30 de Enero

Santa Jacinta Mariscotti

Manuel de Castro
Mercabá, 30 enero 2022

           Nació en 1585 en Vignanello (Viterbo) con el nombre de Clarix, hija de Marcantonio Mariscotti y Ottavia Orsini (condesa de Vignanello) y la menor de 5 hermanos: Ginebra, que ingresó en el Convento de Terciarias de San Bernardino de Viterbo (con el nombre de sor Inocencia, hasta su muerte en 1631); Hortensia, joven virtuosa (que se casó con el marqués de Podio Catino); Sforza, heredero de la familia (que se casó con Vittoria Ruspoli) y Galeazzo, que fue abreviador de las letras apostólicas (y murió en la curia romana).

           Siendo todavía niña, fue enviada Clarix por sus padres al Monasterio San Bernardino de Viterbo, al lado de sor Inocencia (su hermana mayor), para que al ver de cerca la vida que practicaba su hermana, y las venerables sor Inés Guerrien y sor Lucrecia Fracassini (tenidas por muy virtuosas, dentro y fuera del convento), se educara en el santo temor de Dios.

           Pero esos buenos ejemplos, y los de otras piadosas religiosas, influyeron poco en el ánimo de la joven Clarix, que no pensaba más que en la mejor manera de hacer resaltar su conocida hermosura, y hablar con vanidad y jactancia de la prosapia de su familia. Como no soñaba más que en llevar una vida mundana, y no soportó por más tiempo el retiro del monasterio, se determinó a abandonarlo para regresar al lado de sus padres.

           Bella y coqueta, tenía Clarix sus propias pretensiones, y aspiraba conseguir un matrimonio brillante. Por eso fue para ella una gran decepción cuando vio que su hermana Hortensia se casaba con el noble romano Capizucchi, mientras que a ella no se le presentaba ningún partido ventajoso.

           Se volvió entonces más ligera y mundana, no pensando más que en afeites y reuniones profanas, alejándose de cualquier proyecto serio de vida. Sus padres estaban preocupados por ella, viendo la vida extraviada que llevaba y su completa ruina espiritual, por lo que deciden internarla de nuevo en el monasterio, a pesar de las repugnancias que la joven manifestaba.

           Así ingresó Clarix, con más despecho que vocación y afecto, a la nueva vida monacal, recibiendo a la fuerza el hábito de terciaria franciscana en el Convento San Bernardino de Viterbo, que unos años antes habla abandonado. Allí le cambiaron su nombre de pila por el de Jacinta, con que ahora la conocemos. Sucedió el 9 enero 1605, cuando nuestra joven contaba 20 años. Los asistentes derramaron abundantes lágrimas en el rito de la vestición, mientras que ella no dio señales de la menor emoción al pronunciar las palabras rituales de su total entrega a Dios.

           Durante los 10 primeros años (1605-1615) llevó sor Jacinta en el convento una vida mundana, detestando las pequeñas habitaciones de las religiosas y haciéndose construir, por su cuenta, una magnífica celda personal, adornada con todo tipo de lujos, más propios de una princesa mundana que de una servidora de Cristo.

           Practica con tibieza los ejercicios de piedad, y soporta con fastidio los rigores prescritos por la Regla del convento, amando sobre todo la vida regalada y cómoda. Ni las amonestaciones de las superioras, ni las exhortaciones de sus parientes, y ni siquiera el asesinato de su padre (perpetrado el 4 septiembre 1608 por Ubaldino y Marsciano, en Parrano) fueron suficientes para volverla a una conducta de vida conforme, con el espíritu del santo instituto que había profesado.

           Pero en 1615, cuando tenía 30 años, el Señor se dignó echar sobre ella una mirada de divina misericordia. Sor Jacinta cayó gravemente enferma, y aquejada de agudos dolores, se puso a pensar, horrorizada, qué sería de su alma si en aquel estado (calamitoso, y de infidelidades) fuera llamada al juicio de Dios.

           Pidió con insistencia, pues, la presencia de un sacerdote, y accedió a atenderla el padre Bianchetti (varón de sólida piedad), el cual, al penetrar en una habitación tan suntuosamente enriquecida con tantos objetos lujosos (lo más alejado de la pobreza franciscana), retrocedió y rehusó oírla en confesión, declarando que el paraíso no estaba reservado para los soberbios ni religiosas de vida cómoda.

           Ante esta enérgica negativa, por parte del padre Bianchetti, y muy dolorida por sus pecados, hizo al día siguiente sor Inocencia una confesión general delante de sus hermanas religiosas, determinándose a cambiar la vida que llevaba. Se levantó entonces del lecho y, tras cambiar por un tosco sayal la fina ropa de seda que hasta entonces usaba, presentóse en el refectorio, se dio la disciplina en presencia de la comunidad, y pidió perdón a todas las presentes, con lágrimas en los ojos.

           Las religiosas, llenas de alegría, y en vista de esta súbita transformación, empezaron a animar a sor Inocencia, prometiéndole por su parte la ayuda de sus mejores oraciones. Jacinta, que comenzaba a vivir para el Señor, no quiso que en lo sucesivo le recordaran la grandeza de los Mariscotti, para lo cual rogó que le llamaran solamente sor Jacinta.

           Eligió por patronos en el cielo a santos que, como ella, se habían dejado arrastrar en los primeros años de su vida por  las vanidades mundanas. Por padre escogió a San Agustín, por madre a Santa María Egipciaca, por hermano a San Guillermo, por hermana a Santa Margarita de Cortona, por tío a San Pedro, y por sobrinos a los 3 jóvenes del horno de Babilonia.

           Con la ayuda de esta familia celestial que ella misma se había elegido, se proponía más fácilmente conseguir los fines que se había propuesto: santificarse en esta vida y ganar el cielo en la otra. Abrazó entonces una vida de penitencia tan austera que no podemos pensar en ella sin estremecernos. Se impuso el sacrificio de no volver a ver a sus parientes y amigos mientras no se lo ordenara abadesa, para practicar de esta manera la virtud de la obediencia que tantas veces había despreciado; Jesucristo sufriendo por nosotros en la cruz, será desde ahora su único pensamiento y su único amor.

           Jacinta poseía la virtud de la humildad en sumo grado. Rica en todos los dones de la naturaleza y de la gracia, verdaderamente santa a los ojos de Dios y de los hombres, se consideraba la mujer más pecadora. La más pobre hermana conversa tenía un hábito mejor que el suyo y una habitación menos pobre. Aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para ejercitar la virtud santa de la humildad.

           Frecuentemente iba al refectorio con una cuerda echada al cuello, y en estas condiciones besaba los pies a las religiosas pidiéndoles perdón por los escándalos que les había dado con su mala vida pasada. Cuando la nombraron vicesuperiora del convento y maestra de novicias, tuvieron que imponérselo por obediencia, pues ella no quería aceptarlo, pretextando que, no sabiendo gobernarse a si misma, mal podía gobernar a las demás.

           Profundamente convencida de los grandes pecados por ella cometidos, Santa Jacinta soportaba con una tranquilidad y una calma perfectas los sufrimientos que Dios tenía a bien enviarle y que ella consideraba el mejor medio para limpiarse y purificarse de su vida pasada. Durante diecisiete años fue atacada de cólicos casi continuos, producidos por las malas comidas a las que se había sometido y por las austeridades excesivas que se había impuesto.

           El demonio, que veía con furor cómo esta alma privilegiada se le escapaba de las manos, ensayó contra ella toda clase de tentaciones y astucias; pero los poderes del infierno no prevalecieron contra la esposa de Cristo, sostenida por el amor de su Dios y la gracia del Espíritu Santo, las largas meditaciones al pie del Crucificado, la lectura de los buenos libros y los sabios consejos de su confesor Bianchetti.

           Sentía hacia los pecadores una inmensa piedad, que se traducía en palabras y oraciones tan tiernas, que no podían menos de prometerle la enmienda y la vuelta al seno de la Iglesia. Entre los pecadores de Viterbo sobresalía Pacini (hombre atrevido, poderoso y deshonesto), a quien Mariscotti no solamente convirtió al Señor y lo convenció a llevar una vida de ermitaño, sino que fue en lo sucesivo su principal colaborador en la organización y desarrollo de las dos Cofradías por ella fundadas.

           La 1ª de dichas fundaciones fue la Compagnia del Sacconí (o Cofradía de los Encapuchados), que Mariscotti fundó en 1636 con sede en la Iglesia Santa María delle Rose de Viterbo, regida por unos Estatutos que, compuestos por los mismos cofrades, fueron aprobados por el cardenal Muti, obispo de Viterbo.

           El fin de la Cofradía era procurar el cuidado material de los enfermos y ayudarles a bien morir espiritualmente. Santa Jacinta añadió a los Estatutos de los cofrades especiales ejercicios que se habían de hacer en los últimos días de carnaval, con públicas procesiones y visita a las iglesias donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento, por lo que introdujo entre estos cofrades la práctica del piadoso ejercicio de las 40 horas, que en el siglo anterior ya había adoptado el papa Clemente VIII.

           La Congregación de los Oblatos de María, fundada también por Mariscotti en 1638, estableció su sede en la vieja Iglesia de San Nicolás, en el llano de Ascazano, donde los oblatos de San Carlos Borromeo le hicieron donación del hospicio que ellos habían erigido en 1611 para ancianos e inválidos. La Congregación de los Oblatos de María fue aprobada por cardenal Brancacci el 5 julio 1639, y sus Constituciones el 2 marzo 1643, redactadas por sor Jacinta.

           Según las mismas, la Casa Madre era conocida con el nombre de Il Fratello (lit. el Hermano). En ellas, se prescribe un año de probación, el noviciado, el Oficio divino, oraciones y varias meditaciones, austeridades y abundantes penitencias. Esta legislación, que más convenía a monjas contemplativas de clausura que a una congregación de seglares, dados a obras de caridad y actividades apostólicas, fue la causa principal de que la Congregación de los Oblatos de María tuviera escasa duración.

           Sería muy largo enumerar aquí todas las conversiones que consiguió sor Jacinta Mariscotti, los conventos que ella reformó (por medio de severas cartas dirigidas a superioras demasiado remisas en el cumplimiento de sus obligaciones), las villas donde la fama de su santidad cambió en reuniones piadosas las asambleas mundanas y frívolas. De todas partes le pedían consejos y oraciones.

           Debido a su iniciativa, Camila Savelli (duquesa de Farnesio y de Savella) fundó 2 monasterios de clarisas en Farnesio y en Roma; las novicias acudían al Convento de Viterbo para marchar bajo su dirección por el camino de la vida espiritual, muchas de las cuales (entre otras, la beata Lucrecia) siguieron tan a la letra sus enseñanzas que murieron en olor de santidad.

           Había en el coro del convento 7 capillas donde las religiosas podían ganar las indulgencias de las 7 iglesias de Roma. Todas las noches, aun en invierno, Jacinta recorría las 7 capillas orando devotamente delante de las imágenes de Jesucristo y de la Virgen, y de los demás santos que allí se veneraban. Hacía esta especie de peregrinación llevando los pies desnudos y con una pesada cruz sobre sus espaldas, practicando al mismo tiempo otras duras penitencias.

           Tenía gran devoción al arcángel San Miguel, cuya asistencia invocaba en todas sus necesidades. Mas su principal abogada en el cielo era la Virgen, de manera que su corazón se consumía de amor cada vez que pronunciaba su dulce nombre. El santo sacrificio de la misa, donde el Salvador se ofrece todos los días como víctima expiatoria por los pecados de los hombres, le hacía derramar abundantes lágrimas. Oraba continuamente y sacaba de sus oraciones el consuelo y la esperanza que necesitaba para sobrellevar los sufrimientos de su vida.

           Dios quiso recompensar a su sierva con el don de penetración de los corazones, y coronó sus méritos con una muerte tranquila y dichosa. El 30 enero 1640 entregaba su alma sor Jacinta Mariscotti, emigrando a las eternas moradas del cielo.

           Desde el momento en que la noticia de su muerte se extendió por Viterbo, la emoción de las gentes fue general, e inmenso el número de los que concurrieron a sus funerales, algunos de ellos curados allí mismo de sus enfermedades. Fue beatificada en 1762 por Benedicto XIII (de la familia de los Orsini, a la cual pertenecía la madre de Jacinta), y el 24 mayo 1807 Pío VII inscribió su nombre en el catálogo de los santos.

           El cuerpo de Santa Jacinta Mariscotti descansa en el Monasterio San Bernardino de Viterbo, que había sido testigo de sus virtudes heroicas y que todavía se conserva incorrupto, para la veneración de los fieles.