31 de Diciembre

San Silvestre I papa

Francisco Martín
Mercabá, 31 diciembre 2025

Semblanza

         De San Silvestre nos hablan los historiadores Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno. Más noticias encontramos en la relación de los papas que recoge el Catalogo Liberiano y el Pontifical Romano, obra que sobre San Silvestre recoge sus célebres Actas (del s. V, y que a pesar de ser admitidas por los padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas, por la Iglesia de Roma).

         Unas Actas que, al mezclar lo verídico con lo fabuloso, hicieron que que fueran cayendo en desuso, a pesar de aportar los 2 hechos principales de su pontificado: la conversión de Constantino y la donación que el emperador hace a Silvestre I (no ya sólo de Roma, sino también de todo el Imperio Romano).

         Baronio, autor de los Anales eclesiásticos, supone la autenticidad de las mismas, y recurre al testimonio de Adriano I (que en el s. VIII las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha iconoclasta). Son citadas a su vez en la 1ª decretal del Concilio II de Nicea, y autores no muy lejanos de la época (como San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro) traen a colación el bautismo de Constantino, cuando narran el no menos famoso de Clodoveo. Pero vayamos a la vida del papa Silvestre I.

         Nació el 270 en Roma, en época de relativa paz para la Iglesia. Su padre (Rufino) le pone desde niño bajo la dirección de un prudente y piadoso presbítero romano (Cirino), y en seguida se empieza a distinguir el niño por una abnegada caridad, ofreciendo de joven su casa a todos los peregrinos que acudían a visitar la tumba de los apóstoles.

         En una ocasión llama a su puerta Timoteo de Antioquía (gran apóstol de la palabra), y los paganos se dan cuenta de ello. Y una noche, cuando vuelve cansado a la casa de Silvestre, es apresado por las turbas y condenado a morir entre los más horribles tormentos. Silvestre no se atemoriza ante el peligro, y poco después se apodera nocturnamente de las reliquias, y les da honrosa sepultura.

         Sospechando el prefecto de Roma (Tarquinio Perpena) de aquel celoso muchacho, y creyendo que acaso guardaba las riquezas que suponía tener Timoteo, le manda llamar a su presencia, y entre ambos se entabla este diálogo, que nos han conservado las Actas:

—Adora al instante a nuestros dioses, le dice el prefecto. Y deposita en sus altares los tesoros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida.

—¡Insensato!, le contesta Silvestre. Yerras si piensas ejecutar tus amenazas, porque esta misma noche te será arrancada el alma, y así reconocerás que el único verdadero Dios es el que tú persigues; el mismo que adoramos los cristianos.

         Tarquinio se enfurece y manda encerrar al joven, pero esa misma noche una espina se le atraviesa en la garganta y pone en vilo su vida, decidiendo soltar por ello a Silvestre.

         Sea lo que fuere del hecho, la verdad es que Silvestre era apreciado en la Roma de entonces, por su humildad y apostolado. Y muy pronto, a los 30 años, es ordenado sacerdote por Marcelino I.

         Horas difíciles eran aquellas para la Iglesia. Desde el 286, el emperador Diocleciano había asociado al Imperio al nada escrupuloso Maximiano Hercúleo, y poco más tarde ambos augustos adoptan como césares a Constancio Cloro para las Galias y Bretaña y al cruel Galerio para el Oriente. A qué obedeció la nueva postura de Diocleciano, se desconoce en parte, pero pronto se iba a organizar en su reinado una terrible persecución (que llevaba el intento de deshacer desde sus cimientos toda la Iglesia).

         Por otra parte, no faltaban disensiones entre los mismos fieles, y se hacía cada vez más acuciante el peligro de la nueva secta del donatismo, que iba teniendo grandes prosélitos entre los cristianos de Africa. Silvestre toma parte por la ortodoxia, creándose pronto enemigos y haciendo que la Iglesia de Roma tuviera puestos sus ojos en él, por su "pura y ferviente piedad ferviente", así como su "estilo mortificado y humilde", según le retratan las Actas. De hecho, pronto empezó a ver Roma en él al sucesor de Melquiades I, para la silla de San Pedro.

         Silvestre es elegido papa el 31 enero 314, siendo cónsules Constantino y Volusiano y en el año 9º del imperio de Constantino. Largo va a ser su pontificado (23 años, 10 meses y 11 días), y lleno de grandes acontecimientos. Un año antes, en febrero del 313, había sido decretada la libertad de la Iglesia por el Edicto de Milán, y desde entonces cuenta con el apoyo decidido del emperador y con la simpatía de los numerosos prosélitos que se presentan cada día.

         El paganismo, sin embargo, no podía acomodarse al nuevo sesgo que tomaban las cosas. Y de ser cierto lo del bautismo de Constantino que nos cuentan las actas, habríamos de encajarlo precisamente en estos primeros años del nuevo papa. Parece ser que, en una de las ausencias del emperador, los magistrados de Roma se aprovecharon para iniciar de nuevo la persecución. Silvestre I mismo tiene que salir de la ciudad, y se refugia con sus sacerdotes en el monte Syraptim (llamado después de San Silvestre), distante unas 7 leguas de Roma.

         Cuando vuelve Constantino, se encuentra de manos con una tragedia dentro de su misma familia, pues nada menos que a Crispo (su hijo y heredero) se le acusaba de haber cometido adulterio con su 2ª mujer (Fausta). Llevado de la cólera, el emperador manda darle muerte, pero según la leyenda es castigado de improviso con una repugnante lepra, que le cubre todo el cuerpo.

         En seguida acuden a palacio los médicos más renombrados, que se ven impotentes en procurarle remedio, y como última solución, y para aplacar la ira de los dioses, le proponen bañe su cuerpo en la sangre todavía caliente de una multitud de niños sacrificados con este fin.

         Cuando se van a hacer los preparativos, y ya el cortejo imperial iba a subir las gradas del Capitolio, Constantino se conmueve ante los gemidos de las madres de los inocentes, que piden misericordia, y ordena se retire inmediatamente el sacrificio. Aquella misma noche se le aparecen en sueños dos venerables ancianos, Pedro y Pablo, que le recomiendan busque al obispo Silvestre, que está escondido, el cual les mostrará el verdadero baño de salvación que le curaría.

         A la mañana siguiente aparece por las calles de Roma, y conducido con toda pompa por la guardia pretoriana, Silvestre I. El encuentro con el emperador es benévolo. Entablan un diálogo de pura formación cristiana, y al fin el papa le increpa con toda solemnidad:

"Si así es, oh príncipe, humillaos en la ceniza y en las lágrimas, y durante ocho días deponed la corona imperial. Y en el retiro de vuestro palacio confesad vuestros pecados, mandad que cesen los sacrificios de los ídolos, devolved la libertad a los cristianos que gimen en los calaboros y en las minas, y repartid abundantes limosnas. Entonces veréis cumplidos vuestros deseos".

         Constantino lo promete todo, se fija el día para el bautismo, y, llegados por fin ante el Baptisterio San Juan de Letrán, se despoja el emperador de todas sus vestiduras, entra en la piscina, es bautizado por Silvestre I, y cuando sale, ante la expectación de todos, aparece completamente curado. De ahora en adelante, dicen las Actas, Constantino será el gran favorecedor de los cristianos, y, no contento con eso, va a dejar al papa su sede de Roma, retirándose con toda su corte a Constantinopla.

         Toda esta historia nos indica, al menos, la gran preponderancia que iba tomando la Iglesia frente al Estado. De ello se ha de aprovechar Silvestre I para reconstruir iglesias devastadas y enmendar las corrompidas costumbres.

         Entre las nuevas leyes que bajo la égida del pontífice iba a dar el emperador, sobresalen: la validez de la emancipación de esclavos realizada ante la Iglesia, el descanso dominical, contra los sodomitas; la educación de los hijos, revocación del destierro a que estaban condenados los cristianos, restitución de sus bienes, revocación de las leyes Julia y Popea contra el celibato (reconociendo de este modo la posibilidad de un celibato santo dentro del cristianismo).

         Y también varios decretos que aseguraban el foro judicial de los clérigos, la prohibición de los agoreros y de los juegos (en que iban mezclada la inmoralidad y el engaño)... Roma iba, de este modo, muriendo a su tradición pagana, para renacer poco a poco a la nueva Roma cristiana.

         La gran labor pastoral en que se ve encuadrado el pontificado de Silvestre I ofrece unas facetas características, primicias todas ellas de la Iglesia, que se abre a nuevos horizontes, libre ya de trabas y de postergaciones.

         Es su tiempo, la era de los grandes concilios, donde se fijan en detalle los cánones de la fe, el culto divino adquiere una grandeza insospechada, se establece una disciplina eclesiástica cuna de nuestro Derecho, y se extiende cada vez más la supremacía de la Iglesia de Roma.

         En el mismo año en que es elegido papa, manda Silvestre I sus legados al Concilio de Arlés, donde se resuelve la cuestión de los donatistas (que habían apelado otra vez en la causa de Ceciliano). Este concilio, juntamente con el Concilio I de Nicea (ca. 325), son los 2 puntales del esfuerzo dogmático de tiempos de Silvestre I.

         Mucho se ha discutido sobre la participación que en ellos tuvo el papa de Roma, ya que tanto uno como otro fueron convocados a instancias del emperador Constantino: pero, a través de lo que en ellos se determina, no ofrece duda la presencia moral del papa en las decisiones consulares.

         En Nicea, junto al presidente del concilio (Osio de Córdoba), se sientan los legados pontificios Vito y Vicente. Y de ser cierto el documento que recoge el Líber Pontiticalis, todos los obispos, al final de la asamblea, escriben una carta a Silvestre, donde le dan cuenta de las decisiones adoptadas.

         Más claro y conmovedor es el testimonio de los padres del Concilio de Arlés. En esta asamblea, como en todas las que celebra Constantino, se ve, es cierto, una sumisión del episcopado al poder civil; pero al mismo tiempo un afecto y una gran sumisión al papa. Es éste el que ha de dar su última palabra sobre los donatistas, quien ha de comunicar a las iglesias lo establecido en el concilio, y el que, en fin, ha de hacer poner en práctica sus acuerdos, sobre todo el que se refiere a la celebración de la Pascua. Dicen así en la segunda carta que le envían:

"Al amadísimo papa Silvestre. Marino, Agnecio... unidos en el común vínculo de caridad y de unidad de la madre Iglesia católica y reunidos en la ciudad de Arlés por la voluntad del piísimo emperador, te saludamos a ti, gloriosísimo papa, con toda nuestra reverencia... Ojalá, hermano dilectísimo, hubierais estado presente a este gran espectáculo, pues creemos que contra ellos (los donatistas ) se hubiera dado una sentencia más severa, y de ese modo, uniéndote tú mismo a nuestro juicio, nuestra asamblea hubiera exultado con mayor alegría. Pero, como no pudiste separarte de aquellas tierras en las cuales se asientan también los apóstoles, y cuya sangre testifica sin intermisión la gloria de Dios, por eso te escribimos".

         Esta presencia del papa se extendió una serie de concilios y sínodos, que se fueron celebrando en su tiempo: Sínodo de Roma (ca. 315), concilios de Alejandría I y II, Laodicea, Ancira, Nicomedia, Cartago, Cesarea de Israel...

         En todos ellos y en otros decretos del mismo papa se fue creando una liturgia nueva, que, unida a los cánones disciplinares, sirvieron de base a la reorganización interior de la Iglesia. Acaso se pueda rechazar como inventada posteriormente la famosa Constitución de Silvestre I, donde se encuentran una serie de prescripciones sobre los clérigos; pero no podemos dar de lado otras muchas, que sin duda se debieron al celo pastoral del pontífice. Citemos algunas:

1º sólo el obispo puede preparar el santo crisma, y servirse de él para confirmar a los bautizados;
2º los diáconos usen dalmática y manipulo en el servicio del altar;
3º queda prohibido el uso de la seda o paño de color, para el santo sacrificio de la misa. Deben emplearse telas corporales de lino, que representen la sínode en que fue envuelto el cuerpo de Cristo;
4º ningún laico tenga la osadía de presentarse como acusador contra un clérigo;
5º ningún clérigo puede ser citado ante un tribunal laico para ser juzgado.

         Los días de semana, menos el sábado y el domingo, se llaman ferias. En cuanto a la recepción de las órdenes sagradas, determina el tiempo que ha de transcurrir entre una y otra: 20 años para el lectorado, 30 días para el exorcistado, 5 años para el acolitado, otros 5 para el subdiaconado, 10 para el de custodio de los mártires, 7 para el diaconado y 3 más para el sacerdocio.

         También aprueba Silvestre I normas precisas sobre la vida de los clérigos, aludiendo a que deben ser castos y han de procurar el grado sin ambición y sin ansia de lucro, pudiendo ser nombrados sólo aquellos que hayan sido elegidos unánimemente por el pueblo y la clerecía. Los presbíteros han de tener una reputación bien probada, de modo que, aun los que están fuera de la Iglesia, puedan dar fiel testimonio de ellos. Otras prescripciones abundan sobre el ayuno, sobre los réditos de la Iglesia (que han de dividirse en 4 apartados), sobre el culto divino...

         Y como detalle, esta nota disciplinar en el trato con los pecadores, que nos dice mucho de la delicadeza y caridad de Silvestre I:

"En primer lugar se les ha de llamar paternalmente y se les ha de esperar siete días, sin que se les prohíba nada de las cosas de la Iglesia. A este compás de espera se le deben añadir otros siete días, vedándoseles ya todo acceso a los divinos oficios. Siguen otros dos días, en los cuales, si no se arrepintieran, se les separa de la paz y comunión de la santa Iglesia. Otros dos días más, y, por fin, añadiendo todavía uno, y viendo que ya su caso es desesperado, se le debe condenar con el anatema".

         En cuanto se refiere al culto divino, nunca conoció Roma otra época de tanto esplendor y grandeza. El Pontifical Romano nombra la Iglesia de San Equitio que mandó construir San Silvestre, junto a las termas de Trajano (hoy llamada de los Santos Silvestre y Martín), y que fue como su primera sede y el sitio donde hacía las ordenaciones. 6 veces ordenó presbíteros en el mes de diciembre, y de aquí salieron 40 presbíteros, 26 diáconos y 65 obispos, que se fueron repartiendo por diversas tierras.

         En seguida empiezan las famosas fundaciones constantinianas de San Juan de Letrán (en el monte Cello, in aedibus Laterani), de San Pedro (en el Vaticano), de San Pablo (en la vía Ostiense), y de la Santa Cruz de Jerusalén (en el atrio Sessoriano, muy cerca del templo de Venus y Cupido), como réplica, según Baronio, a la estatua de Venus que mandó poner Adriano en la cumbre del Calvario.

         En la misma Roma se levantan a su vez las basílicas de Santa Inés (a instancias de la hija de Constantino), la de San Lorenzo (en el campo Verano) y la de San Pedro y Marcelino (en la vía Labicana), junto a otras más en otras ciudades de Italia (como Ostia, Capua y Nápoles).

         El papa Dámaso I, cuando termina de dar sus noticias sobre el papa Silvestre I, acaba con esta sencilla frase: Qui catholicus et confessor quievit. Católico porque supo mantener la luz de su fe en un tiempo de fuertes herejías; ecuménico porque lleva su acción de Arlés a Nicea, y de Cartago a Viena del Delfinado; confesor porque era santo (según el sentido que se le daba a este palabra entonces).

         Y esta gran confesión o santidad la supo llevar, sobre todo, con una caridad y mansedumbre que fue puesta a prueba muchas veces por aquel que se decía favorecedor del cristianismo. Es sabido cómo a Constantino le aquejaba el prurito de quererse inmiscuir en todos los problemas interiores y exteriores de la Iglesia. Por su mandato se reúnen los obispos en Arlés, convoca el Concilio de Nicea, reúne sínodos, lleva a su tribunal la causa de los donatistas e interviene con toda su autoridad en la condena de los arrianos.

         Alguien ha querido ver cierta timidez en Silvestre I frente al emperador, aunque quizás desconociendo todo lo delicado de aquellos primeros años del cristianismo libre. Pues Sivestre I asiste a un renacer de la Iglesia (demasiado frágil todavía, en lo que a efectos civiles se refiere), y Constantino sigue siendo el hombre de carácter fogoso (con muchos matices paganos, que a veces le llevan hasta el crimen).

         Y porque la persecución no había sido superada del todo (ya que hasta el 324, con la muerte de Licinio, aún se sigue martirizando en el Oriente, y en Occidente sigue surgiendo algún que otro rebrote de rebeldía pagana).

         Por otra parte, la solución de aquellos conflictos político-religiosos de las primeras herejías dependía casi siempre del emperador, pues solían convertirse en verdaderas luchas intestinas, con gran peligro para la tranquilidad del Imperio.

         No es extraño, por tanto, que Silvestre I, aun consciente de su autoridad, tuviera que ceder muchas veces para no convertir en desfavorables unas posiciones que eran en gran manera ventajosas para la Iglesia. En eso precisamente estuvo su santidad: en saber sufrir los excesos del despotismo por bien de la comunidad, pasando muchas veces al segundo lugar, aunque en lo que tocaba a su ministerio siempre se mantuviera decisivo.

         Ni las Actas ni la leyenda nos dicen más de su vida. Pero bastante dice ya aquella floración de vida cristiana en que empieza a vivir Roma; el culto divino, que se engrandece con las basílicas; la nueva disciplina eclesiástica y el ejemplo de aquel varón venerable, que iba señalando a todos el nuevo sendero que se abría.

         Silvestre I muere el 31 diciembre 337. Fue sepultado en el cementerio de Priscila (en la vía Salaria), en una basílica donde estaba enterrado Marcelo I, y que desde entonces pasó a llamarse de San Silvestre. Por el año 1890 se creyeron identificar sus ruinas en el transcurso de unas excavaciones, y en 1907 el arqueólogo Marucchi confirma el descubrimiento. Una iglesia fue levantada sobre aquellos primitivos cimientos, e inaugurada el 31 diciembre 1907, bajo el pontificado de Pío X.

         La Iglesia, por su parte, ha venerado a San Silvestre desde antiguo, incluyendo su nombre (juntamente con el de San Gregorio I Magno), en las letanías de los santos. Desde tiempos de Pío V, su memoria se ha venido celebrando con fiesta de rito doble, dentro de la octava de Navidad.

         La despedida del año viejo otorga a San Silvestre una significación especial, que hace que su figura haya ido recogiendo a través de los siglos una multitud de leyendas piadosas, haciendo difícil distinguir entre ellas lo que pueda haber de falso o verdadero.

 Act: 31/12/25     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A