30 de Agosto

Beato Juan de Mayorga

Fermín Izurdiaga
Mercabá, 30 agosto 2026

Semblanza

         Nació en 1530 en Pie de Puerto (Navarra), justo cuando Carlos I de España abandonaba el regimiento de aquella Sexta Merindad, perteneciente a la Corona de Navarra. Sabemos de él que tenía "un sujeto sano y robusto" (común entre la raza vasca), y que desde niño fue muy aficionado a la pintura (unas pinturas que obraran prodigios, y serían muy solicitadas, después de su martirio).

         Realizó sus estudios en el Colegio Jesuita de Pastrana, cuando por allí pasó la fulgurante leva que había reclutado el padre Acevedo, pidiendo misioneros para los nuevos mundos. Su colega y paisano Esteban de Zudaire no había dudado en alistarse a sus 19 años para la misión, y eso a Juan le llegó al alma. No obstante, el artista Mayorga siguió llevando su vida normal, por unos años más.

         Realizó entonces unos de aquellos ejercicios espirituales que habían empezado a ofertar los jesuitas, y en ellos sintió Mayorga que su vida estaba vocacionada hacia el martirio. Era sastre de profesión, pero en aquella empresa de cristianizar a infieles, un artista como él podría traerlos a la fe, con la hermosura y gracia de sus colores. Así que a sus 35 años (el 22 julio 1566), decide ingresar en la Compañía de Jesús.

         Para marzo de 1570 ya tenía Acevedo asentada en Lisboa la expedición de 69 jesuitas, en espera de hacerse a la mar. Como tanto le urgía su arribo inmediato al Brasil, contrata pasaje con el capitán de la carabela Santiago, bajo la promesa de aparejar, en tres semanas, todo lo necesario para tan larga y peligrosa travesía.

         Los futuros compañeros de viaje al Brasil eran mercaderes (corazones avaros, sin religión ni justicia), y se convino en acomodar media nave, a forma de clausura, para que los religiosos pudieran allí libremente cumplir sus rezos y su regla. Todo perfecto y admirable, pero los 5 meses de espera en Lisboa, y los rifirrafes con el capitán, se hicieron interminables.

         El 5 junio 1570 se hacía a las aguas la Santiago, agregada a una flota de 8 carabelas bien armadas que llevaban al nuevo gobernador del Brasil (Luis de Vasconcellos). Los misioneros fueron distribuidos de forma dispersa: 20 en la nao capitana, 3 como ángeles custodios de una turba de niños (huérfanos por la peste de Lisboa) que iban a las posesiones de ultramar, 7 como capellanes del resto de la flota y 39 con el padre Acevedo (en la Santiago).

         Pero sobre este único y grande camino del mar Dios traza otro misterio de caminos, que se enfilan hacía su gloria. ¿Quién pensara entonces, cuando la primavera madura ponía en la cornisa de las playas lisboetas un triunfo de gaviotas, de rosas de sal y de canciones, que allí arriba, entre las brumas de la Rochelle, un hombre perjuro de su fe católica, cínico y pirata, reunía sus carabelas para cazar a los cristianos? Sólo Dios.

         Santiago Soria se tituló "general de los mares" de aquella doña Juana de Navarra (reina sin reino, oprobio de mujeres y calvinista). Era rico, por sus asaltos afortunados a naves venecianas y portuguesas. Pero ahora no le atraían las joyas ni los doblones de oro, sino aquel placer de la venganza. A todo viento de sus velas impacientes planta su flota, como un diabólico atlante, en la misma ruta del gobernador Vasconcellos, y le veja con sus mensajes altaneros y desvergonzados. Es buen estratega, astuto y valiente.

         El 13 de junio la expedición cristiana pone sus proas a la isla de Madera, donde se toman un descanso. Los naturales del país avisan a Vasconcellos que el corsario Soria navega por las alturas de la Gran Canaria, y entonces decide detenerse hasta que pasen los peligros de un asalto pirata. Para Acevedo el problema es duro, y pavorosa la prueba.

         Los mercaderes de la Santiago urgen proseguir, porque la suerte de la propia vida pesa menos que los doblones de oro que han de amontonar con el tráfico de sus mercaderías. Aceptan todos menos 4, que se reemplazan con otros 4 valientes. Y el 9 de julio boga la Santiago, con buen temple de vientos, hasta la vista de la Palma.

         Pero entonces, a la luz borrosa del alba, un marinero grita desazonadamente: "¡Naos a la vista!". Es Soria, fanfarrón de sus 4 carabelas (veloces y fuertes de artillería), que se ha hecho luterano y que va lleno de calvinistas en su interior, levantando su bandera e intimando la rendición de la Santiago.

         Pero ¡qué española la respuesta! Porque una seca descarga de morteros y arcabuces, que pone un escalofrío de odio y de rabia en la carne morena del corsario. Después, una rápida maniobra de envoltura al navío cristiano ¡y al abordaje!, mientras él increpa desde el puente de la nao capitana: "Perros sarnosos, que abrís por el Brasil juicios de inquisición y de tortura para mis amigos luteranos. ¡A morir sin piedad, sin óleos, como los perros!".

         Hay un confuso griterío de blasfemias, cruzarse de picas y de espadas, jadeos de sudor, oraciones, crujidos de huesos rotos, entrañas al desnudo, tufo de sangre caliente. ¡Horrible la tortura y las matanzas! ¿Y cómo el cielo permanece azul, apacible, confundido con las aguas quietas que ya son de pura sangre?

         Acevedo cayó muerto en 1º lugar. Quisieron arrancarle aquella Madona de San Lucas, pero sus manos, como garfios de acero, sostenían en alto la divina imagen. Y allí quedó sobre las olas, para sostener el martirio de los compañeros.

         La muerte de Zudaire fue más rápida, pero más expresiva: le segaron casi la cabeza del cuerpo, y, cuando le arrojan a las aguas, aquellos labios limpios y jóvenes, que perdonan, cantan un Te Deum de triunfo, que luego repiten y agrandan las caracolas, los ángeles y los vientos, para que todos los triunfadores, que oficiaron su propio sacrificio, entren en la gloria de Dios.

         A Mayorga le partieron materialmente por la cintura, rotas ya las articulaciones, para que su robustez de Vasco no le salvase, nadando a la desesperada. Y aún bendecía a sus verdugos con el crucifijo, y no paraba de rezar y exhortarles a la conversión, cuando la tumba piadosa del mar acogía sus despojos sangrientos. Efectivamente, los calvinistas lo habían arrojado vivo al mar. Era el 15 junio 1570, y Juan de Mayorga moría ahogado en pleno Océano Pacífico.

         ¿Por qué Santa Teresa de Jesús contempló, ese mismo atardecer, el gozo celeste de estos bienaventurados jesuitas? Acaso por las voces de la sangre. Porque, al fin de la matanza, indultado el hermano cocinero con el designio de ponerle al servicio del pirata, un sobrinillo del capitán de la Santiago (San Juan de apellido, y de la misma estirpe que la santa) toma una sotana de los mártires y, revestido de jesuita, se ofrece (como una rosa encendida, su carne de niño) para cerrar la cuarentena de la corona triunfal de este martirio.

         Invita a pensar la historia. Estos esforzados atletas de Cristo (oscuros y humildes, como Zudaire y Mayorga) entregaron, en testimonio de su fe, la existencia por la esencia, sin miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no alcanzan a destruir los alcázares inmortales del alma.

         Las doctrinas de Cristo en su evangelio, y su obra de redención, perennemente viva en el alma de su Iglesia, han de padecer hasta el fin. Porque él se nos ha revelado como el signo de contradicción y piedra de toque para el bien y para el mal.

         En nuestro tiempo, junto a sutiles persecuciones y opresiones físicas, que han levantado una muchedumbre de "testigos del Señor Jesús", con el tributo martirial de sangre y haciendas, cunde otro más dramático combate: el del materialismo dialéctico y técnico, que convierte al hombre, descristianizado, en una helada máquina de rencor, de tedio y de angustia. Es llegada la hora de definir nuestra vida en un sentido sacro de testimonio, en defensa de las verdades de nuestra fe, de la moral católica y de los derechos y libertades de nuestra madre la Iglesia.

         Testigos de la verdad del evangelio, el intelectual y el profesional, el artista y el artesano, dentro de la casa y en medio de las trepidaciones angustiosas de nuestra calle moderna. Como esta noble falange jesuita de mártires del Brasil, que en su lejanía de siglos nos enseñan, con temple muy español, a cuánto nos obliga nuestro bautismo de cristianos.

 Act: 30/08/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A