29 de Diciembre
Santo Tomás Becket
Jorge
Blajot
Mercabá, 29 diciembre 2025
Semblanza
Nació en 1118 en Londres, en una familia de burgueses normandos cuyo padre era el sheriff de la ciudad. Pasó su infancia bajo la formación recibida de los canónigos regulares de Merton, hasta que cierto día, en que los reveses se hayan cebado en la hacienda familiar, tenga que trasladarse a vivir y trabajar en casa de un pariente londinense.
A los 24 años, y huérfano ya, Tomás entra al servicio del arzobispo de Canterbury (Teobaldo), y emprende la carrera eclesiástica. Recibe las órdenes menores, sube al diaconado en 1154, acumula prebendas y beneficios, y pronto se ve encaramado al relevante puesto de arcediano. Teobaldo se ha dado perfecta cuenta de la valía del joven eclesiástico, y no vacila en confiarle delicadas misiones en el Vaticano.
Incluso en el grave problema de la sucesión al trono inglés, pesa la voz del novel diplomático. Pues es el propio Becket quien inclina a su indeciso prelado (y al propio papa Eugenio III) por la causa de Matilde, la hija del difunto rey Enrique I de Inglaterra (ca. 1135), y actual esposa del conde de Anjou. En consecuencia, a la muerte de Esteban I de Inglaterra (ca. 1154), la corona recaerá en el hijo de Matilde: Enrique de Plantagenet.
El 20 noviembre 1154 Enrique II de Inglaterra (el Plantagenet) es ungido rey en Westminster, joven de 21 años y talentoso organizador, pero temible en sus arrebatos de cólera. Tal era el monarca más poderoso de entonces, a quien la dote de su mujer (Leonor, heredera de Aquitania) había entregado casi la mitad del territorio francés, y que no duda en nombrar al joven arcediano de Canterbury (su mentor) como su propio canciller.
Tomás Becket comienza, pues, a ejercer de canciller de Inglaterra, como 1ª figura del reino tras el monarca. De fisonomía alta, delgada y pálida, así como larga nariz y compostura noble, una nueva solemnidad y gesto principesco acompañan al nuevo canciller.
De hecho, cuando acude Becket a Francia con la misión de concertar un matrimonio regio, los franceses se quedan boquiabiertos ante el fastuoso cortejo, y se preguntan: "Si éste es sólo el ministro, ¿cómo se presentará el rey?". De igual manera, el día en que Enrique II se lance a reconquistar el condado de Toulouse, allí está Becket al frente de sus caballeros, derrochando arrojo de soldado y pericia de estratega.
Muy pronto deja de sorprender a los cortesanos la intimidad que media entre soberano y canciller. ¡Cuántas veces se presenta Enrique II a la mesa de su ministro, sin previo aviso, mediada ya la comida! El pueblo les ve cabalgar juntos por la capital, y se regocija cuando cierto día el rey forcejea en chanza para arrancar la rica pelliza escarlata de Tomás, y entregársela a un mendigo.
Nos cuesta reconocer al clérigo por detrás del gran señor, el árbitro del buen tono y al político inmerso en los negocios del reino, cuyo favor se disputan todos los personajes. Incluso su gran amigo y confidente, el pensador Juan de Salisbury, le echa en cara su desmedida entrega al deporte de la caza.
Y otra vez es el prior de Leicester quien, al contemplar su atuendo, le increpa: "¿A qué viene esta manera de vestir? Más parecéis un halconero que un clérigo". Pero no es esto todo. Pues Becket sabe recogerse a tiempos en el retiro espiritual de Merton, y su cuerpo no olvida los golpes de la disciplina y las vigilias nocturnas en oración.
Llegamos a 1162. La sede primada de Canterbury aguarda desde hace varios meses el nombramiento del sucesor del fallecido Teobaldo. Enrique II intuye la oportunidad que se le brinda de colocar Iglesia y Estado bajo una sola mano (la suya), y por eso llama al canciller y le anuncia su voluntad de elevarle a la dignidad arzobispal de Canterbury. La respuesta de Becket es grave y melancólica:
"Eso supondría perder yo el favor de vuestra majestad, y que el afecto con que me honráis se torne en odio, al no poder yo acceder a vuestras exigencias, en punto a derechos de la Iglesia".
El rey insiste, pero Tomás no cede. Y sólo la intervención del cardenal legado (Enrique de Pisa) acabará con la resistencia del canciller. Becket es ordenado sacerdote, e inmediatamente recibe la consagración episcopal. Acaba de cruzar un momento decisivo de su existencia. Y sobrecogido por la trascendencia de su nueva misión, va a acomodar a ella su vida entera, sujetándola a una regularidad monacal, al más riguroso ascetismo, a la pobreza para sí y al derroche limosnero con los indigentes.
Su renuncia al cargo de canciller (pues ya era arzobispo, y con eso bastaba) ocasiona un disgusto al monarca, y la 1ª fricción entre los dos amigos. Pues Becket, conocedor del carácter violento e insaciable del Plantagenet, presiente la dureza de futuros choques, que no tardan en llegar. Será el primero la injusta exacción de un tributo arbitrario, ante la cual el arzobispo anuncia de manera inequívoca que sus súbditos no pagarán ni un penique. Más adelante es la pretensión real de que los clérigos reos de crímenes sean sometidos a la justicia civil.
En la reunión convocada por el monarca, es el arzobispo de Canterbury quien se encarga de fortalecer y decidir a los débiles prelados, dispuestos a la componenda. Enrique II, vencido e irritado, exige, por lo menos, la promesa de observar ciertas "antiguas costumbres" que no especifica.
El primado está dispuesto a acceder, siempre que se añada la cláusula que deje a salvo los derechos de la Iglesia. La política del monarca se hace más dura y sutil, y obliga a la Iglesia a renunciar a ciertas posesiones y honores, dando a entender a Becket que la promesa pedida es meramente formularia, sin repercusión en la vida de la Iglesia.
De esta manera obtiene que Tomás, quien no ve clara la actitud de Roma, otorgue su asentimiento en Claredon. Pero cuando más tarde le son presentados los 16 artículos que recogen aquellas "antiguas costumbres", y comprende que en ellos se juega nada menos que el enfeudamiento de la Iglesia por el estado y, en última instancia, la segregación de Roma, Becket reacciona con firmeza y se niega rotundamente a estampar su sello en el documento.
La tremenda conciencia de su responsabilidad, como cabeza de la Iglesia en Inglaterra, le come de remordimientos por su momento de flaqueza en Claredon. 40 días permanecerá alejado del altar (del que se considera indigno), mientras aguarda la absolución del papa. Enrique II, por su parte, redobla las represalias económicas y maneja hábilmente a lores y obispos, forzando así la soledad del primado. Y se abre a Becket un proceso civil por gastos contraídos en su tiempo de canciller.
El 13 octubre 1164, y tras celebrar la misa votiva de San Esteban, el arzobispo Becket, llevando en su mano la cruz metropolitana, se dirige al castillo de Enrique II y denuncia la ilegalidad de aquel proceso: "Después de Dios, mi único juez es el papa". Y a la madrugada siguiente, en simple hábito de monje, escapa a los emisarios del rey y embarca en Sandwich rumbo a Francia, hacia un destierro que durará 6 años.
El monarca inglés moviliza una intensa batalla diplomática a fin de distanciar del arzobispo ("el que fue arzobispo", dirá él) a Luis VII de Francia, y al papa Alejandro III. Pero ambos acogen al exilado con admiración y cordialidad, y las palabras de Becket causan profunda sensación en el papa y en los cardenales reunidos en Sens. Presa todavía de sus remordimientos, Tomás pone su anillo en manos del romano pontífice, y renuncia a la sede cantuariense; mas Alejandro III le obliga a perseverar en su puesto.
Será ahora el Monasterio de Pontigny el marco de su vida en el exilio (más que nunca orante y sacrificada), y de su perseverancia en la lucha por los derechos de la Iglesia. De allí salen recias cartas a amigos y enemigos, e incluso reproches al mismo papa cuando Tomás estima que su actitud demasiado condescendiente.
Pero Enrique II de Inglaterra tampoco duerme, y pone en juego todos los recursos para rendir a su rival. Confisca sus bienes, destierra a parientes y amigos, y pretende que el dolor de los suyos fuerce al arzobispo a modificar su actitud. E incluso amenaza con apoderarse de todos los monasterios cistercienses en territorio inglés, si la Orden del Císter sigue cobijando a su enemigo.
Tomás cambia entonces su residencia cisterciense por una benedictina y, nombrado por el papa legado a latere para Inglaterra, excomulga desde el exilio a varios obispos que se han puesto de parte del rey. Hierve un febril juego diplomático entre el papa y los soberanos de Inglaterra, y 2 entrevistas de Enrique II con Becket concluyen en fracaso.
El papa, que ha visto con claridad la mala fe del monarca británico, comienza a perder la paciencia, y planea poner en entredicho el reino de Inglaterra. A lo que Enrique II, instigado por el temor, escenifica una reconciliación con Becket, en Normandía del año 1170. En realidad, nada ha cambiado, y la paz alcanzada es sólo aparente. Pero con ella se presenta a Tomás la oportunidad de regresar a su sede de Canterbury.
La vuelta y entrada triunfal de Becket a Canterbury tiene lugar desde Sandwich, puerto británico en el que ha desembarcado el prelado, tras atravesar el Canal de la Mancha desde Francia. Era el 1 diciembre 1170, y Canterbury se ve cercado por el júbilo desbordante del pueblo, sin saber lo que por dentro tramaban sus gobernantes. El príncipe heredero se niega a recibirle en audiencia, los obispos excomulgados exigen que les sea levantada la excomunión, y faltan pocas horas para la Nochebuena.
En el Consejo Real, reunido cerca de Bayeux, la atmósfera está cargada de electricidad, mientras se acumulan los cargos calumniosos contra el arzobispo. Y Enrique II, en el colmo de su cólera, grita las palabras fatales: "¡Cobardes! Ese hombre a quien yo he vestido, y alimentado, y llenado de honores y riquezas, se levanta contra mí. ¿Y no hay ninguno de los míos capaz de vengar mi honor, y librarme de ese cura insolente?".
Amanece el día de Navidad. Mientras el arzobispo predica que Jesús nació para morir, y recuerda a San Elfegio (arzobispo de Canterbury y mártir, insinuando que el drama podría repetirse), 4 caballeros del rey navegan hacia Canterbury, con rumores de tragedia.
El arzobispo recibe noticia del inminente peligro, y la noche del 28 al 29 la pasa en vigilia y oración. A las 15.00 del día 29 los 4 caballeros piden ser recibidos por el primado, pero sus exigencias y amenazas tropiezan una vez más con la conciencia inquebrantable de Becket. Los caballeros se retiran, y comienza a sonar el toque de vísperas, al que el arzobispo se encamina como siempre.
Cuando la procesión, con cruz alzada, avanza por el templo, se adivinan en la penumbra del claustro catedralicio las figuras de hombres armados. Los monjes cierran nerviosamente las puertas de la catedral, mas el arzobispo, increpándoles, les reprocha: "¡Cobardes, la iglesia no es un castillo!", y vuelve a abrirlas con sus propias manos. La procesión se acerca al coro, pero esta vez compuesta tan sólo por el anciano confesor, un monje y un clérigo de la servidumbre.
En aquel instante, irrumpen los caballeros del rey gritando:
—¿Dónde estás Tomás, el traidor?
—Aquí estoy, responde el arzobispo. Pero no como traidor sino como arzobispo, y sacerdote de Dios.
Y desciende con grave lentitud, hasta quedar entre los altares de la Virgen y San Benito. Intentan arrastrarle hacia la puerta, pero Becket los rechaza. Golpes sordos de espada y sangre en el rostro del arzobispo. Otro golpe, y Tomás cae de rodillas. En las bóvedas cuajadas de espanto, resuenan sus últimas palabras:
—Muero gustoso por el nombre de Jesús, y la defensa de la Iglesia.
Un golpe postrero le destroza el cráneo, y los asesinos, invocando el nombre del rey, escapan precipitadamente. Pocos minutos han bastado para el sacrilegio. Al punto, grupos de fieles, consternados ante la magnitud del crimen, corren a la catedral y rodean silenciosos el cadáver que yace en el suelo, sin atreverse a tocarlo. Lo de menos fue la pavorosa tormenta que, en aquel momento, estaba descargando sobre Canterbury. Pues Tomás Becket, el arzobispo de Canterbury, había muerto asesinado. Era el atardecer del 29 diciembre 1170.
La noticia salta de caballo en caballo, de mar en tierra, y atraviesa la cristiandad sobrecogiéndola de estupor. Ha sucedido acaso (dirá luego la historia) el mayor acontecimiento de la época. Sólo 2 años después, el 2 febrero 1173, y por boca del papa Alejandro III, Tomás Becket comenzará a ser, para siempre, Santo Tomás de Canterbury.
Otro año siguiente más, en julio de 1174, el instigador del crimen y asesinato del arzobispo, Enrique II de Inglaterra (el Plantagenet), camina a pie desnudo hacia la Catedral de Canterbury. Desciende a la cripta y, junto al sepulcro de su víctima, cae de rodillas. El cóncavo recinto cruje mientras los látigos de penitencia chasquean en las espaldas de un rey. Indudablemente, estamos en la Edad Media, "enorme y delicada".
A través de los siglos, generaciones de ingleses acudirán a venerar las reliquias del campeón de los derechos humanos, "el mártir de la disciplina" en boca de Bossuet, cuyo panegírico hace traspasar las fronteras de Inglaterra y el Medioevo.
Act:
29/12/25
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