3 de Septiembre
San Gregorio I Magno
Andrés
Melquíades
Mercabá, 3 septiembre 2026
Semblanza
Fue el último ciudadano romano del Imperio Romano y el último padre eclesial de la Iglesia Occidental, así como el puente entre la Edad Clásica y la Edad Media, con unos escritos y reformas que alimentarán al mundo y a la Iglesia durante 500 años más, hasta la llegada de la Escolástica del s. XII. Por otra parte, vivió el político Gregorio (prefecto de Roma) y religioso Magno (papa de la Iglesia) una época de drásticas convulsiones a nivel político y religioso, como se puede suponer.
Nació el 540 en Roma, en plena familia patricia romana que vivió los momentos más bajos de la caída de Roma y los primeros de una nueva época ascendente. Precisamente con su nacimiento termina la cronología consular (ca. 541) y quedó liquidada definitivamente la milenaria y gloriosa institución romana.
La familia de Gregorio era hondamente cristiana. Sus padres eran el senador Gordiano y la noble Silvia, emparentados con los Anicios. Su palacio familiar se asentaba en las estribaciones del monte Celio, en un mundo lleno de recuerdos de la vieja Roma y de los inicios de la Roma cristiana. Entre sus antepasados se encontraba el papa Félix III.
La Iglesia venera a varios miembros de su familia. Su padre dedicó los últimos días de su vida al servicio de la Iglesia, como regionario. Su madre pasó los últimos años en el monte Aventino, en absoluto retiro. Sus tías Társila y Emiliana consagraron a Dios su virginidad. Todos ellos, padres y tías, en el catálogo de santos canonizados.
Durante su niñez, asistió Gregorio a la entrada de Totila en Roma (ca. 546), a la cautividad de los romanos en Campania, a los asaltos de los godos a la ciudad (ca. 549) y a los últimos juegos circenses en el Circo Máximo, que Totila ofreció al pueblo romano al tiempo de despedirse.
Gregorio se formó en las escuelas de su tiempo. A causa de las guerras había decaído ya el viejo esplendor logrado con Marciano Capella, y casi aquellos mismos días con Casiodoro. Cursó Derecho Civil, y empezó a ejercer brillantemente en el cargo de juez de la ciudad romana. Su formación literaria es menos brillante, aunque siguió las costumbres preceptivas de Quintiliano y Cicerón. En cuanto a la formación bilingüe, no llegó a aprender nunca Gregorio el griega, ni siquiera durante su larga estancia en Bizancio.
Al terminar la carrera universitaria, fue nombrado Gregorio prefecto (alcalde) de Roma. Eran tiempos de inseguridad y de guerras permanentes, y Gregorio ejerció su cargo en medio de la tragedia desgarradora de Italia, arrasada por las invasiones de los lombardos. Aún hoy impresionan las descripciones de Pablo Diácono y de otros historiadores. Como describe el propio Gregorio:
"Por todas partes vemos luto, por todas oímos gemidos. Las ciudades están saqueadas; los castillos, demolidos, la tierra, reducida a desierto. En los campos no quedan colonos ni en las ciudades se encuentran apenas habitantes. Los azotes de la justicia de Dios no tienen término, porque tantos castigos no bastan a corregir los pecados. Vemos a unos arrastrados a la esclavitud, a otros mutilados, a otros matados. ¡A qué bajo estado ha descendido aquella Roma que otras veces era señora del mundo! Hecha añicos repetidamente y con inmenso dolor, despoblada de ciudadanos, asaltada de enemigos, convertida en un montón de ruinas. ¿Dónde está el senado? ¿Dónde el pueblo? Ya por ruinas sucesivas vemos destruidos en el suelo los mismos edificios".
Gregorio trabajó con entusiasmo juvenil en su quehacer político. Pero no encontró en sus quehaceres temporales la satisfacción que deseaba. Así comenzó a resonar en su alma la llamada a la vida contemplativa.
Entonces se cruzaron en su camino 2 monjes benedictinos, Constancio y Simplicio. Procedían de Montecasino, de la generación inmediatamente posterior a San Benito, y ambos se encargaron de hacer ver a su amigo Gregorio que su vida no debía estar ya orientada hacia Roma, sino hacia Dios. La lucha interior desgarra al prefecto de Roma, pero finalmente decide decir adiós a sus tareas temporales, y adentrarse en las eclesiales. Como describe él mismo en carta a su íntimo amigo San Leandro de Cartagena:
"Yo diferí largo tiempo la gracia de la conversión, es decir, de la profesión religiosa, y, aun después que sentí la inspiración de un deseo celeste, yo creía mejor conservar el hábito secular. En este tiempo se me manifestaba en el amor a la eternidad lo que debía buscar, pero las obligaciones contraídas me encadenaban y yo no me resolvía a cambiar de manera de vivir. Y cuando mi espíritu me llevaba ya a no servir al mundo sino en apariencia, muchos cuidados, nacidos de mi solicitud por el mundo, comenzaron a agrandarse poco a poco contra mi bien, hasta el punto de retenerme no sólo por defuera y en apariencia, sino lo que es más grave, por mi espíritu".
Gregorio cambió su vestido de púrpura (de gobernante) por el humilde saco de monje, según noticia de Gregorio de Tours. Y convirtió su palacio del monte Celio en su propio monasterio, comenzando en él su vida monacal benedictina. Tres fines buscó Gregorio en su vida claustrar: separarse del mundo, mortificar la carne y adentrarse en la contemplación. Como él mismo dice en su epistolario:
"Me esforzaba en ver espiritualmente los supremos gozos, y, anhelando la vista de Dios, decía no sólo con mis palabras, sino con la medula de mi corazón: Tibi dixit cor meut: quaesívi vultum tuum, vultum tuum, Domine, requiram".
Se dedicó con intensidad al estudio de la Biblia, buscando la contemplación y la compunción de corazón. Ambos eran sus temas preferidos, y los hilos conductores de su ascética y de su mística. No en vano se le llama "doctor de la compunción y de la contemplación". También estudió con interés especial las vidas ejemplares de los monjes de Occidente. De ahí había de salir en el futuro su obra: Diálogos de la Vida y Milagros de los Padres Itálicos. Allí se hizo hombre de oración y forjó su espiritualidad, y sus fórmulas alimentaron a los monjes y eclesiásticos durante muchos siglos.
A los 4 años de paz monacal, Benedicto I le envía como apocrisario (nuncio) a Constantinopla (ca. 578), de donde volvió hacia el 586.
El mes de su vuelta a Roma fue un mes de prueba para él. A su llegada, las lluvias torrenciales y los derbordamientos del Tíber alcanzan los puntos más altos de las murallas. Miles de personas mueren ahogadas, la mayoría de palacios quedan destruidos, los graneros de la Iglesia quedan inundados, y al hambre general se une la peste inguinar, dada la superpoblación refugiada en Roma ante los avances lombardos por el norte de Italia. Una de las primeras víctimas de la peste fue el papa Pelagio II.
Ante aquel espectáculo, clero, senado y pueblo reunidos eligieron papa al viejo conocido Gregorio. De este modo, quedó Gregorio arrancado definitivamente de la soledad que buscara en el monasterio. Como escribe a un amigo de Constantinopla: "Mi dolor es tan grande, que apenas puedo expresarlo. Triste es todo lo que veo y todo lo que se cree consolador resulta lamentable en mi corazón". Gregorio fue el 1º papa monje, y llevó su concepción monacal a la espiritualidad, a la liturgia y al pontificado.
Al principio de su pontificado publicó la Regula Pastoralis, que llegó a ser durante la Edad Media el código de los obispos (lo mismo que la Regla de San Benito era el código de los monjes). Gregorio I fue, ante todo, el pastor bueno de su grey, tanto de Roma como de toda la cristiandad. Como él mismo dice en uno de los párrafos de su Regla Pastoral:
"Importa que el pastor sea puro en sus pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio, provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las interiores no le impida el proveer a las exteriores".
Este fue el programa de su actuación. Gregorio I fue un genio práctico, un romano de acción. Para él, gobernar era el destino más alto de un hombre, y el gobierno espiritual era el ars artium regimen animarum (lit. "el arte de las artes"). Su solicitud pastoral llegó a todas las iglesias: España, Galia, Inglaterra, Armenia, el Oriente, Italia... sin desatender las 10 provincias dependientes de la metrópoli romana. Bajo su patrocinio se convirtió Inglaterra al catolicismo, y los visigodos abjuraron del arrianismo.
Fue Gregorio I un incansable restaurador de la disciplina canónica. Renovó el culto y la liturgia con sus famosos Sacramentario y Antifonario, reorganizó la caridad en la Iglesia y administró en justicia el patrimonium Petri. Devolvió al pontificado el prestigio logrado por Gelasio I y León I Magno. Su voz era buscada y escuchada en toda la cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar y cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas.
No tuvo que luchar Gregorio I contra desviaciones dogmáticas, pero sí contra la desesperación de los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores. Cuando los cónsules habían desaparecido, su epitafio resume su gloria llamándole "cónsul de Dios".
Como obispo de Roma, su 1ª preocupación fue llevar al pueblo a las prácticas de la fe. Introdujo con renovado fervor la costumbre de las estaciones, y a ellas dedicó más de 40 homilías (20 pronunciadas por él mismo y otras 20 por los clérigos de su séquito. Fomentó las devociones populares, el culto a las reliquias, la doctrina de los novísimos.
A nivel litúrgico, mandó que de forma diaria se dijese el aleluya, se cantase el kyrie eleison y se recitase Pater Noster después del canon. Introdujo el canto gregoriano, creando la Schola Cantorum (de músicos profesionales) y compilando un Antifonario (llamado gregoriano en su honor). La Schola llegó a ser un centro superior de cultura musical, y la liturgia gregoriana se fue imponiendo sobre otros ritos y otras liturgias occidentales. Como se ve, Gregorio I bizantinó cuanto pudo la liturgia romana, y creó canales de conexión entre los 2 pulmones de la Iglesia: el Oriente y el Occidente.
La acción de Gregorio I se extendió a Italia (de la que era metropolitano), a Occidente (del que era patriarca) y a la Iglesia Oriental (de la que era primado).
En España, Gregorio consiguió (a través de su íntimo amigo San Leandro) la conversión del arrianismo visigodo al catolicismo latino, desde su estancia en Constantinopla (desde donde alentó la Rebelión de Hermenegildo contra su padre Leovigildo, en Diálogos, III, 31). E hizo posible aquel s. VII de oro de la cultura española. Como el propio Gregorio I dijo a su amigo Leandro, en una carta exultante de gozo:
"No puedo expresar con palabras la alegría experimentada por mí, porque el gloriosísimo rey Recaredo, nuestro hijo común, ha pasado a la Iglesia católica con sincera devoción. Por el modo con que me habláis de él en vuestras cartas, me obligáis a amarlo sin aún conocerlo".
Su acción pastoral se extendió a Africa, a Francia y a Inglaterra, constituyendo la conversión de los anglosajones el acontecimiento totalmente explosivo, tanto por lo inesperado (casi increíble) como por su rapidez.
En efecto, el 595 había encomendado el papa al presbítero Cándido comprar esclavos anglosajones de 17 años para educarlos en un monasterio romano (el Convento de San Andrés), con la idea de forjar "ángeles de los anglos". Un año después (ca. 596) el rey de los anglosajones (Etelberto) se casa con una princesa católica (Berta), y Gregorio I sabe que ha llegado la oportunidad. Envía entonces a Inglaterra a un grupo de misioneros de San Andrés (al mando de Agustín), a los cuales escribe poco después para darles ánimos, durante su momento de espera en Lerins:
"Hubiera sido mejor no comenzar una obra buena que retirarse después de haberla comenzado, es necesario, amadísimos hijos, que terminéis, con el favor de Dios, la obra buena emprendida. No os atemoricen las fatigas del viaje ni la lengua de los hombres maldicientes, sino continuad con toda solicitud y fervor lo que por inspiración de Dios comenzasteis, sabiendo que a las grandes empresas está reservada la gloria de la eterna retribución. Obedeced humildemente a vuestro prepósito Agustín. El omnipotente Dios os proteja con su gracia y me conceda ver en la patria eterna el fruto de vuestras fatigas. Que si no puedo ir a trabajar junto con vosotros como es grande mi deseo, me encontraré partícipe con vosotros del gozo de la retribución. Dios os custodie incólumes, hijos míos queridísimos".
Como la dificultad mayor era la lengua, Gregorio les proveyó de intérpretes, y en junio del 597 era bautizado el rey de Inglaterra. En la navidad del 597 son ya bautizados más de 10.000 anglosajones, y Gregorio I envía nuevos misioneros y traza las líneas generales de la jerarquía católica en Inglaterra.
Cómo escritor, Gregorio I fue el más fecundo de los papas antiguos, y uno de los 4 doctores de la Iglesia occidental (con San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo). Escribió obras de carácter ascético y moral, que hicieron de él doctor de la vida contemplativa y de la compunción. Una obra suya, el Comentario a Job, fue llamado por antonomasia el Libro de los Morales.
Su actividad literaria se desarrolló desde el tiempo de su nunciatura en Constantinopla (ca. 582) hasta su muerte en Roma (ca. 604) y está constituida por el Registrum Epistolarum, los Morales, la Regla Pastoral, las 40 Homilías sobre los Evangelios, las 22 Homilías sobre Ezequiel, los 4 libros de los Diálogos y su intervención en el Sacramentario y Antifonario romanos. Gracias a sus obras, y a su actuación pastoral, la cristiandad del Occidente pensó, obró y cantó al unísono.
Act:
03/09/26
@santoral
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M U R C I A
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