31 de Julio

San Ignacio de Loyola

Ricardo García
Mercabá, 31 julio 2026

Semblanza

         Nació en 1491 en Azpeitia (Guipuzcoa), en el otoño del Medioevo (con sus restos feudales) y primavera del Renacimiento (con sus luces y descubrimientos), entre las campañas de Carlos I de España y las lides teológicas del Concilio de Trento, en un valle del Urola que empezaba a rezumar una nueva catolicidad, organizada, práctica y apostólica.

         Era el último vástago (el 13º) de una familia rica y poderosa, que le dio por nombre Iñigo (que él cambiará en París por el de Ignacio). Muerta la madre al poco de darle a luz, fue puesto Iñigo al cuidado de una nodriza campesina, cuyo marido trabajaba en las herrerías de los señores de Loyola. Allí se familiarizaría Iñigo con la misteriosa lengua vasca, allí aprendió las costumbres tradicionales de la zona y el aurresku.

         Sabemos que siempre fue aficionado a la música, a la vida caballeresca y a las aventuras de sus hermanos mayores. Dos de ellos habían seguido las banderas españolas del gran capitán de los Tercios (Fernández de Córdoba) en Nápoles, uno 3º se había embarcado para América (siendo comendador de Calatrava), otro de ellos se estableció en Toledo tras expulsar a los moriscos de Granada, y otro acaudilló las tropas guipuzcoanas del duque de Alba contra los franceses.

         Poco antes de morir su padre, pidióle el caballero Velázquez de Cuéllar que le enviase el más joven de sus hijos, para educarlo en palacio y abrirle las puertas de la corte. Cuéllar, pariente de los Loyola por parte de su mujer (María de Velasco) era contador mayor de Fernando V de España (el Católico), y recibió a Iñigo entre sus hijos, dándole una educación exquisitamente cortesana y caballeresca, con distinción en el porte, alta conversación y hasta refinadas maneras en el comer.

         En Arévalo (su residencia ordinaria), y también en Medina del Campo, Valladolid, Tordesillas, Segovia, Madrid, o dondequiera que se hallase la corte, estaría frecuentemente Velázquez de Cuéllar, y con él su paje Iñigo de Loyola. En toda la vieja Castilla no paró de trotar a caballo Iñigo, ejercitándose en la caza, en los torneos, en tañer la viola, en correr toros... Así como en servir y participar en los opíparos banquetes que su señora (María de Velasco) preparaba a la reina Germana de Foix (2ª esposa de Fernando V, tras morir Isabel I la Católica).

         Devoraba Iñigo las novelas de caballerías, como el Amadís de Gaula, y las poesías amatorias de los Cancioneros. Pues como nos dirá más tarde su secretario, "aunque Íñigo era aficionado a la fe, no vivió nada conforme a ella ni se guardaba de pecados, antes era especialmente travieso en juegos y cosas de mujeres y en revueltas y cosas de armas". Caballerescamente, se enamoró de una alta dama que "no era de vulgar nobleza, que no condesa ni duquesa, mas era su estado más alto": la infanta Catalina.

         Muerto Velázquez de Cuéllar (ca. 1517), Iñigo abandonó Arévalo (tras más de 12 años) y se acogió a otro alto pariente suyo (Antonio Manrique), duque de Nájera y virrey de Navarra.

         Sirviendo al duque Manrique participó en sosegar los tumultos durante la Revolución Comunera (espada en mano en la Toma de Nájera, y diplomáticamente en Guipúzcoa), y peleó animosamente defendiendo el Castillo de Pamplona contra los franceses, como caballero del duque y hasta caer herido en las piernas por una bala de cañón (20 mayo 1521).

         Mientras le curaban en Loyola, se hizo Iñigo aserrar un hueso, hecho que le impidió en adelante llevar una vida elegante. En su convalecencia no halló las novelas de caballerías que él deseaba, y se puso a leer las vidas de los santos y la vida de Cristo, encendiéndose en él los deseos de imitar las hazañas de aquellos héroes y de aquel "Rey eterno y universal, que es Cristo nuestro Señor". Reflexionando sobre las desolaciones y consolaciones que experimentaba, aprendió a discernir el buen espíritu del malo con fina psicología sobrenatural. Su conversión había tenido lugar.

         A principios de 1522 sale Iñigo de Loyola, decidido a llegar a Jerusalén. Al pasar por el Santuario de Montserrat detiene su andadura y cambia sus ropas lujosas por las de un pobre, así como se consagra a la Virgen María, hace confesión general y recibe de un monje benedictino la 1ª instrucción espiritual.

         De Montserrat pasa a Manresa, donde se detiene 1 año y empieza a iniciarse en la vida de oración y penitencia. En una cueva de los contornos (junto al río Cardoner) escribe su 1ª experiencia en las vías del espíritu, obteniendo de ella unas normas y meditaciones que, redondeadas más adelante, formarán aquel inmortal librito llamado Ejercicios Espirituales, "el código más sabio y universal de la dirección espiritual de las almas", como dijo Pío XI.

         Prosiguiendo su peregrinación a Tierra Santa, se embarca Iñigo en Barcelona en dirección a Italia, desembarcando en Roma y dirigiéndose a pie a Venecia, merced a la mendicidad. El mismo dux de Venecia es quien le proporciona un pasaje para ir en barco a Chipre, y desde Chipre a Israel. Allí visita con íntima devoción los santos lugares de Jerusalén, Belén, el Jordán, el Monte Calvario y el Monte de los Olivos.

         A su vuelta de Tierra Santa, y llegado a Barcelona, se convence Iñigo de que para la vida apostólica eran necesarios los estudios, y a sus 33 años comienza a aprender la gramática latina. Prosigue luego sus estudios en las universidades de Alcalá y Salamanca, donde empiezan a tenerle despectivamente como un alumbrado. Aunque no así la Inquisición, cuyos vicarios generales (en esas 2 ciudades) le forman proceso y le declaran inocente.

         En febrero de 1528 se presenta en la célebre Universidad de París, donde se cambia el nombre por el de Ignacio y empieza a confluir con estudiantes y maestros de toda Europa. Obtiene el grado de maestro en artes (abril de 1534) y reúne en torno de sí algunos universitarios (Fabro, Javier, Laínez, Salmerón, Rodrigues y Bobadilla), con quienes hace voto de apostolado, pobreza y castidad, el 15 agosto 1534.

         Con dichos universitarios planea Ignacio la formación de una nueva orden religiosa, y con ellos se pone en camino en dirección a Roma, pues el viaje que él preferiría hacer a Tierra Santa (para perpetuar allí los votos de la Compañía) era sumamente irrealizable. Al llegar a Storta (noviembre de 1537) recibe una gracia especial del Señor, que le insinúa poner a su grupo apostólico el nombre de Compañía de Jesús. Al llegar a Roma, todos ellos se ponen a total disponibilidad del papa (Pablo III), y éste aprueba la Compañía de Jesús el 27 septiembre 1540.

         Las nuevas incorporaciones de Ignacio, así como sus primeros discípulos, salen con misiones pontificias a diversas tierras de Italia, Alemania, Austria, Irlanda, la India y Etiopía, mientras él permanece fijo en Roma (su cuartel general) recibiendo las órdenes inmediatas del papa (que él transmite a sus hijos en diversas cartas, de las que hoy se conservan 6.795).

         Atrincherado en Roma, no deja Ignacio de predicar, dar ejercicios, enseñar el catecismo en las plazas, remediar las plagas sociales, fundar patronatos para atender a los pobres, visitar hospitales, reconducir a las muchachas en peligro (o a las ya caídas que querían redimirse)...

         Y no se contenta con regenerar moralmente Roma, sino que quiere que la capital del catolicismo sea un centro de ciencia eclesiástica, con un plantel de doctores a disposición del papa. Con este fin crea en 1551 el Colegio Romano de Roma (hoy día Universidad Gregoriana) y en 1552 el Colegio Germánico de Roma (1º seminario tridentino), con estatutos redactados personalmente por él.

         A sus hijos esparcidos por el mundo les exhorta a dar ejercicios espirituales (como medio de reforma individual) y enseñar el catecismo a los ignorantes, así como visitar los hospitales.

         Los últimos años de su vida despliega una increíble actividad, fundando colegios para la formación del clero, dictando tácticas misioneras para los evangelizadores en tierras infieles, y manteniendo una estrecha relación epistolar con Francisco Javier (en la India y Japón) y Andrés de Oviedo (en Abisinia). Así como ofrece su ayuda a San Pedro Canisio para la restauración católica en Alemania, y a los emperadores de Europa (Carlos I de España y Felipe II de España) para el aniquilamiento del Islam en el Mediterráneo.

         Pocas figuras de la Contrarreforma son comparables a la de Ignacio de Loyola. Su devoción al vicario de Cristo y a "nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica" brota naturalmente de su apasionado amor al Redentor, "nuestro común Señor Jesús, nuestro Sumo Pontífice, Cabeza y Esposo de la Iglesia". Y sus reglas para sentir con la Iglesia serán siempre la piedra de toque del buen católico.

         Ignacio de Loyola murió en Roma el 31 julio 1556, en plena efervescencia de su Compañía de Jesús. La magnitud de su trascendencia mundana sigue imponiendo admiración a todos los historiadores, tanto protestantes como hindúes o taoístas. Una excelsitud de proyectos que quizás haya impedido un culto más popular y amable, que es lo que él siempre quiso ser: amable y cortés.

         En este sentido, se ha tendido a retratar a Ignacio como tétrico y sombrío, cuando sus mismos coetáneos lo pintaban risueño, sereno, tierno, afectuoso y con extraordinaria propensión a las lágrimas. Como decía el padre Loarte, "el padre Ignacio es una fuente de óleo". Sabía amar y dejarse amar, aunque es verdad que todos sus afectos (aun los que parecían más espontáneos) iban gobernados por la reflexión.

         El reflectir (lit. prudencia) brotaba a Ignacio a cada paso de su pluma, y no menos frecuente era en sus labios el señalarse (lit. distinguirse), pero siempre mirando a lo más alto y perfecto, "ad maiorem Dei gloriam".

         Nunca fue San Ignacio un gran especulativo, sino un genio práctico y organizador que reducía todo a esquemas simplistas, alejados de todo ascetismo voluntarista y árido. Basta leer su Diario espiritual para darse cuenta de que su leit motiv era la espiritualidad sencilla de cada día, a la que había que unir (por supuesto) los mayores dones y carismas que el Señor pudiera dispensar.

 Act: 31/07/26     @santoral mercabá        E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A