deseo, decía: "Hija mía dulcísima: considera lo manchada que se halla la cara (de la Iglesia) por la inmundicia y amor propio, y lo inflada que se encuentra por la soberbia y avaricia de los que se alimentan a sus pechos. Deja tus lágrimas y tu sudor y sácalos de la fuente de la divina caridad (Cristo) y lávale la cara. Te aseguro que no le será devuelta su belleza con el cuchillo o la crueldad de la guerra, sino con la paz y las continuadas oraciones, sudores y lágrimas vertidos con el anhelante deseo de mis servidores" (Cartas, 272).

         El amor apasionado de Catalina por la Iglesia, la lleva a denunciar la corrupción que hay en ella, y a promover una vida apostólica y evangélica. Una vida de santidad hecha visible, en primer lugar, en ella misma.

         En la noche del 27 marzo 1378 fallece en Roma Gregorio XI, restaurador de la Corte papal de Roma. Catalina se encuentra en ese momento en Florencia y ora por él, presintiendo que con esta muerte comenzaba una nueva y dolorosa historia para la Iglesia.

         En efecto, el 8 abril 1378 los cardenales eligen como pontífice al card. Prignano (arzobispo de Bari), que toma el nombre de Urbano VI. Pero al poco tiempo se va volviendo Urbano VI un hombre de carácter fuerte, que empieza a chocar con el grupo de cardenales. Y éstos, poco a poco, empiezan a fraguar la idea de elegir otro papa (que, en este caso, sería antipapa).

         Roberto de Ginebra es el elegido por los cardenales para sustituir a Urbano VI, y el nuevo antipapa toma el nombre de Clemente VII. Una elección que supondrá para Catalina una gran cruz, pues para ella el verdadero y único papa es Urbano VI, al que trata de sostener con palabras y oraciones (dirigidas a él) y a lo largo de todo un radio de acción (dirigido a las instancias sociales y eclesiales). Accede Catalina a los políticos, artistas, enfermos, obispos... Incluso a los condenados a muerte, como fue el caso de Nicolás de Tuldo.

         La conversión de Nicolás de Tulco fue un acontecimiento sorprendente entre los mismos discípulos de Catalina, el año 1378. Había sido condenado a muerte en Siena y Catalina vino en su auxilio. No tenía poder para librarlo de la pena impuesta por la justicia, pero sí la tenía para librarlo de la desesperación. También para él puede haber, se decía, "un cielo nuevo y una tierra nueva" si renace a la fe.

         Se acercó Catlina, pues, a la cárcel, y dio un abrazo a Tulco. Era el comienzo de un camino. Luego, poco a poco, le fue llevando de la mano y transmitiendo serenidad, fortaleza y esperanza, en una vida plenificante en Cristo Jesús. Hasta devolverlo, arrepentido, al encuentro con el Señor. Se trata de una cálida experiencia de conversión, que la propia Catalina contó por carta a su confesor Raimundo de Capua, con fragmentos como éstos:

"Fui a visitar a quien sabéis y me recibió con tal ánimo y consuelo que se confesó y preparó muy bien. Me hizo prometer, por el amor de Dios, que, cuando llegase el momento de la justicia, fuese yo con él. Después, a la mañana siguiente, antes de la campana (de alba) fui a él y recibió gran consuelo. Lo llevé a oír misa y recibió la sagrada comunión, que nunca había recibido. Aquella voluntad estaba de acuerdo y sumisa a la de Dios y sólo le había quedado el temor de no ser fuerte en aquel momento. Pero la inconmensurable y ardiente bondad de Dios hizo que él se equivocara, creando en él tal afecto y amor en el deseo de Dios y de mí, que no sabía estar sino diciendo: `Permanece conmigo y no me abandones" (Cartas, 273).

         Esos gestos de Catalina son admirables, y transparentan amor, certezas y esperanzas, sobre todo cuando dice a Nicolás de Tulco: "Ánimo, dulce hermano mío, porque pronto llegaremos a las bodas. Tú irás bañado en la dulce sangre del Hijo de Dios, el dulce nombre de Jesús que no quiero que se te borre nunca de la memoria. Te espero en el patíbulo".

         Espléndida imagen. Catalina, como las mujeres en el Calvario, acompaña a Nicolás hasta ver su alma en paz. Si la sangre del joven salpica su hábito blanco, no importa; evoca la sangre redentora derramada por Cristo. Una visión celestial invade el alma de Catalina.

         Catalina fue mujer, santa y doctora, y la gran obra del Espíritu. Si, como las mujeres de su tiempo, tuvo escaso acceso a la escuela y ninguno a la universidad, y no acudió a cátedras de ciencias y humanidades, otras cátedras hubo a las que se acercó con avidez: la cátedra de la cruz y la cátedra del saber y amor divino, en las que se aprende la más alta sabiduría, dedicando largas horas a la contemplación y al servicio.

         Ahí es donde Catalina se graduó de teóloga y maestra. Vehículo de ese noble aprendizaje fue la Palabra de Dios escuchada, rumiada, en la Iglesia Santo Domingo de Siena, cercana a su casa nativa. A la escucha de la Palabra y en la celebración de los misterios, en ese templo-cátedra, fue donde Catalina se empapó inicialmente de una seria espiritualidad cristiana y dominicana que iría perfeccionando en la itinerancia y boda apostólica.

         Como expresión de esa teología y vida hemos de leer y entender su libro Diálogo, páginas que ponen de manifiesto la intensidad de su apertura a la Palabra, su odio al pecado, su vivencia intensa del amor a Cristo y su expansión místico-apostólica. Se trata de un libro que, dictado a sus amanuenses, se convirtió en luz teológica para la mente y en camino abierto para alcanzar la purificación espiritual y acceder al misterio de la vida en Cristo, que es puente y fuente de salvación.

         Hilo conductor del Diálogo es la misericordia divina que se expande por todas partes; y método de exposición es la comunicación dialogada del alma, Catalina, que pide al Padre claridad en la verdad y fuego en el amor, y que espera de él, fuente de misericordia, respuesta a sus demandas, para conducirse en fidelidad hacia la cumbre de la santidad.

         El amor divino arrastra a Catalina, y ella vive de ello. Unas veces lo hace en la soledad de "la celda interior", y otras en "el escenario del mundo" (en la diplomacia, embajadas, mensajerías...). Pero siempre inspirándose en el libro de la caridad. Por eso, entre los temas recurrentes de la espiritualidad de Catalina, sobre todo cuando se expresa en forma oracional, se repite esta imploración: "Ya que los hombres hemos sido creados como árboles libres, con ramas de potencias espirituales, seamos árboles de vida por el amor, y no árboles de muerte por el pecado".

         Para enseñarnos y ayudarnos a hacerlo, dice Catalina, "el amor de Cristo se injertó en el árbol de nuestra naturaleza: siendo Verbo de Dios, se fundió con la condición humana, y, por amor, con su vida vivificó nuestro árbol de muerte. ¡Oh Amor, que sales a nuestro camino y lo conviertes todo en árbol de vida! Tú, haciéndote hombre, haces que el ser humano se injerte, a su vez, en Dios". Pues como ella misma sigue diciendo:

"Tú, alta y eterna Trinidad, como ebrio y loco de amor por tu criatura, viendo que el hombre no podía sino dar frutos de muerte, por hallarse separado de ti, que eres vida, le diste el remedio con el mismo amor con que lo habías creado, injertando tu divinidad en el árbol muerto de nuestra humanidad. ¡Oh dulce y suave injerto! Tú, suma dulzura, te has dignado unirte a nuestra amargura; tú, esplendor, te has dignado unirte con las tinieblas; Tú, sabiduría, con la necedad; tú, vida, con la muerte. Por este injerto desaparece la muerte" (Soliloquios, 10).

         Ése fue el 1º injerto: hacerse hombre el Hijo de Dios. ¡Maravilloso consorcio de lo divino y lo humano! Pero Catalina prosigue en su meditación teologal buscando un 2º injerto: el injerto del cuerpo de Cristo en el árbol de la santísima cruz. Y es que Catalina, al contemplar el madero santo, experimenta la mayor intensidad de amor que jamás haya existido, y descubre en él la mayor fuente de sabiduría:

"En efecto, el árbol de la cruz es la cátedra en que aprende la lección de cómo Cristo nos reconcilia con el Padre y de cómo nos señala el camino a seguir en pos de él: camino de sufrimiento y amor. Él ha subido a la cátedra de la cruz y nos ha enseñado la doctrina, cuando, al escribirla en su cuerpo hizo de sí mismo un libro con letras gruesas de sangre" (Oraciones, 18).

         A los pies del Maestro, y ante tan singular cátedra, Catalina escucha, ama, llora y se recrea. Y vive una profunda experiencia en la que le resuenan todas la palabras y doctrinas del Padre a la hija:

"Yo soy el que soy; tú eres la que no eres. El que es se ocupa de ti (que no eres) y envía a su Hijo para que se entregue hasta la muerte en cruz. Cuida tu celda interior. Porque ése es el ámbito en el que se desciende a la profundidad de vuestro pobre ser, y donde se experimentan las propias limitaciones, dando cabida a la acción misericordiosa de Dios. Escribe y habla en la sangre. Mira que Cristo crucificado es la mejor expresión del amor de Dios a la humanidad. Mira que desde este Dios que asume el sufrimiento humano, cobra sentido toda vuestra existencia, colmada, frecuentemente, de trabajos y sufrimientos. Ama a la Iglesia. Es cuerpo místico, es misterio de la fuerza salvadora de Dios y fuente de santidad. Mira que es urgida a la conversión, comenzando por sus ministros".

         Está avanzado el año 1379, y Catalina sufre de amor al ver a la Iglesia dividida. El 28 de noviembre, invitada por Urbano VI, abandona Siena y emprende el camino de Roma. Y allí se convierte en la "consejera carismática del papa" (del auténtico papa), al que anima, inspira y da fortaleza.

         Predica también Catalina a los miembros del Colegio Cardenalicio que se mantienen fieles a Urbano VI, y reúne a una numerosa comunidad cristiana, con el fin de lograr la adhesión de los estados italianos y potencias extranjeras a la obediencia a Urbano VI. Sus poderosas armas son la oración y la penitencia.

         Parecería que la misma pasión por la Iglesia, que hasta ahora le había estimulado a vivir, le lleva ahora a morir. Pues cada día que emprende Catalina el camino que le conduce de la c/ Santa Clara (donde está hospedada) a la Basílica de San Pedro, Catalina hace una peregrinación simbólica hacia el papa, representante del "dulce Cristo en la tierra", hacia la unidad y la paz. Por la Iglesia, Catalina da cuanto es y tiene.

         El 29 abril 1380, y después de ofrecer una vez más su vida por la Iglesia, Catalina fallece. En sus labios tenía estas palabras de amor y confianza: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

         Fue canonizada por Pío II el 29  junio 1461, declarada co-patrona de Italia por Pío IX, patrona 1ª de Italia por Pío XII, doctora de la Iglesia por Pablo VI (4 octubre 1970) y co-patrona de Europa por Juan Pablo II. Sus restos se veneran en un hermoso sepulcro bajo el altar mayor de la dominicana Basílica Santa María supra Minerva de Roma.

 Act: 29/04/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A